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Los culpables

Juan Villoro

L

as tijeras estaban sobre la mesa. Tenan un tamao desmedido. Mi padre las haba usado para rebanar pollos. Desde que l muri, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicpata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicpata. Tampoco es normal.
Lo encontr en la habitacin, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estbamos a 42 grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.
-brela! --grit con la cabeza envuelta por la tela. Su mano seal un punto inexacto que no me cost trabajo adivinar.
Fui por las tijeras y cort la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molest que las tijeras sirvieran de algo; Jorge volva tiles las cosas sin sentido; para l, eso significaba tener talento.
Me abraz como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados vdeos. Le sobraba energa, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pate el ventilador y le rompi un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y haca un ruido de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pens en cambiarlo. La granja estaba en venta. An ola a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.
Yo haba propuesto otro lugar para reunirnos pero l necesitaba algo que llam "correspondencias". Ah vivimos apiados, lemos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo a ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que serva para barrer el excremento de los pollos, soamos en huir y regresar para incendiar la casa.
-Acompame --Jorge sali al porche. Haba llegado en una camioneta Windstar, muy lujosa para l.
Sac dos maletines de la camioneta. Estaba tan flaco que pareca sostener tanques de buceo en la absurda inmensidad del desierto. Eran mquinas de escribir.
Las coloc en las cabeceras del comedor y me asign la que se atascaba en la ee. Durante semanas bamos a estar frente a frente. Jorge se crea guionista. Tena un contacto en Tucson, que no es precisamente la meca del cine, interesado en una "historia en bruto" que en apariencia nosotros podamos contar. La prueba de su inters eran la camioneta Windstar y dos mil dlares de anticipo. Confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; haba demasiado odio y demasiada pasin en la regin para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios ("un safari caliente", haba dicho el hombre al que Jorge citaba como a un evangelista); luego, el improbable productor haba preparado un coctel margarita color rojo. Lo "mexicano" se impona entre un reguero de cadveres.
La mayor extravagancia de aquel gringo era confiar en mi hermano. Jorge se prepar como cineasta paseando drogadictos norteamericanos por las costas de Oaxaca. Ellos le hablaron de pelculas que nunca vimos en Sacramento. Cuando se mud a Torren, visit a diario un negocio de vdeos donde haba aire acondicionado. Lo contrataron para normalizar su presencia y porque poda recomendar pelculas que no conoca.
Regresaba a Sacramento con ojos raros. Seguramente, esto tena que ver con Luca. Ella se aburra tanto en este terregal que le dio una oportunidad a Jorge. Aun entonces, cuando conservaba un peso aceptable e intacta su dentadura, mi hermano pareca un chiflado csmico, como esos tipos que han entrado en contacto con un ovni. Tal vez tena el pedigr de haberse ido, el caso es que ella lo dej entrar a la casa que habitaba atrs de la gasolinera. Costaba trabajo creer que alguien con el cuerpo y los ojos de obsidiana de Luca no encontrara un candidato mejor entre los traileros que se detenan a cargar diesel. Jorge se dio el lujo de abandonarla. No poda atarse a Sacramento. Se haba tatuado en la espalda una lluvia de estrellas, las "lgrimas de San Fortino" que caen el 12 de agosto. Fue el gran espectculo que vimos en la infancia. Adems, su segundo nombre es Fortino. No poda anclar su estrella fugaz.
Mi hermano estaba hecho para irse pero tambin para volver. Prepar su regreso por telfono: nuestras vidas rotas se parecan a las de otros cineastas, los artistas latinos la estaban haciendo en grande, el hombre de Tucson confiaba en el talento fresco. Curiosamente, la "historia en bruto" era ma. Por eso tena frente a m una mquina de escribir.
Tambin yo sal de Sacramento. Durante aos conduje trilers a ambos lados de la frontera. En los cambiantes paisajes de esa poca mi nica constancia fue la cerveza Tecate. Ingres en Alcholicos Annimos despus de volcarme en Los Vidrios con un cargamento de fertilizantes. Estuve inconsciente en la carretera durante horas, respirando polvo qumico para mejorar tomates. Quiz esto explica que despus aceptara un trabajo donde el sufrimiento me pareci agradable. Durante cuatro aos repart bolsas con suero para los indocumentados que se extravan en el desierto. Recorr las rutas de Agua Prieta a Douglas, de Sonoyta a Lukeville, de Nogales a Nogales (rentaba un cuarto en cada uno de los Nogales, como si viviera en una ciudad y en su reflejo). Conoc polleros, agentes de la migra, miembros del programa Paisano. Nunca vi a la gente que recoga las bolsas con suero. Los nicos indocumentados que encontr estaban detenidos. Temblaban bajo una frazada. Parecan marcianos. Tal vez slo los coyotes beban el suero. A la suma de cadveres hallados en el desierto le dicen The Body Count. Fue el ttulo que Jorge escogi para la pelcula.
La soledad te vuelve charlatn. Despus de manejar diez horas escupes palabras. "Ser ex alcholico es tirar rollos", eso me dijo alguien en AA. Una noche, a la hora de las tarifas de descuento, llam a mi hermano. Le cont algo que no saba cmo acomodar. Iba por una carretera de terracera cuando los faros alumbraron dos siluetas amarillentas. Migrantes. stos no parecan marcianos; parecan zombies. Fren y alzaron los brazos, como si fuera a detenerlos. Cuando vieron que iba desarmado, gritaron que los salvara por la Virgen y el amor de Dios. "Estn locos", pens. Echaban espuma por la boca, se aferraban a mi camisa, olan a cartn podrido. "Ya estn muertos". Esta idea me pareci lgica. Uno de ellos implor que lo llevara "donde juese". El otro pidi agua. Yo no llevaba cantimplora. Me dio miedo o asco o quin sabe qu viajar con los migrantes deshidratados y locos. Pero no poda dejarlos ah. Les dije que los llevara atrs. Ellos entendieron que en el asiento trasero. Tuve que usar muchas palabras para explicarles que me refera a la cajuela, el maletero, su lugar de viaje.
Tena que llegar a Phoenix al amanecer. Cuando las plantas espinosas rasguaron el cielo amarillo, me detuve a orinar. No o ruidos en la parte trasera. Pens que los otros se haban asfixiado o muerto de sed o hambre, pero no hice nada. Volv al coche.
Llegamos a las afueras de Phoenix. Detuve el coche y me persign. Cuando abr la puerta de atrs, lo primero que vi fueron ropas teidas de rojo. Luego o una carcajada. Slo al ver las camisas salpicadas de semillas record que llevaba tres sandas. Los migrantes las haban devorado en forma inaudita, con todo y cscara. Se despidieron con una felicidad alucinada que me produjo el mismo malestar que la posibilidad de matarlos mientras trataba de salvarlos.
Fue esto lo que le cont a Jorge. A los dos das llam para decirme que tenamos una "historia en bruto". No serva para una pelcula, pero s para ilusionar a un productor.
Mi hermano confiaba en mi conocimiento de los cruces ilegales y en los cursos de redaccin por correspondencia que tom antes de irme de trailero, cuando soaba en ser corresponsal de guerra slo porque eso garantizaba ir lejos.
Durante seis semanas sudamos uno frente al otro. Desde su cabecera, Jorge gritaba: "los productores son pendejos, los directores son pendejos, los actores son pendejos"! Escribamos para un comando de pendejos. Era nuestra ventaja: sin que se dieran cuenta, los obligaramos a transmitir una verdad incmoda. A esto Jorge le deca "el silbato de Chaplin". En una pelcula, Chaplin se traga un silbato que sigue sonando en su estmago. As sera nuestro guin, el silbato que tragaran los pendejos: sonara dentro de ellos sin que pudieran evitarlo.
Pero yo no poda armar la historia, como si todas las palabras llevaran la ee que se atascaba en mi teclado. Entonces Jorge habl como nuestro padre lo haba hecho en esa mesa: nos faltaba sentirnos culpables. ramos demasiado indiferentes. Tenamos que jodernos para merecer la historia.
Fuimos a unas peleas de perros y apostamos los dos mil dlares del anticipo. Escogimos un perro con una cicatriz en equis en el lomo. Pareca tuerto. Luego supimos que la furia le haca guiar un ojo. Ganamos seis mil dlares. La suerte nos consenta, psima noticia para un guionista, segn Jorge.
No s si l tom alguna droga o una pastilla, lo cierto es que no dorma. Se quedaba en una mecedora en el porche, viendo los huizaches del desierto y los gallineros abandonados, con las tijeras abiertas sobre el pecho. Al da siguiente, cuando yo revolva el nescaf, me gritaba con ojos insomnes: "sin culpa no hay historia!" El problema, mi problema, es que yo ya era culpable. Jorge nunca me pregunt qu haca en la carretera de terracera a bordo de un Spirit que no era mo y yo no deseaba mencionarlo.
Cuando mi hermano abandon a Luca, ella se fue con el primer cliente que lleg a la gasolinera. Pas de un sitio a otro de la frontera, de un Jeff a un Bill y a un Kevin, hasta que hubo alguien llamado Gamaliel que pareci suficientemente estable (casado con otra, pero dispuesto a mantenerla). No era un migrante sino un "gringo nuevo", hijo de hippies que buscaban nombres en las Biblias de los migrantes. La propia Luca me puso al tanto. Hablaba de cuando en cuando y se aseguraba de tener mis datos, como si yo fuera algo que ojal no tuviera que usar. Un seguro en la nada.
Una tarde llam para pedir "un favorsote". Necesitaba enviar un paquete y yo conoca bien las carreteras. Curiosamente, me mand a un lugar al que nunca haba ido, cerca de Various Ranches. A partir de entonces me us para despachar paquetes pequeos. Me dijo que contenan medicinas que aqu podan comprarse sin receta y valan mucho al otro lado, pero sonri de modo extrao al decirlo, como si "medicinas" fuera un cdigo para droga o dinero. Nunca abr un sobre. Fue mi lealtad hacia Luca. Mi lealtad hacia Jorge fue no pensar demasiado en los pechos bajo la blusa, las manos delgadas, sin anillos, los ojos que aguardaban un remedio.
Cuando decidimos vender la granja, los seis hermanos nos reunimos por primera vez en mucho tiempo. Discutimos de precios y tonteras prcticas. Fue entonces cuando Jorge pate el ventilador. Nos maldijo entre frases sacadas de la Biblia, habl de lobos y corderos, la mesa donde se pona un lugar al enemigo. Luego encendi el ventilador y oy el ruido de sonaja. Sonri, como si eso fuera divertido. El hermano que me ayudaba a bajarme los pantalones despus de los azotes para sentir la fra delicia del ro se crea ahora un cineasta con mritos suficientes para patear ventiladores. Lo detest, como nunca lo haba hecho.
La siguiente vez que Luca me llam para recoger un envo no sal de su casa hasta el da siguiente. Le dije que mi coche estaba fallando. Me prest el Spirit que le haba regalado Gamaliel. Yo quera seguir tocando algo de Luca, aunque el coche viniera de otro hombre. Pens en esto en la carretera y quise aportarle un toque personal al Spirit. Me detuve a comprar sandas.
No volv a ver a Luca. Regres el coche cuando ella no estaba en casa y arroj las llaves al buzn. Sent un sabor acre en la boca, ganas de romper algo. En la noche llam a Jorge. Le cont de los zombies y las sandas.
Al cabo de seis semanas, marcas azules circundaban los ojos de mi hermano. Cort en cuadritos los dlares que ganamos en las peleas de perros pero tampoco as nos lleg la culpa creativa. No s si sac esa idea de los castigos en la granja, a manos de un padre de fantica religiosidad, o si las drogas en la costa de Oaxaca le expandieron la mente de ese modo, un campo donde se cosecha con remordimientos.
-Asalta un banco -le dije.
-El crimen no cuenta. Necesitamos una culpa superable.
Estuve a punto de decir que me haba acostado con Luca, pero las tijeras para pollos estaban demasiado cerca.
Horas ms tarde, Jorge fumaba un cigarro torcido. Ola a mariguana, pero no lo suficiente para mitigar la peste de las aves de corral. Vio la mancha de salitre donde haba estado la imagen de la Virgen. Luego me cont que segua en contacto con Luca. Ella tena un negocio modesto. Medicinas de contrabando. Era ilcito pero nadie se condena por repartir medicinas. Me pregunt si yo tena algo que decirle. Por primera vez pens que el guin era un montaje para obligarme a confesar. Sal al porche, sin decir palabra, y vi la Windstar. Era posible que el "productor" fuese Gamaliel y los dlares y la camioneta vinieran de l? Jorge era su mensajero? Traa a la casa los celos de otra persona? Poda haberse degradado con tanto clculo?
Regres a mi silla y escrib sin parar, la noche entera. Exager mis encuentros erticos con Luca. En esa confesin indirecta, el descaro poda encubrirme. Mi personaje asumi los defectos de un perfecto hijo de puta. A Jorge le hubiera irritado que actuara como el hombre dbil que era, pero no poda atribuirme esa magnfica vileza. Al da siguiente, The Body Count estaba listo. Sin ees, pero listo.
-Siempre puedes confiar en un ex alcholico para satisfacer un vicio --me dijo. No supe si se refera a su vicio de convertir la culpa en cine o de saciar celos ajenos.
Jorge le hizo cortes al guin con las tijeras para pollos. El ms significativo fue mi nombre. l gan bastante conThe Body Count, pero fue un xito insulso. Nadie oy el silbato de Chaplin.
En lo que a m toca, algo me retuvo ante la mquina de escribir, tal vez una frase de mi hermano en su ltima noche en la granja:
-La cicatriz est en el otro tobillo.
Me haba acostado con Luca pero no recordaba el sitio de su cicatriz. Mi refugio era imaginar las cosas. Era se el vicio al que se refera Jorge? Seguira escribiendo. Esa noche me limit a decir:
-Perdn, perdname.
No s si llor. Mi cara estaba mojada por el sudor o por lgrimas que no sent. Me dolan los ojos. La noche se abra ante nosotros, como cuando ramos nios y subamos al techo a pedir deseos. Una luz ray el cielo.
-12 de agosto --dijo Jorge.
Pasamos el resto de la noche viendo estrellas fugaces, como cuerpos perdidos en el desierto.


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