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ocío Silva Santisteban (Lima, 1963) hizo su aparición en el universo poético peruano con Asuntos circunstanciales, con tan solo veintiún años. Pese a su juventud, ese primer libro ya presentaba las constantes que dominarían gran parte de su obra: una enunciación con un punto de vista marcadamente femenino, un erotismo presente a través del cuerpo y las relaciones amorosas y personales como instancias de poder en una sociedad bastante conservadora. En ese momento, la crítica local y varios de los poetas contemporáneos la incluyeron dentro de una agrupación solo definida y distinguida a partir del género: denominaron al grupo "la poesía femenina" del Perú, rótulo que abarcaría a toda la lírica escrita por mujeres en esos años, sin distinción estética ni literaria de ningún tipo. Semejante error histórico se mantuvo y fue denunciado años más tarde por las propias poetisas que, en una carta abierta, lo denominaron "racismo de género". De la misma manera, la dogmática crítica de ese momento también subestimaba a las diferentes y variadas propuestas que surgían con vitalidad y renovación en la efervescente escena poética del país y que señalaban un nuevo camino: la total ruptura y heterogeneidad de voces, una mayor apertura cultural y social en los discursos.
Es verdad que Rocío pertenecía a la nueva generación de poetisas, pero ellas eran parte de un movimiento más grande, el del resurgimiento que venía registrando la poesía peruana desde la segunda mitad del siglo XX. Aquello que empezó en las décadas del cincuenta y sesenta, cuando la antigua dicotomía entre la "poesía pura" y la "poesía social" dio paso al "poema total" y todo significaba un renacer de la poesía y una ampliación hacia nuevos estados y socializaciones basadas en la vanguardia y la libertad, aquello que se intensificó con la desmesura de los años setenta, con el radicalismo del Movimiento Hora Zero y que continuó con el grupo Kloaca, todo aquello posibilitó la aparición de un grupo de poetisas como no había ocurrido antes en Perú, con fuertes personalidades literarias y, desde diferentes estéticas, con un constante cuestionamiento a la preeminencia de una voz única masculina.
Dentro de este panorama, y más allá de su fuerte postura feminista, la poesía de Rocío Santisteban atraviesa las cuestiones de género a través de una nueva sensibilidad y de una nueva sociabilidad. Las características de su universo íntimo, tan ahogado por las variables históricas agotadas y violentas de los años posteriores a la vuelta de la democracia, surcado por la soledad, el recogimiento y el drama, culturizado por el rock y la urbanidad de la década del ochenta, pusieron en primer plano la cuestión acerca de si es posible seguir categorizando el discurso mediante una distinción de género masculino/ femenino, y más aún, cuando lo que urge es la fragmentación y lo diversidad, y una realidad que desintegra los lazos y sumerge a todos los poetas y ciudadanos por igual. La conciencia de los autores que vendrán años después de Rocío ya estará gobernada definitivamente por esta situación y bajo su influjo y cotidianeidad escribirán. La de Rocío, en cambio, pelea aún con lo viejo, porque representa los nuevos tiempos y el cambio de época que la crítica y algunos autores no logran comprender, pero también se resiste a lo que viene, porque ese futuro es cada vez más denso, poblado de violencia y marginación. Es ese panorama oscuro el que cruza su escritura. Es por eso que su poesía se vuelve física, de un permanente forcejeo. Es esa realidad la que la llevará a poner el cuerpo, a utilizarlo como instrumento de batalla.
Estas constantes siembran su poesía y recorren su obra, incluso en el trabajo con otros géneros textuales. En una reafirmación de su búsqueda, se van intensificando en cada libro y en cada discurso que utiliza para expresarse. En el poema "Sudando el dolor ajeno", de su primer libro, acompaña la metáfora del título con versos como los siguientes:
(...) hay que correr palpando los gases raros del aire intoxicándonos en diferentes estilos
y con dulzura agradecerle a las vacilaciones
yo dejo que el sudor corra sobre la blancura infinita de la duda
y el sudor corre en mil formas y no termina de alojarse ni en la última estrofa
no termina el sudor de embarrarse
de quedarse inquieto en el vacío
y yo me tengo miedo y me enojo
me duelen los dedos de sudar en blanco/ de regocijarme a escondidas
me duele el humor de sangrar en vano/ de adulterar mis más suaves instintos me
duele el mundo y la boca
la mano hinchada debajo del vestido
y debajo del sexo me duele el surco de este sudor continuo .
en donde el estado de padecimiento se vuelve más verosímil al ser revalidado por la realidad física del cuerpo. Este mismo mecanismo vuelve a aparecer en su segundo libro, Este oficio no me gusta (1987), donde continúa con el tono confesional e intenso, y lo volvemos a encontrar, pero ya de manera hiperbólica, en Mariposa negra (1993), el libro más valorado de la poetisa y uno de los mejores exponentes de la poesía latinoamericana de esos años. En el poema "Preámbulo", de ese libro, confiesa:
Sobre el ombligo mantengo aún las marcas del níquel,
En las pantorrillas el riesgo del último esfuerzo.
No puedo más, no puedo.
Pasé una hora agachada, recordando
A los viejos amigos, a las muchachas, he sentido Vergüenza, he llorado,
Las marcas sobre el ombligo
Las celulitis, las partes flácidas,
Todo
(...) Primero una incisión en la pierna.
Otro para seguir probando, otra, otra,
Y entonces ya no siento,
Sumerjo la mano, el agua rosada hierve.
Veo mi pubis, el agua rosada, mis vellos, el agua
Rosada, los poros dilatados, el agua, las piernas,
Las heridas en las piernas
- perdónenme, perdónenme -
Sigo con las incisiones y ya no la hoja de afeitar
Sino el cuchillo para el pan
El pequeño verduguillo que guardé bajo la almohada
- no quiero saber nada de nada -
Entra el pequeño verduguillo como un pene, entra
Y vuelve a salir porque no aguanto, no aguanto
Y entra de nuevo y entra de nuevo y entra de nuevo.
No más .
Entonces el erotismo se torna laceración del cuerpo. Y la soledad absoluta es el trasfondo de esta realidad, como aparece en "Tercer Intento":
Ciudad de Lima, Cero Cero Pe Eme .
There are no one,
no tengo a nadie
SANTANA
Estado que se duplicada reforzado por el epígrafe a continuación del poema. Dos años después, Rocío publica Condenado amor , donde la escritura se vuelve más experimental y con más referencias a la cultura rock, con epígrafes y letras de canciones reconocidas que interactúan con los versos y que van modelando el mismo mensaje. La tapa del libro sostiene un gran corazón rojo, para que no queden dudas que el amor, el desamor y las cada vez más complicadas relaciones personales siguen siendo la materia universal de sus poemas. En Turbulencias , escrito diez años después, la situación del cuerpo y las relaciones se vuelven interrogantes sin respuesta, pero también confirman la pulsión vital de su poesía y señalan un límite que sólo podrá ser sorteado por la liberación que permite la palabra. El cierre del poemario, llamado "The End", sintetiza mejor que ningún otro poema el desvelo existencial:
¿cuántos más pasarán por este
cuerpo dejando su fluidos para que yo sea feliz,
papá?
Semejante cuestionamiento no parte de una cuestión genérica, sino que representa la angustia de la condición humana en tiempos (aunque pareciera reinar el sentido contrario) de incomunicación. No hay aquí diferencias ni jerarquías genéricas que puedan dar cuenta del sentimiento de soledad y de la universalidad de ese discurso. Es en ese contexto que su poesía busca reafirmarse en su subjetividad, afrontando la problemática de un mundo urbano surcado por el machismo y el sentimiento de culpa cristiana, tan arraigado en toda Latinoamérica. "Toda mi escritura está llena de eso", contesta Rocío, interrogada por la relación entre esas cuestiones y su poesía, en una entrevista con un diario peruano al momento de publicación de Condenado amor.
Así como otros autores que sintieron que su búsqueda excedía los límites de cualquier género literario, un año antes de la publicación de aquel material sorprende entregando el escalofriante libro de relatos Me perturbas (1994). La poeta traslada su inquietud femenina al campo de la narrativa y se luce contando historias siniestras y marginales. Años después, continuará con el ensayo y los textos académicos, ampliando los estudios de género y su relación con la producción cultural y artística. De esa nueva incursión llegarán dos libros cuyos títulos hablan por sí mismos: El combate de los ángeles: literatura, género, diferencia (1999) y Estudios culturales: discursos, poderes, pulsiones (2001). A partir de aquí, su posición se tornará cada vez más comprometida, volcando su escritura hacia una concepción dejada de lado hace tiempo: la escritura política, la que toma posición frente al mundo y la lleva a la práctica enhebrando, definitivamente, palabra y acción.
Por último, es también en esta dirección que deberá leerse el libro de poesía inédito Las hijas del terror (a publicarse a fines de 2006). Éste, como explica el texto que acompaña la portada, se basa en el maltrato, sometimiento y humillación sufridos por las mujeres "desde 1980 y durante el transcurso de la guerra interna en el Perú". Es importante reconocer que lo que subyace al drama de esta historia es la mayor participación de la mujer en la vida peruana, ya que no es solo una cuestión de víctimas y victimarios. Rocío nos recuerda que "en los ochenta, la mujer empieza a estar en todos lados, hasta en Sendero Luminoso". De esta manera, una mayor colaboración implica ser parte plena del dolor y de la muerte que se propaga desde lo más alto hasta lo más bajo. Y para Rocío implica escribirla para expiarla. En "Lo que me destruye no me fortalece", podemos leer:
(.) No quiero morir
sólo hacerme daño
un vidrio una estaca un punzón
cualquier cosa que me agreda un poco
algunos tajos cerca del talón
una gillette como un pincel
la paleta empapada de rojo
la nariz también enrojecida
endurecerme
una roca maciza
un monolito de carne
y en "Desaparecidas", un cuestionario establece la desesperación de fondo:
¿Has visto el cadáver?
¿rozaron tus dedos su piel de mandarina?
¿recogiste su ropita?
¿santiguaste sus cicatrices?
¿intentaste lo imposible
besarla, besarla para que vuelva a la vida?
Otra vez el cuerpo. Otra vez el dolor y definitivamente no hay cuestión de género que condicione el discurso ni la lengua: son la identidad y la pertenencia, ahora sí, las que señalan el espacio de acción. En "Tema de amor y premonición", al final del libro, la poeta es tajante:
Yo pertenezco a un pueblo que se niega a bajar la cabeza
doblegado hasta la lengua hasta el suelo
vuelve a levantarse, a sudar, a subir hasta la última escalera (...)
No hay crítica absurda ni miopía cultural que pueda opacar esta poética de la soledad y el destierro, esta realidad que, en Rocío Silva Santisteban, se vale del feminismo y de las cuestiones de género para enunciar a viva voz su angustia y su búsqueda. Es en ese trágico punto vital que su poesía se vuelve peruana y, más que eso, se vuelve universal.
Asuntos circunstanciales (Lluvia editores, 1984)
Ese oficio no me gusta (COPE, 1987)
Mariposa negra (Jaime Campodónico Editor, 1993)
Me perturbas (El Santo Oficio, 1994)
Condenado amor (El Santo Oficio, 1995)
El combate de los ángeles: literatura, género, diferencia (Universidad Católica, 1999)
Estudios culturales: Discursos, poderes, pulsiones (Universidad del Pacífico, 2001)
Turbulencias (Estruendomudo, 2005)
Las hijas del terror (inédito, 2006)
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