E
l escritor pide la palabra.
Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) y Tristano, su notario, responden de una andanada al fuego de los dos bandos; a los que creen en la literatura como herramienta social y a los que abogan por el ideal de belleza. Se levanta entre el humo de la disputa el autor pero no tiene voz, como su héroe enfermo Tristano al final del relato, pero con su noble ejercicio de prosa en la mano manda a pique las fragatas de todos, la poderosa, de orgullosa mesana, de un anciano maniatado por la ideología y la frágil chalupa del periodista que entra agua en su bote a fuerza de repetir la misma palada.
En “Tristano muere” se nos muestra un atajo hermoso entre los dos campos; existe la posibilidad de trazar un bosquejo implacable, altamente crítico, de la sociedad actual sin descuidar la búsqueda de esa flor, de ese ideal absoluto de belleza que a menudo queda entre nuestras manos hueco como los frutos de una piña seca.
“No creo que la vida sea comprensible si no es en términos narrativos”, nos dice Tabucchi y en las casi doscientas páginas de la novela lo transforma en verdad empírica, con poco combustible eso sí, sólo cuatro personajes fantasmagóricos (Frau, el escritor inglés, Rosamunda, Daphne o Mavri Elià) apenas dibujados entre las nieblas de un sueño de morfina, todo tamizado por el recuerdo endeble de un héroe de la resistencia contra el fascismo, poco al uso eso sí, desengañado y moribundo, cargado de añoranza y verdad, de rabia también por lo que vino después, con la clarividencia extraña que le dan las cefaleas y la morfina, con la superioridad que otorga tener ya un pie colgando del abismo.
Poca leña como hemos dicho para tan flameante hoguera, las historias se entremezclan en los balbuceos de la mente de Tristano, se marca todo con tiza suave y se repasa a medida que avanzan las páginas, sacudidas de galerna que no dejan una prosa deshilachada, hay coherencia, se entreve un pespunte de trama bajo lo que asemeja un desvarío de vencido, porque Tabucchi nos desnuda también lo suyo, hay un resumen velado de los últimos cincuenta años de la historia europea e italiana, nos marca preferencias bajo una tenue línea de agua, pero están ahí, se ve su perfil asomar como la silueta de un delfín que corre al mismo tiempo que la narración.
Porque en el fondo de “Tristano muere” quedan posos, fogonazos ahogados del “realismo mágico” de García Márquez que tanto admiró el autor, hay Rilke, Miller, puñaladas de Lobo Antunes, quizá el autor contemporáneo al que más nos recuerda desde “Se está haciendo cada vez más tarde” (2002) Cohabita todo en una marea de prosa dislocada, trabada, surcada de flash-back y reticencias, da lazadas frenéticas y engañosas como el propio recuerdo, pero acaba siguiendo el camino de la evocación, de la inmediatez hecha palabra, como Proust o el propio Joyce. Quedan también signos de otros naufragios, como cierta vocación de panorámica histórica que ya fraguó en su primera novela “Piazza d´Italia” (1975) y que continuaría en “Sostiene Pereira”(1994) o en “Sueño de sueños” (1996)
Pero hay tambien en sus páginas espacio para los “beatus ille”, descansos del alma, granadas atiborradas de amor y deseo, “...yo te saqué del laberinto y tú me hiciste entrar en él, sin que para mí haya otra salida que valga...estoy auqí, la brisa acaricia mis cabellos y yo voy a tientas en la noche, porque he perdido mi hilo, ese que te di a ti, Teseo...” retumban en las paredes del libro ecos de antiguos amores, míticos, como una suave gramola de tiempos pasados a veces, mitológicos a veces, como también tabletean las armas y el fango, la niebla en los bosques del norte de Italia cuando se esperaba al enemigo, al cierto no contra el que Tristano dispara ahora, el que se ríe a carcajadas mientras contamina todo con los disparates de sus televisiones enfermas, las bautiza como Tontintolín “...comprendió por quién había luchado, por quién había combatido, por quién había matado, por quién se había arriesgado a ser matado...para qué tantas penas, tantos tormentos, por Tontintolín...”, tabletea de nuevo el arma de Tristano contra un nuevo enemigo, bien camuflado, sin uniforme, el que se camufla tras una barricada de democracia y opulencia, “...los ingleses y sus primitos tienen dos democracias, la buena, para el consumo interno, y la que se echa a perder enmoheciéndose en los almacenes del tiempo, ésa es la de exportación, más adecuada para los pueblos pobres, total, los pobres lo digieren todo...”
Suena a ratos la voz de Tristano como el canto de un oráculo, épico como un canto de Whitman, de Homero, como una sirena enferma y debilitada que trata de coge fuerzas para lanzar un último canto, una andanada que debe recoger un escritor desconocido, quizá inexistente también, del que únicamente sabemos que es inglés y que ha escrito un libro sobre la bis heroica de Tristano. Ahora querría que escribiera sobre el hombre, no sobre el héroe, sobre lo que le sacude, el hambre, la miseria, el dolor que ve a ráfagas a través de la televisión, sobre una modernidad que se le presenta como un monstruo mitad mastín mitad cruzado, un futuro incierto y deshumanizado en que no habrá más fe que el consumo “...soy el futuro, mi querido partisano, es por mí por quien luchaste en el monte... Cristo trajo demasiado Oriente a nuestra casa, era un beduino, iba montado en un borrico para provocarnos, a nosotros, los dueños de la civilización de las máquinas...” Puede que Tabucchi nos esté marcando el buen camino; no hay arma más poderosa que el arte frente a una sociedad vacía sin valores.
ón tras la lectura de la novela. Es “Tristano muere” una obra zenital, inquietante y poderosa, una novela mayor, porque también hay obras mayores en la literatura, como en la música o la pintura. Agradecemos su tono elevado, mayúsculo, nada panfletario, una declaración de guerra a las mordazas, a los imperios, al gobierno ciego del producto editorial.
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