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Entrevista a Ricardo Menéndez Salmón

Fernando Clemot

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icardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) y su novela "La ofensa" ( Seix Barral, 2007) ha sido junto a "Nocilla dream" de Agustín Fernández Mallo uno de los fenómenos editoriales más sorprendentes y sugerentes de estos primeros meses del año. Hasta la fecha Menéndez Salmón era un autor no demasiado conocido por el gran público pero que ya había desarrollado una obra coherente y resueltamente literaria en editoriales asturianas como KRK y Trea. Títulos anteriores a la valoradísima La ofensa" son "Los desposeídos" ( 1997), la obra teatral "Las apologías de Sócrates" (1999), "La filosofía en invierno" (1999), "Panóptico" (2001), "Los arrebatados" (2003) y "La noche feroz" (2006, Premio Casino de Mieres) Obtuvo también el Premio Juan Rulfo 2005 por "Los caballos azules". Un autor joven pero con una trayectoria inteligente y ambiciosa que deseamos conocer más a fondo

Cuestionario

Con anterioridad a la edición de tu última novela tu trayectoria resultaba bastante desconocida para el gran público. ¿Nos podrías resumir en unas líneas tu recorrido literario hasta este momento?

Entre 1997 y 2006 publiqué dos libros de relatos y cuatro novelas en las dos editoriales asturianas más importantes que hoy existen, KRK Ediciones y Ediciones Trea. Sin embargo, la visibilidad de estas editoriales es escasa en el ámbito nacional, al menos en el terreno de la ficción; así y todo, fue gracias a la lectura de mi segundo libro de relatos, «Los caballos azules», que Seix Barral se puso en contacto conmigo.

«La ofensa» ( Seix Barral; Colección Biblioteca Breve, 2007 ) ha sido un éxito de ventas y de crítica. ¿Alborota un éxito tan repentino?

Mentiría si dijera que no. Soy una persona bastante ajena al qué dirán, tanto del público como de la crítica, pero debo reconocer que la atención que «La ofensa» ha suscitado generó en mí cierto vértigo; un vértigo, en todo caso, muy grato. Uno escribe desde hace años para que el espectro de lectores y prescriptores se amplíe, pero cuando sucede de forma tan repentina siempre provoca cierta sensación, si no de desamparo, sí de indefensión.

Pinceladas del eje argumental de «La ofensa» ya las encontramos en «Los caballos azules» o en «La noche feroz» y en todo el ciclo de «novelas de Promenadia». En todas ellas se palpa esa antiépica de la violencia, esa búsqueda de una explicación o nudo gordiano que una todos los horrores. ¿Crees que es la búsqueda de estas fuentes uno de los centros temáticos de tu obra? ¿Qué otros rincones en sombra te gustaría explorar?

Sin duda el problema del mal y sus manifestaciones -la guerra, fundamentalmente- es una constante que alienta en todos mis libros, de ahí esa obsesión por la violencia, moral y física, y por la responsabilidad del hombre, como sujeto y como colectividad, ante el ejercicio de dicha violencia, porque me parece obvio que la existencia del mal lleva aparejada, de forma ineludible, la pregunta por la libertad.

Creo que el escritor de hoy tiene muchos «rincones en sombra» a los que asomarse: el terrorismo ideológico, la posibilidad de la destrucción del planeta en que vivimos y la disolución, la reinvención o la multiplicación del sujeto gracias a los mundos virtuales son algunos de esos lugares hacia los que, ahora mismo, mi escritura se está acercando.

En «La ofensa» el protagonista (Kurt Crüwell) cae en un «coma de sentimientos», la contemplación del horror lo lleva a no sentir nada. ¿De qué herramientas dispone el hombre para huir de la barbarie, de la depredación a la que parece arrastrarnos algún sustrato genético? ¿Hay salidas hábiles? ¿Crees que la literatura podría ser una de ellas?

Es posible que, en términos individuales, la literatura y, por extensión, el arte desempeñen hoy, más que nunca, una función consoladora y terapéutica, en el sentido más noble de ambas palabras. Pero hablando de la especie, de ese «sustrato genético» que mencionas, creo que nuestra capacidad destructora, ligada al acceso a la tecnología y a ciertos atavismos religiosos y territoriales, nos está conduciendo a un punto de no retorno.

Desde esa óptica, creo que desde muy pronto, al menos nosotros, los llamados ciudadanos del Primer Mundo, desarrollamos una suerte de pátina de insensibilidad ante el horror que la realidad coloca ante nuestros ojos. Cuando miro a mi alrededor, recuerdo la máxima de Tennyson: «La ciencia ha llegado, pero la sabiduría se hace esperar». El problema, me temo, es que no nos quedan demasiadas oportunidades antes de que el tiempo se nos agote.

En las páginas de «La ofensa» encontramos algunos posos literarios y de otros campos artísticos. Creemos entrever a Baroja en la velocidad y precisión con que discurre la acción, al Joseph Conrad de «El corazón de las tinieblas», a Hesse posiblemente en las escenas finales y tal vez Kubrick (especialmente «Senderos de gloria», «La naranja mecánica» y «Eyes wide shout»). ¿Ves referentes a tu obra en el cine? ¿Con qué autores españoles y extranjeros actuales te reconoces o te consideras más próximo?

El Kubrick que mencionas me interesa muy poco. De hecho, sólo hay una película suya («Barry Lyndon») que me apasiona. El cine que más me gusta es el ruso, desde Eisenstein hasta Tarkovski. Es posible que algo del carácter dialéctico del primero y del mundo poético, por momentos irracional, del segundo, supure en «La ofensa», pero en todo caso se me hace difícil hallar correlatos cinematográficos.

Entre los autores españoles, y desde la publicación de «Velocidad de los jardines», sigo cada libro de Eloy Tizón. Me parece un escritor extraordinario, por su honestidad y por su calidad. De más edad, me apasiona la apuesta por la ficción de Vila-Matas. Aunque no todo Bolaño me interesa, creo que «2666» perdurará como un hito de las letras en español. Entre los extranjeros, mi devoción tiene tres nombres propios: Don DeLillo, Cormac McCarthy y Pierre Michon. Tampoco me resisto a citar a un autor que lleva muerto desde 1989, pero cuya lectura resultó decisiva para mí. Me refiero a Thomas Bernhard.

Estamos trasladando una pregunta circular entre «castas» literarias... ¿Qué opinión te merece la crítica literaria en España? ¿Y los editores?

Parto del presupuesto de que la crítica es necesaria. Vivimos en un mundo literario con una inflación atroz de títulos, así que necesitamos de lectores especializados que abran caminos. Comparto la tesis de Bloom de que la lectura es un placer difícil y de que, como tal, precisa de maestros. A mí, críticos como Valls, Pozuelo Yvancos o Conte durante su primera etapa en «El País», me han «regalado» muchos libros. El problema surge, obviamente, cuando la crítica se convierte en una vendetta o en una actividad servil.

Como autor publicado, de los tres editores que he conocido (Benito García Noriega en KRK, Álvaro Díaz Huici en Trea y Elena Ramírez en Seix Barral) sólo puedo decir que, con independencia de la muy distinta proyección y vocación de sus editoriales, aman los libros y, en consecuencia, cuidan al escritor. Como autor español, mi percepción es, sin embargo, que hay muy pocas editoriales de primera línea (Seix Barral es una excepción) que arriesguen por escritores nuevos y que los mejores catálogos (Acantilado, Anagrama, Pre-Textos, Tusquets) miran poco hacia dentro. Por último, como lector, creo que editoriales relativamente recientes como Libros del Asteoride, Menoscuarto o Minúscula nos están regalando títulos memorables.

Dedicamos este número de Paralelo Sur a la literatura española más joven. Nos encantaría que para finalizar nos hicieras un pequeño diagnóstico de la literatura joven española y del momento de la literatura española en general señalando algunos nombres que consideres imprescindibles.

Me parece que el espacio que llenaron los cuatro Juanes (Benet y García Hortelano, ya muertos; Goytisolo y Marsé, con sus obras prácticamente cerradas) y un autor tan extraordinario como Sánchez Ferlosio, no ha sido ocupado, en términos de excelencia, por aquellos creadores que, por edad, deberían haber recogido su testigo. Aunque hay autores con «obra», como Fernández Cubas, Marías, Muñoz Molina o Pombo, y escritores que han logrado alguna obra maestra, como «Romanticismo», de Manuel Longares, o «Juegos de la edad tardía», de Luis Landero, me parece que ninguno de ellos, salvando el ya mencionado caso de Vila-Matas, que es un escritor sin parangón entre nosotros, ha llenado ese hueco.

En ese sentido, creo que la literatura joven (y entiendo por joven la que está entre los 30 y los 45 años) tiene la oportunidad de ser protagonista de un relevo histórico. Entiendo que autores como Eloy Tizón, Isaac Rosa o Juan Gabriel Vásquez tienen mucho que decir en ese sentido.


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