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El juego

José Manuel Soriano

L

idia salió de casa temprano. Dio un portazo tras aludir a las frases que nunca oía de la boca de Dani. Las discusiones recortan el tiempo para convertirse rápidamente en recuerdo. No dijo nada, ni un adiós. Dani pensó que las despedidas sin palabras son más despedidas si cabe. Hubiera preferido una frase melodramática, como un "no quiero volver a verte" ó "espero que te des cuenta", pero no, definitivamente el silencio ocultó cualquier otra forma de lenguaje.

Miró la puerta como si quien la hubiera cerrado no le importara nada, pero él sabía que significaba todo. Esperaría sentado a que las horas la devolvieran para comenzar una nueva etapa entre discusión y discusión. El tiempo nos hace fríos, pensaba, cada vez más fríos y nada nos advierte del peligro que conlleva jugar con lo que uno más desea.

Sobre la mesa, el regalo que le había entregado Lidia reclamaba su turno. Quitó el papel como si las manos lo mordieran. Encontró una caja y, dentro de ella, un libro. Lo tomó en sus manos y, sin mirar siquiera el título, lo abrió. Encontró una dedicatoria en la primera página: "saber todo es saber demasiado", cuyas letras parecía que estuvieran recién perfumadas. Olían a ella. Dani se lo llevó a la nariz, aspiró y retuvo aquel aroma fresco. El olor se evapora pero la ternura no caduca, pensó tras haber sonreído.

Tan impaciente como la idea de un niño, leyó el título: "El juego", Y, sin esperar nada más, comenzó a leer plácidamente las primeras páginas que, de una forma veloz, le abstrajeron por completo de la realidad. Leyó durante dos horas siendo ajeno a la tormenta de verano que, tras la ventana, alguien había dibujado. No fue consciente de que, según las noticias, en el metro de Londres unos fanáticos habían borrado las vías y tampoco se dio cuenta de que Lidia le había enviado tres mensajes al teléfono móvil en los cuales aparecía la palabra odio.

Cuando Dani leía, el mundo era un gazapo que se les escapó a los de la editorial, pero pasadas las dos horas se levantó y dio un paseo hasta su ordenador. Se encendió un cigarrillo, escribió algo y después regresó al mundo de papel. Sorprendido de lo que leía pensó en cómo alguien le podría describir de una forma tan perfecta. Él era el personaje. Aparte de la forma de ser, de la descripción física, del nombre de sus antiguos ligues, de los lugares que frecuentaba y de la ropa que vestía, el personaje en cuestión pensaba tal y como Dani lo hacía. Sentía cómo en aquel tiempo de lectura había regresado a parajes y situaciones que un día vivió y que el escritor, de idéntica forma, las había descrito.

Lidia apareció en la página 126, justo en la puerta de la librería El Baúl. El autor había escrito los recuerdos ajenos y Dani se sentía asustado al saberlo. Siguió leyendo sin darse cuenta de que alguien había llamado a la puerta, sin saber que en el telediario habían anunciado una nueva ola de calor, sin advertir que en el móvil tenía otros dos mensajes de Lidia que llevaban la palabra llámame.

En la página 198, el autor había descrito el accidente de coche que Dani había sufrido regresando de la playa y en la número 200 aún podía oler las flores que Lidia le había llevado a la habitación 317 del hospital donde había estado ingresado. La angustia crecía cuando las páginas se acercaban a su final. Dani no quería seguir leyendo, algo le decía que no quería acabar. Quizás la vida, tras repasarla, no era como a él le hubiera gustado que fuera y aún tenía tiempo para intentar aprovecharla.

Página 257

Lidia salió de casa temprano. Dio un portazo tras aludir a las frases que nunca oía de la boca de Dani. Las discusiones recortan el tiempo para convertirse rápidamente en recuerdo. No dijo nada, ni un adiós. Dani pensó que las despedidas sin palabras son más despedidas si cabe. Hubiera preferido una frase melodramática, como un "no quiero volver a verte" ó "espero que te des cuenta", pero no, definitivamente el silencio ocultó cualquier otra forma de lenguaje.

Miró la puerta como si quien la hubiera cerrado no le importara nada, pero él sabía que significaba todo. Esperaría sentado a que las horas la devolvieran para comenzar una nueva etapa entre discusión y discusión. El tiempo nos hace fríos, pensaba, cada vez más fríos, y nada nos advierte del peligro que conlleva jugar con lo que uno más desea.

Se sentó y comenzó a leer el libro que Lidia le había regalado, como si tantos años de relación tuvieran un legado de papel. Tras leerlo de un tirón, se dio cuenta de que su vida no era la que había vivido y que la única forma de acabar era aquella que le rondaba la cabeza. Cerró el libro, se dirigió hacia la ventana. La abrió. Miró desde la altura del piso octavo B y, tras cerrar los ojos y tomar impulso, escribió la palabra FIN.

Tras acabar la última página y con sus ojos maduros de lágrimas, Dani se levantó hacia la ventana. La abrió, miró y, tras cerrar los ojos, tuvo un pensamiento: Los libros son mentira pero dicen toda la verdad. Suspiró, se dio media vuelta y, después de leer los cinco mensajes de Lidia, marcó las 9 cifras que los separaban y tras escuchar un hola, la voz de Dani dijo:

-Lidia, perdóname. No hay mayor verdad que lo que uno siente. No quiero tener vergüenza de lo mucho que te quiero. Te espero. Hasta pronto.


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