P
or ello, La montaña efímera es, aunque no sólo, un canto de amor a la montaña, a ese “último amor” del hombre en soledad frente a la naturaleza de la que se siente parte, en una relación con el paisaje prácticamente inédita en la poesía española, donde parece obligatorio el culto al modo de vida urbano y donde el paisaje, tantas veces, no pasa de ser un decorado solventado con más o menos éxito sobre el que el autor proyecta sus sentimientos.
Por ello, este segundo libro de Joan de la Vega supone un paso adelante del flâneur citadino hacia la libertad de las montañas, que, a pesar de la diferencia de estilos, y de que los referentes de Joan de la Vega, aparte de su propia vivencia biográfica, sean otros poetas más bien ocultos como el Sergio Gaspar de Aben Razin, o José Corredor-Matheos, sobre todo en El jardín de arena, hace vislumbrar un asomo de lo que significa, por ejemplo, la poesía de Philippe Jaccottet para la literatura francesa.
La montaña efímera se divide en dos partes claramente diferenciadas pero complementarias. En la primera, “La última cima”, se manifiesta esta creencia en la naturaleza como último refugio y una integración en el paisaje poco común en nuestras letras. Los textos, compuestos por breves párrafos en los que una impresión sensorial de la montaña expresada en forma de metáfora lleva a un desarrollo que desemboca en una expresión de fe impulsada hacia delante, van configurando una exaltante letanía de admiración e integración en la montaña, transmitida al lector gracias a un léxico preciso y a la vez eufónico, que nos sitúa entre valles y arroyos de montaña, entre las ramas de abetos y el aletazo lejano de las aves, en el frío de los lagos glaciales y la aspereza de los roquedos, en el vértigo del abismo y el desafío de la altura.
Pero se trata de un difícil diálogo con un entorno que nos habla en un lenguaje que apenas logramos aprehender. Por ello, más que de personificación, conviene hablar de la inteligencia del paisaje. Así, el arroyo de montaña parece hablar con “palabras dictadas por una lengua extinguida” y un cielo nublado “medita aguaceros”. En una de las imágenes más barrocas se habla de la tormenta “que agita su teorema de muerte parpadeando ningún nombre”. Se combinan la naturaleza y la abstracción, en una extraña inteligencia superior a la que pueda alcanzar la mente humana. Permanentemente este lenguaje mudo, el del “valle sin nombres” que, sin embargo, dice tanto. El viajero ha llegado a “arboledas perdidas, donde hallar ningún nombre”, y ha llevado consigo “los nombres al lugar sin nombre”. Se trata, en definitiva, de la sabiduría de los seres inertes, que han existido antes de que el primer hombre articulase su pensamiento, y cuya máxima expresión es la noche estrellada, la noche solemne frente a la que los alpinistas refugiados en sus tiendas son “hombres retorcidos como gusanos”; la inmensidad de los espacios siderales que asustara a Pascal, la “opacidad sin nombre” que se convierte en el “último amor, último asilo”. Así, las piedras erosionadas han enmudecido, se han desprovisto de sus nombres, son “cantos rodados”, que si incitan a un canto imposible, “encienden un lenguaje inasible, a golpes”. Y es una sabiduría que, al tiempo que eterna se renueva y como tal, engendra la “simiente de la plenitud, solaz y desmemoriada”.
Hay también en La montaña efímera cierto elogio de la ignorancia natural, del “latir honesto y sin oídos” de la laguna, o de la libertad anónima de los animales, como los rebecos y sarrios, que trepan a las alturas “sin yugo y sin nombre”. Se trata de preguntarse, frente a la “montaña sin nombre que, quieta, respira”, en contacto con el paisaje inmemorial de los neveros y las rocas glaciares, por el “nombre real (el que no posee) de todas las cosas”, en cierto sentido una saludable cura de humildad tras la cual afrontar con la altura adecuada la búsqueda de las palabras que nos expresen.
Pero, como en Ladino, a veces acaece la soledad. El encuentro con unos excursionistas que se apresuran a ascender la montaña le hace ver su aspiración a una “permanencia en falso” en la claridad, y se plantea sobre si realmente su integración no es sino una ilusión: “Aún creo estar en el paisaje (yo que repudio todos los nombres)”. E, incluso, las sensaciones pueden revelarse como un engaño: “Frágiles señas que culmina la orfandad”. Pero normalmente prevalece lo contrario: aunque “las leyes / del hombre” persistan, por ejemplo en forma de rótulos en el camino que obstaculizan más que orientan el encuentro del hombre con la naturaleza, el protagonista las ignora, embriagado por “el paisaje / donde deseo / mudarme / hasta siempre”, en una compenetración con el entorno natural que, insisto, me parece inédita en nuestra poesía reciente.
Por otra parte, esta grandeza de la naturaleza no evoca una presencia sino una ausencia de Dios, “el vacío de lo absoluto que no nos oye”, que no por ello merece ser menos venerada, las rocas a las orillas de un lago de origen glaciar son “altares para rendir culto a la oquedad”, piedras “desheredadas” y por ello desmemoriadas. Como es lógico, la mirada del poeta mantiene su cualidad artífice, y se declara: “Aún creo en la estrella fugaz que lima, en su intermitencia, la mirada” y se admira a esta estrella como “ojo profundo que libra la oscura matriz sin edad”.
En algunos momentos, la conjunción con la naturaleza se produce de tal modo que no sabe distinguir si él busca esta unión o es reclamado, como sucede al sumergir sus pies descalzos en una laguna de montaña: “¿Mojo mis pies o son mis pies los llamados al tacto helado? ¿Lloran mis dedos o son sus órbitas sólidas las que cubren mis sentidos? ¿Ahogo la sed o revive en mí su textura milenaria?” En otras ocasiones, el riesgo de la escalada nos hace conscientes de nuestra fragilidad, nos hace auscultar la posible muerte súbita, “el terror de la finitud” y con ello la grandeza de seguir existiendo entre la magnificencia de las montañas, circundados por “la voracidad de lo eterno”.
La segunda parte del libro, titulada “Lugar del amor” está formado por diecisiete poemas que, en versos muy breves (abundan el trisílabo y tetrasílabo) evocan distintos lugares del Vall d’Incles, adonde el alpinista llega con el propósito de “desposeer / sus nombres”, o extirpar los “demonios y vértigos” que acarrea la vida urbana, regreando al origen. Y es que aunque hubiera querido escribir el paisaje, frente al Pic Negre de Juclar, por ejemplo, el poeta no puede sino hinchar sus pulmones, respirando “el más sublime / verdor”, un verdor que, como a Jaccottet en Cahier de verdure, puede iluminar la mirada del poeta en una revelación interior cuyos fragmentos intentará reunir humildemente en estos poemas, buscando despertar en el lector la impresión primigenia que la causara, que puede ser la de caminar descalzo por las praderas del Siscaró o hundir los pies en las frías aguas de las lagunas, recibiendo sensaciones sin razón, pues aunque intente sumerja los pensamientos hasta el fondo del Estany de Cabana Sorda, el poeta no obtiene ninguna respuesta salvo la invitación callada a identificarse con la temporalidad casi eterna de esas aguas, para absorber “la inmortalidad / de un sueño / innombrable”. Una y otra vez, se evoca el fracaso del pobre instrumento de nuestro lenguaje ante los grandiosos signos naturales de un sol que se asoma deslumbrante tras una cumbre o una tormenta que descarga granizo como una prolongada imprecación. Pero es en este lugar donde el poeta se encuentra a sí mismo, repitiendo formulaciones que aparecían en Ladino (y con obvio homenaje al Cernuda de Donde habite el olvido) con un cariz muy diferente, pues lo que en aquel libro era lugar de retiro desolado, oculto de los demás en su pesadumbre, es aquí ascensión a otro nivel: “Donde los seres / y las cosas / repelen sus nombres, / me encuentro [...] / donde puedas / llamarme / sin pronunciar / palabra alguna, / me encontrarás”. Pero el poeta, escalando sobre la “piedra / sin verbos” quiere a pesar de ello escribir su emoción para que ésta sea “más mía”, esperando que la desnudez de la cima pudiera reflejarse en su escritura y, en lo alto de Coma Pedrosa, el pico más alto de Andorra, enuncia el deseo de hacer suyo, únicamente percibido por él y “por nadie / concebido” el horizonte que desde allí divisa.
Hay también en La montaña efímera una subyacente presencia femenina de la amada, una elusiva belle dame sans merci que sin embargo va quedando cada vez más distante, a medida que el poeta asciende y va deshaciéndose de los recuerdos más opresivos de su pasado, del mismo modo que el polvo de la ciudad se desprende de sus suelas al escalar “entre paredes verticales”. Así, va sintiéndose liberado y, a la vez, acogido e integrado por una naturaleza que adquiere cualidades femeninas, que aunque no desemboquen en netas personificaciones, parecen conectar la intuición del poeta con la visión matriarcal de los primeros hombres. Así, sobre el impresionante Pic d’Escobes, el montañero se siente lejos de todo mal, y el viento helado se convierte en “el beso / de las alturas”, al tiempo que siente apoderarse de él “un amor / corriente / que resurge / y crece / cuanto más / arriba / llego”. Es por ello que esta segunda parte se llama “Lugar del amor”, por ser en la soledad de la montaña cuando el poeta siente su integración en la naturaleza y, apreciando que las cumbres inabarcables, aparentemente eternas en su majestuosidad, se formaron lentamente y se desgastan continuamente, siendo efímeras en el curso del tiempo, llega realmente a amar la vida. Rodeado por la firmeza de las rocas y el aire que respira, el poeta aspira a escribir “en la lengua / del tiempo”. Y es que no es casualidad que Nietzsche, el pensador del eterno retorno, dijera que sus ideas nunca fueron pensamientos de un sedentario, sino surgidos al hilo de sus largas y arduas caminatas alpinas. Zaratustra declaraba que en sus vivencias siempre había “un caminar y un escalar montañas”, y cuando en esta andadura esforzada llegó a la cumbre de una montaña aceptó que había llegado a su “última soledad”. De manera similar, con una coincidencia no buscada, el poeta de La montaña efímera, contemplando la caída del sol sobre la Font de Ferrosins, se siente en un lugar privilegiado y quisiera contemplar “la misma / puesta / de sol” en cada tarde, repitiendo la “inquebrantable / belleza / de ayer”.
Y así, ante la idea del fin, y frente a la desesperación que asomaba en algunos poemas de Ladino, el descubrimiento de sí mismo como un ser natural integrado en una tierra hermosa aunque arisca, aporta el consuelo y la satisfacción de la belleza, cuyo hallazgo vale más que cualquier fama o reconocimiento de los hombres. Por ello, en el poema que cierra el libro, dedicado al Vall d’Incles, se declara la superioridad de la luz del valle antes que las palabras con las que se intentó expresarlo, o la inapresable belleza del fugaz río, frente al pese a todo estático poema. Si este valle es “un lugar / más digno / que amar” lo es por la armonía de esta naturaleza fugaz pero perdurable, dura pero acogedora.
No es la menor virtud de La montaña efímera la sutil graduación con la que sus poemas nos van transmitiendo la exaltación del montañero en su caminar ascendente, como si a medida que avanzase la lectura nuestros pulmones fueran ensanchándose para respirar unos poemas que, incluso en su disposición tipográfica, evocan los picos cada vez más escarpados. Al final del libro queda la impresión de un amplio paisaje divisado sobre una altura inesperada, pero también la de que hemos asistido al nacimiento de un mundo poético nítidamente definido y liberado de tutelas, y que augura continuación y perfeccionamiento. En suma, seguir ascendiendo, llevados por un deseo indefinible, hacia esa última cima.
Del prologo de Mario Martín Gijón
La montaña efímera
Autor: Joan de la Vega Ramal
Publica: Paralelo Sur Ediciones; Barcelona, 2011.
ISBN: 978-84-614-9175-9
19,5 x 13 cm. 76 páginas.
PVP 10 euros.
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