¿
Cómo que no lo sepulta?
-Ya me oyeron.
-Sí, le oímos, pero usted tiene que sepultarlo. Si no hay más.
-Allá él; yo no lo sepulto. Que lo sepulte otro. . . Ustedes. La iglesia no lo sepultará.
-¿La iglesia o usted, don Pedro?
-Yo, la iglesia; lo mismo da.
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amá en el andén paga lo justo al taxista, al maletero, vigila cómo el enorme equipaje pardo, el cajón con las partituras, sus cajas y sombrereras, la ropa de los niños, nuestra, va siendo engullido trozo a trozo por el vagón mercancías. Sin rostro. Mi madre y su portamonedas conceden un beso a tía Berta, corre un viento frío, partamos, partamos, mamá asciende escalones, esto se llama departamento y es de oscura madera densa, yo preferiría viajar en barco, mama aspira el barnizado, corrige un portafolios, ¿cómo has dicho que se llama?H
abía robado ese cuadro el miércoles anterior. Lo cogió de la cafetería, antes de marcharse, cuando vio que ningún camarero le estaba mirando. No sabía por qué lo había hecho. Simplemente se lo llevó. Había quedado allí con Virginia, su mujer, para hablar de los niños. Habían hablado, sí, de los niños. Y luego, él se llevó aquel cuadro.F
ue Karen quien insistió en acudir al circo.
-Dios mío -dijo con la mirada llena de luz al mostrarme el programa que alguien había depositado en nuestro buzón-. Hace más de treinta años que no veo un payaso.
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Relato ganador del II Premio Paralelo Sur de Narrativa
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i coche es sensible a las lágrimas y al paso de las estaciones. Esto último lo supe en septiembre cuando, detrás del asiento conductor, aprecié una pequeña seta. Día a día, tomaba mayor tamaño y pronto se reprodujo dando lugar a una simpática colonia que llegó a cubrir gran parte de la alfombrilla.Relato finalista del II Premio Paralelo Sur de Narrativa
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a primera vez que compartí mi saliva fue una tarde de verano, el último que mis padres pasaron juntos antes del divorcio. Tenía diez años y los días de agosto empezaban a parecerse a un perro dando vueltas infinitas persiguiendo su rabo.Cuento incluido en Manual para cazar plumíferos (Matalamanga, 2005).
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l celular timbró tantas veces que terminó por introducirse en la escena cumbre. Una variante sofisticada de la clásica pesadilla de su infancia: esta vez no estaba desnudo en el patio del colegio sino en el escenario circular de un lumpenesco night club. Pero la endomingada concurrencia parecía más propia de un templo evangélico: ancianos iracundos lo ametrallaban con monedas y escupitajos.N
ada más al salir del túnel, un microbús la había llevado primero a San Diego, California, la primera ciudad del país cuando se entra por la frontera noroeste de México. En medio de la algarabía y de los festejos por el 4 de julio, había sido fácil que el vehículo pasara inadvertido. De inmediato, el carro emprendió una carrera desaforada por diversas calles para confundirse con los otros vehículos.L
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oco a poco tomas conciencia de que hay algo más, de que eso que te está ocurriendo no es todo lo que hay o te puede ocurrir. Adviertes que las personas no pueden cambiar de rostro así como así, o que algo en las esquinas de ese círculo cuadrado no es del todo sensato, y ésas u otras pistas, como el hecho de que no puedes estar en dos sitios a la vez, te llevan a pensar que estás soñando, y que eso tan fantástico que te ocurre no es lo real, sino más bien eso otro, cuya resonancia ya percibes ahí fuera, eso otro mucho más cabal, más estático, más aburrido.L
a imagen regresa. Es el aeropuerto de Barajas y ella está diciendo adiós. La palabra "Despedida" permanece en su mente mientras la palabra "Adiós" empuja con más fuerza, como si pudiese nombrarse a sí misma y herirla. Aquella historia de amor había sido difícil, pero fácil también, muy fácil, sabiendo, como sabía, que habría un final y que se produciría esta escena en el aeropuerto.L
as tijeras estaban sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.P
eacock estaba hablando con aquel otro tío. Iba moviendo las manos a modo de golpes de kárate, y aunque el otro tío aparentaba estar poniendo atención a lo que Peacock decía, en realidad observaba como sus manos cortaban el aire. El tío temía que le acabara cruzando la cara, y no le culpo. Conocía a Peacock. Todos conocíamos a Peacock. Sabíamos que esas manazas eran capaces de estrujar a un luchador de sumo hasta matarlo.A
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i pudiera dar una vuelta de 360º en un columpio. No tener que andar, ir a todos los sitios en toboganes ondulados de parque infantil. Chutar, enviar el balón a las nubes con la portería vacía tras regatear al portero. El balón siempre en el aire, con un efecto que supera la tapia y va directo a la frutería, esa que está calle abajo. El espejo roto clavado en los melones del escaparate. La frutera apretándome entre sus pechos de no sé qué olor por liberarla de su rutina de pelar naranjas para dárselas a probar a no sé qué señoras. 360º en ese columpio blanco del patio de cuarto de E.G.B, y todo habría ido bien. Todas las mañanas cogería unas tenazas para desayunar huevos de pascua.F
inalmente ha estallado el mundo en mi cabeza, y se desparrama por todo mi cuerpo despertando un dolor espantoso, pero sé que pasajero como un rayo. El cerebro se me hace agua y escapa por los oídos, una sensación de líquido caliente. He caído boca arriba, tal vez las piernas dobladas, desordenadas en el vuelo, los brazos muertos sobre la acera.C
aprichosa como es la conciencia resulta que no puedo dejar de evocar los múltiples rabos de lagartija que de niño seccioné y contemplé agitarse nerviosamente. Quién me iba a decir a mí que uno de los pocos recuerdos recurrentes que han perdurado de mi niñez se repetiría sin pausa en estos momentos desafortunados.L
idia salió de casa temprano. Dio un portazo tras aludir a las frases que nunca oía de la boca de Dani. Las discusiones recortan el tiempo para convertirse rápidamente en recuerdo. No dijo nada, ni un adiós. Dani pensó que las despedidas sin palabras son más despedidas si cabe. Hubiera preferido una frase melodramática, como un "no quiero volver a verte" ó "espero que te des cuenta", pero no, definitivamente el silencio ocultó cualquier otra forma de lenguaje.M
e violentó la luz como un visitante inesperado aquella mañana de viernes.C
uando mi tío habla con su hermana -mi madre-, suele comenzar algunas conversaciones haciendo mención de lo que seguramente ocurrirá cuando él muera, más o menos en un tiempo inmediato a contar desde el mismo día del entierro, y de las calamidades que vendrán entonces, con todas las desgracias que acosarán y acabarán sitiando a nuestra familia; dramatiza amenazando al aire con el índice y expone sus argumentos empezando con un: "Porque el día en que yo cierre los ojos…" A continuación, desarrolla su monólogo mientras mi madre le escucha encantada. Los dos hermanos se fascinan el uno al otro ¡Cómo se adoran…! A mí, me ocurre lo mismo con ellos dos. Cuando mi tío ha terminado, es mi madre -siempre más gráfica- la que enarbola ahora sus manos al cielo para empezar su discurso con un: -"Pues fíjate bien en lo que te digo, nene, fíjate bien… porque el día en que yo salga de aquí con los pies por delante…"P
refería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pulóver pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.D
ijiste que habías muerto de amor una vez - me mira con tono inquisidor.N
ada sé del despropósito en que me he convertido. Ni siquiera por qué vivo obsesionado con Saint Patrick Street, con la ciudad de Cork y su halo de malditismo. Puede que fuera aquel barco hundido tras partir de sus muelles, el naufragio de un ostentoso modo de vida, o quizás sólo sea que la chica más enigmática que jamás he conocido siempre hablaba del prodigio de esta calle edificada sobre las aguas. Entornaba los ojos, y a través de las pestañas rojizas, podía ver cómo el intenso gris se empañaba de recuerdos. Asustada ante su repentina fragilidad, Eiryn encogía los hombros, como si quisiera esconderlos en su cuerpo menudo, y rehuía las miradas del resto.F
altavam dez minutos para as oito horas da manhã, o comprido hall do hotel Europa ainda estava iluminado unicamente pela luz artificial. Enquanto baixava as escadas escutava a voz da recepcionista falando em um inglês perfeito. Um homem se despedia en euskera. Mila esker, eta barkatu . Quando punha o pé no último degrau, uma figura masculina com sobretudo gris caminhava cara a porta principal. Saiu à rua S. Martin, procurou alguém mirando à dereita e à esquerda, consultou o seu relógio e regressou ao recebedor. Foi sentar numa das cadeiras Luís XV junto à porta principal e abriu o jornal.L
as noches se sucedían una detrás de la otra sin cambios. Siempre las mismas estrellas, siempre la misma brisa, siempre las mismas piedras sobre la orilla. Y en el mar siempre lo mismo: nada. Sólo kilómetros y kilómetros de agua, que parecía negra, reuniéndose en un punto lejano llamado horizonte, donde nadie puede llegar, del que nadie puede volver. Aunque algunos dicen que hay algo en el horizonte, en el umbral entre el aquí y el allá, en el lugar que no existe más que en nuestra mirada, más que sobre el papel.¡
Pare, negro cochino!D
esde diciembre esperábamos reunirnos. En esta ocasión el encuentro ha sido en Palafrugell. Volvía un viejo amigo –L’Hermós- con su compañera Carmen. Traían libros y experiencias en las que de nuevo se unían el Mediterráneo y las bibliotecas. No resultó fácil salir de Burgos. Nevaba la noche del 27 de febrero, viernes, y en medio de un desacostumbrado ambiente invernal, los trenes acumulaban retraso. Pudimos hacerlo después de variar la ruta hacia Pamplona, evitando Miranda de Ebro, con lo que llegamos a Barcelona a las doce del mediodía del sábado. Allí nos esperaban Paco, Sonia e Isabel con el resto de compañía. Sin tardanza, nos dirigimos a la Costa Brava, al Bajo Ampurdán, bordeando el mar por la carretera de la costa; lucía el sol, aunque afuera el viento seguía siendo fresco. Jadea un poco mientras sus pies descalzos dejan suaves huellas en la tierra rala y seca del potrero. Sólo sus ojos brillan.H
ola. Por si no lo recuerda, su nombre es Rodrigo Angel K. Si? Lo recuerda, que bien. No, no se esfuerce, no se preocupe, solo necesito q me escuche y luego de la intervención tendremos tiempo para hablar.P
ensaba en la noche sumido aquella silueta semi recortada en gris y blanco azulado que si lo traicionaba sería condenado para siempre al averno, donde sería devorado por Satanás, al lado de los peores seres humanos que existieron nunca. Terminaría en los infiernos de una oscuridad superlativa, sufriendo el escarnio eterno de los que mancillaron a los santos y a los grandes hombres de Dios. Sería el que traicionó al más santo, al hipersantón. Su persona sería sinónimo de la perfidia y la bellaquería, denominación de origen de la vileza, sería convertido su nombre en insulto por autonomasia, en el peor insulto que nunca nadie pudiera pronunciar ni recibir. Pero, ¿y si todo era una gran mentira? Todo podía ser perfectamente falso y entonces poseería en sus manos un buen puñado de oro para su familia que sufría la penuría y degustaba el escaso manjar de una hogaza de pan y tres pescados por día.D
e pronto recordaste el comienzo de tu antigua amistad con su sonrisa franca y ardor infatigable en las esperanzas alimentadas por una ambición que os asemejaba afianzando vuestra asociación sin papeles basada en una palabra férrea por el honor y el vínculo que el sudor ha forjado tanto en las fatigas y trabajos de ultramar“
Disparar una cámara fotográfica es parecido a disparar un arma: una acción momentánea que puede tener consecuencias duraderas”.T
artaruga entra en la roda, su mirada está fija en la de su adversario. Desde su metro sesenta observa a su enorme contrincante, el mestre Rei. La música sube el ritmo y en breves segundos se ven enzarzados en un torbellino de patadas y puñetazos. La jinga cada vez baja más, y los pies y manos encallecidas rozan el suelo, lo acarician y disfrutan. La adrenalina corre a raudales por sus venas.Revista
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