eacock estaba hablando con aquel otro tío. Iba
moviendo las manos a modo de golpes de kárate, y aunque
el otro tío aparentaba estar poniendo atención a lo
que Peacock decía, en realidad observaba como sus
manos cortaban el aire. El tío temía que le acabara cruzando
la cara, y no le culpo. Conocía a Peacock. Todos
conocíamos a Peacock. Sabíamos que esas manazas eran
capaces de estrujar a un luchador de sumo hasta matarlo.
Yo estaba sentado en la barra con Paperboy. Él iba
dando sorbos a su whisky con hielo como un pajarillo, los
hombros encorvados, levantando la vista de vez en cuando
para verse en el espejo del bar, entre dos botellas; las
mejillas hundidas, los ojos abiertos de par en par. Llevaba
un peinado de chiquillo, cortado a ras de oreja, con la raya
al lado, y no dejaba de lamerse los labios.
-¿Crees que Peacock le acabará atizando?- le pregunté.
Unos veintisiete segundos más tarde -como si ese fuera
el tiempo que mi voz tardaba en llegar a Paperboy- se volvió
hacia mi, y luego miró hacia el lugar del bar en donde
estaban Peacock y el otro tío, junto a la mesa de billar.
-Tal vez- dijo.
-¿Crees que deberíamos separarles? -dije- esta noche
no me apetece tener que estar yendo de aquí para allá.
Al otro lado del bar se abrió la puerta del lavabo, y un
rectángulo de luz se extendió por el suelo. Del lavabo salió
un hombre calvo, de hombros anchos. Su sombra recorrió
el suelo hasta su cuerpo y el hombre desapareció entre la
gente difuminada.
Había una vaquera bajo un anuncio luminoso de cerveza.
Tenía una mata de pelo rubio embutida bajo un
gorro blanco de cowboy. Asentía con la cabeza, sujetando
su botella de cerveza, mientras escuchaba lo que le decía
su amiga de pelo negro. La chica del pelo negro era Carla,
la muchacha de la reserva.
-Yo no voy a ir a ningún otro sitio -dijo Paperboy,
mirando de nuevo a las botellas en el espejo, a su cara
entre dos de ellas. Se le veía tan chupado y viejo, como si
estuviera muriéndose de cáncer, pero tenía sólo 24 años.
-Sabes lo que ocurrirá si Peacock se mete en una pelea
-dije.
-Si -dijo- todo el mundo lo sabe.
Se abrió la puerta del lavabo de mujeres y un rectángulo
de luz abofeteó el suelo. Una chica corpulenta salió
del lavabo, y menos de un instante después, se abrió la
puerta del de hombres y salió de él un tipo negro. Un
vaquero enjuto y manco al que todos llamaban Mike.
Mike se unió a Carla "la muchacha de la reserva" y a la
rubia con todo ese pelo bajo el sombrero. Empezaron a
charlar y a mirar hacia donde Peacock estaba hablando
con aquel otro tío. El tipo, con los ojos levantados hacia
Peacock, sujetaba tímidamente un taco de billar. Daba la
impresión de que estaba algo asustado cuando asentía con
la cabeza ante las explicaciones de Peacock, observando
sus manazas dar golpes de kárate -tan rápidas que parecían
un borrón.
-Va a pegar a ese tío -le dije a Paperboy.
-Quizás deberías tratar de pararle, Freddy -dijo, con
ese acento apache de la reserva. Él era de Arizona.- Esta
noche no quiero ir a ningún otro sitio, -añadió- Puede
que aparezca por aquí. Tengo un presentimiento.
-¿Por qué no dejas ya esa mierda, Paperboy? Lo digo en
serio. Esa chorrada ya es agua pasada.
No va a volver. Está
muerta.
-Si, bueno, nunca se sabe- dijo, tomando un sorbo de
pajarillo de su whisky con hielo. Se limpió la boca.- Mi abuelo
murió hace tiempo y nunca se fué. Todavía me sigue por
la casa gritándome que me arregle y consiga un trabajo.
-No va a volver, -dije- Y menos a ti.
Se abrió la puerta del lavabo y el rectángulo de luz proyectado
en el suelo se llenó con una sombra de mujer.
-Bueno, de todos modos no quiero ir a otro sitio, -dijo
Paperboy- así que mejor que lo pares.
El otro tío, como si supiera que iban a atizarle, empezó
a retroceder. Trató de decir adiós, como si todo hubiera
terminado, decía adiós con la mano como si fuera a salir
por la puerta y a adentrarse en la noche sin más.
Ella podría estar en cualquier parte, dijo Paperboy, podría
estar en una de esas botellas, dijo mirando a una botella con
un líquido verde que centelleaba con la luz, como un cuerpo
de agua en una esfera de cristal, como un océano verde en la
noche, podría estar en cualquier sombra, en cualquier lugar.
La gente no se muere y punto, sabes. Se mueren, pero no
estan muertos muertos. Nunca lo hemos creído.
Una sombra se derramó lentamente sobre la luz que
nos iluminaba en la barra. Me dí la vuelta.
-Hombre, Freddy y Paperboy.
Era Carla "la chica de la reserva", allí de pie, con las
manos en las caderas y una botella de cerveza colgando
entre los dedos. Detrás estaban la rubia de la mata de pelo
y Mike el vaquero negro, enjuto como un títere. Crucé los
brazos sobre el pecho y Carla me miró los bíceps. Tenía
un rostro joven y claro, con unos ojos grandes y negros, y
unos labios preciosos; pero tenía la nariz aguileña, como
una bruja, lo cual le daba un aire feo, pero feo y bonito a
la vez, como si una parte fea resaltara aún más la belleza
del resto. Yo la llamaba "la chica de la reserva" aunque
por aquí nadie llamaba "reservas" a las reservas indias, las
llamaban rancheritos, pero era lo mismo. Ella vivía en uno
de los mayores del condado.
-¿Qué haceis, chicos? -preguntó.
-Cruzar los dedos para que Peacock no se cargue a ese
tío -contesté.
-Si, nosotros también le estábamos dando vueltas al
asunto -dijo ella.
Mike levantó su Coors Light con su único brazo y dijo:
-¿Qué tal, Freddy?
-Hey, Mike -dije.
-¿En serio Peacock se cargó a un tío? -preguntó la rubia
de la mata de pelo.
-¿Te acuerdas de mi amiga Rita? -me preguntó Carla.
Carla tenía muy buen aspecto. Llevaba una camisa azul
abotonada hasta el cuello. Se colocó con los dedos un
mechón de pelo detrás de la oreja, y me miró a los ojos.
-¿Cuanto hace que estuviste por el rancherito, Freddy?
-preguntó.
-Mucho -dije.
-Pues creo que ya toca -dijo ella.
-Estoy de acuerdo -dije yo.
-Rita no se traga que Peacock haya matado a un tío
-dijo Mike.
-¿A un tío? -dijo Paperboy, sin siquiera apartar la vista
del espejo. ¿A que te refieres con "un tío"? Dirás "unos
cuantos" tíos. Muchos tíos.
-Eso le he dicho -dijo Carla, que seguía mirándome con
esos ojos suyos. Abrió ligeramente la boca, y le vi la lengua.
Dió un trago a su cerveza. La luz iluminó un instante sus
mejillas en abrirse la puerta. Me di la vuelta. Era la puerta
del parking. Se enmarcaba en ella la ciudad, brillando amarillenta
en el horizonte como la radiación tras la bomba. El
bar estaba en las afueras de la ciudad, entre los viñedos,
frente al cementerio y la iglesia del otro lado de la carretera.
Una sirena gemía en la distancia. Se cerró la puerta.
-Pero si todo el mundo sabe que ha matado a varios
tíos, ¿cómo es que no le han arrestado? -preguntó la rubia
-es lo único que quiero saber.
-Así son las cosas -dije.
¡Que te jodan!
Estaba a punto de ocurrir.
Todo el mundo se volvió hacia Peacock, que estaba gritándole
al otro tío, sujetándole por el cuello de la camisa. Por encima
de la música rock a todo volumen oímos palabras como
"joder" y "lo siento" y "nacido". El tío estaba a punto de llorar.
Era consciente de que sólo le quedaba un minuto de vida.
-Haz algo, Freddy -dijo Paperboy -se lo va a cargar.
-Sí, quizás deberías hacer algo, Freddy -dijo Carla
-está pasando aquí, esta noche -se encogió de hombros y
le dió un trago a la cerveza. Pero me miraba a mi.
-¿No te parece que está pasando aquí esta noche? -preguntó.
-Sí, de hecho sí. -dije- Toma, sujétame la cerveza -añadí.
La cogí de la barra y se la di a Carla. Sonrió y la cogió, como
si tuviera algún significado especial, como si el cristal fuera
algún tipo de símbolo para nosotros. Y era un símbolo para
nosotros. Esa noche, ella me pertenecía. Podía sentirlo. Ya lo
habíamos hecho algunas veces, y yo amaba su cuerpo, su
sexo, la calidez de aquel punto entre la parte inferior de su
espalda y la curva de su culo. Nunca me cansaba de su delgada
silueta en la oscuridad. Desnuda estaba preciosa. Ella
decía que también le gustaba verme a mi desnudo. Le gustaba
verme salir de la cama e ir a buscar agua o cerveza a la
nevera, y le gustaba verme volver al vestíbulo, a la única luz,
que derramaba por la ventana una farola callejera. Nos gustaba
tanto vernos desnudos que a veces andábamos por el
centro de su salón desnudos, en direcciones opuestas, en círculos,
a oscuras, dando vueltas y más vueltas, lentamente,
como un ritual ancestral de apareamiento, por la sala, con
las cortinas abiertas, las luces de la calle brillando suavemente
sobre las rectas y las curvas de nuestros cuerpos.
En aquel momento, en el bar, alargó la mano y me tocó
el pelo. Lo tenía tan largo que me llegaba hasta el culo. Y
me cogió de la cintura, y me estrujó. "A por ellos, búfalo"
-dijo. Toqué su mano y apreté.
Si, yo era suyo esa noche. Y ella era mía.
Así que anduve hacia donde Peacock estaba hablando con
aquel tipo. Todos los del bar tenían sus ojos puestos en mí,
como si supieran que en cuanto llegara al otro lado de la mesa
de billar terminaría toda la movida, o que todo lo que habían
estado imaginando sobre Peacock terminaría. ¿Mataría
Peacock a ese tío antes de que yo pudiera separarles (y yo era
el único que podía separarles)? ¿Esperaría a que yo llegara?
¿me escucharía? ¿vendría a la barra a emborracharse conmigo
y con Paperboy, con Carla, Rita y Mike, todos juntos?
En el preciso instante en que llegué a la mesa de billar,
la puerta del lavabo se abrió con un golpe seco.
Me enmarcó el rectángulo de luz. Ahí estaba yo, de pie,
perfectamente iluminado. Estaba al otro lado de la mesa
de billar, y Peacock se volvió hacia mi, tenía las mejillas
gorditas, y unos ojos grandes, que se difuminaban, como
en un cuadro. Era casi hermoso, completamente quieto,
silencioso, con el rostro teñido de luces y sombras.
Y entonces ocurrió. Fue entonces cuando lo sentí.
Todos lo sintieron.
Al día siguiente sabríamos que había causado daños en
algunos edificios antiguos de la ciudad, pero en aquél
momento creí (y lo creímos todos) que sólo nos ocurría a
nosotros en el bar. La tierra se movía para nosotros.
Palpitaba felizmente bajo nuestros pies, se balanceaban las
lámparas, las botellas vibraban y repicaban tras la barra, y
en su interior se agitaban minúsculos océanos como en
una tormenta. Todos empezamos a gritar como si la felicidad
nos embargara, levantamos las botellas, dimos largos
tragos de alcohol. Y cuando terminó, cuando acabó la
sacudida y todo lo que notábamos era la reverberación de
la tierra en los huesos, Peacock dejó marchar al otro tío.
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