inalmente ha estallado el mundo en mi cabeza, y se desparrama por todo mi cuerpo despertando un dolor espantoso, pero sé que pasajero como un rayo. El cerebro se me hace agua y escapa por los oídos, una sensación de líquido caliente. He caído boca arriba, tal vez las piernas dobladas, desordenadas en el vuelo, los brazos muertos sobre la acera. Aún siento el estremecimiento de las vísceras, el impacto retumbando en las oquedades del cuerpo, y ¡qué curioso!, todavía pienso, hilvano la galaxia de neuronas para decirme cosas que ya no escucho. Claro, los oídos ocupados con el cerebro que escapa, los labios apretados por el miedo. Sí, veo la ventana abierta, los visillos descorridos, el alerón del tejado, el último piso. No, no hay silencio; escucho el aire recalentado de la tarde, la vida escapando y llevándose mis pensamientos, y el maldito impacto contra el suelo, mi esqueleto roto. El cielo está manchado de nubes cargadas de agua, pero no llegarán a mojarme. Creo que me he orinado en los vaqueros nuevos, la camisa recién puesta. Debo estar perdido, sucio; esta acera sin barrer. Sé que había hormigas; antes había hormigas que trepaban por la fachada hasta mi ventana, y de allí por los cables de la luz , quizá hasta el edificio de al lado. Sí, se asomaban a ver qué hacía en mi cuarto, y yo les daba miguitas de pan cuando no estaba Mesié, para que no sintiera celos. Debo estar despeinado, la boca entreabierta, los ojos asustados por el pánico, los pies huérfanos de esos zapatos que me regaló Beatriz por mi último cumpleaños. ¡Y que era el último! ¡Cómo me sorprendió! De cordones, como tú los quieres, y espero que te guste el color: son para el verano, para la boda de Agustín y Margarita. Pero yo los acabo de estrenar; no iba a estar de cualquier manera, y ahora sé que tengo uno sobre el pecho, de cordones, como quería. ¡Qué experiencia tan rara, tan espantosamente rápida! No había tiempo para el arrepentimiento, y creo que no lo hubo mientras tracé el vuelo. Que Dios me perdone, pero por algo estaba loco, y ahora tengo miedo, porque sigo sin arrepentirme. Lo mismo ahora me quedo atrapado en el túnel negro de la muerte para siempre, para una eternidad sin tiempo... o con todo el tiempo. Creo que era un cuchillo, que ese aire mesando mis cabellos en la caída, que esas manos que desorganizaban mi cuerpo, las que desataron los cordones de los zapatos comprados por Beatriz, eran manos de cuchillo rasgando mi locura, atrapando el aullido de la angustia mientras se acercaba la acera contra mis hombros, y luego el lado derecho de la cabeza, el impacto frío, la genuflexión de los ojos, el apretar de las mandíbulas. Hace sólo cinco minutos yo era un ser humano asomado a la ventana, venciendo dolores, palpitando posibilidades, mordiéndome las uñas por la propia cobardía. Mi gato Mesié mirándome desde el sofá, como tantos minutos durante tantas tardes, creyendo que hoy era un día más. Y ese tiempo se fracciona, o se dilata, o se anula... y a veces se juega a vencerlo, y llega el desatino, la última toma de aire, los ojos de Mesié abiertos, el lomo encorvado como si tal cosa. Todavía suena el disco sobre el plato del equipo, y seguirá girando cuando yo no sea nada, y mi gato negro adormecerá sus instintos mientras espera la llegada de mi mano. No tardará la tormenta en descargar el aguacero sobre la ciudad, sobre la sucia acera que acoge mi desaliño, y la caravana de hormigas se desorganizará, como mi cuerpo, como mis ideas, cada una estallando en direcciones distintas. Deben ser cerca de las seis, apenas un minuto desde que abriera esas ventanas y ya me parece que llevo aquí media jornada. A las seis en punto cruza el expreso de Madrid los andenes, sin parada, sin titubeos, bramando coraje para seguir ajusticiando carriles y pestaña en su camino de fuego, y ya estará preparado el furgón para el Correo de las 6,15. Lo vi llegar mientras lloraba, entre brumas de miedo y de tortura, de vacío. ¡Pobre Mesié junto al farol, huérfano de afectos! Le puse Mesié porque lo compré en esa tiendecita de la Plaza de París, hace ahora... sí, dos años. Se está escapando la memoria sobre las baldosas grises. También las vi poner no hace mucho, cuando lo del gas, las zanjas y los tubos. Llegan las moscas, nítidas todavía en esta tarde de verano. Las moscas, sí, revoloteando sobre mi cara, posándose en el zapato del pecho, recorriendo los vivos nerviosamente, rápidamente, como si tuvieran prisa por acotar sus medidas, como si supieran que ya no tiene dueño... La camisa, se está manchando la camisa recién puesta, y estas manchas salen mal. Comida para el gato, el agua fresca, la nota en la nevera... el mensaje en el contestador... Sí, todo correcto. ¿Y por qué ahora echo de menos los dientecillos de Mesié mordisqueando mis manos, su juego con las patas en el fragor de nuestras batallas...? ¡Dios mío!, se ha asomado Verena, la del tercer piso. Seguramente vio pasar mi sombra barriendo sus cristales. Grita y grita, las manos atrapadas en el pelo, y ahora resbalando por los ojos, las mejillas. No puedo dejar de mirarla; estoy preso de esta última postura, y la pobre vieja nunca podrá olvidarla. Buenos días señora Verena, y eso era a la una, cuando yo venía de comprar el pan que ahora se quedará duro sobre la mesa. Buenos días don Emilio, y sus ojos me persiguieron por la escalera, como si barruntasen la orfandad del pan, y quizá la de Mesié. Ha sido el calor, seguramente. Demasiada temperatura estos días para mi cabeza, y vienen los pensamientos trágicos, ese dolor en la frente que horadaba mis sentidos y buscaba las vísceras cerebrales, la tensión de los ojos, el llanto sin sentido y el callejón sin salida. Debo tener restos salinos, quizá humedades escurriendo hacia la oreja. Sí, noto más frescor en el caminillo que se interna en la patilla. Aún debe estar creciéndome la barba, y la sangre cumple su periplo como si tal cosa hasta que llega a éste roto de la cabeza, y entonces se desborda, con el cerebro, con la punzada que buscaba alojo en ellos, con las ideas, que aún fluyen, se forman, se disparan. Todavía rigen las ecuaciones de mi organismo... ¡y esa pobre mujer sigue gritando en la ventana! ¿Nadie acudirá a retirarla de mis pensamientos? Me he afeitado esta mañana, pero ya deben estar aflorando esos puntos negros, la sombra que me traía a maltraer. Barba cerrada frente al espejo todas las mañanas: los dos apliques, el enchufe, el ritual de quitar el protector, las cuchillas del cortapatillas. Y yo ahí, poniendo poses raras, retorciendo labios, estirando pieles y cortando esos pelillos del cuello. Seguirán creciendo; eso dicen... y las uñas, y alguna idea escapada antes de que falle todo el mecanismo. Llegan los primeros pasos. Retumban en algún lugar de mis sentidos. Verena ha cerrado la ventana; no la veré más, y en cierto modo me da pena, una nostalgia tonta e incómoda, porque sé que nunca más la veré, y estaba ahí ahora mismo, en ese tiempo circular, o quizá en un paratiempo, o en una parahistoria. Llegarán pasos y más pasos, zapatos deportivos, de cordones, de tacón, manos de horror que se santigüen, céleres que me cubran de la vista de los niños, dedos infantiles que aún señalen, y otros de curiosos, y de casados, y de futuros muertos de suicidio, o naturales que dicen.
Y pasará el expreso arrastrando destinos que no me podrán señalar, y nada alterará el contenido de esas cartas del correo, ni la sonrisa de los niños de su buche, ni la austera severidad de los padres, cuadrados sobre el asiento, impasibles a la vida del andén. Mi carta es ahora una pelota de papel en el canasto de Mesié. Se la he dejado para que juegue, para que la zarandee de pata a pata y corra por el pasillo haciendo cabriolas con la explicación de mi partida, para que lo acompañen mis últimas emociones mientras espera adopción, mientras dormita mi ausencia en el sofá. Ya deben ser las seis. A lo lejos vibra el mundo con el fragor del expreso, y ahora bramará y cruzará los andenes y los tendederos de la cocina. Beatriz seguirá comprando, y luego llegará a su casa para enfrentarse al contestador, y a la noche larga. Hace días contratamos el viaje, los billetes del correo hasta Madrid, una noche de hotel y un taxi al aeropuerto, y luego las Canarias, Tenerife, Las Palmas, el calor sofocante y las noches de terraza junto al mar. Pero el mundo no se ha detenido por este accidente, y está en vigor la ilusión de Beatriz, y las manos de mi madre preparando la cena en su casa, y el expreso rompiendo la tarde. Siguen vigentes mis citas con el psicoanalista, cortar las uñas a "Mesié" un día de estos... todo encauzado aún, como las cuentas de un collar que aún no sabe que se ha partido; todo como antes, menos los pasos que vienen a mi encuentro, y el sofoco de Verena, y mi pulso, ya casi perdido. Se está yendo la pintura de la ventana; no le vendría mal una capa nueva de pintura, o lijarla, o poner otra distinta, de esas de aluminio blanco. No me había dado cuenta hasta ahora, pero sí que se nota en comparación con las otras de la vecindad. De la vecindad, como si pudiera verlas todas... Apenas son tres o cuatro las que veo, y ya no puedo forzarme en buscar nuevas ventanas. ¡Eh, Mesié! Es Mesié, mi gato. Claro, siempre le ha gustado salir a tomar el fresco al alféizar, pero es que ahora parece que me mira, que me ha visto aquí abajo. ¡Mesié, vuelve para adentro, no te vayas a caer como el día de San Isidro! Menudo susto, pero no se hizo nada, y era la misma altura, los mismos metros... pero las intenciones eran distintas. ¡Mesié, vuelve al sofá! Maldito gato, siempre tan a su aire. Pero si es que parece que me está mirando. Pobre animal; ha metido la cabeza entre las manos y estira el cuello, como si quisiera asegurarse de que soy yo. ¡Te he dejado comida y agua fresca. Vas a irte a vivir con Beatriz! Ella le quiere, pero dudo que a Mesié le guste cambiar de sofá y de manos. ¡Ya no puede ser, gato; vuelve para adentro, que me está dando miedo verte ahí tan en el borde! ¡Te asustaste, eh? Te lo estoy diciendo, pero no te preocupes, es el expreso de Madrid. Siempre se llevó mal con su bramido, y ahora lo entiendo; es estremecedor. Creo que han llegado los primeros pasos. ¿Tú los ves desde allí arriba? Debe ser un chico joven, porque calza deportivas, silenciosas, como si me quisieran pillar por sorpresa. Me estoy mareando, y es el maldito trueno del expreso, o el índice que me señala, o la mano que lo aparta. Sí, a mí me enseñaron que está feo señalar, pero es que ahora ya casi estoy muerto... Por cierto, ¿apagué el último cigarrillo? Creo que sí. Siempre pensando en retirarme, que aún estás a tiempo de hacerlo Emilio, que mira lo que le pasó a tu tío Tomás que en paz descanse... Ahora sí, ahora. Quizá sería buen momento para encender otro cigarrillo, el último y retirarme, y mirar mientras tanto a la ventana, y a los ojos de Mesié. Qué dolor... ¡Maldito expreso atronador! Qué dolor para Beatriz, y para mi madre. Ambas siguen dentro de unas coordenadas desplazadas de mi realidad, pero pronto se borrará su felicidad y cundirá el sordo aullido del dolor estrangulado, las manos viejas de mi madre arrugando un pañuelo, vistiendo otra vez de negro, y Beatriz, y sus ilusiones rotas, como mi cuerpo. Suenan sirenas, de policía; vienen a por mí, a protegerme de los curiosos, como si fuera un tipo importante, ahora que ya sólo soy recuerdo. ¡Pobre Mesié! Él también podría recordarme con un hasta luego, y no con éste adiós. Y a ver quien le quita de su sesera de animal la visión de mi cuerpo roto desde la ventana. ¡Y es que no se mete, que parece que quiera saltar! Tengo algo de frío, y sin embargo ya no siento dolor. Las vísceras, el organismo que empieza a quedar abandonado a merced del desconcierto. Pronto estará aquí ese patrulla y acordonará la zona, y ya no veré el gesticular de brazos, ni las caras de espanto, y escucharé de lejos los ayes de dolor, porque también les duele, porque piensan que en lugar de ser yo podría haber sido alguien al que amasen, y en el fondo se van felices saboreando su mundo cotidiano y aburrido, y les hago un favor. Se agarrarán a sus esperanzas, y aunque impresionados sus pálpitos, amarán más durante unos cuantos días. Yo también tenía esperanzas, pero pocas. ¡No Mesié! ¡No lo hagas! Gato estúpido. Ha saltado desde la ventana; esta vez no se ha caído, y me aguanta la mirada, como si viajase hacia ella, y oscila el rabo negro, el lomo encorvado, las manos estiradas. ¿Por qué Mesié? ¿Qué va a pasarte ahora?, porque a mí me llevarán de aquí y no podré cuidarte, ni dejarán que me acompañes. Beatriz no vendrá hasta dentro de unos días, y nadie te abrirá el portal. ¿Es que no has visto que te he dejado todo preparado? Claro, la soledad, el silencio, las cosquillas que le hacía rascándole los huesos, sus juegos a esconderse detrás del sofá, y ahora la soledad. Pero te había dejado encendida la lámpara del comedor. ¡Hey, he notado sus patas sobre mi pecho, quizá porque es sentimiento, tal vez porque aún estoy aquí... ¡pero qué pasa? ¿Qué te asusta? ¿Esa mano? ¡No, no te vayas Mesié, no por favor! ¿Dónde vas a ir por esas calles? ¿Con los gatos de la estación? ¡Pobre Mesié huérfano! No te vayas... pero se ha ido. Malditas manos protectoras. Era mi gato, lo único que tenía para despedirme, y esas manos extranjeras, y esa sirena parada detrás de mi cerebro casi licuado, y el vientecillo que ha desplazado el expreso al horadar la nada hacia la sierra camino de Madrid. ¡Pobre Mesié, y su comida, y la escudilla, y la pelotita con la carta, y el farol encendido anunciando dos suicidios. Tú no sabes buscarte la comida, y en la estación está el perro de Don Hilario, y no le gustan los gatos, y en invierno hará frío, y ya no hay tiempo para avisar a Beatriz y que salga a buscarte. No, ya no me queda líquido con el que conformar alguna lágrima, pero sé que estoy llorando, aunque dentro de nada habré olvidado todo y se dormirán mis angustias, pero es por ellos, por Mesié y por Beatriz, por mi madre en la cocina de su casa, por la señora Verena, por el pan sobre la mesa, endureciendo la soledad de su abandono, el farol iluminando nuestra ausencia. Ya ha dejado de sonar el disco, nuestro disco, esas "Melodías Desencadenadas" que arrullaron tiempos felices y no tan lejanos. Adiós Mesié; cuidado con el tren.
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