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Narrativa

Nmero 5

Al pozo con Bruno Cano, de Rolando Hinojosa

¿

Cómo que no lo sepulta?  

-Ya me oyeron.  

-Sí, le oímos, pero usted tiene que sepultarlo. Si no hay más.  

-Allá él; yo no lo sepulto. Que lo sepulte otro. . . Ustedes. La iglesia no lo sepultará.  

-¿La iglesia o usted, don Pedro?

-Yo, la iglesia; lo mismo da.

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Los viajes de Anatalia, de Eloy Tizón

M

amá en el andén paga lo justo al taxista, al maletero, vigila cómo el enorme equipaje pardo, el cajón con las partituras, sus cajas y sombrereras, la ropa de los niños, nuestra, va siendo engullido trozo a trozo por el vagón mercancías. Sin rostro. Mi madre y su portamonedas conceden un beso a tía Berta, corre un viento frío, partamos, partamos, mamá asciende escalones, esto se llama departamento y es de oscura madera densa, yo preferiría viajar en barco, mama aspira el barnizado, corrige un portafolios, ¿cómo has dicho que se llama?
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Naturaleza muerta, de Cristina Cerrada

H

abía robado ese cuadro el miércoles anterior. Lo cogió de la cafetería, antes de marcharse, cuando vio que ningún camarero le estaba mirando. No sabía por qué lo había hecho. Simplemente se lo llevó. Había quedado allí con Virginia, su mujer, para hablar de los niños. Habían hablado, sí, de los niños. Y luego, él se llevó aquel cuadro.
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El Terror, de Ricardo Menéndez Salmón

F

ue Karen quien insistió en acudir al circo.

-Dios mío -dijo con la mirada llena de luz al mostrarme el programa que alguien había depositado en nuestro buzón-. Hace más de treinta años que no veo un payaso.
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El desumbrado, de Robert Juan-Cantavella

S


eis días que aguardamos y sigo sin adivinar el más leve cambio en el horizonte. Desde hace dos, el cadáver de Bolthorn despide un olor infecto. Seguramente empezó a morir envenenado al beber del agua que le sirvieron en la última posada. De eso hace siete días, uno antes de encerrarnos en esta misión descabellada.
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Madre Medea , de Pilar Adón

R


egresó a Madrid con diez carretes de fotografías, unos cuantos pañuelos del Soho, algún anillo, pantalones de diseño escocés, galletas, unas gafas de sol, una camiseta blanca con un dibujo " Snowing in London ", libros comprados en Dillon's, frascos de mermelada, cajas de té, una maleta que le rompieron en el aeropuerto y por la que hizo una reclamación en la que tuvo que detallar todo lo que llevaba dentro, sellos, tazas, envoltorios de chocolatinas, papel de regalo, cinco CDs, revistas y un niño.
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Un hombre solo en París, de Hernán Migoya

V


iajé a París con la intención de postergar mi suicidio. Como allí no tenía nada que hacer, decidí hacerme putero. Jamás me había acostado con una puta, y ya estaba harto de recurrir a la masturbación.
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Nmero 4

Bulbos, de Aránzazu de Isusi

Relato ganador del II Premio Paralelo Sur de Narrativa

M

i coche es sensible a las lágrimas y al paso de las estaciones. Esto último lo supe en septiembre cuando, detrás del asiento conductor, aprecié una pequeña seta. Día a día, tomaba mayor tamaño y pronto se reprodujo dando lugar a una simpática colonia que llegó a cubrir gran parte de la alfombrilla.
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En su boca, de Núria Sierra

Relato finalista del II Premio Paralelo Sur de Narrativa

L

a primera vez que compartí mi saliva fue una tarde de verano, el último que mis padres pasaron juntos antes del divorcio. Tenía diez años y los días de agosto empezaban a parecerse a un perro dando vueltas infinitas persiguiendo su rabo.
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¿Doctor Lüber?, de Leonardo Aguirre

Cuento incluido en Manual para cazar plumferos (Matalamanga, 2005).

E

l celular timbró tantas veces que terminó por introducirse en la escena cumbre. Una variante sofisticada de la clásica pesadilla de su infancia: esta vez no estaba desnudo en el patio del colegio sino en el escenario circular de un lumpenesco night club. Pero la endomingada concurrencia parecía más propia de un templo evangélico: ancianos iracundos lo ametrallaban con monedas y escupitajos.
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Armando el rompecabezas con la ferocidad del amor, de Eduardo González Viaña

N

ada más al salir del túnel, un microbús la había llevado primero a San Diego, California, la primera ciudad del país cuando se entra por la frontera noroeste de México. En medio de la algarabía y de los festejos por el 4 de julio, había sido fácil que el vehículo pasara inadvertido. De inmediato, el carro emprendió una carrera desaforada por diversas calles para confundirse con los otros vehículos.
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Búsqueda de casa, de Johann Page

L


a miraba cambiar durante las tardes de mayo de manera silenciosa y paciente, cuando el verano culminaba en una Lima de tibias sales y herrumbre, y ya los últimos días de pálido sol desaparecían sutilmente. Era en ellas que podía escucharse su cambio como un lejano murmullo o una ráfaga de viento adueñándose del espacio.
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1922, de Edwin Chávez

E


n 1514 Isabelle de Chevron y Jean de Montheys contrajeron matrimonio en la fortaleza construida por los Blonay, una unión que, pese a lo esperado, duró poco. Montheys murió un año después en la batalla de Marignan por una espada que le atravesó el estómago, cerca de los intestinos. Cuando el cadáver llegó a Muzot, ella contempló la escena con incrédulo rostro, pero luego de algunos minutos pidió que alejaran aquel cuerpo de su vista, alegando no conocer a dicho hombre.
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Nmero 3

La Sociedad secreta del Sueño, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

P

oco a poco tomas conciencia de que hay algo más, de que eso que te está ocurriendo no es todo lo que hay o te puede ocurrir. Adviertes que las personas no pueden cambiar de rostro así como así, o que algo en las esquinas de ese círculo cuadrado no es del todo sensato, y ésas u otras pistas, como el hecho de que no puedes estar en dos sitios a la vez, te llevan a pensar que estás soñando, y que eso tan fantástico que te ocurre no es lo real, sino más bien eso otro, cuya resonancia ya percibes ahí fuera, eso otro mucho más cabal, más estático, más aburrido.
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Despedida en Madrid, de Norma Elia Cantú

L

a imagen regresa. Es el aeropuerto de Barajas y ella está diciendo adiós. La palabra "Despedida" permanece en su mente mientras la palabra "Adiós" empuja con más fuerza, como si pudiese nombrarse a sí misma y herirla. Aquella historia de amor había sido difícil, pero fácil también, muy fácil, sabiendo, como sabía, que habría un final y que se produciría esta escena en el aeropuerto.
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Los culpables, de Juan Villoro

L

as tijeras estaban sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.
Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a 42 grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.
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Other Guys, de Daniel Chacón

P

eacock estaba hablando con aquel otro tío. Iba moviendo las manos a modo de golpes de kárate, y aunque el otro tío aparentaba estar poniendo atención a lo que Peacock decía, en realidad observaba como sus manos cortaban el aire. El tío temía que le acabara cruzando la cara, y no le culpo. Conocía a Peacock. Todos conocíamos a Peacock. Sabíamos que esas manazas eran capaces de estrujar a un luchador de sumo hasta matarlo.
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Neptuno, dios del mar, de Ivonne Lamazares

A


buela Primera solía decirme que seríamos libres el día en que nos reuniéramos con "El Señor que está en el Cielo".
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Es el agua, de Rolando Hinojosa

M


e llamo Fructuoso Alaniz García y así me bautizaron en las tierras de los Buenrostro por ser el día de mi santo, el día 21 de enero. En inglés, según mi nieta Lucía, mi nombre significa bountiful, es decir, productivo. Bien puede ser. De mi parte, me parece que eso encaja bien a bien ya que aquel que así se llame se le haya destinado a trabajar la tierra, y no sólo eso, no, sino también que el que la labra le da vida a la tierra para que ella, la tierra, devuelva parte de la vida en cereales y en todo tipo de grano, en verduras, sí, y en fruta como recompensa para aquel que preparó la tierra y presenció la siembra brotar casi de la nada sino con la esperanza y con un manojo de semilla. Eso sí es que ser productivo.
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Nmero 2

Agitacin, de Minke Wang

S

i pudiera dar una vuelta de 360º en un columpio. No tener que andar, ir a todos los sitios en toboganes ondulados de parque infantil. Chutar, enviar el balón a las nubes con la portería vacía tras regatear al portero. El balón siempre en el aire, con un efecto que supera la tapia y va directo a la frutería, esa que está calle abajo. El espejo roto clavado en los melones del escaparate. La frutera apretándome entre sus pechos de no sé qué olor por liberarla de su rutina de pelar naranjas para dárselas a probar a no sé qué señoras. 360º en ese columpio blanco del patio de cuarto de E.G.B, y todo habría ido bien. Todas las mañanas cogería unas tenazas para desayunar huevos de pascua.
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Mesié, de Alberto Fernández González

F

inalmente ha estallado el mundo en mi cabeza, y se desparrama por todo mi cuerpo despertando un dolor espantoso, pero sé que pasajero como un rayo. El cerebro se me hace agua y escapa por los oídos, una sensación de líquido caliente. He caído boca arriba, tal vez las piernas dobladas, desordenadas en el vuelo, los brazos muertos sobre la acera.
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Un rabo agonizante, de Arcadio García

C

aprichosa como es la conciencia resulta que no puedo dejar de evocar los múltiples rabos de lagartija que de niño seccioné y contemplé agitarse nerviosamente. Quién me iba a decir a mí que uno de los pocos recuerdos recurrentes que han perdurado de mi niñez se repetiría sin pausa en estos momentos desafortunados.
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El juego, de José Manuel Soriano

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idia salió de casa temprano. Dio un portazo tras aludir a las frases que nunca oía de la boca de Dani. Las discusiones recortan el tiempo para convertirse rápidamente en recuerdo. No dijo nada, ni un adiós. Dani pensó que las despedidas sin palabras son más despedidas si cabe. Hubiera preferido una frase melodramática, como un "no quiero volver a verte" ó "espero que te des cuenta", pero no, definitivamente el silencio ocultó cualquier otra forma de lenguaje.
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Con una ene en el corazón, de Fernando Clemot

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e violentó la luz como un visitante inesperado aquella mañana de viernes.

Giré mi cuerpo buscando su envés del otro lado y solo palpé un rastro vacío, una horma ya fría sellada sobre las sábanas. Me incorporé y repasé los rincones de aquel cuartucho, ni rastro de Josephine, abrí el baño, estaría allí acicalándose, trataría de sorprenderla con una nueva caricia de amante, pero no, sólo la helada perfección de la cerámica, blanco, nada. Removí las toallas tiradas hasta desenterrar una nota sobre la banqueta, breve, casi elegante, me voy no me busques, la rompí de dos zarpazos y volví mis pasos hasta la cama. El colchón me devolvió un lamento de muelles sobados que aunque parezca ridículo me reconfortó un poco.
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Número 1

El verano que viene, de Jordi Castellví

C

uando mi tío habla con su hermana -mi madre-, suele comenzar algunas conversaciones haciendo mención de lo que seguramente ocurrirá cuando él muera, más o menos en un tiempo inmediato a contar desde el mismo día del entierro, y de las calamidades que vendrán entonces, con todas las desgracias que acosarán y acabarán sitiando a nuestra familia; dramatiza amenazando al aire con el índice y expone sus argumentos empezando con un: "Porque el día en que yo cierre los ojos…" A continuación, desarrolla su monólogo mientras mi madre le escucha encantada. Los dos hermanos se fascinan el uno al otro ¡Cómo se adoran…! A mí, me ocurre lo mismo con ellos dos. Cuando mi tío ha terminado, es mi madre -siempre más gráfica- la que enarbola ahora sus manos al cielo para empezar su discurso con un: -"Pues fíjate bien en lo que te digo, nene, fíjate bien… porque el día en que yo salga de aquí con los pies por delante…"
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Terrazas de otoo, de Fernando Clemot

P

refería recorrer las avenidas del centro en octubre o noviembre, lejos del fragor insoportable del verano, cuando ya podía embutirme tras la coraza de un jersey de cuello alto, o colocarme el pulóver pardo, rescatar tal vez aquella chaqueta de pana beige que decían me favorecía tanto... Sólo tras aquella armadura de ropa me sentía aliviado, así protegido recorría las terrazas semidesiertas, famélicas ya de calor y turistas, era entonces paladín preparado para entablar combate, aguerrido y orgulloso, abierto a la aventura o a lo que el azar deparara.
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El rostro del Ángel, de Marié Rojas

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ijiste que habías muerto de amor una vez - me mira con tono inquisidor.
- Fue hace tiempo - respondo mientras la camarera rellena mi vaso.

Nos atrapó la tormenta a la salida del teatro y, al ver el mesón abierto, corrimos a refugiarnos en sus entrañas. Es tarde, apenas una señora envuelta en un chal bebe en un rincón. Nos sentamos lejos para no perturbar su soledad. Para mitigar el frío, pedimos a la camarera vino tinto, que bebemos a sorbos lentos… Cada vez que el vaso se vacía, regresa ella, solícita, a llenarlo. De vez en cuando, miramos hacia fuera, a pesar de que el sonido de la lluvia nos dice que aún debemos permanecer, esperando el regreso de la calma.
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Eyrin, de Víctor Chamaco

N

ada sé del despropósito en que me he convertido. Ni siquiera por qué vivo obsesionado con Saint Patrick Street, con la ciudad de Cork y su halo de malditismo. Puede que fuera aquel barco hundido tras partir de sus muelles, el naufragio de un ostentoso modo de vida, o quizás sólo sea que la chica más enigmática que jamás he conocido siempre hablaba del prodigio de esta calle edificada sobre las aguas. Entornaba los ojos, y a través de las pestañas rojizas, podía ver cómo el intenso gris se empañaba de recuerdos. Asustada ante su repentina fragilidad, Eiryn encogía los hombros, como si quisiera esconderlos en su cuerpo menudo, y rehuía las miradas del resto.
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Eu sou o Lar, de Carminha Boa Vila

F

altavam dez minutos para as oito horas da manhã, o comprido hall do hotel Europa ainda estava iluminado unicamente pela luz artificial. Enquanto baixava as escadas escutava a voz da recepcionista falando em um inglês perfeito. Um homem se despedia en euskera. Mila esker, eta barkatu . Quando punha o pé no último degrau, uma figura masculina com sobretudo gris caminhava cara a porta principal. Saiu à rua S. Martin, procurou alguém mirando à dereita e à esquerda, consultou o seu relógio e regressou ao recebedor. Foi sentar numa das cadeiras Luís XV junto à porta principal e abriu o jornal.
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Las Sirenas, de Inés Macpherson

L

as noches se sucedían una detrás de la otra sin cambios. Siempre las mismas estrellas, siempre la misma brisa, siempre las mismas piedras sobre la orilla. Y en el mar siempre lo mismo: nada. Sólo kilómetros y kilómetros de agua, que parecía negra, reuniéndose en un punto lejano llamado horizonte, donde nadie puede llegar, del que nadie puede volver. Aunque algunos dicen que hay algo en el horizonte, en el umbral entre el aquí y el allá, en el lugar que no existe más que en nuestra mirada, más que sobre el papel.
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El negro y el perro, de Fernán Torres León

Pare, negro cochino!
El grito salta sobre la cerca casi al mismo tiempo que el negro y ambos se pierden en la noche.
-¡Negro ladrón!
El negro corre sin ruido. Aprieta con fuerza el cuchillo y corre…
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La vela blanca, de Antonio Vargas

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esde diciembre esperábamos reunirnos. En esta ocasión el encuentro ha sido en Palafrugell. Volvía un viejo amigo –L’Hermós- con su compañera Carmen. Traían libros y experiencias en las que de nuevo se unían el Mediterráneo y las bibliotecas. No resultó fácil salir de Burgos. Nevaba la noche del 27 de febrero, viernes, y en medio de un desacostumbrado ambiente invernal, los trenes acumulaban retraso. Pudimos hacerlo después de variar la ruta hacia Pamplona, evitando Miranda de Ebro, con lo que llegamos a Barcelona a las doce del mediodía del sábado. Allí nos esperaban Paco, Sonia e Isabel con el resto de compañía. Sin tardanza, nos dirigimos a la Costa Brava, al Bajo Ampurdán, bordeando el mar por la carretera de la costa; lucía el sol, aunque afuera el viento seguía siendo fresco. Jadea un poco mientras sus pies descalzos dejan suaves huellas en la tierra rala y seca del potrero. Sólo sus ojos brillan.
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Número 0

Monólogo para el hombre hibernado, de Diego Petrilli

H

ola. Por si no lo recuerda, su nombre es Rodrigo Angel K. Si? Lo recuerda, que bien. No, no se esfuerce, no se preocupe, solo necesito q me escuche y luego de la intervención tendremos tiempo para hablar.
Mi nombre es Danilo, y soy parte del equipo de "inserción de hibernados" de este hospital.
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Judas, de Raúl Matas

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ensaba en la noche sumido aquella silueta semi recortada en gris y blanco azulado que si lo traicionaba sería condenado para siempre al averno, donde sería devorado por Satanás, al lado de los peores seres humanos que existieron nunca. Terminaría en los infiernos de una oscuridad superlativa, sufriendo el escarnio eterno de los que mancillaron a los santos y a los grandes hombres de Dios. Sería el que traicionó al más santo, al hipersantón. Su persona sería sinónimo de la perfidia y la bellaquería, denominación de origen de la vileza, sería convertido su nombre en insulto por autonomasia, en el peor insulto que nunca nadie pudiera pronunciar ni recibir. Pero, ¿y si todo era una gran mentira? Todo podía ser perfectamente falso y entonces poseería en sus manos un buen puñado de oro para su familia que sufría la penuría y degustaba el escaso manjar de una hogaza de pan y tres pescados por día.
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De sangre y oro, de Jorge Corso

D

e pronto recordaste el comienzo de tu antigua amistad con su sonrisa franca y ardor infatigable en las esperanzas alimentadas por una ambición que os asemejaba afianzando vuestra asociación sin papeles basada en una palabra férrea por el honor y el vínculo que el sudor ha forjado tanto en las fatigas y trabajos de ultramar
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Dispara rápido, de Pedro Antonio Segura

Disparar una cámara fotográfica es parecido a disparar un arma: una acción momentánea que puede tener consecuencias duraderas”.

“¡Dispara Ricardo! ¡dispara, por tu madre!” gritaba yo sin voz y extraviando los ojos, en parte por puro pánico y en parte para no alertar al soldado de la presencia de mi compañero por detrás suyo.
Pero a Ricardo le temblaba tanto la mano que pensé que daba igual, sino me mataba aquel pequeñajo con la cara desfigurada por los machetazos, lo haría él con su deficiente puntería. A pesar que el sudor que chorreaba por mi frente se me metía en los ojos y me los escocía no me atrevía a hacer ningún movimiento con las manos, y mucho menos con cualquier otra parte de mi paralizado cuerpo.
El tipo que me amenazaba con su fusil de asalto parecía estar tan drogado que era incapaz de tomar una decisión; sabía que no podía permitirme sacar fotos, pero dudaba si era suficiente con arrebatarme la cámara o si también era necesario silenciarme del todo.
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Tartaruga, profesor de capoeira Ekphrasis de un jogo, de Daniel García Martinez

T

artaruga entra en la roda, su mirada está fija en la de su adversario. Desde su metro sesenta observa a su enorme contrincante, el mestre Rei. La música sube el ritmo y en breves segundos se ven enzarzados en un torbellino de patadas y puñetazos. La jinga cada vez baja más, y los pies y manos encallecidas rozan el suelo, lo acarician y disfrutan. La adrenalina corre a raudales por sus venas.
El mestre observa al alumno, que años antes mandara a Europa como una joven promesa. Tartarua, profesor de capoeira a los 24 años. Ahora, tras 10 años, está más débil, su barriga ha aumentado sensiblemente y su rostro refleja todas las inclemencias que ha tenido que soportar.
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