a imagen regresa. Es el aeropuerto de Barajas y ella está diciendo adiós. La palabra "Despedida" permanece en su mente mientras la palabra "Adiós" empuja con más fuerza, como si pudiese nombrarse a sí misma y herirla. Aquella historia de amor había sido difícil, pero fácil también, muy fácil, sabiendo, como sabía, que habría un final y que se produciría esta escena en el aeropuerto. El pequeño Seat color manzana de él, ahora vacío, esperaba aparcado en la acera como una tranquila y dócil mascota. El diminuto auto estaba completamente desbordado de cajas y maletas, aún así, ella había logrado meterse en el asiento delantero. María José, su amiga, a quien había conocido en la tertulia nocturna de la casa de Luis Cano y que enseñaba portugués en Berlitz, había ido en taxi con las otras cajas y ahora estaba dentro del aeropuerto, esperando, para que ellos tuvieran un poco de intimidad.
Se quedaron un rato mirándose a los ojos. Ella llevaba una mochila colgada al hombro y su bolsa de mano al lado. Él sostenía el filodendro que ella le había regalado. Se veía raro con la planta en sus manos. Ella llevaba un ramo de claveles color rojo sangre. No hubo lágrimas. Se abrazaron, se besaron, le vio subirse al coche y marcharse. Habían acordado que sería mejor así, que después de comprobar que su equipaje, sus cajas de libros y sus pocos tesoros hubieran sido facturados y puestos a salvo, él se iría. Volvería al piso donde estaba trabajando en un proyecto y ya iba con retraso. Era un trabajo para una revista. Además de ser diseñador gráfico también trabajaba en otras cosas y se jactaba de cómo le querían en todas partes. Era muy bueno en lo suyo. Ella había permanecido escéptica hasta que un día, en la ópera, durante el entreacto, un distinguido señor, ya mayor, se acercó y le propuso trabajar para una revista que iban a lanzar. Ella quedó impresionada.
Ya habían derramado las lágrimas, ya habían dicho las ásperas y coléricas palabras que harían la partida más fácil, ya se habían herido donde debían, en el dulce galanteo final, ensombreciendo así su inminente partida. Hacía sólo unos días que él había cogido un resfriado de verano, era su manera de afrontar aquella despedida. Ella le había cuidado a ratos mientras empacaba todas las cosas del piso que había compartido con sus compañeras durante el año; era la última en irse y le había tocado devolver las llaves y mirar si la señora de la limpieza lo dejaba todo en orden. Se habían organizado algunas despedidas en Madrid las últimas semanas, ya que todos y cada uno de sus colegas habían vuelto a los Estados Unidos. Todos los estudiantes, investigadores, artistas y profesores se habían ido. El grupo se reunía en sus restaurantes y bares favoritos, y ella había asistido a todas las despedidas, y no había soltado ni una lágrima en ninguna de ellas. "Estoy siendo muy fuerte" se decía a sí misma, no como en la escuela cuando se pasaba los días llorando al final de cada curso, después de haberse despedido de sus amigos y profesores.
La despedida más dura es, sin duda, ésta, pensaba mientras se dirigía a la puerta de seguridad de la TWA en el aeropuerto. Ni siquiera ayudó que, cuando el avión rodaba por la pista de aterrizaje para despegar, hubiera un retraso y tuvieran que desembarcar. Mientras todo el mundo estaba nervioso y asustado, ella, que ya estaba verbalizando sus recuerdos, había encontrado una cabina telefónica y le había llamado para dejarle un mensaje en el contestador, queriendo que su voz y su recuerdo estuviesen ahí, esperándole, cuando volviese a casa, a pesar de que para él su historia ya perteneciera al pasado. A la espera de que acabara el mensaje de él para poder dejar el suyo, tomó los pendientes que María José le había regalado, una pareja de rosas delicadas y pequeñitas hechas con miga de pan. De repente, María José se las había quitado un día, mientras charlaban y se prometían no perder el contacto, y se las regaló. De regreso a la puerta de salida del avión, tiró los claveles a la basura, y lloró.
Ahora estaba bajo el sol de California resolviendo un crucigrama, y seguía llorando. Recordaba sus queridos pendientes y cómo lloró cuando perdió uno de ellos. Aún conservaba el otro en un viejo joyero, con otros pendientes sin pareja. A veces los mezclaba y emparejaba a su antojo, o se los ponía solos para divertirse y ver cómo reaccionaba la gente.
Suspiró al momento que su hijo entró en el salón y
se sirvió una taza de café descafeinado. Él le preguntó "¿Qué quieres para desayunar? ¿Mariachis de papa con
huevo o pancakes?"
"Lo que sea, no tengo mucha hambre". En la televisión,
Katie Curic entrevistaba a alguien sobre los escándalos
del presidente.
"Texas City, seis letras, la tercera letra es la "r"", dijo ella.
"Laredo" dijo él sin inmutarse, sabiendo qué feliz le
hacía a su madre que su ciudad natal saliese destacada
en cualquier lugar.
Y continuaron con el ritual matinal que habían comenzado este último verano, antes de que él se fuera a la universidad, mientras se preparaban para empezar un nuevo día. Ella estaba complacida de que a él también le gustaran los crucigramas, y que fuese lo suficientemente grande como para saber palabras como "carácter" y completar los cuadros que ella dejaba en blanco. Él sabía el nombre del perro del programa de TV, Frasier, mientras que ella sabía el nombre del perro de la película The Thin Man. Él sabía un sinnúmero de trivialidades sobre deportes y cantantes de rock; ella, todo sobre cuestiones literarias. A menudo, él la sorprendía con sus conocimientos sobre ciencia. Muy pronto se medirían de igual a igual, y él sería capaz de resolver el crucigrama del New York Times, siempre un gran reto en sí mismo.
Quien se levantaba antes tenía que meter el periódico y empezar el crucigrama, el otro preparaba el desayuno. Ese era el trato. La mayoría de veces ella acababa cocinando, prefería pasar el máximo tiempo posible en la cama; y él, un madrugador nato, tenía la oportunidad de resolver el crucigrama antes de que ella se levantara.
Esa tranquila mañana de septiembre ella se había despertado pensando en un sueño que no podía recordar del todo. "Y esta mañana", pensó para sí misma, "cuando el pasado ha irrumpido en mi ritual matutino, me preparo para una despedida más". Y al pensar eso, sintió un vacío en el corazón, como si le hubiesen exprimido la sangre, lo mismo que a veces conseguía sentir haciendo una postura de yoga, la asana, cuando el interior se siente tan inmenso como el universo mismo. Todo el verano había sentido en su corazón un agujero pequeñito que día con día crecía más y más. Sabía que ya estaba cerca el momento en el que él se iría, el momento de decir adiós. El agujero era ya tan grande como su corazón.
Habían tenido grandes discusiones, a menudo él se comportaba de manera hostil y era tan impasible como una roca. Y había habido riñas menores, como cuando ella se dejó las llaves puestas con el coche en marcha y se fue a comprar algo, o cuando él se olvidó de cerrar la manguera una noche, y a la mañana siguiente encontraron el patio inundado. O cuando ella, según él, había sido antipática con uno de sus amigos. Alguna vez a él se le metió en la cabeza estudiar arte, o no estudiar nada en absoluto y dedicarse a pintar por su cuenta sin ir a ninguna escuela. Después se le antojó ir a la escuela de San Diego en vez de solicitar plaza en otro sitio más cerca de casa, en Los Ángeles o Santa Bárbara. Esto se prolongó durante meses, toda la primavera, hasta que declararon una tregua.
El último par de meses habían decidido no pelearse
y tomar en cuenta sus sentimientos, y hablar sobre
ellos. Así, cierta vez él preguntó: "Mami, ¿qué te pasa?
Estás extraña esta mañana y parece que has estado llorando,
¿estás bien?"
"Sí, supongo que ya te estoy echando de menos, te
estoy diciendo adiós, diciendo adiós en Los Ángeles."
Y cantó un par de versos de la canción de despedida de
Sound of Music (Sonrisas y lágrimas) como lo hacía
cuando él era un niño, y las lágrimas volvieron.
Él sonrió. No estaba muy convencido, pero no sabía
por qué. A sus dieciocho había aprendido a comprender
los estados de ánimo de su madre, y sabía que solamente
se dirigiría a él cuando estuviese preparada, así
que siguió cortando el cilantro y los tomates, y rebanando
las patatas para las papas con huevo. Sacó el
paquete de tortillas congeladas y se disponía a meterlas
en el microondas, cuando ella le dijo:
"Deja que te haga unas de verdad, no de plástico.
¿Recuerdas cuando le dijiste a la abuela que sólo te
daba de comer tortillas de plástico y no tortillas de verdad
como las suyas?" y compartieron sonrisas recordando
la vieja anécdota familiar.
"Eso llevará mucho tiempo, mama, y tengo prisa"
"N'ombre, me llevará 15 o 20 minutos máximo. Ya
verás, para cuando estén listas las papas con huevo ya estarán
las tortillas".
Se puso de pie de un salto y empezó a
preparar la masa.
Trabajaron tranquilamente durante unos minutos
mientras en el programa matutino de la televisión
nacional les estaban deseando feliz cumpleaños a las
personas que cumplían 100 años o más. Finalmente,
ella extendía las tortillas y él las cocía sobre el comal.
Las lágrimas brotaron una vez más.
"¿Qué pasa, mama?"
"Nada, no pasa nada, de verdad".
"¿He hecho algo?"
"No, m'ijo, nada, soy yo y mis recuerdos. Estoy
empezando a hablar como tu abuela, ¿no?"
"Oh, mama, no eres tan vieja".
Ella se dio cuenta de que él estaba incómodo y nervioso.
"No, no pasa nada, ¿ves? Estoy bien. Hacer tortillas
siempre ha sido terapéutico para mí". Él dirigió su
mirada al cielo, señal de que no quería escuchar la historia
que se acercaba, y que sabía muy bien, sobre
cómo el hacer tortillas le había salvado la vida a su
madre y, literalmente, le había ayudado a mantener la
salud mental cuando estaba estudiando la licenciatura
en Ann Arbor, cuando él era un bebé, y eran pobres, y
el invierno era largo y frío. O cómo en Europa, cuando
estudiaba con una beca de investigación, solía hacer
tortillas siempre que se sentía nostálgica.
"Oh, mama", dijo él, y ella sonrió.
Entonces ella hizo un gesto con la cabeza señalando en
dirección a la mesa, el periódico con el crucigrama que
todavía estaba incompleto,
"Ándale, o no lo acabaremos".
Él cogió un bolígrafo y dijo en voz alta: "Palabra de
cinco letras para 'cólera'", y dio la respuesta 'rabia'.
"O 'enojo'".
"Acaba en 'a'".
"Okay, pero dame toda la información".
"Palabra de cinco letras para 'progenitor', acaba en 'e'".
"Padre", dijo ella.
"Sí, queda bien", contestó él.
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