El verano que viene
Jordi Castellví
C
uando mi tío habla con su hermana -mi madre-, suele comenzar algunas conversaciones haciendo mención de lo que seguramente ocurrirá cuando él muera, más o menos en un tiempo inmediato a contar desde el mismo día del entierro, y de las calamidades que vendrán entonces, con todas las desgracias que acosarán y acabarán sitiando a nuestra familia; dramatiza amenazando al aire con el índice y expone sus argumentos empezando con un: "Porque el día en que yo cierre los ojos…" A continuación, desarrolla su monólogo mientras mi madre le escucha encantada. Los dos hermanos se fascinan el uno al otro ¡Cómo se adoran…! A mí, me ocurre lo mismo con ellos dos. Cuando mi tío ha terminado, es mi madre -siempre más gráfica- la que enarbola ahora sus manos al cielo para empezar su discurso con un: -"Pues fíjate bien en lo que te digo, nene, fíjate bien… porque el día en que yo salga de aquí con los pies por delante…"
Siempre la tienen presente. A la muerte. Dibujan el mundo para cuando ella les haya alcanzado. Claro que, de tanto que les gusta oírse, reparten propiedades en un juego de notarios que ya se ha hecho clásico entre nosotros, y entre advertencias de que lo iremos perdiendo todo, heredo, me desheredan y heredo otra vez en lo que va de una frase a otra hasta que mi madre, cuando ya nos empieza a ver preocupados, espanta los nubarrones con esa sabiduría de las mujeres del sur y proyecta, para el próximo verano, un gran viaje -un viaje "bonito", que dice ella-, o cuando menos, un asado con jolgorio, con el costillar de algún pobre mamífero presidiendo la mantelería. En nuestra casa, algunas cosas se fían siempre para el verano que viene.
Todos los días mi padre compra un periódico que mi madre, invariablemente, empieza a leer por la sección de necrológicas. En un momento que yo evito especialmente presenciar, ella sufre leyendo las edades de cada uno de los fallecimientos y especula con cuál será la suya, cuando le toque, a la vez que hace unas extrañas muecas con la boca, -"Mira éste: por poco llega a los noventa. Ha durado este pájaro", dice dando golpecitos con el dedo a la esquela impresa; sufre leyendo los nombres de los difuntos -pavoroso cuando alguno lleva un apellido nuestro- y sufre leyendo las retahílas de afligidos, -"¿La nuera también? Las nueras no se apenan. Las nueras hacen caja".
Y mi padre siempre explica que cuando se casaba con ella no sabía que lo hacía con una mujer que abre los diarios por la página de los muertos. Después, a todo esto, guarda un silencio que sólo rompe para despreciarla. A la muerte. A la muerte como a su envoltorio.
-"¿La muerte? Nada, te tiran a un cajón" Y no se refiere a un cajón de la cómoda, por ejemplo, sino a la acepción más despectiva de la palabra "caja"; a las cuatro tablas bastas y de medidas exageradas en las que meteríamos a un gatazo que hubiéramos encontrado atropellado en la calle. Además, en ese tosco embalaje, a él no lo depositan: a él lo echan, lo "tiran". La muerte, reducida a un rápido e irreverente desalojo del cuerpo inservible. Y mientras llega lo del cajón dice también que ahora, todos los días son ya de regalo.
Por mi parte, conocí a la muerte de pequeño, luchando con el niño vecino, en su patio. Llegó su padre, un hombre del campo, y se sentó a una mesa en la que no había nada. La mujer dijo: -"Hoy no se le puede molestar. Va a llorar para su madre, porque aún no lo ha hecho por culpa de esta agua que nos ha anegado las tierras". Pegó la frente en medio de la mesa y extendió los brazos a lo largo de la madera desnuda. Entonces, con la sola ayuda de sus ojos, se puso a llorar a su madre muerta mientras su mujer andaba faenando por la casa, ajena a la pena de él y mientras su hijo peleaba conmigo, sordo al llanto de su padre. Yo, que no dejé de vigilarle, vi que lloró para ella, sólo para ella y lo hizo sin parar durante toda la tarde en esa misma postura, en lo que fue uno de los actos más conmovedores que puedo recordar.
Meses más tarde, aquel hombre alto y reseco, pero tierno por dentro, abandonaba y se quitaba la vida en lo que habría de ser otra tarde triste y espesa. No viéndose con el ánimo para capear las desavenencias con su mujer, se dijo en la calle, se golpeó tozudamente en la cabeza hasta que tanta de su propia sangre le asustó. Mi padre, que le asistió y le llevó al hospital, me contó que había muerto diciendo "Ay, madre. Ay, madre…" y me explicó que esto era así porque todos los hombres llamamos a nuestra madre, de puro miedo, cuando ya sentimos que vamos a morir.
Y no pasó mucho tiempo en que habría de verme a mí mismo, arrojándome encima del ataúd de mi abuelo, abrazándolo con fuerza por los costados en un descuido de la gente que lo velaba, clavándole las uñas en un vano, desesperado intento de que no se llevaran de mi casa a aquel ser bueno y travieso que tanto había jugado conmigo. Y hasta tuve tiempo de declararle todo mi amor a través del cristal, antes de que se empañara, antes de que a mí me arrancaran de allí con firmeza, antes de que a él lo cerraran con aquella tapa que no le dejaría salir…
Con mi parloteo incansable le había podido decir a la cara cuánto le quería, ahora que ya no me oía, ahora que ya se marchaba... y por vez primera, durante días, sentí aquel dolor tan agudo, mientras me atormentaba por no haberle podido decir adiós y por haber permitido que le dejaran a oscuras… En aquel año terrible, la muerte se me reveló con toda su majestad.
Afortunadamente, mi madre tuvo la compasión de decir: -"Niño mío, tenemos la suerte de que el tiempo irá desvaneciendo este dolor. De otro modo, la vida no sería soportable. Para el verano que viene ya casi no te hará daño". Lo dijo suavemente, como para ella, pero yo siempre oigo las palabras que desata mi madre, aunque no las pronuncie, y comprendí que el verano siguiente lo pasaría en casa de mis otros abuelos. Otro mundo. En esa otra ciudad, la muerte del que había sido el padre de mi padre y mi compañero de ferias, hizo que me sintiera mayor, y a la edad de once años pasaba las tardes medio escondido en un cañizar, hablando con mi abuelo invisible, fumando cigarrillos y pensando en cómo sería morir, cómo iba a morir, de qué me iba a morir y porqué teníamos que morir. Pero era verdad que su recuerdo, hermoso, ya casi no me dolía.
-"Tú a mí me quemas -no sé si lo pide o lo teme-, que a ti te gusta mucho quemar" dice mi madre, señalándome dolorida. Lo que no sepa mi madre de mí… En esas, mi padre me mira como disculpándose por estar salido de cuentas, por haberse hecho viejo sin saber todavía cómo, y señala con la cabeza en dirección al cementerio: -"Déjanos ahí, al menos sabrás dónde estamos".
Mi padre tiene razón. Me da sus huesos. Me los ofrece para que me agarre a ellos en los malos momentos que aún han de venir. Me hace saber dónde deben estar para cuando los necesite. Pero es entonces cuando mi madre la toma con las flores. Que las quiere en la tumba, llevadas por mí o por mi hermano, me suplica, y que eso es principal porque significa que no los hemos olvidado. Quiere flores. Inolvidable mamá… Inolvidable papá…. ¿Cómo íbamos a olvidarlos? ¡Con tantas veces como me reconozco en sus dichos y en sus gestos! Y si no, me veo preguntándome que cómo habría hecho esto o aquello mi madre, con frecuencia tan resuelta, tan expeditiva con los asuntos que no le interesan, o taimada y lista según el caso, y no siento vergüenza alguna al imitarla, haciendo las cosas a su manera, o cómo habría respondido a una ofensa, pongamos por caso, mi padre. ¿Mi padre? Pues lo habría hecho con este desplante y con esta cara de profunda desaprobación: exactamente la misma cara que con los años se me está quedando a mí, porque me vuelvo como ellos. ¡Ah! Y el insulto el mismo. Ya insultamos igual.
Solo faltaba ahora toda esa gente que cree haber vuelto de la muerte en el último instante gracias a la acerada hoja de un cirujano virtuoso, cuando ya veían esa luz que dicen blanca y cegadora, y que cuenta que han visto que vienen a recibirte y a ayudarte en ese tránsito los parientes y amigos ya fallecidos. Mi madre se ha enterado de eso. Que si ella no me encuentra, que la busque yo…
Por eso, porque no puede ser, porque no podemos seguir así, estamos cambiando el guión y ahora, con cualquier excusa, nos vemos mucho más. Eso es lo que esperan mis padres de sus hijos, que les hagamos la corte... Hablamos de todo, menos de la muerte, a la que al fin, desdeñándola, le hemos dado un hueso que roer. Hemos decidido que siempre son los demás los que acaban muriéndose, pobrecillos, y que eso no va con nosotros. Les visito con frecuencia, aunque siempre atento a todo achaque poco visto o en alerta por un resfriado que no cura. Salimos a festejo semanal y hemos introducido en los banquetes comida exótica, rara y cara. La casa está llena de buenas perspectivas. Dejamos entrar el aire y el sol. Bebemos salud y ya no nos quejamos de nada. "¿Para qué?" declara mi padre, el cual, al saberse inmortal, tampoco va a dejar de fumar. "¿Para qué?" recalca.
Mientras tanto, mi madre, que ha terminado por tratar a la muerte como si fuera la última aprendiza de un corro de sirvientas, regañándola por los pasillos, sigue preparando un ambicioso programa, repleto de planes, para el verano que viene.
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