La generación trágica portuguesa: Verde, Nobre, Eça...
Manuel Monteiro
“...Esta enfermedad es la de una generación, la
de una juventud; y es justicia que todas las crisis
del pensamiento y de la imaginación, tan verdaderas
y legítimas como las otras, encuentren
su eternidad en una voz que las interprete y se
haga escuchar...”
Alberto de Oliveira
“Palabras loucas”(1)
M
uy del gusto de
los biógrafos o de los enhebradores de folletines sería esta generación literaria portuguesa de finales del XIX, hundida casi sin salir de puerto bajo el peso de su propia desgracia, lastrada por un sino autodestructivo que la aniquiló. Será siempre una literatura de horizontes limitados, un campo cerrado a veces por un instint vitalista exasperado, caso de Castelo Branco y Antero de Quental, por una fiebre de pasión que casi no dejará desarollarse a los literatos devorándolos hasta llegar al suicidio...(
2) Tan terrible este destino como el que marca la aparición del duende hético en las trayectorias brevísimas de Cesário Verde y António Nobre, más larga aunque igualmente marcada por la misma enfermedad la de Eça de Queirós, el referente máximo de las letras portuguesas del XIX.
Tan terriblemente quedará marcada esta etapa de la literatura lusa por la tuberculosis que no podrá evitar Pessoa, una generación mástarde, en uno de sus trasuntos, dedicarles un sentido rend ezvous. Si analizamos la biografía que el mismo Pessoa nos hace de Alberto Caeiro encontraremos en él un contemporáneo de los Cesário Verde y Nobre, más unidos quizá a ellos por la connotación biográfica que por el estilo, adaptándose a un papel de hermano de suerte.
Tabucchi en Los tres últimos días de Fernando Pessoa nos hace un apunte vital del poeta que casi hara que lo emparentemos con lageneración finisecular que precedió a Pessoa:“. ..Alberto Caeiro da Silva, maestro de Fernando Pessoa y de todos los heterónimos, nació en Lisboa en 1889 y murió en provincias en 1915, de tuberculosis, como el padre de Pessoa. Pasó su breve vida en una aldea del Ribatejo, en casa de una tía abuela adonde se había retirado debido a su precaria salud. No hay mucho que decir acerca de la biografía de este hombre solitario y contemplativo...Pessoa lo describe como un hombre rubio, pálido, con los ojos azules y de estatura media .”
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3) La vida de Caeiro, que nació en la mente de Pessoa el 8 de marzo de 1914, es breve, veintiséis años, frente Verde y Nobre, tan ligados a él, que apenas rebasaron la treintena. El dolor, la conciencia de una final inevitable son rasgos de Caeiro que no encontraremos en Ricardo Reis y Álvaro de Campos
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4), los otros heterónimos más destacados. El final que le dará Pessoa a su corta existencia parece ya determinado en alguno de sus poemas
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5), tan hirientes y legítimos como los de Verde, Nobre o Antero de Quental.
Porque fueron las existencias de los dos poetas finiseculares sencillas como la de Caeiro, anónimas, con una gloria literaria limitada como la de Nobre o inexistente como la de Verde, fuera siempre de los grandes movimientos europeos. Más dramática la huída de António Nobre al que la necia dama golpeó más fuerte, quizá por su carácter menos aguerrido sufrió más largo, huyó de su destino durante los cinco últimos años de su vida. Jugó Nobre en varios tapices y paisajes con la muerte, en Madeira, en Estados Unidos, en Suiza, pésimo tahúr, con el fatalismo del que sabe que juega con malas cartas de mano. Quizás la agonía de Cesário Verde se vió acrecentada por el desconocimiento absoluto de una obra que a su muerte, el 19 de julio de 1886, sólo era conocida por unos pocos amigos. El Diário de Noticias le cita como como “malogrado poeta y comerciante”, “joven de notable talento”, sin más. Sólo el Comércio de Porto tuvo palabras más sinceras: “…ha muerto prácticamente ignorado (…) tuvo una decidida vocación poética, original e independiente como pocas.”
Resulta mucho más sencillo repasar su biografía que su poesía, densa, siempre repleta de ironía y connotaciones. José Joaquim Cesário Verde nació en 1855 en Lisboa, hijo de pequeño comercante de la Rua dos Fanqueiros, en plena Baixa. Desde pequeño alternará la vida en la capital con una finca rústica a pocos kilómetros de Lisboa, Linda-a-Pastora, donde desde pequeño estuvo en contacto también con la vida campesina
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6). Será este carácter ambivalente, de joven mitad de provincias mitad capitalino, parte fundamental de su creación, de su cosmos extraño y original, simbolista y realista, profundamente anti-romántico
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7), que sólo podemos asociar con la obra novelística de Eça. Destinado desde joven por su padre a la carrera comercial, sólo ejercerá de poeta en ratos libres, a trompicones - “La poesía no da dinero”, sería la máxima de su padre, José Anastasio Verde - y a partir de ahí practica el autodidactismo con ahínco, lecturas sueltas, hasta que en 1873 decide inscribirse en el Curso Superior de Letras, única forma que creía práctica de entrar en contacto con la elite literaria del momento. Allí conocerá a Silva Pinto que le encaminará enlas lecturas de Victor Hugo y Baudelaire. Con él compartirá sus primeros poemas y será en un artículo de Silva Pinto en el Diario da Tarde de Porto donde aparecen las primeras líneas sobre eldesconocido poeta
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8). Al parecer, de muy poco después, de 1874, son los primeros síntomas de la tuberculosis. Pero será el reconocimiento que no obtiene lo que echará de menos toda su vida; Verde, se siente excluído de un lugar del que cree que ha hecho méritos para entrar y en una carta de 1880 ya se queja de la incomprensión de sus contemporáneos: “…no obtienen una mirada, una sonrisa, un desdén, una observación. Nadie escribió, nadie habló, ninguna conversación conmigo (…) Literariamente parece que Cesário Verde no existe.” Y así hasta el final, cada vez más hastiado de su condición de comerciante
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9) y más alejado de la literatura. Vida extraña la suya, como todo lo poco conocido, intentos de entrar en los círculos literarios que se movían en el café Martinho, malas críticas a alguna poesía que publicó en el Diario de Noticias, alguna de ellas firmada por Ramalho de Ortigão
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10). Tascas y prostíbulos
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11), cada vez más descreído, embrutecido y alienado, se fueron apagando su vocación y esperanzas. Se eclipsó lentamente, quizá de la forma más triste, devorado por la rutina y la vulgaridad que lo rodeaba. No hay ocaso más triste que el que embrutece, lejos de destellos de gloria.
Conoció de su desenlace definitivo unos dos meses antes de su muerte, en boca del doctor Sousa Martins
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12). Murió sin dejar un libro pero tendría la fortuna de que su amigo Silva Pinto costeara una edición de sus obras de su bolsillo, en abril de 1887.
Treinta años después otra generación de poetas lo sacará al fin del olvido.
Mayor reconocimiento en vida, aunque no el que hubiera esperado alguien de su autocomplacencia, tuvo el portense António Nobre, nacido doce años más tarde que Verde, pero al que el destino le reservaba una existencia tan corta como la del poeta-comerciante lisboeta.
António Pereira Nobre nació el 7 de agosto de 1867 en el seno de una familia acomodada originaria de Tras-os-Montes pero toda su educación se desarrollaría en un elitista colegio de Porto. Era Nobre esteta de cuerpo y alma, un dandy de constitución delicada, pelo largo y rizado, muy dado a actitudes sorpresivas o extravagantes. Se cuenta que desde joven “declamaba frente a las olas del mar, frente a las lavanderas”
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13), siempre con un libro debajo del brazo, amigo de las capas y los abotonados de brillantes colores. Tan deslumbrante personaje sólo podía en contrar un escenario adecuado en la Universidad de Coimbra. “Laboratorio de arte” llamará a sus patios vetustos Eça, donde todavía retumbaban a su llegada los ecos de la Questão Coimbra
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14) que había dinamitado la vida intelectual de la generación anterior al poeta.
Pese a su impresionante entrada en la facultad de Derecho, en 1889, la vida universitaria de Coimbra sería una decepción para Nobre, que la tachaba luego de “antro de estupidez local”, anticuada y ñoña, de haberse quedado anclada en la Edad Media y no ser más que un estorbo para el progreso intelectual de Portugal. Junto con Alberto de Oliveira y Agostinho de Campos fundará la revista Boémia Nova, de la que apenas si aparecen seis números. De esta época son gran parte de las poesías de Só, devora escritos de Proudhomme y Baudelaire, aunque también crece su admiración por Joao de Deus, Antero y Eça de Queirós. El nuevo objetivo fijado por el orgulloso poeta es ya otro: París.
Llega a la Ciudad de la Luz en octubre de 1890, con veintitrés años y un hatillo colmado de poesías y esperanzas. No había otra ciudad que pudiera ajustarse a su carácter como aquella, allí nacieron los poemas de Baudelaire, Rimbaud, Leconte de Lisle, Verlaine, Laforgue... Allí estaba Eça como embajador... Sólo París, cosmopolita y gigantesca, referencia de todos los movimientos, podría entender su otredad, dar el punto de equilibrio a un arte que creía embrutecido por la mediocridad. Desde su llegada a la ciudad hasta su marcha en 1895, residirá en el Barrio Latino, en la rue des Écoles, la de las grandes universidades y los intelectuales. No podía existir mejor tribuna, pero el resultado será no será el deseado; malvivirá la mayor parte del tiempo con muy pocos ingresos y permanecerá alejado en todo momento de la vanguardia literaria de la ciudad. Sus deseados y escasos contactos serán siempre decepcionantes
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15). Se siente Nobre desalentado, aislado, tiene saudade... Podemos decir que será en París donde el poeta empezá a amar con fuerza su país.
Especialmente frustrante debió ser su encuentro con Eça, que como embajador de Portugal debía proporcionarle la documentación para continuar con su carrera de Derecho en la Sorbona. Era para él un ejemplo, el referente que admirar; de él dirá después “es la criatura más escéptica con la que me he encontrado”. Tres trofeos llevará a su vuelta a Portugal; la carrera de Derecho que acabará en la Sorbona, la primera edición de Só en abril de 1892, y el último galardón, la escarapela oscura de la tisis colgada de su pecho.
Los primeros síntomas de la enfermedad aparecen ya en los años 1891 y 1892, pero no será hasta el año siguiente en que se le diagnostique. Para un temperamento tan sensible como el de Nobre este será un golpe durísimo
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16) y durante los años que siguieron lo asociará siempre a una “tisis del alma” provocada por la ruptura con su amigo íntimo, Alberto de Oliveira, al que desde los tiempos en Coimbra consideraba un hermano.
Tras dejar París en el 1895, la vida de Nobre se centra obsesivamente en buscar un remedio a una enfermedad que siente que lo mina lentamente. Su existencia sera un ir y venir en busca de una posibilidad de curarse. Primero, entre septiembre de 1895 y en la primavera de 1896, en Davos, Suiza. De allí a Penafiel, a pocos kilómetros de Porto, donde pasará el verano. Los primeros meses de 1897 los pasará en una finca de Estoril, partiendo luego hacia Baltimore en busca de una clínica de reconocido prestigio. Este continuo trafagar de maletas no hace otra cosa que debilitar al poeta que se encuentra cada vez más angustiado. En enero de 1898, en una de sus cartas, se define como “deseoso de abandonar Lisboa”. El 13 de enero escribe a su hermano hablándole de una quinta de la que tiene referencias en los alrededores de Funchal y que pertenecía a Carolina Scheffield. Un mes más tarde parte hacia la isla de Madeira en busca del milagro.
Tuvo allí como médico al Dr. Vicente Cândido Machado, que siguió su enfermedaddurante los quince meses que permaneció en la isla. Vivirá siempre en Funchal, en el antiguo el Royal Hotel, hoy bautizado como Savo; luego en la Pensão Almeida y en la quinta de los Scheffield. Elegante y distinguido, triste y solitario, el poeta nos hablará de la vida de las clases pudientes de la isla: “...hay muchas muchachas cuya vida consiste en afternoon-teas, lawn-tennis y pescar algún novio que les aparezca.” Menos banal también nos contará que“Madeira está resultando pésima para mi afección. Los médicos aquí conocen de la inutilidad de est clima, pero cínicamente lo ocultan para hacer buena la clínica.” En otra carta del mes de mayo habla de visitar la Guayana Inglesa a bordo del velero Filisberta. Dice que el viaje de tresmeses le saldría por unos 100.000 reales: “Los naturales de la isla que caen enfermos, se curaban de
esta manera.”. En abril de 1899, con su dolencia agravada y poco antes de partir hacia el continente, confesaría al doctor Machado su impresión de que “ya llegué tarde a Madeira”. Escribirá poco en la isla, apenas han quedado quince poesías que se recogen en el volumen Despedidas.
A su vuelta a Lisboa, seguía desalentado por el resultado del viaje: “Vengo peor que fui. Clima pésimo. Tibio y húmedo. Justamente lo contrario de lo que conviene a mi dolencia.” En la isla había recibido en abril de 1898 la noticia de una segunda edición de Só, pero ya nada parece levantarle el ánimo. Casi sin esperanzas regresa a Davos y ya de vuelta, casi como despedida, visita la pensión de la rue des Écoles donde vivió cinco años.
Los primeros meses del año 1900, los últimos de su vida, los pasará en la finca familiar de Penafiel. “Continuo mal y no puedo estar más aquí, los vientos son demasiado violentos, muero si continuo”. Así hasta el 18 de marzo, en que el viento norte que azota el Duero y que lame las colinas de viñedos del Tâmega se llevó también al poeta, tenue y delicado, como una brisa mar adentro.
Y como si aquel mismo soplo cálido, el céfiro violento y mórbido del que nos hablaba Nobre, hubiera continuado Atlántico arriba, buscando el norte, como uno de esos pecios que aleja la tormenta, hacia París, así en el comienzo del 1900 la salud de Eça de Queirós parece también sufrir una fuerte recaída. Resulta curioso que la última visita a París de Nobre, en otoño de 1899 ya con la tisis minando sus postreras carnes, visitara al célebre novelista. Frente a frente los dos, con la enfermedad encharcándoles los pulmones, el poeta dandy tras unos pocos pero amargos años de recorrido, el novelista-aristócrata hastiado por más de veinte años de combate contra un mal enemigo. Se mirarían cara a cara, ególatras y cínicos ambos, desahuciados, unidos en una misma miseria pero todavía arrogantes, cara y envés de un único espejo.
Porque el rostro de aquella enfermedad que se agravó en las primeras semanas del año ya la conocía Eça, era la misma dama anciana que había visitado su hogar para llevarse a sus tres hermanos, la que le atormentó con sus primeros desarreglos y cefaleas en la húmeda Bristol, en 1878, veintidós años antes, la que le hacía empezar el siglo aislado en su casa de Neully, en un pabellón escondido del jardín. Hacía años que Eça venía huyendo de la dama, de Portugal primero, y del insano clima de Newcastle y Bristol más tarde. Y ahora del centro de un París que ya no reconocía, acuartelado desde 1893 tras la frontera occidental de la Porte Maillot, lejos del estrépito de L´Etoile y los Champs Elisées, bajo el que se había cobijado al llegar como cónsul en 1888. Tenía la necesidad de tener más espacio, un jardín amplio, como el Jacinto de A cidade e as serras, de espaldas a una ciudad que hacía tiempo que le resultaba extraña
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17).
De entonces, de aquel lindar del siglo, son sus últimas fotos siempre en una pose exagerada y dramática, intentando transmitir una alegría que hacía tiempo había desaparecido de su vida. Pocas fotos con Maria Emilia, y menos de los niños enfermos. Siempre en el jardín, con amigos de prestado, aduladores encopetados y ampulosos como el vizconde de Alcaide, Carlos Meyer o el embajador Sousa Rosa. No era el Eça de los últimos tiempos el de los años de estudiante en Coimbra, el dolor y la enfermedad lo habían agriado, se había vuelto caústico y escéptico, un científico, mero observador de la existencia humana. Incluso el matrimonio con su mujer parecía fruto de las circunstancias
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18), de aquel cientifismo; ni un amigo francés o inglés pese a haber vivido más de veinte años fuera de Portugal.
Distante siempre, posiblemente sólo había tratado de igual a igual a Antero de Quental. Había admirado aquel carácter aguerrido, tan distinto al suyo, que se iba tornando cada vez más aristocrático y acomodaticio. Pero en aquellos días de Neully era la figura del poeta una compañía lejana, diez años muerto, y al único contemporáneo suyo con el que podía competir en talento e ideología, Cesário Verde, no llegó nunca a conocerlo. Posiblemente para entonces ya no necesitaba a nadie, sólo algún conocido con el que bromear y compartir alguna foto.
Pese a este escepticismo vital de Eça, en febrero buscará desesperadamente tratamientos en Arcachon
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19), en las Landas, en uno de los centros para tuberculosos más reputados de Francia. Luego hacia el sur, en Biarritz y Pau, también en vano. Los meses de abril y mayo los pasaría en otro sanatorio en los alrededores de París. De estos meses de la vida del escritor apenas si hay testimonios. Según los médicos, la tisis que padecía se veía agravada por una malaria. Había adelgazado mucho, estaba pálido y avejentado, por lo que a principios de julio los doctores Melo Viana y Bouchard le aconsejan pasar unos días en Glion-sur-Montreux
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20), a orillas del lago Léman.
El 28 de julio parte hacia Suiza con Ramalho de Ortigão, su antiguo amigo de sus primeros tiempos de escritor, de As farpas y El crimen de la carretera de Sintra, treinta años atrás. Se encontraba cansado, como afirmaba en sus cartas. Compartirán tres días en Ginebra también con Eduardo Prado: “una compañía agradable y necesaria.” Se le impone en el hospital de Glion un régimen de leche y huevos, pero continuaban los dolores de estómago. Pese a ello parecía muy feliz con el lugar: “¡este lugar es magnífico! Los hoteles son palacios y están rodeados de los más hermosos jardines. El aseo es perfecto y la comida excelente. Los hoteles son baratos. Tengo un buen cuarto de tres ventanas sobre un lago y montañas. ¡y qué belleza de montañas! Por ésto y por todo, almuerzo, comida, cena, servicio, luz debo pagar, tal es el precio, 14 francos.”
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21) Pese a estas buenas sensaciones que transmiten sus postales la salud no mejora. Siguen las cefaleas y los dolores de estómago. Eduardo Prado y Ramalho se han marchado ya y ésto aumenta su inquietud.
Abandona Glion para ir a Lucerna. El 4 de agosto le comunica a su mujer sus deseos de regresar y cinco días más tarde redacta su última carta en la que le dice que quiere visitar en Heidelberg a un especialista. En caso de que no lo encontrara o estuviese de vacaciones volvería a París de inmediato. El 13 de agosto del 1900, un espectro enflaquecido pone pie a tierra en la Gare de Lyon, cuando Emilia lo abraza se pone a llorar. Ya en casa se reclamó la presencia de uno de sus médicos, el Dr. Bouchard, que le aplicará uno de los sueros traídos del Instituto Pasteur. Confirma a la familia que el enfermo estaba agonizando. En la madrugada del 16 de agosto se avisa al padre Lanfand que da la extremaución al moribundo. Hacia un calor bochornoso, las dos ventanas del cuarto estaban abiertas y por ellas llegaba el sonido de un “Miserere” que se entonaba en un orfanato cercano.
Tras las gestiones para su traslado, sus exequias serán un acontecimiento nacional. El 16 de septiembre una multitud encabezada por el presidente del Gobierno, Hintze Ribeiro, espera los restos del héroe nacional en la Praça do Comércio, frente al Cais das Colunas donde lo desembarca un remolcador. Penden crespones negros del arco de la Rua Augusta, en las farolas del Rossío, sobre la entrada del Teatro Maria II. Una riada humana inundaba las calles de la Baixa. Sólo una nota discordante: su más feroz y antiguo enemigo, Fialho de Almeida
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22), se pavoneaba provocador con una corbata roja a pocos metros de casa del padre del novelista, Rossío, número 26, cuarto piso. El mismo balcón desde el que dos años antes Eça tuvo su mejor ovación
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23) y al que el anciano don Jose María Almeida Teixeida de Queiroz ni fuerzas tuvo para asomarse al pasar el cortejo.
Notas:
1. Gavilanes, José Luis y Apolinário, António. De Historia de la literatura portuguesa, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000.
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2. Camilo Castelo Branco (1825-1890) La novela Amor de perdición, escrita en la prisión de Porto en 1861, le concederá un escaño de oro entre las letras portuguesas del XIX. Años más tarde un cambio en los gustos de los lectores y la locura de su hijo Jorge lo llevarán a un estado a medio camino entre la depresión y la locura. Casi ciego, rendido por la vida se dispara a la cabeza el 21 de mayo de 1890. Este coleccionista de sufrimientos todavía agonizará cuatro horas antes de expirar. Parecida suerte vital correría Antero de Quental (1842-1891), poeta sublime, considerado por Pessoa y Guillén el mejor hombre de genio de la Península en el siglo XIX, alabado por Unamuno y Oliveira Martins. Siempre inquieto, intentará trazar nuevos destinos en la poesía y en la política portuguesa. Agitador impenitente luchó por la Unión Ibérica y el socialismo, contra el Ultimátum inglés, última bofetada que le daría la suerte. Hastiado de todo, sin nada por lo que luchar aquel 11 de septiembre de 1891 se descerrajará un tiro en la boca en un banco de jardín de su São Miguel natal.
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3. Fragmento de Tabucchi, Antonio. Los tres últimos días de Fernando Pessoa, Editorial Anagrama: Barcelona, 2000.
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4. Álvaro de Campos y Ricardo Reis son los nombres de los otros dos heterónimos más conocidos de Fernando Pessoa (1888-1935), sería Campos el prototipo del poeta asociado a las vanguardias de las primeras décadas del siglo, mientras que Reis cultiva un estilo mucho más clásico.
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5. “Quando vier a Primavera / Se eu já estiver morto / As flores florirão da mesma maneira / E as árvores não serão menos verdes que na Primavera passada / A realidade não precisa de mim” (Poema de Alberto Caeiro).
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6. “...nos vamos para lá; somos provincianos...”(O livro de Cesário Verde).
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7. “El poeta-pintor” le llama Tarracha Ferreira.
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8. “...É un verdadeiro poeta, cantando o quê? O que não existe. Pode-se lá cantar outra coisa?...” Un poeta novo, Diario da Tarde, 3-XII-1873.
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9. “O doutor Sousa Martins preguntou-me qual era a minha ocupaçao habitual. Eu respondi-lhe naturalmente: empregado no comércio. Eu não posso bem explicar-te mas a tua amizade comprende os meus escrúpulos: sim?...(Silva Pinto, Posfácio de la primera edición del Livro de Cesário Verde).
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10. José Duarte Ramalho de Ortigão (1836-1915). Personaje importante de la llamada Geração del 70, compañero inseparable de Eça en sus primeros años, compartieron la escritura de O mistério da Estrada de Sintra y As farpas. Activista literario, compañero siempre de tertulias, en solitario su quehacer literario nunca se vió contrastado.
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11. Poesías como “Frígida”, “Ó áridas Messalinas”, “Espléndida”, hablan sobre este mundo.
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12. Silva Pinto lo refiere así: “E eu fui à beira de Sousa Martins, e preguntei- lhe se o poeta Cesário Verde podia ser salvo. O grande e ilustre médico, tranquilizou-me- e apunhalou-me em pleno peito: Que o poeta Cesário Verde estava irremediablemente perdido.”
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13. Fragmento extraído de la introducción de Maria Ema Tarracha Ferreira a la edición de Só, Editora Ulisseia, Lisboa, 1998.
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14. Reacción antiromántica y europeísta generada particularmente por Antero de Quental y Teófilo Braga en 1865 y ante la que reaccionó principalmente el poeta António Feliciano de Castilho (1800-1875). Tiene también el movimiento un propósito político-revolucionario; se pretende integrar al artista en su tiempo, sacarlo del limbo romántico, hacer converger a Portugal con los movimientos que sacuden una Europa de la que se sienten muy distantes. La conferencia “O realismo” que Eça impartirá en el Casino Lisbonense en mayo de 1871 será colofón y resumen de los objetivos del movimiento.
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15. En la introducción de Maria Ema Tarracha Ferreira a Só (Biblioteca Ulisseia, 1998) se nos habla alguna de esas decepciones: “...para se ser decadente é necesario levar vida abjecta, como o grego Moreás a leva por cá, que dizem ser un pederasta e outras coisas de lama. Un estudante de Medicina me contava que o Verlaine, no Inverno, vai para o Hospital, porque lá tem sopa e fogo.”
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16. “Aquí perdí saúde e ilusões, que de ordinario se perdem mais tarde, e que ganhei? Un curso de luxo.”
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17. “París ja não é aquela cidade ligeira e luminosa. Agora está muito grosseira de aspectos, de modos e de ideias, e completamente negra...se vai tornando uma cidade cada dia menos intelectual e mais fabril...”(Entrevista imaginaria a Eça a partir de sus escritos , Carlos Loures, Vidas Lusofonas).
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18. Eça se casó con Emilia de Castro Resende el 10 de febrero de 1886, hermana menor de su compañero de viaje a Egipto en 1869, el conde de Resende. Emilia tenía catorce años menos que el novelista y posiblemente le abrió de par en par las puertas de la sociedad aristocrática con la que se deseaba emparentar. De su relación con ella diría: “Mi matrimonio no tiene historia. Cuando yo y Emilia estábamos juntos, durante una larga intimidad de tres meses hablábamos de cocina ,un poco de religión, de arte, de perros. No vale de ningún modo el esplendor lírico de Romeo y Julieta. Es apenas una historia de dos personas que tienen un corazón serio y que recíprocamente lo ponen al muy seguro refugio de una estima profunda.”(Entrevista imaginaria a Eça a partir de sus escritos, Carlos Loures, Vidas Lusófonas).
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19. El primer sanatorio para tuberculosos que se abrió en Francia fue el de Arcachon, en 1880.
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20. En ese tiempo en Davos, Glion y buena parte de los hoteles y balnearios para tísicos de Suiza se imponía un régimen menos estricto que en los sanatorios alemanes. A partir de 1885 sufrirán los centros suizos una invasión de clientes de lujo de otros países que no están dispuestos a desprenderse de comodidades. Se permitían las visitas y disponían de calefacción central y ventanas de doble vidrio. No solía haber médico ni régimen terapéutico.
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21. Fragmento extraído de Mónica, Maria Filomena. “As virtudes do defunto”, Revista Expreso, 12/8/00.
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22. Jose Valentim Fialho de Almeida (1857-1911) Novelista, amante de los tugurios y la bohemia nocturna lisboeta; antiburgués y revolucionario, pasó apuros económicos hasta su matrimonio con una mujer adinerada. Naturalista, seguidor acérrimo de Balzac y Taine, atacó a Eça principalmente desde el periódico "Brasil-Portugal" acusándolo de pobre de estilo, desnacionalizador, cínico y creador de una galería de personajes grotescos.
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23. Fue con motivo del Centenario de Camões y se lo relata así a su mujer en una carta de mayo de 1898: "...aquí no Rossio, o cortejo passou num silêncio glacial, quase sombrío, um silêncio de 30.000 pessoas. Eu todavía, se me faz favor, tive a minha pequena ovação, que agradeci do quarto andar, com modestia..."
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