oco a poco tomas conciencia de que hay algo ms, de
que eso que te est ocurriendo no es todo lo que hay o te
puede ocurrir. Adviertes que las personas no pueden cambiar
de rostro as como as, o que algo en las esquinas de
ese crculo cuadrado no es del todo sensato, y sas u otras
pistas, como el hecho de que no puedes estar en dos sitios
a la vez, te llevan a pensar que ests soando, y que eso
tan fantstico que te ocurre no es lo real, sino ms bien eso
otro, cuya resonancia ya percibes ah fuera, eso otro
mucho ms cabal, ms esttico, ms aburrido.
Acabas por salir del sueo y te despiertas. Piensas que
es tarde ya, porque oyes un blando murmullo de carros y
gento en la calle. An as te quedas tumbado en la cama,
mirando las humedades del techo y a esa araa que ha
pasado la noche contigo; sin prisas, porque empiezas a
recordar que anoche le pediste al ama de llaves que te despertaran
a las ocho de la maana. No sabes si pasan cinco
o treinta minutos cuando llaman a la puerta y escuchas:
-Ocho en punto, seor! En el comedor hay breakfast
tea y huevos revueltos.
Te incorporas, viertes media jarra de agua en el pequeo
lavabo y te lavas la cara, frotndola con fuerza. Luego
te miras en el espejo, tu cara adopta los signos de la concentracin,
pero te das cuenta de que ya no tienes suficiente
perspectiva ni como para distinguir que el reflejado
eres realmente t, y no un objeto ms de todos los que
rodean tu vida y ves cada da. Agarras tu nariz, y la sometes
a tu antojo, pellizcas un carrillo, enseas los dientes,
pero abandonas el espejo con el convencimiento de que
esos apndices de carne no son ms t que cualquier longaniza
expuesta en el mercado, y que es pura casualidad
que se encuentren adornando la parte superior de tu
esqueleto, y no una inferior u oculta, y que maana tu
nariz no ser la misma nariz, sino que tendr ya un poco
de la gallina que puso los huevos con los que se ha hecho
el revuelto que te vas a desayunar en unos minutos.
Recoges tu traje del perchero y te vistes. Ajustas las polainas
sobre tus zapatos, porque en abril an persiste intenso
el fro en Londres. En los bolsillos del abrigo acomodas tu
reloj, tu bolsa de tabaco, tu dublinesa pipa Peterson, tu
monedero, los guantes de piel, y bajas al comedor.
Pliegas el peridico con una destreza adquirida con los
aos, mientras sostienes con seguridad la pipa entre los
dientes. El sol haba salido durante unos minutos, pero la
niebla lo ha vuelto a borrar del cielo y comienza a hacer
fro otra vez. Ests en una terraza en Belgrave Square, son
casi las once de la maana, e intuyes que en unos veinte
minutos empezar a llover. Sin embargo, el da no se presenta
mal del todo. Lees una noticia ms, apurando los
ltimos minutos en el exterior, una crnica de sucesos.
Una chica asesinada en Southwark. Te lamentas de los
tiempos que te ha tocado vivir, del desvanecimiento de las
costumbres, de la depravacin que impera en nombre de
la pura y sola modernidad, en estos aos de fin de siglo.
Unas gotas heladas se posan en tu mejilla y te obligan
a levantarte. No sabes dnde entrar, y te hasta hasta lo
indecible la montona repeticin de los das. Vagas por las
calles de Westminster, llueve, hasta que irritado llamas a
un coche de caballos.
Ahora ests en Marylebone. Miras unas postales en un
escaparate, ves que dentro de la tienda hay libros, calefaccin,
y el suelo est cubierto por una alfombra roja; el
vaho de tu aliento te impide la visin, y decides entrar.
Para tu desconcierto, ves como un hombre intenta cerrar
la puerta por dentro para que no entres, pero t tienes ya
la mano en el picaporte, empujas y ya ests dentro. El
hombre te saluda con recelo, a la vez que disimula su previo
e inexplicable intento. Te has quedado turbado, pero
recuperas tu anterior propsito y te diriges a las estanteras
de libros. Escoges una obra de William Blake, Songs of
Innocence and Experience, y te sientas en un silln. Por el
rabillo del ojo puedes ver que el hombre de la puerta conversa
con otro seor, y ambos giran una y otra vez la cabeza
para mirarte. En el rato que ests sentado compruebas
que hay numerosos caballeros en el recinto, que aparecen
y desaparecen entre los distintos compartimentos, pero en
momento alguno entra nadie ms por la puerta principal,
a la que ahora sospechas cerrada.
Te levantas y te paseas por los salones. Ves a no pocos
hombres, y percibes que te miran cuando has pasado de
largo y ya no puedes verlos. Intentas entablar conversacin
en un par de ocasiones, pero notas cmo deliberada-
mente te evitan. Descubres que varios caballeros desaparecen
por una misma puerta. Cuando intentas atravesarla
los dos hombres que viste cuchichear en la entrada aparecen
a tu izquierda y a tu derecha:
-Seor, lo lamento, estamos cerrados.
-Cmo, a estas horas?
-S, slo abrimos por la maana, seor.
-Qu extrao. Pero yo he visto a gente entrar aqu
-dices, tocando la puerta con la mano.
-Eso es imposible seor. Usted es el ltimo cliente, aqu
no hay nadie ms.
-Los vi -te reafirmas. Los hombres se miran entre ellos
y luego, a un tiempo, se vuelven hacia ti y te sonren con
condescendencia.
-No seor, sera una doncella, o una sombra, aqu no
hay nadie.
-Quieren ustedes hacerme dudar de mis sentidos?
-Nunca osaramos seor. -te dicen, graves, y clavan
unos ojos virulentos en tus ojos. Sus caras parecen transformarse,
por un instante no son humanas, se agrandan y
deforman, una cabra, un cristal rojo, un rayo, la voz desgarrada
de tu madre, aquel lugar donde te quedaste atrapado
de pequeo, te empequeeces, dudas de todo, crees
desvanecer, y no insistes ms en tu afirmacin.
Despus de la cena, en el saln de fumar de
Knightsbridge House, ya no recuerdas por qu te fuiste de
aquel lugar. En la mano izquierda balanceas un vaso
ancho de whisky, haciendo girar lentamente los trozos de
hielo en torno a sus paredes; en la palma de la mano derecha
aprietas la ardiente cazoleta de la pipa, y te la llevas a
la boca de forma mecnica. Luego sueltas los dos gustosos
objetos en una mesilla, para una vez libres frotar tus
manos la una contra la otra y compensar sus temperaturas
opuestas. Slo recuerdas que en la librera te ocultaron
algo, y que quieres volver all. Tambin tienes el estmago
lleno de ambiguas sensaciones que haca tiempo olvidaste
y no sabes quin ha puesto ah.
Cuando subes a tu dormitorio, desde uno de los recodos
de la escalera, ves una puerta entreabierta que arroja
un tenue tringulo de luz al pasillo, te paras en seco y
observas; transcurren dos o tres minutos, t no te mueves,
y permaneces alerta por si alguien ms subiera por la escalera
seguir tu marcha con la normalidad del que nunca ha
estado all parado, observando. Una joven se deja ver por
el hueco de la puerta, fugaz, mientras se mueve por la habitacin.
No sabes qu lleva puesto, pero asocias el blanco de
la prenda con el de las enaguas. T no crees en Dios, porque
los aos de fin de siglo que vives no son como para que
ningn librepensador culto crea en Dios, pero rezas interiormente
porque la joven se pare en el ngulo en el que la
puedes ver, y que, por Dios, se quite algo de las ropas que
an la visten. La mujer vuelve a pasar, se mueve ahora
hacia el fondo de la pieza, hasta el tocador; puedes ver que
ya tan slo lleva un cors y un sostn, que le cubren el
torso, y de cintura para abajo se muestra por completo desnuda.
La joven no sabe que la puerta est entreabierta, no
puede saberlo porque ninguna damisela virtuosa se exhibira
as ni siquiera delante de su propio padre. No lo sabe, y
en su inocencia se demora en algo, alguna pequea imperfeccin,
que ha descubierto en la cara interior de su muslo,
algo que no le gusta y que quiere erradicar de ah con el
esfuerzo de sus uas. T podras haber permanecido observando
durante largos y placenteros minutos sin obstculo
alguno, pero no te contentas con eso, no te contentas con
ser mero componente pasivo de ese trance sensual que est
aconteciendo sin que ella lo sepa; algo te impulsa, sin que
entiendas muy bien el qu, a moverte, y a hacer que las
tablas de suelo crujan bajo tus pies, para que ella mire y
sepa. La joven te mira entonces asustada, como lo hara un
gato sorprendido en la oscuridad por un repentino candil,
se cubre, desaparece tras las paredes y a los segundos la
puerta se cierra de un golpe.
De alguna manera, que ella sepa que la has visto te
causa un mayor gozo. Ahora eres un componente activo
de la relacin que se ha gestado entre ambos. Sin embargo,
dudas si habr llegado a ver tu cara. Entras en tu habitacin,
te tumbas en la cama y miras el techo en el vaco
de la negrura. Te preguntas si podrs dormir sabiendo que
esa mujer y su sexo duermen en la misma casa que t,
separndote de ella apenas una dbil tarima de listones de
madera. Inspiras con fuerza en un intento de cazar algunos
olores ntimos que se eleven y se filtren por los resquicios
de las tablas. Te irrita la posibilidad de que ella s
pueda dormir. Sopesas la idea de bajar y llamar a su puerta;
comprendes que es precipitado, que hace unos minutos
ni siquiera sabas de su existencia, que habr ms das
y ocasiones; pero tambin piensas que quiz no haya ms
das ni ocasiones, que el nico da seguro es el hoy, y que
lo que no hagas hoy ya nunca lo hars, porque si lo haces
maana ya no ser el mismo acto, sino otro, en otras circunstancias
y con otras posibilidades, o dicho de otra
manera, que el coito de hoy ya no lo consumars maana.
Hay un momento en el que consigues por fin atrapar los
efluvios de la mujer que se liberan en el suelo de tu alcoba,
explotando como pompas de jabn; eso te enerva, y te
sientas en la cama. Eres consciente ya de que no podrs
resistir esa excitacin, que va ms all de tu miembro, y
que se ha apoderado de tus manos, de tus pulmones, de tu
vientre y de cada hueco de tu alma. Hay un momento en
el que sientes un poder animal dentro de todas las cavidades
de tus huesos, ves un cristal rojo, crees desvanecer.
La puerta de la joven est abierta, slo puedes pensar
que la ha dejado as para ti, una balsa de nubes lila te conducen
hasta la cama, notas un movimiento ahogado bajo las
sbanas templadas, y un susurro que a la vez es un gemido.
Ya no hay marcha atrs, buscas su contacto en el vaco de
la negrura, topas con su piel palpitante, te arden las yemas
de los dedos y el extremo de tu miembro. Ya no hay marcha
atrs, recorres sus sinuosidades demandando la parte
ms interna y vibrante de su cuerpo, y liberas el animal.
Por la maana te despierta el ama de llaves. No ha llamado
a tu puerta ni te ha dicho son las ocho de la maana,
seor. La has escuchado gritar hasta el lmite de sus
fuerzas en la planta de abajo. Te apresuras a vestirte y sales
de tu habitacin. Al mismo tiempo que t alcanzas las escaleras,
medio Scotland Yard hace irrupcin en el edificio. Te
abres paso a travs del corro de inquilinos y sirvientes que
se arremolina alrededor de la habitacin de la joven de
flancos fogosos que viste anoche desnudarse a la luz de una
vela, intentado permanecer en un segundo plano; y comprendes
que la joven yace cadver sobre la cama.
Bajas al recibidor, disfrazando tu terror, aunque el bombeo
de la sangre te provoca picores en la cara y crees que en
ese momento no existe otra cosa en el mundo que tu pnico.
Te dejas caer en un silln de cuero, buscas tu pipa en los
bolsillos, y fumas con angustia hasta marearte. Ms relajado,
te quedas all hundido hasta que consigues escuchar lo que
necesitabas escuchar: la joven fue violada y asesinada.
Recorres Londres sin rumbo. Mientras ms tiempo pasa
ms seguro ests de que anoche ni siquiera bajaste a esa
habitacin. Te tumbaste en tu cama, te dormiste y soaste
con la mujer cuyo vientre desnudo te soliviant el espritu,
soaste que le hacas una y otra vez el amor a su piel ingenua
y lctea, que penetrabas una y otra vez aquel pubis de
desconocida del que te habas enamorado a primera vista.
En tanto que te vas convenciendo de que t eres culpable
slo de un sueo impdico, y no del terrible crimen descubierto
aquella maana en Knightsbridge House, te van
asaltando pavorosas imgenes, de la joven agitando sus
brazos en la negrura del catre para defenderse, de la joven
mordiendo la mano que la embozaba para poder hacer or
sus alaridos de dolor ms all de la puerta cerrada, del olor
a semen y a sangre, de la consistencia de un fino cuello al
romperse, el silencio ulterior, imgenes que estn en tu
cerebro y no sabes quin ha puesto ah.
Tienes la seguridad de que t no has sido, te dices, pero
lo recuerdas. Es un dilema incomprensible, y que no alcanzan
a justificar las escasas gotas de alcohol que ingeriste
antes de subir al dormitorio.
En tu confusin, lo nico que consigues resolver es tu
cambio de residencia a una pequea fonda en el norte, en
las afueras, en las colinas de Highgate, en la que pernoctars
varias noches, lo cual, te dices sin que eso afecte a tu decisin,
no har sino mostrarte como ms culpable ante los
dems huspedes y ante los agentes que investiguen el caso.
Durante los das vagas por Londres, durante las noches
sueas que eres otro, que vives otras vidas, que ests en
otros lugares.
Sigues sin saber dnde ir, hasta que, por una suerte de
impulso y no debido a ninguna razn fundada, una maana
decides volver a la librera que descubriste en
Marylebone, eso s, con la sensacin de que aquello era lo
que tenas que haber hecho desde el principio. El cochero
te dice que no conoce ninguna librera en Montagu Street,
pero t insistes en que te lleve a la calle en cuestin de
todas formas. All compruebas que, en efecto, la tienda
que visitaste no dispone de ningn rtulo comercial, que
han corrido una cortina en el escaparate y que la cancela
est atrancada. Sin embargo, para tu desconcierto, ves que
el seor que te intent cerrar la puerta aquella maana se
apresura a salir a abrirte y te da la bienvenida.
-Le habamos estado esperando, seor -te dicen los
dos caballeros de la entrada. T no pronuncias palabra
porque simplemente no sabes qu decir.
-Acompenos -te dice uno de ellos, y te guan hasta la
puerta por la cual haban desaparecido todos los concurrentes
aquel da. T los sigues, pero en realidad conoces
aquellas estancias como si hubieras estado all decenas de
veces, incluso cuando uno de ellos extrae la llave de detrs
de un tomo de Moll Flanders de Defoe, t te habas adelantado
en el pensamiento adivinando que la llave estaba all.
En la sala te esperaban unos veinte hombres, todos te
saludan cordialmente segn las ms exquisitas normas de
cortesa. Todos te felicitan por estar entre ellos. Un caballero
de mediana edad, orondo y bigotudo, el nico que
no se te ha presentado, toma la palabra.
-Querido seor Soames -te dice-, el nuestro es un club
muy selecto. Es para m un placer acogerle entre nosotros.
Sabes de repente que el hombre se llamaba Isaac
Frobisher, aunque nadie te lo ha dicho. Tambin conoces
muchas otras particularidades de su personalidad, propensiones
ntimas incluidas, no todas probas, sino que ms
bien adoptan la forma de los vicios del terrible extremo
contrario. En medio de una confusa sensacin de asco creciente,
reconoces tambin sus manos.
-Me alegro de poder decirle -contina Frobisher- que
ha superado la prueba de acceso con xito. Ahora, si usted
lo quiere, puede pasar a formar parte de nuestra secreta
Sociedad del Sueo, como uno ms de nosotros.
Todos los rostros se vuelven hacia ti, a la espera de que
digas algo. Por fin, tras largos segundos no mensurables, la
circunstancia te obliga a pronunciarte:
-Caballeros -te aclaras la voz-, ms o menos, a partir
de continuas intuiciones que abordan mi mente, evocaciones
y percepciones borrosas que estoy seguro todos
ustedes conocern bien, me estoy haciendo una idea de
qu es lo que ocurre aqu. No obstante, aunque casi lo
adivino sin saber ni cmo, les importara aclararme con
palabras en qu consiste la Sociedad del Sueo? Cul es
la principal actividad de esta sociedad?
-Seor Soames, los hombres aqu reunidos, este ramillete
de caballeros distinguidos entre la ms selecta alcurnia
londinense, se dedican, nos dedicamos, a llevar a cabo
la empresa que todo hombre alguna vez ha soado.
Hemos consumado las ambiciones de todo mortal, de
todo ser humano destinado a vivir una sola vida. Nosotros,
cada uno de nosotros, vivimos decenas de vidas.
-Sigo sin entender.
-Ser ms claro. Cada uno de los hombres que ve aqu
no slo es l mismo, sino tambin todos los dems. Cada
uno de ellos vive su vida por l mismo y por todos los otros.
Cada da salimos a la calle, ocupamos nuestros puestos en la
ciudad, atendemos a nuestras familias y a nuestros trabajos,
por la noche tenemos nuestros deslices. En cualquier caso
todo eso lo compartimos. Mediante el Sueo. Cada uno de
nosotros suea ser los otros, por lo que de alguna manera
cada uno de nosotros es los otros. Hemos pactado un lazo
onrico, que nos conecta como al enjambre de una colmena.
-Y todo eso, cmo es posible.? Aunque, no me conteste.
Ya lo intuyo. Usted tiene un poder mental especial que
lo hace posible. Y creo que lo s porque usted ya ha estado
dentro de m.
-Tengo un don, s, pero esto es posible gracias a cada
uno de nosotros.
-Pero a qu precio? -le increpas.
-A cualquier precio. Quin no ha estado alguna vez
en el eje de Oxford Circus, con los cuatro focos de gento
formados por el cruce de Oxford Street con Regent dirigidos
hacia l, rodeado de personas de todas las clases y
orgenes, de todas las edades, y no ha deseado ser todos
ellos? Quin no ha deseado vivir en todas las partes del
mundo, poseer a todas las mujeres, tener todas las cosas?
Frobisher lanza estas ltimas palabras al aire con delectacin,
y sus aclitos rompen en aplausos. T contienes tu
sentimiento de repugnancia, te llevas la mano a la boca,
por un mnimo instante reparas en ella, y comprendes. Tu
mano no tiene marcas. Buscas las manos de Frobisher
entre las espaldas que se interponen entre ambos, te es
difcil distinguirlo, porque l se ha sumado a los aplausos
a s mismo, pero cuando desciende el ritmo de las palmadas
y las manos dilatan su ciclo, compruebas que en efecto
el torso de su mano derecha muestra un crculo de incisiones
moradas grabado en la piel.
No fuiste t quien estuvo en la habitacin de la muchacha
aquella noche. Fue Isaac Frobisher, y t soaste ser l.
-Amigo Soames, en los ltimos das usted ya ha soado
ser alguno de nosotros en mltiples ocasiones, quiere ser
usted todos nosotros esta noche? Quiere compartir su vida
por una noche y que todos nosotros soemos ser usted?
-S, lo har -respondes.
A las nueve de la noche llegas a Knightsbrige House. El
conserje se extraa de verte all, pero sabes que no dir
nada, porque es un anciano discreto y te tiene aprecio. Te
dice que tu habitacin ya est ocupada, y le contestas que
no importa, que te lleve una botella de whisky al saln de
fumar. All, sentado en tu silln delante de la chimenea,
sorbes con placer el licor escarchado, ahogando el ardiente
picazn del tabaco en tu lengua. Abres luego una ventana
que da a Hyde Park, respiras el aire fro de la noche, y
miras las estrellas. Cuando nio otorgabas poderes fabulosos
a las estrellas, y pensabas que te tenan un lugar especial
reservado entre ellas. Hace aos que olvidaste mirar
las estrellas. Ya no eres un nio, y en absoluto albergas ya
inocencia desde el momento en que las imgenes y recuerdos
del asesino te fueron traspasados. Desde el momento
en el que t de alguna manera fuiste l, creste ser l y
pudiste haber sido l. Son las dos de la madrugada, has
esperado lo suficiente, sientes otras presencias dentro de tu
cabeza, te subes al marco de la ventana y te lanzas al vaco.
A la maana siguiente la polica encontrar un culpable
para su crimen sin resolver, estrellado contra el pavimento
de la calle trasera de Knightsbrige House, de treinta
pies menos de altura que la calle principal, casi debajo de
la ventana de la que fuera su supuesta vctima.
Ms dificultades encontrar la polica en dar explicacin
a la ms de una veintena de suicidios puntualmente simultneos,
todos ellos entre sujetos varones y pertenecientes a
la alta sociedad londinense, con los que se rociar la ciudad
por la maana, y eso a pesar de estar este tipo de hbito
impo muy en boga en estos aos de fin de siglo.
Narrativa |
Dossier |
Poesa |
Crtica - reseas |
Reflexin/debate |
Entrevistas |
Ensayo - arte |
Corresponsalas