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Libro de cuentos, por Mateo Rello

Luces, sombras y vericuetos del Camino de Santiago, de J.A. Suárez TalléM

ateo Rello, con habilidad y dominio de las ideas y los tempos, sitúa su personaje entre la épica de la acción y la lírica del pensamiento. La historia, o más bien las historias, necesitan un espacio en el que ser recreadas (al margen del lugar, el topos en el que –o sobre el que– acontecer, del que nos ocuparemos enseguida). La manera de abarcar todos los relatos y todos los escenarios es la interiorización, la espiritualización de la narración histórica, como materia que ha conformado el carácter de los hombres y mujeres y, por lo tanto, de los poetas; y eso requiere una puesta en escena eminentemente lírica, tal el modo en que aborda Rello la cuestión.

Referirse al topos, al lugar geográfico, al escenario físico donde acontece la existencia es , obligatoriamente, hablar de la ciudad. La ciudad, igual que señalábamos anteriormente con la poesía, existe con anterioridad a la historia. El génesis da cuenta de ello, y esta circunstancia no la pasa por alto el poeta, que sitúa en Caín y en su descendencia el punto de partida del hombre como animal político, siguiendo este hito de la tradición judeo-cristiana:

Salido, pues, Caín de la presencia del Señor, prófugo en la tierra, habitó
en el país que está al oriente del Edén.
Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y parió a Henoc: y edificó
una ciudad que llamó Henoc, del nombre de su hijo.

Pero la ciudad, creada por el desterrado, produce a su vez nuevos desterrados, surgiendo así, en el mismo momento del nacimiento, la dialéctica entre arraigo y desarraigo, tan propia de la existencia del ser humano a lo largo de siglos y milenios. Lo fundamental de esta idea es, no obstante, que el desterrado del paraíso busca el modo de construir artificiosamente un nuevo edén en el cual, a semejanza del originario, poder resolver  satisfactoriamente todas sus carencias y recuperar la seguridad y la felicidad perdidas.

La ciudad es el punto donde cobran su máximo vigor los anhelos de hombres y mujeres, y donde esos anhelos se ven defraudados. Donde el individuo alcanza a intuir su identidad y donde comprueba tristemente que la ha perdido. Donde es capaz de sentirse en casa para después comprobar que no es sino un extranjero más. Ese topos le ofrece, en términos geográficos, físicos, lo que su devenir existencial en términos espirituales: las sensaciones más gratificantes y las más nauseabundas, la expectativa mayor y la más grande caída. La ciudad, las ciudades del pasado conservan, a los ojos intro-retrospectivos del poeta, su esplendor, su aroma, su magia. Sin embargo, la ciudad contemporánea, aunque retiene ocasionalmente algunas reminiscencias de lo anterior, acumula un peso difícilmente soportable, el peso de una decadencia irrefrenable, que se descarga sobre los hombros frágiles del individuo, ya agotado anímicamente por los efectos de la racionalización a ultranza impuesta, como indicábamos al principio de esta introducción, por la deficiente o tendenciosa comprensión y desarrollo de los valores de la Ilustración. La razón instrumental, engendro deforme de aquélla, al que se enfrentaron Adorno, Horckheimer, Benjamin y otros miembros de la Escuela de Francfort (en filosofía) o Baudelaire, por ejemplo, en poesía, ha arrasado con gran parte del talante amable y acogedor de la ciudad. Pero cabe decir que el “yo” poético que Rello pone en juego a lo largo de los versos de Libro de cuentos, intuye o presiente ya en la ciudad del pasado las manifestaciones de un modo previo de destrucción: la paulatina degradación y descomposición moral y espiritual a la que poco antes hacíamos referencia. Aquellas ciudades ya han iniciado un recorrido involucionista que deja tras de sí un rastro de luces y de sombras. En sus sombras podemos palpar las señas más evidentes de la corrupción de un modo de vida; en sus luces, la nostalgia –anticipada o real– de lo que empieza a manifestarse ya , o está, de facto,  rremisiblemente perdido, y que se halla en la propia esencia de la ciudad: también, ciudades, vuestra identidad / (...) comprende vuestro fin: la destrucción.

La ciudad que retrata Rello poco tiene de casual o de fortuita. Responde, más bien, al talante y al temperamento de los hombres y mujeres que la habitan. Ninguna forma vuestra es gratuita, escribe. Todo en la ciudad responde, primeramente, a la ensoñación del ser humano, y finalmente a su incapacidad para recrearla tal y como la soñó. De la ensoñación es responsable, en cierta medida, la literatura: Sé que sin Piranesi y sin Calvino, / sin Lovecraft y sin Dunsany, sin Poe / no hubierais sido como os soñé. La ciudad de Rello, además, casi siempre tiene un puerto, una apertura al mar, que se me antoja una vía de escape, una salida a la inmensidad, al impresionante espacio abierto en el que poder llenar los pulmones de un aire no viciado, en el que experimentar la soledad necesaria a toda criatura, o a través del cual emprender la huida, después de haber transgredido los límites encorsetados del engendro urbano.

Entre toda esta amalgama de ideas (bien estructurada en los versos, mal relacionada aquí), el poeta tiene tiempo y ganas de rendir su particular tributo a algunos de sus autores de cabecera o a aquellos cuya obra y/o biografía despiertan en él más simpatías, homenajeando, por hacer alguna mención, a la literatura fantàstica (Dunsany), de terror o suspense (Poe), de viajes (Conrad), de aventuras (Stevenson), e incluso desplegar una encantadora capacidad de fabulación en lo tocante a sus aportaciones pseudobiográficas en alguno de los personajes aludidos.

Me queda casi nada por decir. Celebrar la recuperación y el regreso a escena de dos de los heterónimos del autor, Fernando Silva y Liberto Acina, ambos con su peculiar registro creativo y su particular modo de arder en el fuego de la historia, en la imparable hoguera del tiempo, y que dan cobertura poética a algunas de las inquietudes ideológicas de Rello. Y celebrar también los apócrifos de Delia Galilea, que nos conducen a un final exquisito y apoteósico en el que la existencia es afirmada categóricamente como tránsito, no existiendo el refugio definitivo, sino solamente la nostalgia de aquéllos que lo fueron momentáneamente y nos brindaron su protección, su abrigo, su aroma de hogar imposible:

Tener
esperándonos, ningún hogar.
Ni entre las llamas,
más atrás,
ni en los incendios de mañana.

De la presentación de José Antonio Arcediano

Libro de cuentos
Autor: Mateo rello
Publica: Paralelo Sur Ediciones; Barcelona, 2009.
19,5 x 13 cm. 120 páginas.

PVP 12 euros.

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Estudio de caso

En este apartado le mostramos cuál es el proceso que hemos seguido para realizar un proyecto concreto: los requerimientos del cliente y las soluciones de valor que hemos aportado.