as noches se sucedían una detrás de la otra sin cambios. Siempre las mismas estrellas, siempre la misma brisa, siempre las mismas piedras sobre la orilla. Y en el mar siempre lo mismo: nada. Sólo kilómetros y kilómetros de agua, que parecía negra, reuniéndose en un punto lejano llamado horizonte, donde nadie puede llegar, del que nadie puede volver. Aunque algunos dicen que hay algo en el horizonte, en el umbral entre el aquí y el allá, en el lugar que no existe más que en nuestra mirada, más que sobre el papel.
Y Juan había escuchado mil veces aquella leyenda. Por eso, cada noche desde hacía tres años, iba a sentarse junto al mar, hiciera frío o calor, estuviera el mar en calma o revuelto hasta ser más blanco que oscuro. Estaba allí, apuntando en su memoria lo que nadie se paraba a observar, para esperar, en lo más profundo de su ser, que aparecieran. ¿Qué esperaba? Esperaba que del horizonte surgieran las sirenas, aquellas criaturas que pueblan los sueños y los mitos de todos los tiempos, de todos los hombres. Y las esperaba como en los cuentos: bellas mujeres con largos cabellos y una cola de pez deslumbrante.
Pero en aquellos tres años Juan no había encontrado nada. Había conocido y aprendido las mil caras de la luna, la posición de todas las estrellas, a las que les había cambiado el nombre, para poder leer en el cielo las frases que más le gustaban. Podía escuchar e interpretar el lenguaje del mar, o al menos lo que el mar dejaba que los hombres entendieran, porque muchas veces parecía que entre esas olas, había más sonidos de los que se podían oír, más cantos y secretos de los que un hombre pudiera guardar en su memoria en tres vidas. Pero no había visto ninguna sirena.
La idea de que todo fuera mentira le había pasado más de una y más de dos veces por la cabeza, pero era incapaz de renunciar a ver cumplido su sueño. La idea de irse del mundo sin haber descubierto las criaturas del horizonte le aterraba, porque sabía que al morir se iría a un lugar parecido a ese horizonte donde ellas vivían, y quería preguntarles cómo era, para irse preparado a ese lugar al que todo el mundo llega, del que nadie regresa, y que nadie conoce.
En una noche de octubre, una noche nublada en la que sólo brillaba una frase de estrellas, Juan empezó a escribir en el mar, con las piedras, las palabras mágicas de su lamento, y mientras las piedras lloraban sobre el mar, él iba cantándose a sí mismo para animarse y poder pensar que tal vez el horizonte no existía ni en el mar ni en la vida, y por eso nadie podía contestarle las preguntas que tenía.
Pero sí que había alguien para hablarle del horizonte. Alguien que no sería como esperaba Juan, pero al fin y al cabo, alguien que conocía el temor de vivir en un lugar límite, existente, pero falso, sólo imaginable en la mente, pero a la vez palpable en un instante que enseguida dejaba atrás lo que era. Sí: una sirena empezó a surgir del horizonte sin que Juan la pudiera ver. Las piedras que lanzaba Juan habían sido escuchadas, y ahora eran llamadas para crear un camino sobre el mar, para que los dos mundos se pudieran conectar por un instante, mientras la única frase de estrellas quedaba cubierta por la última nube, para que ni siquiera la luna pudiera escuchar los secretos de un mundo inexistente, pero vivo.
Del otro lado del mar, aquella noche, Juan escuchó las voces que las olas traían pero que nadie podía oír. Y levantando la vista, comprendió, entre susurros y promesas, que alguien le llamaba. En un instante de emoción, Juan pudo ver, sobre la superficie del mar una figura que se acercaba, flotando sobre piedras que ya no lloraban. No tenía cola, sino piernas. Y sí, era una mujer, pero no era bella. Iba desnuda, pero no se veía nada más que oscuridad. Su cuerpo era opacidad en todos los sentidos: compacta y sin luz alguna. Y cuando estuvo a medio camino, lanzó una piedra para que Juan también se pudiera acercar.
Juan se dejó llevar por aquella barca improvisada en la que, con esfuerzo, cabía uno de sus pies, y poco a poco pudo ver a su sirena. Tenía los ojos verdes y el cuerpo oscuro, negra como la raya del horizonte del que salía. Su cuerpo, oculto por las sombras, era como el de cualquier mujer, salvo que no tenía boca ni nariz. En su rostro sólo había orejas y aquellos dos faros verdes que brillaban más que cualquier luz de ciudad.
Al ver frustrada su misión, ya que sin boca, la sirena no podía contestar, Juan quería irse. Y se iba a lanzar de la piedra para volver a nado, cuando la mano de la sirena le sujetó, y lo atrajo hacia ella y hacia la piedra en la que ella estaba. La orilla estaba lejos, tanto como el horizonte. Y mientras los dos mundos que conocía, o al menos creía conocer Juan, se iban alejando, la sirena le abrazaba con más fuerza. Había sido llamada, y no quería fallar a aquél que tanto la había esperado. Sin embargo, Juan estaba más que decepcionado ante aquel ser que no era como esperaba; estaba asustado, porque estaba a merced de una mujer que vivía en el umbral, en el límite, en un mundo que sólo cabía en la imaginación del más soñador.
Cuando la piedra dejó de avanzar y se hizo más grande, los dos se sentaron, cara a cara. Ella lo miró, y antes que Juan pudiera preguntar, un poco de mar subió a la piedra y se quedó allí, bien quieto, guardando entre sus lazos todos los secretos que ya no iban a llegar a la orilla. La sirena, que ahora que Juan la veía más de cerca, era del mismo color y de la misma textura que aquel pedazo de mar, cogió aquella masa líquida entre sus dedos, y se la dio a Juan.
Y entonces comprendió. Ella sabía cuáles eran las preguntas, y el mar sabía las respuestas. Ella sólo le iba a dar el trozo de mar que las guardaba, para que él las pudiera escuchar. Ella sólo era parte del mar, pero no como un pez o como un ser marino, sino que era parte del mar en tanto que ella era mar: un mar que cogía las formas necesarias para poder llevar las respuestas y los sueños a aquellos que los esperaban de verdad.
Y como Juan, durante tres años había aprendido a descifrar el lenguaje del mar, empezó a escuchar el agua, introduciendo su cabeza en aquella masa líquida donde deseaba encontrar las respuestas a su miedo, donde esperaba hallar lo que eran los horizontes.
Y mientras Juan bebía del mar, la sirena fue deshaciéndose de forma similar a como había surgido, convirtiéndose en una ola que ya no volvería al horizonte de la misma manera, ya que había perdido parte de su saber. La piedra desapareció, y Juan se encontró en la orilla con la cabeza hundida en el mar. Sobre su cara, las lágrimas que derramaba eran de piedra, para poderse diferenciar con las lágrimas del mar, que se le habían pegado a la cara. Ahora ya podía irse a casa. Ahora podría dormir. Había visto a una sirena. Había descubierto lo que era el miedo y lo que era el horizonte. Si algún día encontraba uno, ya sabía qué hacer: se desharía en él.
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