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La mitología celta, una región de fronteras imprecisas

Elena Roig

L

a mitología celta resulta una gran desconocida, incluso hoy en día; y eso a pesar de haberse convertido en objeto de culto y fuente de inspiración: piénsese, por ejemplo, en el nuevo género narrativo, mal llamado "fantasía épica", que encontró su mejor adalid en el famoso celtista Tolkien. El interesado hombre contemporáneo se deja seducir inmediatamente por el brillo mítico más superficial: hadas, elfos, duendes, druidas, trolls abundan en la concepción que tiene de la mitología celta.

Sin embargo, no es de extrañar este desconocimiento si uno se para a pensar en la información que nos ha llegado al respecto. Adjetivarla como "fragmentaria" y "confusa" es del todo pertinente y obligatorio. Porque, si es cierto que los celtas se extendieron a lo largo y ancho del continente europeo, no lo es menos que su modo de vida y sus creencias son sólo accesibles a través de unos pocos restos arqueológicos y de breves menciones en textos grecolatinos, que ofrecen en conjunto un testimonio pobre. En este paisaje árido, tal vez sean las ramas britónica y goidélica, aquellas que se establecieron en los territorios más occidentales de Europa (Bretaña, Irlanda, Gales y Escocia), las más conocidas: se han convertido en una llave casi maestra que ha permitido un acceso abierto a la cultura celta. Gracias a su literatura, tanto a sus textos escritos como a los relatos orales que han podido pervivir hasta nuestros días, el imaginario mitológico se abre en todo su esplendor. La literatura irlandesa y galesa, particularmente de la época medieval, se convierte en la mejor fuente de conocimiento de las creencias celtas. Sin embargo, no sin ciertos obstáculos.

La clave para entender toda esta falta de noticias se encuentra en el modo de transmisión del caudal mitológico. No hay que perder de vista en ningún momento que se trata de una cultura oral: es la palabra dicha en voz alta la que toma protagonismo en el intercambio cultural, aquella palabra que pasa de los labios al oído y utiliza el aire como canal. Este concepto, desde la mirada escrita del siglo XXI, puede resultar difícil de captar en toda su dimensión y sus consecuencias. Pero es innegable que la primera y más fatal de dichas consecuencias es que, una vez comunicada, la palabra desaparece en ese mismo aire en el que flotó durante unos instantes... De tal manera inasible, que hoy no quedan testimonios directos de los mitos que pudieran llegar a contar durante siglos los bardos.

Sin duda, ellos, los bardos, fueron los protagonistas de la cultura celta. Llamados filid en territorio irlandés, se sabe que son los herederos de la conocida figura del druida pancéltico. En sus manos reposaba toda actividad intelectual, lo que les permitía gozar de un estatus privilegiado en la sociedad. Sin embargo, se trataba de una posición difícil de alcanzar y muy reglada por antiguas leyes: llegar a ser un bardo exigía un largo aprendizaje en las escuelas bárdicas, las filidecht irlandesas, dividido en numerosas etapas. Sólo los más cualificados, entre los que destacaban los llamados ollamh, verdaderos maestros pulidos por doce años de estudios, podían dedicarse a relatar los viejos cuentos y sagas. Se dice de ellos que llegaban a memorizar más de trescientas leyendas.

Hoy en día, una de las posibles fuentes para acceder a los relatos míticos celtas es heredera directa del oficio bárdico: parte de la tradición pagana se ha conservado oralmente hasta nuestros días (en línea continua al menos hasta el siglo XX, aunque empezó a ser recogida por escrito ya en el XIX). Todo este material puede ser tanto o más antiguo que los primeros textos escritos medievales, pero ha quedado reducido a una mera representación folclórica en forma de cuentos narrados por los seanchaí, y cuyo origen y trasfondo simbólico queda en el olvido. No es de extrañar este fenómeno, puesto que estamos hablando de una trayectoria temporal muy larga, sometida a numerosas presiones históricas y culturales externas que han alterado irremediablemente los matices más significativos. Se trata, por tanto, de una fuente envejecida por el paso del tiempo, en la que apenas se vislumbran los caminos originales, pero de gran valor porque es la descendiente única de la pareja que conformaban literatura y oralidad en el mundo celta.

Desafortunadamente, también son numerosos los problemas que afectan a las fuentes escritas. Los primeros textos conservados son muy tardíos y difíciles de datar fielmente. Los más antiguos son de origen irlandés, como el Leabhar na hUidre, conocido por el nombre de Libro de la Vaca Parda, o el Leabhar Laignech, llamado Libro de Leinster. Se recogen en varios códices fechados a partir del siglo XII, aunque consideran los estudiosos que dicho material puede retrotraerse cuatro siglos, a mediados del VII después de Cristo. ¡Cuánto más vivió de manera oral, en boca de los bardos, antes de ser puesto con tinta sobre pergamino, resulta un misterio imposible de aclarar! Y probablemente existieran copias más antiguas. Porque a partir del siglo VI, tras la entrada de la palabra evangelizadora con campeones como san Patricio, los monjes asentados en territorio celta iniciaron una prolífica actividad intelectual, tanto en latín como en gaélico (para lo que tomaron prestado el alfabeto latino). Dicha actividad convirtió sus monasterios en verdaderos centros de irradiación de la cultura cristiana, pero también, paralelamente, de otra con raíces paganas. Sin embargo, buena parte de todo ese material se perdió debido a las continuas incursiones vikingas que se produjeron a lo largo de la Alta Edad Media. Y, respecto al poco material conservado, hay que tener en cuenta que fueron clérigos cristianos los que se encargaron de copiar dichos manuscritos, de modo que, con el afán religioso de limar los cantos más paganos de la cultura en la que vivían, alteraron muchos de los ingredientes originales que aparecían en las fuentes orales.

Fueron numerosas las contaminaciones entre la literatura latina, casi siempre de cuño cristiano, y la celta medieval, gracias sobre todo a una convivencia pacífica; y ello es de agradecer, dado que los pocos textos conservados de la época más temprana son en latín. Por ejemplo, la Historia Brittonum, la Historia del pueblo bretón, atribuida falsamente a Nenio, un texto compuesto en el siglo IX como elogio al pueblo bretón, en el que se entremezclan las descripciones más o menos históricas con retazos de milagros maravillosos, batallas a veces imposibles, las primeras menciones a Arturo y otros muchos elementos de origen netamente pagano. Aunque como texto histórico ha sido muy denostado por la crítica, lo cierto es que resulta un testimonio de valor incalculable de las leyendas celtas. Este tipo de textos ofrecen una preciosa información, ciertamente algo metamorfoseada, no del todo original, pero no menos reveladora por ello. De hecho, es algo muy similar a lo que sucede con la que se deriva de las fuentes griegas y latinas más antiguas: historiadores de gran talla hablaron de la cultura celta, pero desde su propia perspectiva y pensamiento, alejados del mundo que la origina. Por tanto, también a ellos se les escaparon numerosos matices y significados.

La última fuente escrita que permite acceder al mundo mítico está formada por las obras de la "materia de Bretaña", cuya inspiración se encuentra en la literatura celta, tanto en los relatos orales de los bardos como en las anotaciones y préstamos que aparecen en textos latinos del estilo de la Historia Regum Britanniae, por Geoffrey de Monmouth, o el Roman de Brut de Wace. La trama de estas obras se desarrolla en un espacio más o menos reconocible del territorio británico, y sus protagonistas, con nombres de origen gaélico, se corresponden a personajes de la épica mitológica irlandesa y galesa. El mundo nuevo que introducían en el gastado repertorio literario románico, lleno de un misticismo mágico desconocido, sedujo inmediatamente a numerosos autores del siglo XII, como María de Francia o Chrétien de Troyes, que no dudaron en retomar los nuevos temas, símbolos, formas y esquemas que les prestaba. Sin embargo, como verdaderos intelectuales medievales, adaptaron, modernizaron y racionalizaron muchos de esos elementos que les caían más extraños. El resultado fue una mezcla ecléctica y atractiva de sus conocimientos de cultura grecolatina con hallazgos plenamente medievales en un marco celta.

Entender las constantes transformaciones que han sufrido los relatos míticos gaélicos, bien por el paso del tiempo o al ser puestos por escrito, resulta más claro con un ejemplo: el concepto de Otro Mundo o Más Allá(1). Por estos términos se conoce al mundo de ultratumba, morada de los muertos pero también accesible a los vivos, una especie de jardín elíseo o paraíso bíblico que suele encontrarse en la Tierra. La aparición de este Otro Mundo en las diversas fuentes que hemos visto varía según el grado de "maravillosismo" que se permitan, y sus fronteras con el mundo real serán entonces más o menos evidentes. Recibe numerosos nombres en lengua celta, que suelen hacer referencia a la forma que toma o a alguna de sus principales características: "Isla de los Bienaventurados", "País Bajo las Olas", "Tierra de la Promesa", "Isla de las Manzanas", "Llanura del Placer"… Es habitual que se trate de un espacio mágico, donde impera la riqueza, la belleza, la generosidad de los paisajes y del clima.

Tocados por el tiempo, tal vez sean los relatos orales, recogidos modernamente, uno de los que más metamorfosis haya sufrido. Puede mencionarse aquella que narra el encierro de Eithnne, madre de Lug, dios irlandés del Sol (equivalente al Mercurio latino), que fue encarcelada en una torre de cristal que su padre, el dios Balor, hizo construir en una isla para evitar que ésta se quedara embarazada y su nieto pudiera entonces darle muerte, tal y como se le había profetizado. Dejando de lado las obvias resonancias griegas, es curioso destacar como esta torre de cristal situada en una isla evoca las descripciones más clásicas del Otro Mundo: entre los muchos nombres que recibe en gaélico, alguno de los más reveladores hacen referencia al vidrio como elemento maravilloso, Ynys Gutrin, "Isla de Cristal", o Caer Wydyr, "Fortaleza de Cristal". Detrás de este término genérico "fortaleza" fácilmente podría esconderse una torre fortificada, puesto que son el tipo de construcciones más usuales en una época tan temprana. Las torres, las islas y el mar son ingredientes fundamentales en el imaginario celta para referirse al Otro Mundo. Por tanto, cabría pensar inmediatamente que el lugar en el que permanece encerrada Eithnne, protegida por varias doncellas (perfecta representación de la imagen elísea de la "Tierra de las Mujeres"), en realidad es el Más Allá al que el héroe Cian debe acceder para liberarla. Exactamente igual que Orfeo descendió a los infiernos en busca de su amada, Cian debe llegar al confín de los mares para encontrar la isla en la que se encuentra prisionera.

Esta mezcla de torres-isla como representación del Más Allá celta queda confirmada en el Leabhar Ghabhala, el conocido Libro de las Invasiones. Esta obra pseudo-histórica, datada en el 1100 pero con materiales que podrían retrotraerse al siglo VII, pertenece al "ciclo mitológico" de la literatura irlandesa: en él se narra la colonización de la isla por seis oleadas invasoras. Entre ellas interesa la segunda, dirigida por Neimhedh, quien, desde Escitia, se embarcó en una flota de treinta y cuatro barcos en dirección oeste:

"Mientras vagaban por el mar se les apareció una torre dorada cercana a ellos. Aconteció de la siguiente manera: cuando el mar estaba bajo la torre aparecía por encima, cuando subía la marea, la torre desaparecía bajo el mar. Neimedh se acercó con su gente a la torre para coger el oro. Debido a su codicia no se dieron cuenta de que el mar subía de nivel a su alrededor, por lo que la marea se llevó los barcos y solamente unos pocos sobrevivieron"(2).

El carácter mágico de esta torre todavía se pone de mayor relieve en la "traducción" libre que hace el autor de la Historia Brittonum. En ella, probablemente por desconocimiento, empiezan a mezclarse diversos elementos mágicos, todos ellos característicos del Otro Mundo, pero que carecen de demasiado sentido, como si el autor intuyera una relación entre ellos, pero no tuviera muy claro su verdadero significado mítico.

"Y después llegaron los hijos de Milé de Hispania con treinta naves y treinta matrimonios en cada nave […] Vieron una torre de vidrio en medio del mar. Unos hombres miraban desde lo alto de la torre; ellos intentaban hablarles, pero los hombres nunca respondían. Entonces ellos se aplicaron durante un año a asaltar la torre, con todas sus naves y todas sus mujeres, excepto una nave, que se había dañado en un naufragio, y en la que había treinta hombres y el mismo número de mujeres. Las otras naves se dirigieron por mar a asaltar la torre y mientras todos descendían a la playa, que estaba rodeando la torre, el mar los cubrió y se hundieron en él y no salió vivo ni uno de ellos"(3).

No sólo la presencia de un metal precioso como el oro, o de otro igual de caro como el vidrio, delata que se trata de un mundo foráneo; también lo confirma la mención a una torre que aparece y desaparece bajo las aguas, casi mágicamente, y sus habitantes, gentes mudas, repiten el rasgo prototípico de los muertos resucitados en la literatura celta: su incapacidad para hablar.

Chrétien de Troyes conocía incluso menos el sentido mítico de las historias que escuchaba contar a los fableors celtas, pero, seducido por el aspecto más mágico, no dudaba en combinar indiscriminadamente todos aquellos elementos que pudieran hacer más atractiva la trama de sus romans. Entre otras muchas misteriosas apariciones del Más Allá, veladamente sugeridas siempre pero nunca claramente identificadas, tal vez una de las más relacionadas con lo visto aparece en El cuento del Grial:

"Entonces [Perceval] vio cerca de él, en un valle, que aparecía la cima de una torre. Hasta Beirut no se encontraría otra tan hermosa ni tan bien fundada; era cuadrada, de roca parda, y tenía a los lados dos torrecillas"(4).

Se trata de una torre mágica que aparece y desaparece de la vista humana, en la que reside una variante del dios Bran, el Rey Pescador. Sin embargo, aquí, como en el resto de sus obras, el Otro Mundo queda reducido a un espacio con cierto sabor sobrenatural, una corte encerrada en una bella torre, donde se producen extraños acontecimientos que más parecen sacados de un sueño que de la realidad.

Resulta muy revelador cómo lentamente va desapareciendo, en el imaginario de aquellos que descienden del pueblo celta, el significado final del Otro Mundo. Se borran sus perfiles, sus fronteras, el concepto mismo, y, sobre todo, su origen. Se hace necesario, pues, recordar una escena que aparece en el Libro de las invasiones: Breoghan, procedente de Escitia, invadió la Península Ibérica y fundó la ciudad de Brigantia (¿La Coruña?), "y también edificó una torre en frente de la ciudad, la cual se llama Tor Breoghain", es decir, Torre de Breoghan (probablemente la actual Torre de Hércules). Desde ella, a su hijo Ith, "contemplando el mundo a su alrededor, le pareció ver una sombra parecida a la forma de una elevada isla lejos en la distancia" a la que quiso acercarse con una expedición. Su hermano "le dijo que no había visto ninguna tierra solamente nubes del cielo", pero Ith no aceptó su explicación y partió. La isla -que da la impresión de aparecer y desparecer en el horizonte-, no era otra que la propia Irlanda, y la descripción que de ella hace Ith no deja dudas de que se trata del Más Allá: "Buena es vuestra tierra y el patrimonio que habitáis; muchas sus cosechas, su miel, su pesca, su trigo y otros granos. Moderado es su calor y frío"(5). Este discurso que pronunció Ith delante de los habitantes de la isla alentó sus celos y pronto ordenaron su muerte. Enterados sus familiares en Brigantia, partieron con ánimos vengativos. Fueron ellos los últimos colonizadores de Irlanda.

Irlanda, cuya literatura canta al Otro Mundo desde la concepción mítica de que ese Otro Mundo es ella misma. Irlanda, que como Gales, Bretaña o Escocia, e incluso podría decirse gran parte de Europa, debe parte de su pasado a la cultura celta, a pesar de que su huella se conserva sólo de manera difuminada en textos escritos y en la memoria colectiva. Un Más Allá de contornos imprecisos, latinizado, cristianizado, racionalizado a lo largo del tiempo, pero igualmente lujurioso en imágenes míticas que todavía hoy, ya en el siglo XXI, mantiene el mismo poder de seducción.

Notas:

1 Obviaré en este trabajo la información que aportan estudios más pormenorizados del Más Allá, entre ellos el de Howard Patch, El Otro Mundo en la literatura medieval, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1983. <<volver
2 Leabhar Ghabhala. El libro de las invasiones. Edición de Ramón Sainero. Akal, Madrid, 1988. Cap. IV, 42. <<volver
3 Historia del pueblo bretón. Edición de Gloria Torres Asensio. PPU, Barcelona, 1989. Cap. I, 13. <<volver
4 Li contes del graal. Edición de Martí de Riquer. Quaderns Crema (El Acantilado), Barcelona, 2003. Vv. 3050-3055. <<volver
5 Leabhar Ghabhala. El libro de las invasiones. Edición de Ramón Sainero. Akal, Madrid, 1988. Cap. XIII, 136-137. <<volver


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