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Dylan Thomas y J. A. Rimbaud. Traducciones de sus Obras Completas

Ximena Ortega

L

eer un texto traducido es encontrarnos con un "similar" a la obra original; el grado de similitud depende siempre de un oficio y conocimiento riguroso que respete -en lo posible- las raíces de las lenguas con la que se trabaja. En este sentido el castellano es una suma de voces y acentos que deberían olvidarse a la hora de traducir cualquier obra extremando los cuidados si se trata de poseía. Aquí un error de traducción hace que el poema pierda todo sentido; suplantar la raíz de una palabra por un localismo ajeno al idioma original es faltar el respeto a la obra del autor que se traduce pues no se ha comprendido que la poseía, que un poema se forma con esas palabras y no con otras, que están allí por una razón precisa y desconocida que tiene que ser tomada con delicadeza si va a trocarse por una "similar" en otro idioma.

Si las palabras están inmersas en el caos del lenguaje, el poeta las extrae dándoles un nuevo -o tal vez verdadero- significado; coincido en esto con Octavio Paz al considerar a la palabra escrita como un ente vivo y al lenguaje en poesía como un cosmos donde cada partícula coincide de manera exacta con las que le siguen formando así el poema concebido como una totalidad.

Se puede entonces pensar en el poeta como un ordenador del caos a través de su propia interpretación, su libre elección de significantes que no es tan libre como él pretende porque intervienen también fuerzas cósmicas, principios de un orden natural que se alcanza luego de búsquedas intensas y a menudo dolorosas.

Tal es la poesía de Dylan Thomas y J. A. Rimbaud. La fuerza poética de estos autores descansa en un riguroso trabajo con el ritmo y las rimas. La violencia a la que someten a sus idiomas (inglés y francés) para que den cuenta de lo que ha de decirse es la forma y el fondo, lo que les justifica ante el mundo y también es parte de una herencia literaria lejana a la vez que cercana a nosotros que se aleja del todo con el uso de términos localistas como "chaval" "sarao" "cañas"; utilizo el término "localismos" porque el idioma castellano cruza la frontera y estas palabras pierden el significado que aquí se les otorga y la obra traducida se vuelve a menudo incomprensible para quienes no comparten la misma forma discursiva. Se ha dejado de lado la verdadera raíz de la palabra, la libre raíz que no óvese a ninguna región sino a una lengua común, vasta y maravillosa como es el castellano.

Mucho se dice acerca de las traducciones de uno y otro lado del océano, pero la que hiciera la editorial Corregidor de la obra completa de Dylan Thomas es fiel a la palabra del poeta, no hay allí ningún uso de términos locales siendo la editorial argentina, que emborronen un poema entero. También se puede mencionar aquí el trabajo de Palazón con la obra de Paul Celan (editorial Trotta) que aún a riesgo de complicar la comprensión de un texto, ha respetado por entero la difícil tarea de nombrar el holocausto y su silencio, ambas cargas que llevó el poeta a lo largo de su vida.

Un libro es siempre un hombre, la mano que lo escribió, su justificación y su trascendencia; si la obra ha sido escrita en un idioma distinto al nuestro y hay intención de enseñarnos un legado, habría de tener el traductor el cuidado de estar libre de todo sentimiento que no sea la fidelidad a una obra que no le pertenece y por tanto una obra en la que se debe notar lo menos posible su intervención. Porque una palabra no es un término sino un eslabón que compone junto a otros el poema; cada una de ellas tiene su propio peso, s sentido y si el poema se compone de significantes puros ¿no es de vital importancia cuidar que esa significación no se pierda totalmente?

Trabajo del poeta es expresar su concepción del mundo. Trabajo del traductor es tomar ese discurso y traerlo a un idioma nuevo sin que se pierda por ello la verdadera esencia de una obra; solo así podremos decir que conocemos el paso por la vida de escritores como Thomas o Rimbaud, que hemos visto sus cuerpos y escuchado lo que han dicho. Todo lo demás serán meras aproximaciones, carentes muchas veces de profundidad y de sentido.

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