Está en: Portada > Revista > Narrativa > La Sociedad secreta del Sueño

La Sociedad secreta del Sueño

Juan Jacinto Muñoz Rengel

P

oco a poco tomas conciencia de que hay algo ms, de que eso que te est ocurriendo no es todo lo que hay o te puede ocurrir. Adviertes que las personas no pueden cambiar de rostro as como as, o que algo en las esquinas de ese crculo cuadrado no es del todo sensato, y sas u otras pistas, como el hecho de que no puedes estar en dos sitios a la vez, te llevan a pensar que ests soando, y que eso tan fantstico que te ocurre no es lo real, sino ms bien eso otro, cuya resonancia ya percibes ah fuera, eso otro mucho ms cabal, ms esttico, ms aburrido.

Acabas por salir del sueo y te despiertas. Piensas que es tarde ya, porque oyes un blando murmullo de carros y gento en la calle. An as te quedas tumbado en la cama, mirando las humedades del techo y a esa araa que ha pasado la noche contigo; sin prisas, porque empiezas a recordar que anoche le pediste al ama de llaves que te despertaran a las ocho de la maana. No sabes si pasan cinco o treinta minutos cuando llaman a la puerta y escuchas: -Ocho en punto, seor! En el comedor hay breakfast tea y huevos revueltos.

Te incorporas, viertes media jarra de agua en el pequeo lavabo y te lavas la cara, frotndola con fuerza. Luego te miras en el espejo, tu cara adopta los signos de la concentracin, pero te das cuenta de que ya no tienes suficiente perspectiva ni como para distinguir que el reflejado eres realmente t, y no un objeto ms de todos los que rodean tu vida y ves cada da. Agarras tu nariz, y la sometes a tu antojo, pellizcas un carrillo, enseas los dientes, pero abandonas el espejo con el convencimiento de que esos apndices de carne no son ms t que cualquier longaniza expuesta en el mercado, y que es pura casualidad que se encuentren adornando la parte superior de tu esqueleto, y no una inferior u oculta, y que maana tu nariz no ser la misma nariz, sino que tendr ya un poco de la gallina que puso los huevos con los que se ha hecho el revuelto que te vas a desayunar en unos minutos.

Recoges tu traje del perchero y te vistes. Ajustas las polainas sobre tus zapatos, porque en abril an persiste intenso el fro en Londres. En los bolsillos del abrigo acomodas tu reloj, tu bolsa de tabaco, tu dublinesa pipa Peterson, tu monedero, los guantes de piel, y bajas al comedor.

Pliegas el peridico con una destreza adquirida con los aos, mientras sostienes con seguridad la pipa entre los dientes. El sol haba salido durante unos minutos, pero la niebla lo ha vuelto a borrar del cielo y comienza a hacer fro otra vez. Ests en una terraza en Belgrave Square, son casi las once de la maana, e intuyes que en unos veinte minutos empezar a llover. Sin embargo, el da no se presenta mal del todo. Lees una noticia ms, apurando los ltimos minutos en el exterior, una crnica de sucesos.

Una chica asesinada en Southwark. Te lamentas de los tiempos que te ha tocado vivir, del desvanecimiento de las costumbres, de la depravacin que impera en nombre de la pura y sola modernidad, en estos aos de fin de siglo. Unas gotas heladas se posan en tu mejilla y te obligan a levantarte. No sabes dnde entrar, y te hasta hasta lo indecible la montona repeticin de los das. Vagas por las calles de Westminster, llueve, hasta que irritado llamas a un coche de caballos.

Ahora ests en Marylebone. Miras unas postales en un escaparate, ves que dentro de la tienda hay libros, calefaccin, y el suelo est cubierto por una alfombra roja; el vaho de tu aliento te impide la visin, y decides entrar. Para tu desconcierto, ves como un hombre intenta cerrar la puerta por dentro para que no entres, pero t tienes ya la mano en el picaporte, empujas y ya ests dentro. El hombre te saluda con recelo, a la vez que disimula su previo e inexplicable intento. Te has quedado turbado, pero recuperas tu anterior propsito y te diriges a las estanteras de libros. Escoges una obra de William Blake, Songs of Innocence and Experience, y te sientas en un silln. Por el rabillo del ojo puedes ver que el hombre de la puerta conversa con otro seor, y ambos giran una y otra vez la cabeza para mirarte. En el rato que ests sentado compruebas que hay numerosos caballeros en el recinto, que aparecen y desaparecen entre los distintos compartimentos, pero en momento alguno entra nadie ms por la puerta principal, a la que ahora sospechas cerrada.

Te levantas y te paseas por los salones. Ves a no pocos hombres, y percibes que te miran cuando has pasado de largo y ya no puedes verlos. Intentas entablar conversacin en un par de ocasiones, pero notas cmo deliberada- mente te evitan. Descubres que varios caballeros desaparecen por una misma puerta. Cuando intentas atravesarla los dos hombres que viste cuchichear en la entrada aparecen a tu izquierda y a tu derecha:

-Seor, lo lamento, estamos cerrados.
-Cmo, a estas horas?
-S, slo abrimos por la maana, seor.
-Qu extrao. Pero yo he visto a gente entrar aqu -dices, tocando la puerta con la mano.
-Eso es imposible seor. Usted es el ltimo cliente, aqu no hay nadie ms.
-Los vi -te reafirmas. Los hombres se miran entre ellos y luego, a un tiempo, se vuelven hacia ti y te sonren con condescendencia.
-No seor, sera una doncella, o una sombra, aqu no hay nadie.
-Quieren ustedes hacerme dudar de mis sentidos?

-Nunca osaramos seor. -te dicen, graves, y clavan unos ojos virulentos en tus ojos. Sus caras parecen transformarse, por un instante no son humanas, se agrandan y deforman, una cabra, un cristal rojo, un rayo, la voz desgarrada de tu madre, aquel lugar donde te quedaste atrapado de pequeo, te empequeeces, dudas de todo, crees desvanecer, y no insistes ms en tu afirmacin. Despus de la cena, en el saln de fumar de Knightsbridge House, ya no recuerdas por qu te fuiste de aquel lugar. En la mano izquierda balanceas un vaso ancho de whisky, haciendo girar lentamente los trozos de hielo en torno a sus paredes; en la palma de la mano derecha aprietas la ardiente cazoleta de la pipa, y te la llevas a la boca de forma mecnica. Luego sueltas los dos gustosos objetos en una mesilla, para una vez libres frotar tus manos la una contra la otra y compensar sus temperaturas opuestas. Slo recuerdas que en la librera te ocultaron algo, y que quieres volver all. Tambin tienes el estmago lleno de ambiguas sensaciones que haca tiempo olvidaste y no sabes quin ha puesto ah.

Cuando subes a tu dormitorio, desde uno de los recodos de la escalera, ves una puerta entreabierta que arroja un tenue tringulo de luz al pasillo, te paras en seco y observas; transcurren dos o tres minutos, t no te mueves, y permaneces alerta por si alguien ms subiera por la escalera seguir tu marcha con la normalidad del que nunca ha estado all parado, observando. Una joven se deja ver por el hueco de la puerta, fugaz, mientras se mueve por la habitacin. No sabes qu lleva puesto, pero asocias el blanco de la prenda con el de las enaguas. T no crees en Dios, porque los aos de fin de siglo que vives no son como para que ningn librepensador culto crea en Dios, pero rezas interiormente porque la joven se pare en el ngulo en el que la puedes ver, y que, por Dios, se quite algo de las ropas que an la visten. La mujer vuelve a pasar, se mueve ahora hacia el fondo de la pieza, hasta el tocador; puedes ver que ya tan slo lleva un cors y un sostn, que le cubren el torso, y de cintura para abajo se muestra por completo desnuda.

La joven no sabe que la puerta est entreabierta, no puede saberlo porque ninguna damisela virtuosa se exhibira as ni siquiera delante de su propio padre. No lo sabe, y en su inocencia se demora en algo, alguna pequea imperfeccin, que ha descubierto en la cara interior de su muslo, algo que no le gusta y que quiere erradicar de ah con el esfuerzo de sus uas. T podras haber permanecido observando durante largos y placenteros minutos sin obstculo alguno, pero no te contentas con eso, no te contentas con ser mero componente pasivo de ese trance sensual que est aconteciendo sin que ella lo sepa; algo te impulsa, sin que entiendas muy bien el qu, a moverte, y a hacer que las tablas de suelo crujan bajo tus pies, para que ella mire y sepa. La joven te mira entonces asustada, como lo hara un gato sorprendido en la oscuridad por un repentino candil, se cubre, desaparece tras las paredes y a los segundos la puerta se cierra de un golpe.

De alguna manera, que ella sepa que la has visto te causa un mayor gozo. Ahora eres un componente activo de la relacin que se ha gestado entre ambos. Sin embargo, dudas si habr llegado a ver tu cara. Entras en tu habitacin, te tumbas en la cama y miras el techo en el vaco de la negrura. Te preguntas si podrs dormir sabiendo que esa mujer y su sexo duermen en la misma casa que t, separndote de ella apenas una dbil tarima de listones de madera. Inspiras con fuerza en un intento de cazar algunos olores ntimos que se eleven y se filtren por los resquicios de las tablas. Te irrita la posibilidad de que ella s pueda dormir. Sopesas la idea de bajar y llamar a su puerta; comprendes que es precipitado, que hace unos minutos ni siquiera sabas de su existencia, que habr ms das y ocasiones; pero tambin piensas que quiz no haya ms das ni ocasiones, que el nico da seguro es el hoy, y que lo que no hagas hoy ya nunca lo hars, porque si lo haces maana ya no ser el mismo acto, sino otro, en otras circunstancias y con otras posibilidades, o dicho de otra manera, que el coito de hoy ya no lo consumars maana. Hay un momento en el que consigues por fin atrapar los efluvios de la mujer que se liberan en el suelo de tu alcoba, explotando como pompas de jabn; eso te enerva, y te sientas en la cama. Eres consciente ya de que no podrs resistir esa excitacin, que va ms all de tu miembro, y que se ha apoderado de tus manos, de tus pulmones, de tu vientre y de cada hueco de tu alma. Hay un momento en el que sientes un poder animal dentro de todas las cavidades de tus huesos, ves un cristal rojo, crees desvanecer.

La puerta de la joven est abierta, slo puedes pensar que la ha dejado as para ti, una balsa de nubes lila te conducen hasta la cama, notas un movimiento ahogado bajo las sbanas templadas, y un susurro que a la vez es un gemido. Ya no hay marcha atrs, buscas su contacto en el vaco de la negrura, topas con su piel palpitante, te arden las yemas de los dedos y el extremo de tu miembro. Ya no hay marcha atrs, recorres sus sinuosidades demandando la parte ms interna y vibrante de su cuerpo, y liberas el animal.

Por la maana te despierta el ama de llaves. No ha llamado a tu puerta ni te ha dicho son las ocho de la maana, seor. La has escuchado gritar hasta el lmite de sus fuerzas en la planta de abajo. Te apresuras a vestirte y sales de tu habitacin. Al mismo tiempo que t alcanzas las escaleras, medio Scotland Yard hace irrupcin en el edificio. Te abres paso a travs del corro de inquilinos y sirvientes que se arremolina alrededor de la habitacin de la joven de flancos fogosos que viste anoche desnudarse a la luz de una vela, intentado permanecer en un segundo plano; y comprendes que la joven yace cadver sobre la cama.

Bajas al recibidor, disfrazando tu terror, aunque el bombeo de la sangre te provoca picores en la cara y crees que en ese momento no existe otra cosa en el mundo que tu pnico. Te dejas caer en un silln de cuero, buscas tu pipa en los bolsillos, y fumas con angustia hasta marearte. Ms relajado, te quedas all hundido hasta que consigues escuchar lo que necesitabas escuchar: la joven fue violada y asesinada. Recorres Londres sin rumbo. Mientras ms tiempo pasa ms seguro ests de que anoche ni siquiera bajaste a esa habitacin. Te tumbaste en tu cama, te dormiste y soaste con la mujer cuyo vientre desnudo te soliviant el espritu, soaste que le hacas una y otra vez el amor a su piel ingenua y lctea, que penetrabas una y otra vez aquel pubis de desconocida del que te habas enamorado a primera vista. En tanto que te vas convenciendo de que t eres culpable slo de un sueo impdico, y no del terrible crimen descubierto aquella maana en Knightsbridge House, te van asaltando pavorosas imgenes, de la joven agitando sus brazos en la negrura del catre para defenderse, de la joven mordiendo la mano que la embozaba para poder hacer or sus alaridos de dolor ms all de la puerta cerrada, del olor a semen y a sangre, de la consistencia de un fino cuello al romperse, el silencio ulterior, imgenes que estn en tu cerebro y no sabes quin ha puesto ah.

Tienes la seguridad de que t no has sido, te dices, pero lo recuerdas. Es un dilema incomprensible, y que no alcanzan a justificar las escasas gotas de alcohol que ingeriste antes de subir al dormitorio.

En tu confusin, lo nico que consigues resolver es tu cambio de residencia a una pequea fonda en el norte, en las afueras, en las colinas de Highgate, en la que pernoctars varias noches, lo cual, te dices sin que eso afecte a tu decisin, no har sino mostrarte como ms culpable ante los dems huspedes y ante los agentes que investiguen el caso. Durante los das vagas por Londres, durante las noches sueas que eres otro, que vives otras vidas, que ests en otros lugares.

Sigues sin saber dnde ir, hasta que, por una suerte de impulso y no debido a ninguna razn fundada, una maana decides volver a la librera que descubriste en Marylebone, eso s, con la sensacin de que aquello era lo que tenas que haber hecho desde el principio. El cochero te dice que no conoce ninguna librera en Montagu Street, pero t insistes en que te lleve a la calle en cuestin de todas formas. All compruebas que, en efecto, la tienda que visitaste no dispone de ningn rtulo comercial, que han corrido una cortina en el escaparate y que la cancela est atrancada. Sin embargo, para tu desconcierto, ves que el seor que te intent cerrar la puerta aquella maana se apresura a salir a abrirte y te da la bienvenida.
-Le habamos estado esperando, seor -te dicen los dos caballeros de la entrada. T no pronuncias palabra porque simplemente no sabes qu decir.

-Acompenos -te dice uno de ellos, y te guan hasta la puerta por la cual haban desaparecido todos los concurrentes aquel da. T los sigues, pero en realidad conoces aquellas estancias como si hubieras estado all decenas de veces, incluso cuando uno de ellos extrae la llave de detrs de un tomo de Moll Flanders de Defoe, t te habas adelantado en el pensamiento adivinando que la llave estaba all. En la sala te esperaban unos veinte hombres, todos te saludan cordialmente segn las ms exquisitas normas de cortesa. Todos te felicitan por estar entre ellos. Un caballero de mediana edad, orondo y bigotudo, el nico que no se te ha presentado, toma la palabra.

-Querido seor Soames -te dice-, el nuestro es un club muy selecto. Es para m un placer acogerle entre nosotros. Sabes de repente que el hombre se llamaba Isaac Frobisher, aunque nadie te lo ha dicho. Tambin conoces muchas otras particularidades de su personalidad, propensiones ntimas incluidas, no todas probas, sino que ms bien adoptan la forma de los vicios del terrible extremo contrario. En medio de una confusa sensacin de asco creciente, reconoces tambin sus manos.

-Me alegro de poder decirle -contina Frobisher- que ha superado la prueba de acceso con xito. Ahora, si usted lo quiere, puede pasar a formar parte de nuestra secreta Sociedad del Sueo, como uno ms de nosotros. Todos los rostros se vuelven hacia ti, a la espera de que digas algo. Por fin, tras largos segundos no mensurables, la circunstancia te obliga a pronunciarte:

-Caballeros -te aclaras la voz-, ms o menos, a partir de continuas intuiciones que abordan mi mente, evocaciones y percepciones borrosas que estoy seguro todos ustedes conocern bien, me estoy haciendo una idea de qu es lo que ocurre aqu. No obstante, aunque casi lo adivino sin saber ni cmo, les importara aclararme con palabras en qu consiste la Sociedad del Sueo? Cul es la principal actividad de esta sociedad?
-Seor Soames, los hombres aqu reunidos, este ramillete de caballeros distinguidos entre la ms selecta alcurnia londinense, se dedican, nos dedicamos, a llevar a cabo la empresa que todo hombre alguna vez ha soado. Hemos consumado las ambiciones de todo mortal, de todo ser humano destinado a vivir una sola vida. Nosotros, cada uno de nosotros, vivimos decenas de vidas.
-Sigo sin entender.
-Ser ms claro. Cada uno de los hombres que ve aqu no slo es l mismo, sino tambin todos los dems. Cada uno de ellos vive su vida por l mismo y por todos los otros. Cada da salimos a la calle, ocupamos nuestros puestos en la ciudad, atendemos a nuestras familias y a nuestros trabajos, por la noche tenemos nuestros deslices. En cualquier caso todo eso lo compartimos. Mediante el Sueo. Cada uno de nosotros suea ser los otros, por lo que de alguna manera cada uno de nosotros es los otros. Hemos pactado un lazo onrico, que nos conecta como al enjambre de una colmena. -Y todo eso, cmo es posible.? Aunque, no me conteste.
Ya lo intuyo. Usted tiene un poder mental especial que lo hace posible. Y creo que lo s porque usted ya ha estado dentro de m.
-Tengo un don, s, pero esto es posible gracias a cada uno de nosotros.
-Pero a qu precio? -le increpas.
-A cualquier precio. Quin no ha estado alguna vez en el eje de Oxford Circus, con los cuatro focos de gento formados por el cruce de Oxford Street con Regent dirigidos hacia l, rodeado de personas de todas las clases y orgenes, de todas las edades, y no ha deseado ser todos ellos? Quin no ha deseado vivir en todas las partes del mundo, poseer a todas las mujeres, tener todas las cosas? Frobisher lanza estas ltimas palabras al aire con delectacin, y sus aclitos rompen en aplausos. T contienes tu sentimiento de repugnancia, te llevas la mano a la boca, por un mnimo instante reparas en ella, y comprendes. Tu mano no tiene marcas. Buscas las manos de Frobisher entre las espaldas que se interponen entre ambos, te es difcil distinguirlo, porque l se ha sumado a los aplausos a s mismo, pero cuando desciende el ritmo de las palmadas y las manos dilatan su ciclo, compruebas que en efecto el torso de su mano derecha muestra un crculo de incisiones moradas grabado en la piel.
No fuiste t quien estuvo en la habitacin de la muchacha aquella noche. Fue Isaac Frobisher, y t soaste ser l.
-Amigo Soames, en los ltimos das usted ya ha soado ser alguno de nosotros en mltiples ocasiones, quiere ser usted todos nosotros esta noche? Quiere compartir su vida por una noche y que todos nosotros soemos ser usted?
-S, lo har -respondes.

A las nueve de la noche llegas a Knightsbrige House. El conserje se extraa de verte all, pero sabes que no dir nada, porque es un anciano discreto y te tiene aprecio. Te dice que tu habitacin ya est ocupada, y le contestas que no importa, que te lleve una botella de whisky al saln de fumar. All, sentado en tu silln delante de la chimenea, sorbes con placer el licor escarchado, ahogando el ardiente picazn del tabaco en tu lengua. Abres luego una ventana que da a Hyde Park, respiras el aire fro de la noche, y miras las estrellas. Cuando nio otorgabas poderes fabulosos a las estrellas, y pensabas que te tenan un lugar especial reservado entre ellas. Hace aos que olvidaste mirar las estrellas. Ya no eres un nio, y en absoluto albergas ya inocencia desde el momento en que las imgenes y recuerdos del asesino te fueron traspasados. Desde el momento en el que t de alguna manera fuiste l, creste ser l y pudiste haber sido l. Son las dos de la madrugada, has esperado lo suficiente, sientes otras presencias dentro de tu cabeza, te subes al marco de la ventana y te lanzas al vaco. A la maana siguiente la polica encontrar un culpable para su crimen sin resolver, estrellado contra el pavimento de la calle trasera de Knightsbrige House, de treinta pies menos de altura que la calle principal, casi debajo de la ventana de la que fuera su supuesta vctima.

Ms dificultades encontrar la polica en dar explicacin a la ms de una veintena de suicidios puntualmente simultneos, todos ellos entre sujetos varones y pertenecientes a la alta sociedad londinense, con los que se rociar la ciudad por la maana, y eso a pesar de estar este tipo de hbito impo muy en boga en estos aos de fin de siglo.

Narrativa | Dossier | Poesa | Crtica - reseas | Reflexin/debate | Entrevistas | Ensayo - arte | Corresponsalas

Revista


Paralelo Sur
Revista de literatura

Número 7 a la venta Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 6

Visita el web
de la plataforma

Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 4