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ue en la poesía latinoamericana existe una seria inflación de antologías resulta evidente. Pero esta evidencia no invalida la necesidad de construir perspectivas que vinculen diversas obras entre sí, haciendo legible el orden, velado o manifiesto, que las aproxima o distingue. A menudo, el país desde donde se escribe, las generaciones en que los poetas nacen o comienzan a publicar, u otros accidentes, fungen como criterios que fundan la vecindad entre distintas obras. Aclaro algo: al decir que son "accidentes" no pienso que atender el género, la edad o la nacionalidad de un escritor sea algo caprichoso. Después de todo, estos principios de lectura podrían dar cuenta de una experiencia cultural compartida o de la vigencia de ciertos códigos estéticos y, lo más crucial, vinculan cada obra con la comunidad de habla en la cual surge. Sin embargo, hablar de "poesía argentina", "poesía chilena", "poesía femenina", "poesía social", "poesía religiosa", etc. ha representado, en los hechos, el dibujo de unas cartas de navegación para un viaje que al final nunca se emprende. En la medida en que se presupone un objeto de lectura sin cuestionarlo ni mostrar su génesis, sus límites, sus dinámicas de formación, etc. los criterios antológicos terminan por ser algo más que un atavismo y algo menos que una disciplinada revisión de la tradición que intentan leer.
Me permito comenzar con estas divagaciones, pues al leer La mitad del cuerpo sonríe. Antología de la poesía peruana contemporánea de Víctor Manuel Mendiola ( FCE, México 2005) encuentro un discurso que intenta trazar líneas críticas, pero que comienza en la asunción automática de un objeto nunca validado y desemboca en una lectura que se extravía por su generalidad. Cuando hablo de validación no tengo en mente una justificación argumentativa, una puesta en juego de tal o cual guiño persuasivo para eludir posibles objeciones; no se trata de convocar, a discreción, tres o cuatro citas de Kristeva, Barthes o Gadamer, sino de esmerarse en construir un orden y movilizar sus elementos para ganar una lectura más intensa. En pocas palabras: evitar los automatismos en la lectura. Wittgenstein decía que, frente a las ciencias, la filosofía experimentaba una seria ansiedad metafísica, que la conducía a urdir proposiciones que él acusaba de "carentes de sentido". Otro tanto valdría decir de las lecturas críticas, donde se lanzan redes sumarias para atrapar entelequias como "la poesía peruana", "los poetas mexicanos", "la generación del 50" , "la tradición literaria", etc. Ante ellas, el lector extiende las manos y se topa con una ofrenda vacía.
En el texto con el que introduce a su lectura de 24 poetas, Víctor Manuel Mendiola plantea que posiblemente "baste con devolverle a la poesía lo que la propia poesía expulsó de sí misma, es decir, todo lo que volvía a un poema un poema: el verso, las fuerzas dramáticas, el cuento que canta, la arquitectura, la convivencia de lo lógico con lo mágico y, como dijo Darío, la música de las ideas". No estoy seguro de que todos estos rasgos -y varios más- hayan sido exiliados alguna vez de la poesía, pero, en todo caso, a lo que se refiere Mendiola es a la pluralidad de posibilidades expresivas, estéticas, vitales, cognitivas e imaginativas que encuentra en los poetas reunidos en la antología. Así, una de las claves de su lectura es la de valorar nuevamente la simultaneidad de rasgos formales, al margen de "poéticas" programáticas y exclusivas. De ahí que más que emprender un mapa concreto de un canon, Mendiola se limite a señalar un par de elementos que lo componen. No se detiene en ningún momento a señalar cómo interactúan éstos entre sí; qué contrastes, revisiones, negaciones, complementos o interrogaciones recíprocas emprenden. Únicamente asevera lo que va encontrando, tanto en la obra específica de cada autor, como en un intento de panorama general, que no siempre se salva de caer en la mera vaguedad: "La poesía peruana ha desarrollado en sus figuras más sobresalientes una poesía de la imaginación suelta, con sorpresas, pero sinuosa y vaga, que no esconde otra cosa que efusiones sentimentales; pero en la otra orilla ha creado una poesía áspera, muchísimo más interesante, porque plantea un drama verdadero, pero al mismo tiempo produce una especulación, un reflejo mental, que nos pincha cuando leemos".
La muestra de poemas se inicia con la obra de Javier Sologuren y se termina con la de Lizardo Cruzado; esto comprende un periodo que va de 1921 a 1975, de acuerdo con la fecha de nacimiento de los poetas. Un conjunto que, por un lado, presenta escritores como José Antonio Mazzotti, Maurizio Medo o Rossella di Paolo, que van emergiendo con propuestas afincadas en un afán de renovación (obras que aún se encuentran en una etapa de definición, pero que también han sabido aportar momentos de luminosidad y real solvencia). Por otro lado, están las obras que han persistido por encima de la gestualidad y ahora son referentes ineludibles de la poesía latinoamericana en el siglo XX , como Rodolfo Hinostroza, José Watanabe, Blanca Varela y Carlos Germán Belli. Se hallan también obras de autores que, desde su propia madurez, puntúan el conjunto, como Carmen Ollé, Isaac Goldemberg o Antonio Cisneros. Y, finalmente, está quien me parece el tangible punto nervioso de toda esta nómina, el centro de atracción más sólido de este esbozo: Jorge Eduardo Eielson. Podría llamar la atención la ausencia de otros poetas como Mirko Lauer, Eduardo Chirinos o Enrique Verástegui -cuya importancia, dicho sea de paso, se admite en la introducción a la antología- así como otros poetas que ni siquiera se mencionan, como el fenecido Luis Hernández, o los casos de Mario Montalbetti y Reynaldo Jiménez. Admito que juzgar una antología por aquello que excluye es, además de una simple comodidad travestida de crítica, un principio de lectura improcedente; sin embargo, no deja de llamar la atención que Mendiola deje fuera del corpus textual obras cuyo valor se detiene a reconocer.
No sé si sea dable decirlo de "la poesía peruana" pero, al menos en La mitad del cuerpo sonríe , los niveles enunciativos, la identidad de los hablantes o la diversidad de enfoques, construcciones y distanciamientos respecto del "yo" del poema pueden definir no sólo un problema formal en el nivel constructivo de los textos, sino también un hilo conductor que permite ensayar un orden en el que estas 24 propuestas estéticas convergen y divergen entre sí. El hablante en primera persona es, hasta cierto punto, una constante. Pero sus perfiles, funciones, rasgos, materiales y comportamientos textuales son múltiples y en ocasiones antitéticos.
De la sabiduría enunciativa de Eielson, que ha sabido ir de una imagen solar (que pasa por registros barrocos, oníricos, etc.) a un ascetismo donde el lenguaje se tensa hacia el silencio, puede acudirse a la furia verbal de los hablantes femeninos en poemas como los de Carmen Ollé, en que la voz del poema no es refractaria a su concreción: el género, la ciudad, el desgaste de ritos y símbolos que ceden ante las experiencias culturales, la corporalidad como condición y límite del significado, etc. Del balbuceo y el delirio en los hablantes de Maurizio Medo, que representan una revisión de la tradición literaria y el hibridismo idiomático, se puede descender a las voces múltiples de Hinostroza, que generan una mixtura de discursos entre la historia, el zodiaco, la narratividad, la inclinación por el fragmento, la gastronomía, la glosa, el escolio, etc. Mientras que el hablante de Varela está signado por la introspección y la exploración cognitiva, y el de Cisneros encuentra en el habla y en la narración una eficaz penetración de los nexos entre la memoria, la parodia y la ética, el hablante de Watanabe se disuelve en la observación, cifra una relación con el exterior que no pone en el centro de la visión a la subjetividad, sino al haz de relaciones que se resuelven en una poesía sensorial, donde la inteligencia no se limita a las instancias reflexivas y donde la imagen no es tanto una posibilidad verbal, sino una disciplina interior. El hablante de un poema tan parco, exacto y potente como "Balada para un caballo", de Jorge Pimentel, acompaña al hablante de Rocío Silva Santisteban, que emprende la fusión entre el signo y la experiencia erótica como definición de los sujetos, o el hablante femenino de Rosella di Paolo, que es mutable pero que define su eje en la experiencia amorosa y la atracción de las realidades físicas hacia el universo personal.
He sido demasiado abstruso y abigarrado en estas últimas observaciones, mas no me es posible explicarme de forma más paciente. El caso es que estas obras edifican un horizonte común, pero no siempre desde una simple y lineal hospitalidad. Por el contrario, la vitalidad de este orden parte de sus diferencias. Si vale la pena leer el conjunto es porque su forma de comunicación no sólo pende hacia la edificación, sino también hacia la crítica; no sólo hacia la permanencia sino también hacia la dislocación. Es decir, una forma de habitar y construir la casa, pero también una forma de traicionarla, para decirlo con una bella imagen de José Watanabe, con la que concluyo, no sin antes advertir que es justo en esta ambigüedad donde la poesía encarna y respira.
Nuestro hogar ha sido tardíamente consagrado. Eso es todo. Nunca traicioné otras grandes verdades porque quizá no las tuve, excepto el amor que me hizo edificar una casa, excepto el amor que nunca debió edificar una casa.
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