Está en: Portada > Revista > Narrativa > Con una N en el corazón

Con una N en el corazón

Fernando Clemot

M

e violentó la luz como un visitante inesperado aquella mañana de viernes.

Giré mi cuerpo buscando su envés del otro lado y solo palpé un rastro vacío, una horma ya fría sellada sobre las sábanas. Me incorporé y repasé los rincones de aquel cuartucho, ni rastro de Josephine, abrí el baño, estaría allí acicalándose, trataría de sorprenderla con una nueva caricia de amante, pero no, sólo la helada perfección de la cerámica, blanco, nada. Removí las toallas tiradas hasta desenterrar una nota sobre la banqueta, breve, casi elegante, me voy no me busques, la rompí de dos zarpazos y volví mis pasos hasta la cama. El colchón me devolvió un lamento de muelles sobados que aunque parezca ridículo me reconfortó un poco.

Me vestí con lentitud de combatiente malherido, aterido de frío y derrota recogí la ropa abandonada sobre los desmontes de la alcoba, despojos de una columna en retirada, cerré la maleta con rabia y busqué aquella luz intuida en la calle. Pagué en recepción, escurrí los ochenta francos evitando la mirada de lástima de la señora. En dos pasos estuve fuera, frente a la catedral de Saint André, hacía un día claro, con el viento revolviendo las hojas por los boulevards del centro, me atusaba la brisa como si quisiera volverme a obsequiar con caricias perdidas, era un bello céfiro aquel, lleno de marisma y pradera, fresco de la Garona, como un souvenir de una pulsión casi líquida que traía a mi memoria mañanas mejores... Revisé los bolsillos, por suerte aún me quedaban algunos centenares de francos y ya congraciado con mi suerte pensé qué podría hacer una mañana de viernes en Burdeos, con mi maleta a cuestas y una semana de vacaciones todavía por delante, sin rumbo, durante un instante doloroso imaginé a Josephine ganando ya las aguas del Canal, en algún autobús de línea, feliz, hablando con aquel chico tan joven del asiento contiguo, el mismo en cuyo rostro se confundían las docenas de caras que yo había intuido como posibles rivales en otro tiempo.

Con la maleta a rastras caminé un buen rato por las callejas que rodean la catedral, paralelo al río, hacia la rue de la Porte Dijaux primero, donde se abren las avenidas. De tanto en tanto miraba hacia atrás, renqueaban mis andares con un leve rescoldo de buhonero, estaba trabado el cierre de mi maleta y de allí emergía una manga de mi cazadora como una turgente lengua granate, un sexo de animal que se rebozaba en la tierra del suelo. Paré al fin en uno de los bancos de la Place Gambetta, sudaba, y sin ganas intenté arreglar el estrépito de mi equipaje.

Con mi cuerpo busqué el respaldo del asiento mientras acababa de cerrar la maleta. Desde la parada de autobuses seis o siete personas me observaban con discreción, eran aquellos viajeros mi perfecto contrapunto, aseados y asépticos, lavados todos por las aguas del Garona, la que brotaba de los lavamanos de sus ordenadas casas de las que acababan de salir... Me sentí más sucio que nunca y deseé con fuerza recalar en uno de aquellos hogares, compartir mi vida con una de las jóvenes abrigadas que esperaban en la parada, correctas e ideales... Quizás allí también esperó Josephine unas horas antes; vagó mi vista hacia la señal de la parada, Bordeaux-Rochefort-La Rochelle... Aquel último nombre despertó en mí otro recuerdo, ajado pero firme, como las vigas de un viejo muladar que todavía aguantan, ni siquiera el peso de veinte años vagando sin rumbo habían podido echar abajo aquella palabra. El abuelo había nacido allí, en La Rochelle, casi lo podría jurar; miré hacia la acera de enfrente, un café y un neón roto por los bordes que anunciaba que allí se despachaban los billetes... Me dejé arrastrar por la corriente, como el que cae al agua en alta mar y consciente de su destino deja de nadar, la chica de la taquilla era amable, apenas si tanteé su mirada oscura de hurí tras la reja metálica, no pensé, no quería pensar más, antes de una hora la lengua colorada de mi maleta lamería las tripas amargas, rancias de sebo y arcilla, de aquel autobús de La Rochelle, quizá obtendría algún regusto allí, a aventura, tal vez a fracaso.


Desde entonces he dado muchas vueltas a lo que pasó aquella mañana, a lo que llamamos una corazonada, y siempre me encuentro frente a un camino que se bifurca, como en los jardines de Borges. Por un lado estaría una acepción positiva, de amable transitar, que nos lleva a pensar que es una reacción sorprendente que aspira a un bien inesperado, una acción ilógica que espanta la rutina, se avienta con ello el aire enrarecido de lo cotidiano igual que se ventila un cuarto cerrado. Luego aparecería el sendero árido, el que dice que no es más que una estupidez hinchada de ínfulas sentimentales, una equivocación que sólo podemos acometer en un momento de enajenación.

He dudado sobre el tipo de sendero en el que di mis primeros pasos en aquella mañana, a veces es mejor no saber, dejar que los recuerdos ancianos envejezcan, se desafinen como un piano abandonado hasta pudrirse, es mejor no recoser según que retales gastados, sobre todo si tienen ya sesenta años y ya no te afectan para nada, y lo del abuelo era algo así, una reliquia curiosa, un naufragio cubierto por innumerables capas de légamo hasta casi borrarlo y que ahora yo parecía emperrado en destapar.

El lugar de nacimiento del abuelo era de lo poco cierto que me llegó de él, eso y una foto vieja de carné que guardaba mi madre en su mesita y que yo de tanto en tanto miraba a hurtadillas. En mi infancia siempre se hablaba de él con amargura, nombrado en frases cortas, estúpidas, que si era arquitecto, que llegó para hacer carreteras en tiempos de Primo de Rivera, también oí decir del lado de la familia de mi padre que no había sido ni ingeniero, ni aparejador ni nada parecido sino un simple capataz que apareció, le hizo a mi abuela tres hijas y tal que el humo desapareció.

Fue siempre un nombre maldito para mi madre, mi abuela y mis tías, sólo pronunciarlo se apagaban las conversaciones o se crispaban hasta convertirse en disputas elevadas de tono. Lo único en que todos coincidían es en que era francés y al parecer hasta muy guapo... un tal Jacinto Clemot, Clement o Clemont, que de las tres formas aparecía firmando en algún papel que legó, que había nacido en La Rochelle, Francia, en el año 1890. Su vida hasta que se casó con mi abuela a principios del año veintisiete es un completo enigma, luego ella lo siguió de pueblo en pueblo mientras se hacía el nuevo trazado y pavimentación de la carretera Nacional Tres, y en ese camino nació primero Ángela, en Tarancón, en ese mismo año veintisiete, y al año siguiente, Belén, mi madre, ya en Castillo de Garcimuñoz, en una barraca de obra, y en el año veintinueve la tercera, Natividad, en un convento de Minglanilla. Hubiera faltado otra hija para llegar a Valencia, pensé a menudo con sorna, pero el abuelo se cansó antes, supongo que harto de cargar con mi abuela y las tres niñas desapareció para siempre la noche del 30 de noviembre de 1929 en una hospedería del puerto de Contreras donde todos los operarios y sus familias pararon para hacer noche... y desde entonces nada, sólo silencio, un pecio familiar vagando durante décadas entre conversaciones borrascosas, cada vez más desmochado y hundido, y era ese mismo pecio el que yo quería rescatar de algún archivo de La Rochelle... de saber en que iba a acabar todo lo hubiera dejado a la deriva hasta el fin de sus días, hasta que se reventaran sus maderas contra los bajíos del olvido.


El autobús llegó a su destino casi a las seis, tras cuatro horas y media de viaje, y sin buscar siquiera acomodo pregunté a un policía y fui directo hasta el Registro Civil que para aquellas horas ya estaba cerrado. Algo desalentado busqué una pensión cercana en la que casi sin salir esperé hasta que llegara la ansiada visita del lunes... No resultó una mala experiencia aquella, desde el pequeño balcón del cuarto se veía el puerto de la ciudad con sus torres de defensa medievales, sus remozadas almenas y troneras grises, en aquel pequeño balconcito fumé un cigarrillo tras otro, con un ojo apuntando a la pequeña puerta del registro y el otro clavado en los paseantes que transitaban bajo la terraza del hotel. Contemplando aquel océano de aguas oscuras todavía tuve un recuerdo para Josephine, la imaginé ya en Londres, rodeada de nuevo de la gente de la que nunca se debía haber separado, abrazada ya a otro pecho.

Antes de las nueve ya estaba en una de las ventanillas del Registro Civil de La Rochelle y mi petición de datos de una persona nacida hacía casi cien años la recibió el funcionario con cierto escepticismo. Hube de rellenar un formulario y adelantar el pago de veinticinco francos en pólizas antes de que una chica bastante más amable me aconsejara pasar por la tarde, que trataría de decirme algo. Cinco horas después estaba de nuevo allí, ávido de alguna noticia; advertí con algo de gozo que aquel estúpido asunto hacía que los días en Burdeos y la huída de Josephine pareciera ya un asunto del pasado. La funcionaria de la mañana acudió hacia mí con un libro de registro amarillo, de tapas gruesas y oscuras, en el lomo grabado en pan de oro anne 1890.

- Tengo algo para usted... creo que he encontrado a su fantasma...

Y con la misma sonrisa de la mañana abrió el libro; en la página marcada relucía una cuartilla doblada con algunas líneas escritas por ella.

- En el año que me señaló nacieron dos niños con ese mismo nombre y apellido, Hyacinthe Clemot, porque ese debía ser su apellido, los otros dos que me dio como posibles, Clement y Clemont, los he descartado por inhabituales en esta región, el otro si que era más común...

- ¿Y entonces? ¿Cómo sabré cuál de los dos es el que busco? -intervine inquieto.


Me obsequió entonces con una mirada de inteligencia.

- La suerte ha obrado a su favor y le puedo asegurar que su abuelo era el que fue bautizado en la iglesia de Saint Sauveur el 25 de julio... del otro registro he encontrado un parte de defunción, nunca pudo ir a España en los años veinte, ese Hyacinthe Clemot murió en la primera batalla del Marne, en septiembre de 1914, apenas empezada la Gran Guerra...

Una pregunta afloró de forma inmediata en mis labios.

- ¿Entonces también puedo saber si... ?


- No aparece ninguna hoja de defunción del otro registro, aunque eso tampoco quiere decir nada si acabó sus días en España... sin embargo sí que tenemos un par de anotaciones más sobre ese familiar suyo... - y entonces consultó el papelito doblado en el libro- Hyacinthe Clemot solicitó dos veces su partida de nacimiento, la primera en 1907, para cursar estudios de Ingeniería en la Universidad de Nantes y una segunda en 1911, desde Niort, no muy lejos de aquí, para un matrimonio con una tal Sabine...

- ¿Quiere decir qué estaba casado? -interrumpí algo confuso.


La joven se quitó las lentes estrechas que constreñían sus ojos. Tenía también una hermosa mirada.

- Quiero decir únicamente que pidió el acta de bautismo para casarse, no quiero decir nada más, ni siquiera que se casara... Como verá le he apuntado la dirección y el teléfono del Registro de Niort, imagino que lo necesitará... debajo hay otro, es el mío, por si cuando vuelva me quiere llamar, mi nombre es Adèle...

Todavía tardé más de tres semanas en usar aquel teléfono. Corroído por una curiosidad malsana al día siguiente ya estaba en Niort y el miércoles, vistos los derroteros que tomaba la investigación, llamaba al trabajo para suplicar quince días más sin empleo y sueldo.

Fueron jornadas enteras de colas y ventanillas, escarbando en papeles mohosos de archivos, registros y ministerios, de aquí para allá siguiendo siempre esas carreteras que tanto debieron marcar la vida de mi misterioso abuelo... Esa misma mañana en el segundo registro me juramenté para nunca contar a mi madre el resultado de mis pesquisas... Sí, Hyacinthe Clemot, luego Jacinto Clemot, se casó el 12 de junio de 1911 en la iglesia de Notre Dame de Niort y tuvo dos hijos y una hija, en los años 1912, 1913 y 1914, y como haría quince años más tarde los fue engendrando siguiendo el trazado de una carretera, la Nacional 11, en Rouillé, Poitiers y Chauvigny, sin perdonar un año, siempre rumbo nordeste.

Pero el vaso de mis sorpresas no estaba todavía colmado; en el Archivo del Ejército de Dijon encontré su acta de alistamiento, en octubre del año catorce se encuadró en el Sexto Ejército, a las órdenes del General Manoury, cuerpo de Ingenieros. Fue en esa misma hoja donde tuve la seguridad de que la persona que estaba siguiendo no era un fantasma y sí mi abuelo. En el acta de alistamiento había una foto que mostraba el mismo rostro que tantas veces vi en la mesita de mi madre, un poco más joven, con su pelo dorado un poco más largo sobre una sonrisa de pillo. Me sorprendió que allí figurara ya como Clemont, con esa N en el corazón de su apellido, pero pronto vi que aquello no era más que una parte más de su estrategia... pronto entendí porqué en los papeles que tenía mi madre aparecía firmando de las tres formas distintas; es posible que ni él recordara su nombre... Al acabar la guerra aprovechó la confusión que le siguió para crear una nueva familia, como me dijo el encargado del Registro Civil de Dijon "...eran años difíciles, se hacían muy pocas preguntas en el Registro con el país lleno de viudas y de lutos, con todo por reconstruir... de muchos caídos en el frente ni llegaba el parte a sus familias...", y así fue como el nuevo Hyacinthe Clemont, el que se había casado ocho años antes en Niort, el que luego sería mi abuelo, tomó a Helène Versavaud como esposa en el juzgado de paz de Dijon, en marzo de 1919. Lo que le siguió es fácil de imaginar, esta vez rumbo al sur, tres hijos, en Chalon, Vienne y Fiancey, en 1919, 1920 y 1921, uno cada año, siguiendo esta vez el recorrido de la Nacional siete... En el trazado de esa carretera fue donde perdí su pista pero me dio que pensar que todavía quedaran unos años vacíos, entre el 1921 y el 1926 en que conoció a la abuela; quizá otra carretera, tal vez rumbo sur, o hacia el este, quién sabe...

Fue en este último pueblo de Fiancey donde encontré un anciano que decía haberlo conocido siendo niño, un tal Rameau, "... era un hombre muy guapo, alto, con los ojos claros, la mirada muy fija, se diría que es un hombre de los que aparecen en las novelas, un marino sí, un truhán que iba dejando un amor en cada puerto... Era un tipo alegre, por las tardes solía ir con su bicicleta de taberna en taberna, con su acordeón colgado al hombro..." Cuando le pregunté si sabía hacia dónde podría haber ido soltó una carcajada y me contestó si sabía el viento hacia dónde va a soplar.

Y con esa última imagen, cierta o falsa, decidí quedarme, la de un marino que iba de taberna en taberna, de amor en amor, sonreír pensando que el abuelo fue como el telégrafo y llegó a todos los sitios; volviendo ya para casa con Adèle imaginaba docenas de carreteras abriéndose ante mí como un abanico, como un enorme árbol de familia, sonreí al pensar que de los bordes de cualquier carretera de las que circulaba pudiera surgir un pariente, un primo hermano... bastaría con que el abuelo Jacinto hubiera pasado por allí.


Narrativa | Dossier | Poesía | Crítica - reseñas | Reflexión/debate | Entrevistas | Ensayo - arte | Corresponsalías

Revista


Paralelo Sur
Revista de literatura

Número 4 a la venta Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 4

Visita el web
de la plataforma

Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 4