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Retorno 201, de Guillermo Arriaga

Alberto Caturla Viladot

G

uillermo Arriaga, más conocido como guionista -Amores Perros o 21 gramos- que como escritor (aunque cuente con tres novelas en su haber), publica en España un libro de relatos escritos, en su mayoría, hace veinte años. Retorno 201 es, tal y como figura en el epígrafe de la obra, el nombre de una calle «ubicada en una colonia al sur de la ciudad de México» y a su vez el espacio imaginario por el que deambulan los personajes de estas historias. Algunos de ellos transitan por más de un relato -de entre todos especialmente destaca la figura del doctor Río- dibujando las líneas maestras del mundo de la colonia marcado por la violencia, el abuso y el abandono. Cuentos como "195" (el cual empieza: «Rómulo retira su pene exhausto del surco pegajoso de la mujer y envuelve su cuerpo con las sábanas raídas»), el "Invicto" o "Una cuestión de honor" nos han recordado a otro Guillermo, cuentista y chilango también, en su exploración de cierto realismo sucio asociados a los modelos de conducta de la calle del D.F., aunque Arriaga no llegue -o busque- la contundencia expresiva de Fadanelli.

La propuesta más interesante del libro consiste en el ensayo que el autor lleva a cabo con el discurso narrativo fragmentario, dentro del relato breve. El volumen puede leerse como un despliegue de las diversas posibilidades de contar una historia utilizando diferentes estrategias que pauten el discurso. Nos podemos fijar, por ejemplo, en los diferentes recursos que emplea para introducir cada uno de los fragmentos. En la "Viuda Díaz", historia de un amor no correspondido, Arriaga opta por un relato lineal de los acontecimientos encabezando cada una de las etapas de esa relación, con un número romano. En cambio, en "195" utiliza la numeración arábiga (hasta el 31) en lo que puede interpretarse como una alusión a la cuenta atrás del conflictivo embarazo que se nos explica. En el "Invicto" se opta por titular alternativamente cada fragmento con los apodos de uno de los protagonistas (el Vikingo y el Rat), en lo que resulta una interesante aproximación al universo de la calle donde la lucha por la identidad se cifra en el apodo que el grupo le otorga -el nombre hace al hombre- . O bien, en la estremecedora historia "Lyli" observamos cómo los breves fragmentos se suceden simplemente separados por un doble espacio, variando de uno a otro el punto de vista y la voz narrativa.

La pregunta inmediata que puede surgir al lector es en qué medida cada historia solicita esa experimentación en el contar. Nuestra respuesta es que Arriaga casi siempre acierta en su elección.

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