L
a resistencia silenciosa es un apasionante ensayo que revive el infierno cultural que fue la España de la posguerra desde la rigurosidad y la aspiración a la verdad histórica, sin ningún tipo de anteojeras ideológicas. El libro atiende sobre todo a la actividad intelectual y cultural de los años 30 y 40, de propagación del virus fascista, y a la pérdida de su nervio ideológico a finales de los cuarenta. También ahonda en la generación que creció con el fascismo y que con su fe en la razón y en la cordura, reanudarán la tradición de la modernidad europea que había resistido silenciosamente bajo la palafernaria franquista de posguerra.
¿Cómo surge la idea del libro?
Surge de los trabajos anteriores, de la necesidad de explicarse los fundamentos de lo que ya había tratado de explicar en otros libros, es decir, que era el modo en que se comportan los jóvenes escritores, universitarios, intelectuales, novelistas, etc. que tienen veinte años en torno a los 40 ó 50 y de qué manera habían cambiado de mentalidad pese a la formación franquista que habían recibido; y me parecía necesario también contar de qué manera se habían comportado los escritores e intelectuales que no eran jóvenes en esos años, sino que tenían experiencia de democracia y responsabilidad en los fundamentos intelectuales de la guerra civil. Por tanto casi era un libro que me era necesario para explicarme cómo habían actuado Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, Azorín, etc. antes de la guerra, durante la guerra y después de la guerra, porque eso es lo único que consigue revelar un poco por qué habían cambiado los jóvenes de la posguerra y los que se forman en la universidad de los años cuarenta.
¿Pensabas que este tema no había sido tratado con profundidad anteriormente?
Lo que de verdad sucede y lo que escriben los grandes intelectuales de ese periodo, qué es lo que de verdad pasa por sus cabezas durante e inmediatamente después de la guerra, me parece que no había estado tratado de manera suficientemente explícita. Tampoco se había reconstruido lo que habían publicado, lo que habían escrito, y, sobre todo, me parecía que el punto de vista de cuarenta años después de la guerra civil había de ser inevitablemente distinto al de quienes vivieron la parte dura del régimen franquista y por tanto crecieron como personas contra el régimen franquista. Por eso me resultaba excitante volver la mirada a los textos de estos intelectuales para ver cómo reaccionaban y qué decían, pero también a los textos de los escritores totalmente fascistas, como Ridruejo o Laín Entralgo o Torrente Ballester y ver si de verdad habían sido tan fascistas como parece y de qué manera habían sido fascistas, por que el fascismo no es una cosa que tenga unas características unívocas: cada uno tiene un comportamiento distinto.
¿Qué características definen la estética y el pensamiento intelectual fascista?
Pregunta complicadísima. ¿A grandes rasgos? Verás, quienes de verdad están intentando fundar una política cultural fascista en España desde el Estado, una vez ganada la guerra tienen la plena conciencia de que no lo van a poder hacer en términos culturales e intelectuales, porque ellos se consideran un movimiento de vanguardia y de ruptura con el estado burgués, pactista, de cultura acomodaticia, con formas de arte heredadas del buen gusto burgués. Lo que proponen es una renovación y un cambio (en cierto sentido también son revolucionarios, aunque no soviéticos). De hecho, en España y en Europa las vanguardias tienen un ramal fascista, el ramal de una derecha radical, de una forma de comportamiento público que cree en un estado totalitario, en formas de la estética idealista contaminada de absoluto. Rechazan alguno de los factores disgregadores de la conciencia del bien, de la verdad y de la belleza que ha introducido la modernidad, para restaurar una forma de totalitarismo estético que nunca llega a manifestarse de veras, primero porque el estado franquista no está a su servicio, al servicio de una política cultural de falange, o lo está solo en un espacio muy reducido como la revista Escorial o algunos proyectos arquitectónicos. Pero si uno hace un inventario de los proyectos estéticos y culturales de los intelectuales de falange, como Torrente, Ridruejo, etc. que se ponen en práctica, verá son muy pocos. Y podemos hablar de estética de falange como la que jalona la poesía de Ridruejo, y con él la mayor parte de los fascistas que escriben por entonces, de carácter petrarquista o neoclásica, que trata de reivindicar la vigencia de formas y estructuras del Siglo de Oro. Anacronismo literario que sirve para justificar algunas de las intuiciones de ese fascismo, como el imperio o las ganas de construir una estética no dañada por la corrupción y la mugre de la historia. Todo es, pues, ideal y perfecto, limpio, absoluto, infinito, pleno, como si verdaderamente la condición humana no estuviese determinada por lo corrupto, lo podrido, por lo que cambia y lo que se erosiona.
¿En qué etapas se puede dividir el fascismo de posguerra?
Lo mejor, lo digo a lo bestia, es saltarse la guerra civil, es decir, que el ciclo de una cultura o mentalidad fascista en España arranca de antes de la guerra y termina después de la guerra. En medio está la guerra, claro. Pero, ya en torno a los años veinte, algunos escritores y pintores, desde Rafael Sánchez Mazas a Ernesto Giménez Caballero, o el propio José Antonio Primo de Rivera, se sienten cómplices de un proyecto fascista que es el que tiene plena vigencia en Italia, el de Mussolini, pero también el que se ha puesto en marcha en Portugal con el Estado Novo de Salazar o el nazi, que ya está haciendo carrera en Alemania. Se supone que la guerra civil ratifica lo que son los proyectos ideológicos y políticos del fascismo con la victoria de Franco, pero el resultado real es que el nervio ideológico, estético y creativo de este proyecto fascista es derrotado en Europa en 1945 y que en España todavía puede perdurar hasta los primeros años cincuenta por inercia y por que constituye el poder, pero desde entonces ya no es posible identificar apenas nada que tenga algo de valor estético, creativo o innovador dentro del impulso fascista. El ciclo vital del fascismo empezaría en torno a los años veinte, con Giménez Caballero, Sánchez Mazas, Montes, etc. y se diluye en torno a los primeros cincuenta cuando apenas es posible reconocer a autores que se consideren fascistas. El proyecto político de un fascismo de estado se disuelve, desaparece, primero por que no tienen referente europeo: han perdido la guerra. Están solos. Y después por su inoperancia, por que termina su ciclo de posibilidad histórica de ser con el final de la segunda guerra mundial, en que termina también todo tipo de fantasía de continuidad de un fascista. No es que se sustituya la cultura fascista, es que vuelve a emerger la modernidad histórica interrumpida por la guerra civil y por la segunda guerra mundial. Quienes empiezan a trabajar en ámbitos intelectuales o culturales en los años cincuenta siendo jóvenes, o los mayores, que tiene que curarse de su fascismo, no tienen otro sitio al que acudir que al de la modernidad histórica de antes de la guerra. Tienen que volver a reanudar la tradición, a recuperar los hilos cortados o los hilos que se mantuvieron subterráneos durante los años cuarenta, porque el fascismo por definición es algo que intenta imponerse hegemónicamente en la sociedad a la que controla y eclipsa los ismos y la experimentación ya que ni los tolera ni los acepta, considerándolas formas pervertidas, degradadas. Esto se magnifica en el caso español con el abrumador peso de la Iglesia católica, totalitaria, de pacatería moral y mal gusto estético, que domina los años cuarenta. Ello no significa que todo el mundo sea reaccionario y tradicional, pero no pueden manifestar su rechazo público; los hilos de continuidad no pueden ser visibles, no pueden emerger en público porque lo que domina es una cultura fascista. Esto es lo que predomina en el quinquenio negro (los quince primeros años), no un vacío cultural sino el predominio de nacionalcatolicismo fascista, que es la definición de lo que sucede en España en términos políticos y culturales, y que no tienen nada que ver con las corrientes modernas de Joyce o de Faulkner.
¿Qué es lo que puede llevar a un intelectual liberal a apoyar al fascismo frente a la república?
El único matiz que pongo a la pregunta es que se sustituya fascismo por franquismo. El paquete liberal es muy ancho, hay intelectuales de izquierdas y de derechas, pero cualquier intelectual, en el momento en que hay un general que se subleva contra la legitimidad republicana constituida, debe optar, decidir por qué apuesta, por los sublevados o por los leales. Es una opción de bando antes que ideológica. No creo que Azorín, Ortega o Baroja, por más que se pongan del bando de Franco, sean fascistas. Lo que deciden es que el bando que mejor protege sus valores, intereses y biografías es el bando franquista, aún cuando saben que no es el suyo, y que la victoria de Franco acabará perjudicándolos. La mayoría de intelectuales: Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Américo Castro, etc. optan por la república. Tampoco son revolucionarios comunistas, pero creen que la legitimidad de la república es democrática y que eso es lo que debe de ser preservado. Los otros creen que el caos de la república escondía una semilla sovietizante y que el bando franquista va a detenerla. Es una opción puramente coyuntural. Hay situaciones más incómodas como las de Marañón o Pérez de Ayala, que demonizan el tentáculo sovietizante que está impulsando la república. Marañón incluso llega a sugerir que la república es una revolución comunista encubierta, en una visión excesivamente dominada por el miedo en el que todo el mundo vive instalado durante la guerra, un terror personal que alcanzó a todos. A Juan Ramón los milicianos republicanos le hicieron pasar miedo, pero no cambió de bando. De ortega también se pensó que apoyaría la república y se pasó al otro bando, aunque también es cierto que sus hijos estaban luchando en el bando fascista, como los de Marañón, Menéndez Pidal, etc.
¿Qué intelectuales, por su influencia, hicieron más daño a la república acercándose al otro bando?
Los llamados maestros liberales (y que todo el mundo reconocía como tales), Baroja, Azorín, Ortega y Gasset, etc. En el libro utilizo la vivencia de Castilla del Pino, que es muy joven cuando estalla la guerra y que espera que sus maestros estén, naturalmente, a favor de la república, ya que son los que la han traído. Pero esto también significa desconfianza por parte del bando franquista, que no se fía de unos intelectuales que por currículum deberían estar en su contra. Algunos, para evitar arrastrar opiniones, prefieren sumirse en el silencio, como Ortega, que casi no publica en esas fechas, y lo que publica solo puede ser interpretado forzadamente como un aval a Franco (luego, por su epistolario, sabremos que estaba inequívocamente con Franco, lo que no significa que estuviese a favor de cualquier forma de fascismo y que no supiese que iba a pagar un precio muy caro por apostar por el bando franquista). Ortega se queda en el exilio; Marañón vuelve en el 1943, depurado de su cargo en el Hospital; Baroja vuelve con cautela, sabiendo que los que mandan no son los suyos, y que ya antes habían abominado de él (ateo, comecuras, etc.). Daño simbólico sí, en el momento de la propia guerra, aunque más doloroso es el comportamiento posterior. E inevitable, porque ¿hay que obligar a señores de 60 años a que se comporten como valientes y que no vuelvan a su país? El juicio que merecen es político, pero no moral.
En el libro hablas del exilio y su relación con España como de una geografía dispersa, de una red de redes ¿Podrías ampliarnos este concepto?
Nuestro concepto de exilio está heredado aún del fascismo y todavía cuesta cambiarlo, es decir, que hay que romper con la idea de que unos estaban fuera y otros dentro, ya que tanto lo de fuera como lo de dentro era lo mismo. Aunque se puede aceptar La casa encendida de Luis Rosales como un gran libro del año 39, no por ello es más importante que La estación total, de Juan Ramón Jiménez o lo que estaba escribiendo Cernuda en México. ¿O qué hacemos con Alberti? Hay críticos e historiadores que ya han devuelto su sitio a lo mejor del exilio, era casi inevitable. No obstante, en los planes de estudio tiende a hablarse más del Alberti de antes de la guerra que del de después. Como Juan Ramón Jiménez; aunque estos grandes nombres ya tienen mucho camino recorrido para la integración en lo que constituye el conjunto de la cultura española. Mucho más les falta a otros filósofos y ensayistas como García Vaca, Eugenio Limaz u otros pensadores que hicieron prácticamente la totalidad de su carrera fuera, después de la guerra y que por ello están relegados a ese pequeño apartado de nuestra literatura que es el exilio ¡Pero si los pensadores realmente importantes eran los que estaban en el exilio! ¿O es que es más brillante Laín Entralgo que García Vaca o María Zambrano? Estamos en lo de siempre, Torrente Ballester es indiscutible como novelista, pero no está tan lejos de Luis Santiago o Jorge Semprún, a los que no se reconoce al mismo nivel.
¿Cuál crees que ha sido el motivo de la evolución de los intelectuales fascistas a posiciones más moderadas tras el quinquenio negro?
Han evolucionado, sobre todo, aquellos que tienen un compromiso real con el fascismo, con el falangismo, con un proyecto de estado del que se sienten auténticos dueños y señores en el 39 y 40: Aranguren, Torrente Ballester, Rosales, etc. Esta respuesta se enlaza en el fondo con el comentario a la primera pregunta, es decir que el proyecto de futuro fascista se agota históricamente, y el primer paso de este agotamiento es la derrota del eje fascista en la II Guerra Mundial. Ya no quedan referentes extranjeros para lo que se está proponiendo. Pero, en segundo lugar, me atrevería a decir que el fascismo juvenil de estos escritores e intelectuales es una forma de inmadurez, de irracionalidad, una forma corrupta de la vanguardia histórica. Y entienden tras la guerra que el único cauce cultural válido es la modernidad que arranca de la tradición ilustrada, del racionalismo, del romanticismo y de las vanguardias de entreguerras y que, por tanto, es el único lugar de retorno. Es lo que muy genéricamente podríamos entender como tradición clásica. Se dan cuenta de que han sido víctimas de sus fantasías políticas e ideológicas de signo fascista y se "curan" de ellas en la medida en que tienen una competencia intelectual y cultural que les permite reconocer el error. Empiezan entonces a reconocer quienes son Feijoo, Jovellanos, etc. y qué tipo de sensatez histórica pueden encontrar para sentirse reconciliados con su propio proyecto intelectual, y así aceptar que ese momento germinal y juvenil de los años 30-40 no fue más que una forma patológica de la cultura moderna. El fascismo forma parte de la modernidad, solo que es una desviación patológica de esta y estos intelectuales fascistas pueden rectificar en la medida en que han leído a Ortega y Gasset de verdad, a Montaigne... aunque antes tienen que hacer una limpieza, enfrentarse a sus culpas ideológicas (y en muchos casos políticas). Es el caso de José Antonio Maravall, por ejemplo, filofascista indiscutible, pero que es después el responsable de que empecemos a entender en España qué es el pensamiento ilustrado español. Un fascista que acaba descubriendo que España tiene pensamiento ilustrado...
En el libro se menciona que existe en Catalunya una vía continuista con la tradición liberal que se separa en cierta manera de la española ¿En qué consiste esa vía?
Sobre todo en la cantidad de empresas culturales que se reanudan en Catalunya inmediatamente después de la guerra. Aunque todas estén dirigidas por personas del bando franquista, son muchas las que en la etapa inmediatamente anterior habían tenido un talante, una actitud, una forma de entender los asuntos culturales más en consonancia con la Europa liberal que con la España fascista. Gente como Ignacio Agustín, Josep Bergés, Josep Plà, etc. Son gente que acepta el régimen por el que han luchado, aunque montan una serie de empresas que van a durar mucho tiempo y que facilitan o posibilitan un tipo de conexión con la cultura anglosajona y con algunas formas del pasado francés o de su tradición cultural que en otros ambientes españoles no se dan. Se aglutinan en torno a la revista Destino y a su editorial, Destino. Son revistas que no evolucionan con un discurso católico, tradicionalista y reaccionario, sino que son porosas, con un discurso intelectual de carácter europeo. Es el caso de José Janés, que es el primer gran editor (junto con Destino) que publica a Virginia Wolf, a Joyce, a Faulkner, etc. lo cual, a pesar de la censura, oxigena la cultura española. Al mismo tiempo los jóvenes están haciendo cosas muy interesantes y raras en arte, como el grupo de Dau al set donde están Tàpies, Brossa, Guinovart, etc. Todo auspiciado por un Eugeni D'Ors que los apoya porque son catalanes y porque no tiene un pelo de tonto; ya que tiene clara conciencia de la calidad de sus trabajos. Así, Tàpies o el expresionismo abstracto están auspiciados por falange, aunque los autores se despeguen rápidamente del estado franquista que los protege para no quedar contaminados. Luego Barral funda Biblioteca Breve y García Pavón, Taurus, en Madrid, y ambos empiezan a publicar, además de a Aranguren, a María Zambrano. En Madrid también hay revistas, como Alcalá o Acento, que rompen con el anquilosamiento español y tratan de ver qué se está haciendo en Europa, qué es lo moderno en lectura, fotografía, arte, etc. Este tipo de cuñas antifranquistas salen también de propio falangismo universitario madrileño, pero no tienen el poder de una editorial como Destino o de editores como Janés. De todas maneras, no es una oposición abierta, sino una serie de matices, de detalles, que van abriendo poquito a poco la cultura española.
¿Por qué crees que hay aun cierta reticencia a hablar claro sobre la época fascista?
Porque siguen mandando mucho las hipotecas biográficas y porque los factores familiares y universitarios existen, los departamentos tienen historia y herencias. También porque las familias siguen siendo núcleos de control de los sujetos muy desarrollados y es el mejor invento para que la gente calle los propios secretos vergonzosos, sobre todo los que tienen que ver con alguna forma de fascismo o falangismo. Falta un proceso de higiene, de reconocer lo que se hizo y lo que no se hizo. Y lo mismo pasa con la vida colectiva de las naciones. Hubo desmanes por ambos bandos y eso es difícil de reconocer, aunque ello no signifique que haya que poner en duda quién tenía razón y quién no. Por eso comienzo con una cita de Claudio Magris: "¿Tendremos que volver a repetir no pasarán?"
¿Y una fecha en la que se recupera la tradición de modernidad histórica de forma definitiva?
Las elites a partir de 1960, socialmente me cuesta contestar a la pregunta porque hay que basarse en indicios que no son fiables, y decir que solo en los cinco últimos años del franquismo ya hay una asunción histórica de la existencia de un pozo oscuro que mejor que se haga transparente es un trampa de la memoria, porque sería como decir que la democracia española se ha basado verdaderamente en el olvido y en el tapar el pasado. Si uno hace repaso de libros y películas de la época de la transición se dará cuenta de la voluntad de explicar el pasado que hay en la sociedad del momento. Cuando Mainer hace Falange y literatura y es el año 71, o cuando Elías Díaz hace pensamiento español en la era de Franco, que es antes de la muerte del dictador, ya están poniendo los pilares para que sepamos qué ha pasado de verdad, solo que todavía hay un exceso de miedo para no continuar trabajando en esa línea que ahora es muy mayoritaria y reconocida, hasta convertirla en un producto comercial.
Jordi Gracia nació en Barcelona en 1965. Actualmente es profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona y ha sido crítico literario en La vanguardia, El Periódico y El País. Entre sus libros sobre historia literaria e intelectual de España se encuentran Estado y Cultura. El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo, 1940-1962 (Toulouse, 1996), la recopilación antológica El ensayo español. Los contemporáneos (1996), y La España de Franco. Cultura y vida cotidiana (2001). También tiene dos libros sobre la literatura en democracia, Los nuevos nombres, 1975-2000 (2000) e Hijos de la razón (2001).
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