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Agitación

Minke Wang (Ganador del I Premio Paralelo Sur de Narrativa)

S

i pudiera dar una vuelta de 360º en un columpio. No tener que andar, ir a todos los sitios en toboganes ondulados de parque infantil. Chutar, enviar el balón a las nubes con la portería vacía tras regatear al portero. El balón siempre en el aire, con un efecto que supera la tapia y va directo a la frutería, esa que está calle abajo. El espejo roto clavado en los melones del escaparate. La frutera apretándome entre sus pechos de no sé qué olor por liberarla de su rutina de pelar naranjas para dárselas a probar a no sé qué señoras. 360º en ese columpio blanco del patio de cuarto de E.G.B, y todo habría ido bien. Todas las mañanas cogería unas tenazas para desayunar huevos de pascua.

En el garaje, dos hombres cumplen treinta y dos años y se aprietan los testículos con unos alicates. Los pantalones bajados hasta los tobillos; manchas marrones y amarillentas en un slip. Los escrotos están morados, inflamadísimos y a punto de reventar. El de la izquierda, Alfonso, no piensa en nada. Procura aguantar el dolor ausentándose por completo del mundo. Sólo un espacio vacío, ni manos ni torso ni pies ni testículos ingrávidos; simplemente se aferra a los alicates cerrando los dedos, el leve contacto que lo une al mundo.

Frente a él, Pedro agarra los hierros cerrando la palma; se apoya sólo en los montes, tiene los dedos rígidamente estirados en grotescas posturas, las venas hinchadísimas, y la sangre circulando como una manada de ñúes en estampida.

Aquél columpio blanco tenía la pintura levantada porque quería ser un plátano. Yo de pie. Cogiendo impulso. Las cadenas chirriando más y más en cada ir y venir. La ingravidez. Luego caer. Las cadenas flojas... tensas otra vez por el tirón de golpe. El vuelco en el aire, el suelo de cemento girando trescientos sesenta grados. La punta de los pies tocando las nubes, la cabeza mirando a nada, a punto de golpearse contra la barra de hierro del soporte. Un sonido apagado, el pelo grumoso, la sangre manando, zumbido en los oídos. La nariz oliendo garbanzos en una tienda de alimentación. Tampoco habría pasado nada. El asiento vacío habría vuelto a su balanceo regular apenas perceptible, y como una cuna al arrullo de una nana, habría atraído a montones de niños mosca sedientos y cansados.

En el garaje había una veintena de coches; ahora está vacío. Por la trampilla que da a la superficie entra una ráfaga de aire. Se escuchan a los coches alejándose. Es la hora de comer, Alfonso y Pedro llevan desde las nueve de la mañana moliéndose los testículos. Tenían pensado incorporarse a sus puestos de trabajo en cuanto acabara la apuesta, ninguno había previsto que el contrario o él mismo pudiera aguantar tanto. Es porque el dolor los vuelve abstractos. Nadie se fijó en ellos al llegar esta mañana. El jefe de unidad, al notar sus ausencias, los estuvo buscando hasta que en el garaje los encontró de pie y mudos. Los miró, pensó en algo; pero se marchó rascándose la calva. Pedro tiene el escroto roto por una esquina y hace pompitas rojas contrayendo los huevos de dolor. Alfonso tiene el escroto entero y el testículo izquierdo hecho puré. Ya no son capaces de sudar, han dejado de presentar síntomas de cansancio, una mueca indefinida es todo lo que se dibuja en sus rostros.

Una nube. Caramelo de algodón en la feria. Agua en abril. Cinco litros de sangre de marrano en un globo, tibio aún; planeta lleno de bultos. Globos enfriados; encogidos algunos, cogiendo forma de corazón algunos. Corazón de marrano cayendo de un columpio blanco; se estrella contra el suelo de piedra. Florece en un patio triste de tanto beber el sol cada mañana. Todos los corazones estrellados. Flores de sangre.

Hubieran sido míos. Hubiera podido pegar mis labios a los pezones nerviosos de Ana delante del frutero peludo y feo. Hacer una ligera presión con los dientes, notar que se pone como una mora en mi boca; los gemidos tímidos desde su garganta... Ay si se atreve a decirme algo. ¡Qué cabrón!, ¡cómo la pellizca en el culo entre caja y caja! El columpio cuando el sol se estaba poniendo. El plátano que olía a ¿azahar? La arena del patio. Doña Carmen, corrigiendo exámenes. La quinta evaluación: todo sobresalientes para Ana. ¡Olé!, dos bolsas de canicas para mí y una de caries para mi orgullosa primita.

Con la mano libre Alfonso se palpa el bolsillo de la camisa, se alegra de tener ahí la cajetilla y el encendedor. La saca, extrae con los dientes un cigarro y la devuelve a su sitio. Luego coge el encendedor, chasquea y aspira. Pedro sigue inmerso en su cabeza, y el humo del cigarro le nubla la vista y le da todo como impresión de sueño. Fija su mirada en una mancha de gasolina detrás de la tercera columna; la luz cansada de la tarde juega a convertirla en un resto grasiento de arco iris. El garaje está otra vez poblado de coches. Los del turno de tarde se incorporaron a sus puestos hace algunas horas, y el ruido de la cadena de montaje en funcionamiento se cuela por los conductos de ventilación y tintinea en el garaje. Si por la mañana nadie los echó de menos, por la tarde la situación ha alcanzado dimensiones de burrada. Sobre las cuatro, un coche casi atropella a Alfonso; el conductor no se había percatado de la extraña estampa que se recortaba bajo la trampilla. Unos minutos más tarde, llegó el jefe de unidad, se bajó del coche, dio unos pasos de pingüino, se paró justo donde estaban los dos, y tras tirar bruscamente de la bragueta, los manguereó con un buen chorro de orina. Pero aparte de eso, afuera el mundo avanzaba apacible. Una brisa suave peinaba los arbustos que cubren el vallado bajo de la fábrica; unos gorriones daban saltitos clavando sus garras en el cableado eléctrico de la planta de montaje; nada parecía turbarse ante la situación particular de Pedro y Alfonso.

Sol de primavera, ¿qué viene y qué va? El balón siempre en el aire. Perdí. La vida. Ana, primita, ¿por qué te fuiste con nadie? Las guitarras acompañan a los columpios, cada acorde es un balanceo; los columpios envidian a las guitarras, sólo chirrían cuando rasgan sus entrañas. Una vuelta perfecta es un acorde infinito de pura alegría. Uy, galán, galancillo, en tu casa queman tomillo. ¿Dónde está mi voz? Que por tener miedo a no agarrarme lo bastante fuerte, a caerme, a estrellarme de cara, no me he atrevido a coger tantas cosas que eran para mí. Nunca supe si irme o quedarme. Si dar un beso o decir adiós. Si soltar un golpe cariñoso o un abrazo a destiempo. No supe si Sara era de verdad; hasta que como sirenita, se me hizo pompas en el portal de su casa. Porque la besaba pensando en Ana. Papá y mamá me abandonaron cuando estaba en primero de E.G.B. ¿Por qué? Mis tíos me dijeron que se habían quedado en una cuneta de la nacional a Jaén, pero yo no me lo creí. Me escapaba y me colaba en el autobús y recorría la carretera con la nariz pegada a los cristales y nunca hallé ni un rastro suyo. Se lo dije a mi prima una tarde, y ella me dijo que fuéramos a los toboganes. Siempre he querido que las escaleras del colegio fueran toboganes. Te tirabas como te daba la gana y siempre llegabas a la calle, donde había otros muchos toboganes que te llevaban a todos los lados. Toboganes desgastados y abiertos, con muchas rayaduras en el plástico y el color ennegrecido, no sé por qué sólo están en los parques llenos de niños bajo el sol. En cuarto de E.G.B, una tarde después de merendar, me puse a pensar en papá y mamá sentado en el columpio del patio: al principio muy suave, luego furioso, y quise ver por un instante el cielo despejado entre mis piernas. Estaba seguro de que mis padres me estaban probando, como cuando te dicen pues ahí te quedas que nosotros nos vamos, ¡hala!, y sabías que no lo decían en serio pero te entraba un frío como de agarrarte las tripas y corrías hacia ellos berreando y hecho una magdalena.

Y pensé que si lo hacía bien, ellos iban a volver, después de todo no tenían por qué haberse ido. No lo hice, y empezó a pasarme lo de no saber coger lo que era para mí. Dejé de crecer piel adentro, y me he tenido que quedar con un corazón muy disminuido, casi retrasado para querer.

Al día siguiente, el jefe de unidad fue el primero en llegar; pegó un fuerte frenazo al divisarlos y avisó a la policía. En estos instantes, el inspector Ramiro Cornelio los está examinando junto al médico forense. Los cuerpos se encuentran tirados en el suelo. Tienen las rodillas dobladas hacia un lado y los dedos de los pies encogidos. Las manos siguen aferradas a los alicates. Los trabajadores del turno de mañana hacen un corro alrededor. Nadie se paró a pensar por qué pasaron de largo ayer cuando estaban de pie y ahora contemplan asombrados la escena. En el suelo no hay mucha sangre, sólo dos pequeños charcos a medio secar. Las expresiones son dignas de las caretas hieráticas, nada que decir.

Unas pinzas pequeñas levantan el pellejo arrugadísimo y encogido de un escroto, unos dedos enguatados se introducen en la pequeña apertura mordida por los alicates, ¿dónde cojones estarán los testículos?, se preguntó Cornelio.

Sin avisar, Pedro y Alfonso abren al mismo tiempo los ojos. El forense se pega un susto de aúpa y le suelta un manotazo a Cornelio, que cae aturdido y se golpea la cabeza contra una columna cercana. Tras un momento de desconcierto, todos comentan que claro, que no tenían por qué estar muertos. Los dos resucitados se suben los pantalones como con un poco de vergüenza y se disculpan, explican que sólo ha sido una apuesta. Y parece que todos (menos Cornelio que estaba algo mareado en el suelo tocándose el chichón) comprenden lo que ha pasado y suspiran aliviados. El jefe de unidad les dice que pueden tomarse el día libre, pero que mañana, con dos cojones, tienen que estar donde siempre. Inexplicablemente, y como si estuvieran decepcionados con lo ocurrido, todos se retiran a sus puestos de trabajo ante la mirada patitiesa de Cornelio.

A la salida del garaje, Cornelio sigue sin creérselo y pregunta al forense si no estaban muertos. Este le responde que parecía tan obvio que ni se había molestado en comprobarlo.
-En fin, no parece que haya molestado a nadie, pues ahí se queda la cosa.
-Ya, ni nos va ni nos viene. ¿Ve usted la tele? Allí también sale cada cosa...
Y al ver que no respondía, añadió el forense en tono colegial:
-Espero no haberle dado muy fuerte...
-Ah, no, no es nada.

Y se despiden con una palmada en el hombro. En la comisaría, Cornelio pide medio día de descanso; su mujer no está y los niños salen a las cinco y media. Ese mismo día, el telediario de las tres da la noticia del descubrimiento de tres nuevos satélites alrededor de la Tierra, los científicos están atónitos y no dan con ninguna explicación razonable... ahora la tierra tiene cuatro lunas, concluye el reportero. Cornelio que todavía tiene en la cabeza lo ocurrido por la mañana, escucha asombrado, luego se sonríe y dice para sus adentros que vaya tontería la que se le acaba de ocurrir. Sobre las tres y media se duerme hundido en el sofá. Se despierta sobresaltado a las cinco. Atontado por los sopores de la siesta, se lava un poco y va por sus hijos. Con el atolondramiento no se da cuenta de que tiene tiempo de sobra, y llega sobre las cinco y veinte a las puertas del colegio sin saber qué hacer hasta y media. Contempla el parque infantil... siente de pronto un deseo irrefrenable de tirarse por el tobogán naranja. El plástico gastado cruje bajo su peso; se rompe estrepitosamente por la mitad. ... ... ...

Recuperándose de la culada, Cornelio se pone de pie y se dirige al columpio hundiendo sus zapatos en la arena. Primero comprueba si aguanta, luego se sienta. Nunca había sabido columpiarse de niño, y a pesar de tener otro chichón y el culo partido en cuatro, prueba a moverse torpemente. Pues no era tan difícil, lo hago muy bien. Las idas y las venidas son cada vez más violentas, Cornelio se siente volar, joder, esto es la hostia de raro pero qué bien me siento, y se anima mucho y recuerda que de chico, en el pueblo, una vez destriparon a un marrano y encontraron tres testículos rosados en el estómago.



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