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Un rabo agonizante

Arcadio García

C

aprichosa como es la conciencia resulta que no puedo dejar de evocar los múltiples rabos de lagartija que de niño seccioné y contemplé agitarse nerviosamente. Quién me iba a decir a mí que uno de los pocos recuerdos recurrentes que han perdurado de mi niñez se repetiría sin pausa en estos momentos desafortunados. De sobra sé que no puede usted escucharme, y espero que me disculpe si me inmiscuyo en su trabajo, pero me veo en la obligación de sugerirle que deje de rondar en derredor tiza en mano y se aleje cuanto pueda de la sangre derramada, no vaya a ser que la pisotee y pasee luego de un lado a otro de la casa dejando impresa por todo el suelo la huella de sus zapatos, acentuando así el aspecto trágico cuando no dramático que ya de por sí posee la escena que ha resultado de la trifulca en cuestión. Al fin y al cabo no mucho más de lo que ya se puede deducir a simple vista contemplando mi aspecto podrá usted averiguar por más que se ponga en cuclillas y observe desde todos los ángulos posibles, y se empeñe en escrutar e investigar detenidamente la posición del cadáver o la dirección imperceptible hacia la que han salido salpicadas las múltiples gotas de sangre, e incluso el retrato de bodas que ha ido a parar a un metro de mi cabeza, justo frente a mis ojos desorbitados -ahora, al tener la fotografía delante de mí, me doy cuenta de qué lejos estábamos entonces de la desdicha acontecida hoy- con el cristal hecho añicos debido al golpe de machete que le ha propinado la muy salvaje antes de abalanzarse sobre mí como ida y presa de una locura desproporcionada. Sí señor, pese a que le resulta imposible oírme no puedo por menos de decirle e insistir en que, en mi modesta opinión, se me antoja que la respuesta ha sido del todo desproporcionada, ya que apenas si le he puesto hoy la mano encima, acaso le he soltado una o dos bofetadas que no han sido sino las de costumbre, las que se tiene merecidas por contestar de manera indebida y blasfemar y echar veneno por la boca cada vez que uno entra en casa con cierto contento. Si me apura incluso le puedo jurar y perjurar que los guantazos en cuestión han resultado del todo inofensivos, puesto que hoy mi estado de embriaguez era importante por no decir insuperable, y por tanto he errado en la intención de sacudirle de lleno y he dado brazadas al aire y he perdido el equilibrio y girado sobre mí como una peonza cuando he intentado alcanzarla, momento que ella ha aprovechado para cometer la felonía de echar mano de la empuñadura y desenvainar el machete que yo portaba en la canana, junto a los cuerpecitos inertes de dos hermosas liebres y diecisiete perdices que Francisco y yo hemos cazado esta misma mañana tras un día fatigoso de vagar por el monte con el arma al hombro y, a qué negarlo, echando de tanto en tanto mano de la bota de vino para saciar la sed y sosegar los ánimos.

De manera que su respuesta o reacción me parece, como digo, inapropiada y del todo injusta, por más que de un tiempo a esta parte me advirtiera a menudo de que el día menos pensado yo habría de arrepentirme y pagar con sangre mi mala condición. En cualquier caso coincidirá conmigo, usted que tan de cerca me contempla, en que mi aspecto deviene ya irreparable y, sobre todo, incomponible dado el estado calamitoso en el que hemos quedado mi cabeza y yo, o más bien mi cuerpo y yo, puesto que es en la cabeza y no en el cuerpo donde cabe situar los mecanismos que en verdad conciben el entendimiento, lo cual, dicho sea de paso, no deja de ser cuando menos curioso y digno de estudio, pues siempre pensé, desde que muy de niño salía a la sierra con mi amigo Francisco a hacer mil y una trastadas con cuanto reptil o animal nos salía al paso, pensé, digo, que el fenómeno en cuestión, éste del que ahora soy yo objeto, era más propio de culebras y lagartijas y no de seres humanos, que por aquello de poseer conciencia de sí mismos e inteligencia, supuse permanecíamos a mucha distancia del comportamiento que cabe atribuir a insectos o animales, y mira por donde andaba yo equivocado y erraba en mi juicio, y se puede decir -cosa curiosa- que del mismo modo que Francisco y yo contemplábamos de mozos con fruición malévola como el rabo de lagartija amputado no dejaba de agitarse y zigzaguear y dar sacudidas entre zarzales e hinojos y alguna que otra margarita marchita, como si se afanara en buscar el resto del cuerpo del que había sido separado, así se me antoja que contempla usted mi cabeza seccionada mientras metódicamente recorre con tiza blanca el contorno de mi cuerpo y su miembro separado por el tajo certero que me ha propinado en el cuello esta mujer mía tan llena de rencor, no sin antes lanzar con sus enormes brazos de bien alimentada una primera cuchillada que ha resultado fallida, si bien, como ya antes le dije, ha echado a perder el retrato nupcial que ha salido despedido y ha ido por azar a parar a poca distancia de donde finalmente ha yacido mi cabeza -permita que insista en cuán felices aparecíamos entonces en la escena de bodas-. Y puesto que ya percibo cierto desfallecimiento, permítame por último la licencia de señalarle que en esa posición suya se diría un muchacho que dibuja un desafortunado graffiti en torno a un fardo abandonado, agachado como está junto a mí y resiguiendo el contorno de mi desdichada silueta a la espera, presumo, de que haga acto de presencia el juez de rigor a fin de que certifique un fallecimiento que a mí, qué quiere usted que le diga, se me antoja evidente por más que mi conciencia siga fluyendo sorda e inútilmente como los últimos coletazos de un rabo agonizante.


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