Lidia en "O ano da morte de Ricardo Reis"
Carminha Boa Vila
Prazer, mas devagar
Lídia, que a sorte àqueles não é grata
Que lhe das mãos arrancam.
Furtivos retiremos do horto mundo
Os depredados pomos.
Não despertemos, onde dorme, a Erínis
Que gozo trava.
Como um regato de mudos passageiros,
Gozemos escondidos.
A sorte inveja, Lídia. Emudeçamos.
Ricardo Reis
S
aramago nos presenta a un Ricardo Reis humanizado, que se enamora y que padece las contradicciones y los compromisos del amor proyectado en dos mujeres diferentes. Esta dualidad del personaje femenino permite plantear dos tipos de relación y por tanto, permite ver una vez más la pluralidad del “yo” pessoniano. Los nombres de mujer, Marcenda y Lídia(
1), no son ya abstracciones para el ejercicio literario de Pessoa, pero sí lo vienen a ser para la elaboración ficcionada de Saramago. Este, pues, retoma de nuevo la idea del creador de las máscaras.
La aparente frialdad de Ricardo Reis no sólo se rompe con la necesidad vital de sentirse amado, sino que el lector asiste al autodesenmascaramiento del personaje que se sorprende a sí mismo -y al propio Pessoa- capaz de amar y ser amado.
Esta transformación se realiza de forma progresiva, pasando de una mera atracción física o una necesidad fisiológica a una pasión que conlleva admiración y estima.
Cuanto más arraiga el sentimiento mayor es el compromiso. Esta será la razón fundamental de la decisión final. Pero Saramago deja siempre una puerta abierta a la acción del azar o del destino, de manera que nunca podemos saber con rigor si finalmente existe una posibilidad de elección.
Paralelamente al amor, el miedo hace mella en un Ricardo Reis cogido por sorpresa en la última etapa de su vida. El amor parece ser la última mano a la que se puede agarrar ante una muerte cierta. Será Lidia quizás la salvación...
El detonante de la relación es el nombre de la criada, Lídia. “Qué incongruente,siendo criada, es llamase Lídia, y no Maria”. A partir de este momento se inicia la aproximación entre ambos personajes en un ensartamiento de ficciones, en un encadenamiento de mundos y posiciones diferentes.
El tratamiento personal es de vital importancia para Ricardo Reis, y Lídia se percata de ello porque él la trata de usted, algo a lo que ella, como criada, no está habituada.
“Lídia tiene sus treinta años. Es una mujer hecha; y bien hecha. Morena portuguesa”.
Así se la imagina el autor: una mujer corriente. Pero, sea por la soledad que él siente, sea por el atractivo de ella, Ricardo Reis se descubre a sí mismo jugando al amor: “Lídia, se dice Ricardo Reis. Ella posó la bandeja, levantó los ojos llenos de susto. Quiso decir, Señor doctor, mas la voz le quedó presa en la garganta, y el no tuvo coraje, repitió, Lídia, después, casi en un murmullo, atrozmente banal, seductor ridículo, la halló muy bonita, y se quedó mirándola por un segundo solamente”.
Saramago nos propone un Ricardo Reis solitario y sin experiencia en el amor que balbucea ante la mujer que quiere conquistar quizás por una doble causa, ser mujer y ser criada, como si dándose ambas circunstancias la distancia entre ambos fuera aún mayor: “Yo, que le tengo resultado cómico a las criadas de hotel, también tú Álvaro de Campos, todos nosotros”.
La aparición de este amor turba enormemente a Ricardo Reis. Sus pensamientos ya no obedecen a ninguna lógica y siente la necesidad infantil de huir: “Pasó todo el día fuera removiendo la vergüenza... Y decidió que al día siguiente cambiaría de hotel, o alquilaría una parte de casa, o regresaría a Brasil en el primer barco”. Pero afortunadamente para el poeta, Lídia, consciente de su condición y de sus sentimientos es quien da el paso decisivo: “Miró la cama. No estaba abierta como de costumbre, en ángulo, pero sí por igual doblados sábana y colcha, de lado a lado. Y tenía, no una almohada, como siempre, sino dos.” De esta forma tan sutil nos indica Saramago las intenciones de la criada. La naturalidad que demuestra Lídia a la hora de abordar la relación, choca siempre con la complejidad de un Ricardo Reis en lucha por no abandonar las formas.
En el primer encuentro nocturno, el autor condensa en un gesto todo el significado de esta unión desigual: “Lídia tiembla, sólo sabe decir tengo frío”, y el se calla. Está pensando si debe o no besarla en la boca, que triste pensamiento”. Pero no siempre puede un hombre, ni aún Ricardo Reis, recurrir sólo al pensamiento: “a las tantas, ni él supo como fue, la besaba como a la más bella mujer.” Y será precisamente el beso en la boca el que marcará el pulso de la relación.
Paralelamente a esta relación amorosa, directa, casi sin preámbulos, llamémosla instintiva, en la mente de Ricardo Reis se está creando la historia alternativa, la recreada, la imposible, la ideal.
Marcenda es hija de un notario. Esto dará pie a una relación entre iguales. Ricardo Reis se sentirá atraído por ella desde el día en que descubre que tiene una mano paralizada. Él tratará de infundirle un ánimo que no tiene ni para sí mismo, trata quizás de salvarla de sí misma por saberse perdido. “La esperanza. Sólo la esperanza. Nada más. Se llega a un punto en que no hay nada más…” y entonces descubrimos que aún tenemos todo. Como él mismo, Marcenda no cree ya en nada, no tiene esperanza, se limita a vivir.
Lídia, conoce la relación entre Ricardo Reis y Marcenda, pero sabedora de la desigualdad social que hay entre ellas opta por callar.
El doctor enferma y es Lídia la que se encargará de cuidarle. Estas atenciones ablandarán a un Ricardo Reis que llega incluso a la
emoción: “Está con fiebre... pero, escuchando
a otra persona decirlo, sintió pena de sí mismo. Colocó una de las manos encima de la mano de Lídia, cerró los ojos. Si no fuera más que estas dos lágrimas podré retenerlas así, como retenía aquella mano castigada de trabajos, áspera, casi bruta, tan diferente de las
manos de Cloe, Neera y la otra Lídia(
2)”.
Saramago inventa una citación policial dirigida a Ricardo Reis. Se trata de la policía de vigilancia y defensa del Estado. Introduciendo esta nota política, la obra modificará el rumbo y la velocidad. La relación entre criada y huésped cambia de tono y de escenario. Es a partir de esto momento cuando Ricardo Reis comienza a ser consciente de su actitud mezquina dentro de la relación: “no sé nada de ti, apenas que vives aquí en el hotel…, que eres soltera y sin compromiso, que se vea, Para el caso, basta, respondió Lídia con estas cuatro palabras, cuatro palabras mínimas, discretas, que apretaron el corazón de Ricardo
Reis”.
En Lídia crece el amor, la necesidad del otro le hace guardar una esperanza: “Hoy no puedo quedarme mucho tiempo... ella ya se queja de que yo nunca aparezco, o paso huyendo, hasta me preguntó si encontré novio y si es para casar.” Pero Ricardo Reis no hablará de matrimonio a Lídia sino a Marcenda.
Saramago encuentra un elemento que enfrenta al poeta de ficción con la vida real, Lídia está embarazada. Y mientras, ella demuestra una vez más el coraje que él no puede más que envidiar. Ricardo Reis lucha por no perder la máscara, se acobarda, y parece salir de su letargo amoroso: “Voy a dejar que venga el niño, entonces, por primera vez, Ricardo Reis siente que un dedo le toca en el corazón”. No es dolor, ni crispación, ni desprendimiento, es una impresión extraña e incomparable, como sería el primer contacto físico entre dos seres de universos diferentes.
Los acontecimientos políticos se precipitan en España. Ricardo Reis cada vez se siente más sólo. Lídia comenzará a hablar por boca de su hermano comunista. Ya es del todo consciente de la situación: mientras lava los platos sucios acumulados, se le desatan las lágrimas. Por primera vez se pregunta a sí misma qué viene a hacer a esta casa, ser criada del señor… ni siquiera la amante, porque hay igualdad en esta palabra, amante.
Sólo volverá una vez más Lídia a casa de Ricardo Reis. Saramago sabe dar a esta una escena el tono premonitorio de la despedida: “Lídia bajó la escalera, contra lo costumbrado fue Ricardo Reis al rellano, ella miró hacia arriba, él le hizo un gesto, de aprobación, ambos sonrieron”.
Notas:
1 Personaje de las Odas de Horacio que recupera Pessoa en los poemas del heterónimo Ricardo Reis. Saramago dará vida al personaje con una dimensión bien diferente a la de Horacio.
2 Las tres mujeres que ocupan un lugar destacado en la poesía de Horacio y que perviven en la literatura portuguesa del siglo XX en la Odas de Ricardo Reis.
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