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Other Guys

Traducido por Itmar Conesa

Daniel Chacón

P

eacock estaba hablando con aquel otro tío. Iba moviendo las manos a modo de golpes de kárate, y aunque el otro tío aparentaba estar poniendo atención a lo que Peacock decía, en realidad observaba como sus manos cortaban el aire. El tío temía que le acabara cruzando la cara, y no le culpo. Conocía a Peacock. Todos conocíamos a Peacock. Sabíamos que esas manazas eran capaces de estrujar a un luchador de sumo hasta matarlo.
Yo estaba sentado en la barra con Paperboy. Él iba dando sorbos a su whisky con hielo como un pajarillo, los hombros encorvados, levantando la vista de vez en cuando para verse en el espejo del bar, entre dos botellas; las mejillas hundidas, los ojos abiertos de par en par. Llevaba un peinado de chiquillo, cortado a ras de oreja, con la raya al lado, y no dejaba de lamerse los labios.
-¿Crees que Peacock le acabará atizando?- le pregunté.
Unos veintisiete segundos más tarde -como si ese fuera el tiempo que mi voz tardaba en llegar a Paperboy- se volvió hacia mi, y luego miró hacia el lugar del bar en donde estaban Peacock y el otro tío, junto a la mesa de billar.
-Tal vez- dijo.
-¿Crees que deberíamos separarles? -dije- esta noche no me apetece tener que estar yendo de aquí para allá.
Al otro lado del bar se abrió la puerta del lavabo, y un rectángulo de luz se extendió por el suelo. Del lavabo salió un hombre calvo, de hombros anchos. Su sombra recorrió el suelo hasta su cuerpo y el hombre desapareció entre la gente difuminada.
Había una vaquera bajo un anuncio luminoso de cerveza. Tenía una mata de pelo rubio embutida bajo un gorro blanco de cowboy. Asentía con la cabeza, sujetando su botella de cerveza, mientras escuchaba lo que le decía su amiga de pelo negro. La chica del pelo negro era Carla, la muchacha de la reserva.
-Yo no voy a ir a ningún otro sitio -dijo Paperboy, mirando de nuevo a las botellas en el espejo, a su cara entre dos de ellas. Se le veía tan chupado y viejo, como si estuviera muriéndose de cáncer, pero tenía sólo 24 años.
-Sabes lo que ocurrirá si Peacock se mete en una pelea -dije.
-Si -dijo- todo el mundo lo sabe.
Se abrió la puerta del lavabo de mujeres y un rectángulo de luz abofeteó el suelo. Una chica corpulenta salió del lavabo, y menos de un instante después, se abrió la puerta del de hombres y salió de él un tipo negro. Un vaquero enjuto y manco al que todos llamaban Mike.
Mike se unió a Carla "la muchacha de la reserva" y a la rubia con todo ese pelo bajo el sombrero. Empezaron a charlar y a mirar hacia donde Peacock estaba hablando con aquel otro tío. El tipo, con los ojos levantados hacia Peacock, sujetaba tímidamente un taco de billar. Daba la impresión de que estaba algo asustado cuando asentía con la cabeza ante las explicaciones de Peacock, observando sus manazas dar golpes de kárate -tan rápidas que parecían un borrón.
-Va a pegar a ese tío -le dije a Paperboy.
-Quizás deberías tratar de pararle, Freddy -dijo, con ese acento apache de la reserva. Él era de Arizona.- Esta noche no quiero ir a ningún otro sitio, -añadió- Puede que aparezca por aquí. Tengo un presentimiento.
-¿Por qué no dejas ya esa mierda, Paperboy? Lo digo en serio. Esa chorrada ya es agua pasada. No va a volver. Está muerta.
-Si, bueno, nunca se sabe- dijo, tomando un sorbo de pajarillo de su whisky con hielo. Se limpió la boca.- Mi abuelo murió hace tiempo y nunca se fué. Todavía me sigue por la casa gritándome que me arregle y consiga un trabajo.
-No va a volver, -dije- Y menos a ti.
Se abrió la puerta del lavabo y el rectángulo de luz proyectado en el suelo se llenó con una sombra de mujer.
-Bueno, de todos modos no quiero ir a otro sitio, -dijo Paperboy- así que mejor que lo pares.
El otro tío, como si supiera que iban a atizarle, empezó a retroceder. Trató de decir adiós, como si todo hubiera terminado, decía adiós con la mano como si fuera a salir por la puerta y a adentrarse en la noche sin más.
Ella podría estar en cualquier parte, dijo Paperboy, podría estar en una de esas botellas, dijo mirando a una botella con un líquido verde que centelleaba con la luz, como un cuerpo de agua en una esfera de cristal, como un océano verde en la noche, podría estar en cualquier sombra, en cualquier lugar. La gente no se muere y punto, sabes. Se mueren, pero no estan muertos muertos. Nunca lo hemos creído.
Una sombra se derramó lentamente sobre la luz que nos iluminaba en la barra. Me dí la vuelta.
-Hombre, Freddy y Paperboy.
Era Carla "la chica de la reserva", allí de pie, con las manos en las caderas y una botella de cerveza colgando entre los dedos. Detrás estaban la rubia de la mata de pelo y Mike el vaquero negro, enjuto como un títere. Crucé los brazos sobre el pecho y Carla me miró los bíceps. Tenía un rostro joven y claro, con unos ojos grandes y negros, y unos labios preciosos; pero tenía la nariz aguileña, como una bruja, lo cual le daba un aire feo, pero feo y bonito a la vez, como si una parte fea resaltara aún más la belleza del resto. Yo la llamaba "la chica de la reserva" aunque por aquí nadie llamaba "reservas" a las reservas indias, las llamaban rancheritos, pero era lo mismo. Ella vivía en uno de los mayores del condado.
-¿Qué haceis, chicos? -preguntó.
-Cruzar los dedos para que Peacock no se cargue a ese tío -contesté.
-Si, nosotros también le estábamos dando vueltas al asunto -dijo ella.
Mike levantó su Coors Light con su único brazo y dijo:
-¿Qué tal, Freddy?
-Hey, Mike -dije.
-¿En serio Peacock se cargó a un tío? -preguntó la rubia de la mata de pelo.
-¿Te acuerdas de mi amiga Rita? -me preguntó Carla. Carla tenía muy buen aspecto. Llevaba una camisa azul abotonada hasta el cuello. Se colocó con los dedos un mechón de pelo detrás de la oreja, y me miró a los ojos.
-¿Cuanto hace que estuviste por el rancherito, Freddy? -preguntó.
-Mucho -dije.
-Pues creo que ya toca -dijo ella.
-Estoy de acuerdo -dije yo. -Rita no se traga que Peacock haya matado a un tío -dijo Mike.
-¿A un tío? -dijo Paperboy, sin siquiera apartar la vista del espejo. ¿A que te refieres con "un tío"? Dirás "unos cuantos" tíos. Muchos tíos.
-Eso le he dicho -dijo Carla, que seguía mirándome con esos ojos suyos. Abrió ligeramente la boca, y le vi la lengua. Dió un trago a su cerveza. La luz iluminó un instante sus mejillas en abrirse la puerta. Me di la vuelta. Era la puerta del parking. Se enmarcaba en ella la ciudad, brillando amarillenta en el horizonte como la radiación tras la bomba. El bar estaba en las afueras de la ciudad, entre los viñedos, frente al cementerio y la iglesia del otro lado de la carretera. Una sirena gemía en la distancia. Se cerró la puerta.
-Pero si todo el mundo sabe que ha matado a varios tíos, ¿cómo es que no le han arrestado? -preguntó la rubia -es lo único que quiero saber.
-Así son las cosas -dije.
¡Que te jodan!
Estaba a punto de ocurrir.
Todo el mundo se volvió hacia Peacock, que estaba gritándole al otro tío, sujetándole por el cuello de la camisa. Por encima de la música rock a todo volumen oímos palabras como "joder" y "lo siento" y "nacido". El tío estaba a punto de llorar. Era consciente de que sólo le quedaba un minuto de vida.
-Haz algo, Freddy -dijo Paperboy -se lo va a cargar.
-Sí, quizás deberías hacer algo, Freddy -dijo Carla -está pasando aquí, esta noche -se encogió de hombros y le dió un trago a la cerveza. Pero me miraba a mi.
-¿No te parece que está pasando aquí esta noche? -preguntó.
-Sí, de hecho sí. -dije- Toma, sujétame la cerveza -añadí.
La cogí de la barra y se la di a Carla. Sonrió y la cogió, como si tuviera algún significado especial, como si el cristal fuera algún tipo de símbolo para nosotros. Y era un símbolo para nosotros. Esa noche, ella me pertenecía. Podía sentirlo. Ya lo habíamos hecho algunas veces, y yo amaba su cuerpo, su sexo, la calidez de aquel punto entre la parte inferior de su espalda y la curva de su culo. Nunca me cansaba de su delgada silueta en la oscuridad. Desnuda estaba preciosa. Ella decía que también le gustaba verme a mi desnudo. Le gustaba verme salir de la cama e ir a buscar agua o cerveza a la nevera, y le gustaba verme volver al vestíbulo, a la única luz, que derramaba por la ventana una farola callejera. Nos gustaba tanto vernos desnudos que a veces andábamos por el centro de su salón desnudos, en direcciones opuestas, en círculos, a oscuras, dando vueltas y más vueltas, lentamente, como un ritual ancestral de apareamiento, por la sala, con las cortinas abiertas, las luces de la calle brillando suavemente sobre las rectas y las curvas de nuestros cuerpos.
En aquel momento, en el bar, alargó la mano y me tocó el pelo. Lo tenía tan largo que me llegaba hasta el culo. Y me cogió de la cintura, y me estrujó. "A por ellos, búfalo" -dijo. Toqué su mano y apreté.
Si, yo era suyo esa noche. Y ella era mía.
Así que anduve hacia donde Peacock estaba hablando con aquel tipo. Todos los del bar tenían sus ojos puestos en mí, como si supieran que en cuanto llegara al otro lado de la mesa de billar terminaría toda la movida, o que todo lo que habían estado imaginando sobre Peacock terminaría. ¿Mataría Peacock a ese tío antes de que yo pudiera separarles (y yo era el único que podía separarles)? ¿Esperaría a que yo llegara? ¿me escucharía? ¿vendría a la barra a emborracharse conmigo y con Paperboy, con Carla, Rita y Mike, todos juntos?
En el preciso instante en que llegué a la mesa de billar, la puerta del lavabo se abrió con un golpe seco.
Me enmarcó el rectángulo de luz. Ahí estaba yo, de pie, perfectamente iluminado. Estaba al otro lado de la mesa de billar, y Peacock se volvió hacia mi, tenía las mejillas gorditas, y unos ojos grandes, que se difuminaban, como en un cuadro. Era casi hermoso, completamente quieto, silencioso, con el rostro teñido de luces y sombras.
Y entonces ocurrió. Fue entonces cuando lo sentí.
Todos lo sintieron. Al día siguiente sabríamos que había causado daños en algunos edificios antiguos de la ciudad, pero en aquél momento creí (y lo creímos todos) que sólo nos ocurría a nosotros en el bar. La tierra se movía para nosotros. Palpitaba felizmente bajo nuestros pies, se balanceaban las lámparas, las botellas vibraban y repicaban tras la barra, y en su interior se agitaban minúsculos océanos como en una tormenta. Todos empezamos a gritar como si la felicidad nos embargara, levantamos las botellas, dimos largos tragos de alcohol. Y cuando terminó, cuando acabó la sacudida y todo lo que notábamos era la reverberación de la tierra en los huesos, Peacock dejó marchar al otro tío.


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