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Metales pesados, de Carlos Marzal

Fernando Clemot

C

ontemplando un mural un amigo pintor me dijo que si afinaba la vista podría encontrar en aquella pared toda la historia de la Pintura.

Semejante sensación de obra mayor, de resumen de otras muchas, se desprende también de la lectura de "Metales pesados", volumen poético de Carlos Marzal (Valencia, 1961), y con el que parece repasar el artesonado de su herencia poética y artística. Soberbio poemario, en apariencia accesible pero revestido de un hondo sentido cognitivo, con una profundización extrema en todas sus lecturas anteriores. Encontramos punzadas de tradición, guiños a artistas admirados, pequeños diamantitos repartidos con maestría sin dejarse por ello arrebatar el tono personal de la obra.

Bebe Marzal directamente de las fuentes clásicas, del 27, de Fray Luis, sobre todo Fray Luis, de San Juan, de Manrique y Quevedo, de Dante y Holderlin el loco, hasta de Góngora en algunos giros formales. Si se escarba un poco encontramos resabios también de la mística de Miguel de Molinos sin pasar por el filtro de Valente. Pero no sólo de poética se alimenta su afán, encontramos frescos pictóricos que nos recuerdan a Dalí (... el clima incomprensible de los relojes blandos ...), a Goya, en "Máscaras mortuorias", hasta imágenes de caza de Anton Van Dyck en "Naturaleza muerta"

Toda esta riqueza la logra Marzal sin grandes alardes herméticos, basándose en experiencias reales, diarias, trascendidas luego para crear un universo de una belleza angélica. Tiene el poeta un verso diáfano, tan luminoso y sonoro como la luz y la armonía que busca. Sacraliza el objeto, el animal, el vegetal, lo cotidiano, y allí lo resume todo, aplica con acierto radical la máxima de Canetti y encuentra en lo particular las claves de lo universal, de lo trascendente.

Dentro del poemario Marzal nos ofrece cuatro miradas, adherida cada una a los capítulos en que divide su obra. En la primera parte, "El entusiasmo de la decepción", enhebra su poesía más sublime y es donde es más notoria la presencia de Fray Luis. Hay mansedumbre y asentamiento que pocas veces quiebran motivos más contemporáneos. Parece buscar Marzal en poemas como "Cálculos infinitesimales" y "Temperamento es destino", una clave alquímica, pitagórica, flota un anhelo de encontrar a través de un sentido estable como la música la oculta formulación del mundo.

También encontramos en esta primera parte el pensamiento fuerza que da coherencia al conjunto, la imagen de los metales pesados, del ser humano no como un cuerpo macizo si no dúctil. Encontramos en las gotas de mercurio que se desgranan una de sus alegorías más poderosas, ese metal pesado será la esencia interna a analizar, el fluido vital que se escurre entre nuestras manos. Somos metales pesados, sí, pero también mercurio que fluye, partículas minúsculas y cotidianas, altamente sensibles.

En "La mirada conforme", el siguiente apartado, encontramos reflexiones hechas desde la observación diaria. La comprensión del Universo anida en cualquier rincón, en una leñera que puede ser un altar, en un taller de escultura, en el desuelle de una res, en la lluvia, en una flor, en los manantiales, en la observación de un vagabundo. Parece el poeta inmerso en este capítulo en una suerte de fascinación natural, platónica y sólo en algún momento dejará aparecer aspectos más carnales, con el sexo como elemento revelador y primario, alejado de estereotipos impuestos.

Será en "La estatura interior", tercera parte del libro, donde se certifique una exploración más personal, desde el Yo hacia dentro. Es en esta mirada introspectiva cuando aparecen los aspectos más negativos, más brutales, como si ese metal pesado interior hubiera ganado cuerpo, pesadez... Cuando explora su propia condición parece desaparecer toda la armonía que había fijado a través de la contemplación. Encontramos en esta playa restos de un naufragio, hay decepción, desengaño y postración; la juventud es observada como un gasto inútil, una flagrante disipación de energía, una galerna que solo alivia la edad. Esta desesperanza se refleja en la presencia de elementos atávicos; el fuego, una cacería, en la enfermedad de un amigo, observaciones siempre desde una óptica descorazonadora. Como asidero solo parece encontrar el análisis del oficio poético. La belleza aparece entonces como un tesoro, como una fuente clara de alegría. La más notable muestra de este capítulo es probablemente "Los nuestros" velado homenaje al Darío maduro y terrible de "Lo fatal" ...En lo fatal buscamos la certeza/ y en lo fatal hallamos a los nuestros...

Quedan también, como en casi todos los apartados, vestigios de amor carnal, fuerte y vehemente, desasistido de los ritos amatorios tradicionales, deseo puro y efervescente.

En "La voz en extravío", el canto del poeta parece interiorizarse buscando una profundidad casi mística, una búsqueda sin ambages del alma, de aquella estatura interior que nos ha de acercar más a dios y alejarnos del catálogo del reino animal. En esta búsqueda la mirada sigue siendo escéptica, solo es capaz de mantener la esperanza en una vida futura el sin sentido, la fábula y en uno de sus poemas más terribles admite " porque es absurdo, creo " (p.144) En "Servidumbre de paso" tenemos una plegaria a un dios que le ha abandonado, un dios ausente al que es imposible creer y comprender. Sufrimiento parejo al del Unamuno maduro, anhelo por creer pero que la fusta de la razón abate de inmediato. Casi al final, en "El dios del testimonio" parece añorar la presencia de un dios armónico, musical, sin contradicciones, un Pan que armonice el caos de un mundo henchido de dolor.

Poesía madura y con mayúsculas la de Marzal. Se nos dibuja "Metales pesados" como una obra mayor, bella y densa, una referencia que tras las buenas perspectivas apuntadas con "Los países nocturnos" (1996) consagra definitivamente al poeta como figura crucial dentro de la literatura española actual.



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