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Neptuno, dios del mar

Ivonne Lamazares

A

buela Primera sola decirme que seramos libres el da en que nos reuniramos con "El Seor que est en el Cielo".

Pero Abuela Segunda le ripostaba diciendo: "Mentira", con un rictus de disgusto en la boca, mirndome a los ojos, mientras pedaleaba en la vieja mquina Singer bajo la luz mortecina del quinqu, rellenando nuestras chaquetas y abrigos con retazos de tela que guardaba celosamente en sus gavetas desde antes de la Revolucin. "Seremos libres"-deca-"el da en que El Seor que vive en el Palacio de la Revolucin nos d la salida, y podamos huir de esta miseria de pas".

Por supuesto, ella no saba que era mi Abuela Segunda. Nunca me pregunt (Abuela Primera s) que a cul de las dos quera ms. Abuela Primera era la madre de mi madre muerta, y Abuela Segunda la madre de mi padre que viva en el extranjero, mi abuela de los fines de semana. Ambas saban de sobra cul sera mi respuesta, razn por la cual slo Abuela Primera se atrevi a preguntrmelo.

Ocho aos dur nuestra espera por el permiso de salida para poder reunirnos con mi padre en la Repblica Dominicana. Aunque estbamos a slo cientos de millas de distancia, los vuelos desde Cuba llevaban a los intiles gusanos como nosotros, a "terceros pases" como Jamaica, Mxico o Espaa, desde los que haba que emprender el recorrido a la inversa para llegar a nuestro destino final.

Corra el ao setenta y cinco, el permiso brillaba por su ausencia, y, como no pensaba que llegara jams, en vez de empacar para el viaje sin regreso, preparaba la clsica maleta de madera que usaban los estudiantes para ir a trabajar durante cuarenta y cinco das en campamentos de labores agrcolas "voluntarias", bajo los auspicios de un controversial programa conocido como "la escuela al campo", donde las alumnas de dcimo grado, con sus paoletas rojas al cuello, cosecharan tomates verdes en interminables surcos, mientras que los muchachos, en una finca cercana, cortaran caa con sus machetes, "bien arriba y bien abajo, ni caa en el cogollo, ni cogollo en la caa", como indicaban los jubilosos e insistentes anuncios polticos en la televisin. Por las noches, habra fiesta, baile y bsquedas a tientas por los matorrales plagados de mosquitos; y, de sol a sol, nuevas canciones patriticas que aprender mientras trabajbamos en el surco.

Pero antes de que llegara la hora de montar el autobs que me llevara a los campos lejanos, lleg el da. No aqul en el cual "El Seor que est en el Cielo" nos llamara a su reino, sino el ms temido, el da en que "El Seor que est en el Palacio de la Revolucin" firm nuestros permisos de salida para emprender el viaje sin retorno.

Abuela Segunda, con sus rizos blancos alisados y domesticados por un peine de conchas, redobl sus esfuerzos ante la Singer para reforzar nuestros abrigos con hombreras y amplias solapas cosidas a lo largo de los cuellos, para protegernos las narices de los vientos norteos, con su pequeo apndice nasal a escasa distancia del tableteo incesante de la aguja.

"Los vientos vendrn del Sur. El permiso de salida es para Jamaica", le dije.

Sin prestar la ms mnima atencin, Abuela Segunda me hizo una demostracin del uso de la solapa del abrigo, subindola de manera que quedase alrededor del cuello. "Nia, es mejor prepararse para cualquier eventualidad", dijo, utilizando una de tantas frases provenientes de las Selecciones del Reader's Digest. A pesar del embargo impuesto por los Estados Unidos, cada mes nos llegaba aquella revistita yanqui desde Chappaqua, Nueva York, cuyas historias de valenta animal o humana provocaban la risa o el llanto de Abuela Segunda.

Antes de que terminara aquel mismo mes, estbamos en fila, como detenidos a las puertas del ca-labozo, dentro de la encristalada sala de espera conocida como "la pecera" del Aeropuerto Jos Mart, en La Habana. Abuela Segunda se encorv para decirme, en tono confidencial, sealando con temor hacia el otro lado de aquel saln lleno de gente, donde una mujer delgada, vestida de miliciana, montaba guardia con un rifle ante la puerta que daba acceso a la pista: "La ves? Esa te va a sacar del avin en cuanto te vea una sola lgrima. Es capaz de volvernos a meter en este estercolero de pas, y nunca ms nos dejarn salir. Comprendes?".

Enseguida ca en cuenta que el truco surtira efecto, pues slo bastara un acceso de llanto para detener el destino, mi destino, obligando a que la aguja de su reloj volviese al punto cero. Si lloraba, me quedaba.

Abuela Primera, que nos haba llevado al aeropuerto en el Ford del 57 que le prestara un vecino, estaba pegada al otro lado del cristal como sapo al ventanal, con el rostro transformado en una mueca, y la boca abierta, conteniendo las lgrimas.

Yo me tragu las mas, y le dije adis. Enseguida la fila comenz a moverse.

Abuela Segunda estaba en lo cierto. El "pjaro de la libertad" no volaba hacia el sur, sino al nordeste, a Madrid. "Tu padre nos recibir en la Madre Patria. Nia, es una gran aventura", me dijo en cuanto el avin despeg. All abajo, la isla se fue transformando en una mancha verde que se disolvi finalmente en el intenso azul.

En el aeropuerto tomamos un taxi que nos llev por las calles de Madrid, hasta detenerse frente a una fuente llena de luces. Al otro lado de la calle estaba el hotel donde mi padre indic que nos alojramos, el Hostal Jamil. En veinticuatro horas estara con nosotros. Salimos del carro, en medio de una llovizna gris y glacial. Por la interseccin iluminada se abran paso hombres y mujeres protegidos por sombrillas, con prisa evidente, aunque eran ms de las doce de la noche. Abuela Segunda seal hacia la fuente, donde un viejo rey, tridente en mano y rodeado de sirenas semidesnudas, cabalgaba sobre un delfn. "Es Neptuno, el dios del mar, nia. Buen presagio", dijo, sonriendo como quien reconoce a un antiguo amigo. Luego, alz la solapa de su abrigo endeble. "Cbrete la nariz", aadi, con ademn triunfante.

A la maana siguiente, Abuela le hizo el mismo gesto triunfal al botones del Hostal Jamil. Vicente, que as se llamaba el hombre, haba subido las escaleras para llevarnos en bandeja de porcelana un cablegrama enviado por mi padre. Abuela lo ley en voz alta: llegara a Barajas a las 9:15. Vicente se qued impvido ante nosotros, como un guardia de palacio. Cuando Abuela advirti que no se iba, abri la gaveta de la mesa de noche, y sac cinco pesetas de su monedero. Vicente no dijo ni una palabra, cerr la mano en la que tena las monedas, e hizo mutis.

Decidimos ir a la sala de televisin. La gente que apareca en la pantalla del aparato era demasiado rosada, y sus dientes de una blancura excesiva. Tres huspedes-dos hombres y una mujer-estaban sentados en sendas sillas afelpadas color magenta, cercanas al receptor. Abuela y yo nos dejamos caer en el sof de piel, una fila detrs de ellos. Nadie se volvi. La mujer, a quien uno de los huspedes llamaba "Seorita Avilerca", daba cuenta de un desayuno tardo, untando mermelada amarilla en una rebanada del pastel que anunciaba el men de la habitacin como "madalena". Me qued mirando fijamente a la mujer, para la cual el acto de comer no estaba revestido de demasiado inters, en lo que a apetito respecta. En ese momento quise ser como ella, pero supe inmediatamente que jams lo lograra. Durante aos, Abuela Primera trat de obligarme a meter los codos hacia dentro, sosteniendo un libro bajo cada axila mientras coma. Ahora ya era demasiado tarde, y aquel pensamiento me entristeci.

Un hombre de uniforme blanco se llev la bandeja de la "Seorita". Abuela Segunda le pidi si poda traernos el desayuno a la sala de televisin. El hombre la mir ofen dido. "No soy camarero", le dijo, pero sali con la bandeja y los platos sucios de la mesita vecina.

Nos quedamos sentadas, con los ojos pegados a la pantalla. Despus de un minuto que me pareci eterno, Abuela Segunda se levant, tiesa e imperial. Yo la imit, y salimos de aquel saln para siempre, como Adn y Eva, desnudas y expulsadas del Paraso.

Mientras subamos las escaleras, Abuela Segunda dijo con voz temblorosa: "Deja que llegue tu padre".

En el rellano del tercer piso recuper el aliento y pro-sigui su monserga. "Tu padre es un hombre de xito. Un hombre importante, mi cocholeta", me asegur.

Yo tena una sola fotografa de mi padre, dentro de un escapulario que guardaba desde que l se fue de Cuba, cuando yo tena seis aos. Siempre lo llevaba conmigo, sujeto con alfileres a los bajos de mis faldas. Por un lado del escapulario plastificado estaba el Sagrado Corazn de Jess, rodeado por un collar de santera para conjurar el mal de ojo. Al reverso, estaba la fotografa en blanco y negro de un joven con calvicie incipiente, de pie junto a mi hermosa madre en la brillante y blanquecina playa de Varadero, aunque en la foto la arena supuestamente blanca arda en tonos de gris. Los dos con los ojos entornados para protegerse del viento y el resplandor. Las manos de mi padre, que sostenan un sombrero de pajilla, parecan plidas y pequeas, con dedos regordetes. Antes de salir de La Habana, Abuela Primera se las haba ingeniado para ocultar el escapulario en la parte interior de mi abrigo.

Abuela Segunda pidi el desayuno por telfono. Cuando lleg, nos sentamos en nuestra pulcra habitacin y comimos en silencio, ataviadas con nuestras mejores ropas, y los cabellos alisados con un poco de pomada que Abuela pudo sacar de Cuba en una latica redonda, ilustrada con el grabado de un hombre delgado y barbudo. A media tarde, estaba hambrienta y cansada de esperar. Abuela Segunda camin hacia la ventana, como para consultar con el dios marino de la fuente, el cual, tal vez por viejo, podra darle alguna pista y ponerse de su parte. "Es posible que el vuelo se haya retrasado. Vamos a llamar a la aerolnea. O mejor, a Santo Domingo", dijo, infundindose a s misma el valor necesario para bajar al vestbulo y preguntarle al carpetero cmo poda hacer una llamada de larga distancia.

Cuando me pidi que la acompaara le dije, bajo las sbanas, que no poda, porque tena la menstruacin y no me senta bien. Pero estaba mintiendo. Por mala. All me qued, bajo la clida penumbra de los cobertores, hasta que se cerr la puerta. Cuando saqu la cabeza para mirar, Abuela Segunda y su endeble abrigo haban desaparecido.

Me puse a pensar en en nuestro caso: mientras ms uno tena, como en el caso de la "Seorita Avilerca", ms se poda recibir. Y mientras menos se tena, menos se reciba. Abuela Primera tena otros nietos en Miami, hijos de la hermana de mi madre. Pero Abuela Segunda slo me tena a m. Sin embargo, yo la haba postergado como "segunda" en mis afectos, y dej que bajara sola al vestbulo del hostal, a arreglrselas por su cuenta y riesgo. Adems, mi padre, su nico hijo, no pareca tener demasiada prisa en venir a buscarnos, despus que cruzamos el ocano para estar con l.

Permanec bajo las sbanas, y me imagin mi vieja cama, lejos, en casa. All habra oscurecido ya, y los ruidos de mi calle -gritos de nios y vecinos, retumbar de trenes saliendo y entrando a la cercana terminal de la calle Corrales- estaran comenzando a penetrar por el balcn abierto. Y hasta me pareci escuchar el tronar del "Caonazo" estremeciendo las paredes de la Habana Vieja, como cada noche a las nueve, avisndonos para que pusiramos en hora los relojes.

Cuando despert, todo estaba oscuro. Las sbanas haban cado al suelo. Al otro lado de la ventana, el rostro del viejo rey marino, iluminado desde abajo, se haba tornado fantasmagrico. El reloj de la mesa de noche indicaba que eran ms de las siete y media. Y Abuela Segunda no apareca. Me ech agua en la cara, y sal al elegante vestbulo, ataviada con mis mejores y arrugadas ropas.

El sitio bulla con el ir y venir de viajeros con valijas etiquetadas, hombres de saco y corbata, mujeres con suteres de cuello de tortuga, faldas de telas a cuadros y botas de tacn alto que brillaban bajo el crculo de luz de la enorme lmpara del saln. En el bar, al otro lado del vestbulo, dos hombres beban sus tragos respectivos, sentados bajo la montona iluminacin de un anuncio de nen de Cerveza San Miguel, colocado detrs del cantinero. En la sala contigua, el televisor estaba apagado. Y ni rastro de Abuela Segunda. Mi corazn se estremeca de temor cada vez que se abra la puerta principal, los huspedes salan hacia la ciudad iluminada, y el olor del viento nocturno inundaba el vestbulo. Me imagin sus pasos sosegados y seguros recorriendo las avenidas. Vicente, el botones, se me qued mirando. Pero le pas por el lado, con la mirada fija en el exterior, como si, ms all del trfico bullicioso, tuviese un lugar adonde ir.

El estanquillo de la esquina estaba plagado de revistas indecentes y vidrieras con caramelos y botellas de Fanta, hmedas y fras. Me apeteci de repente un Fanta. Abuela me haba dejado unas cuantas monedas, pero no me atrev a contarlas en plena calle, pues ya me haba advertido de la amenazadora presencia de los delincuentes en los pases "libres". "Como son libres, ves?, tambin tienen libertad para robar -me explicaba- hasta que la ley los agarre. Y en la Madre Patria, nia, Don Francisco Franco es la ley".

Pero ya Franco haba dejado de ser "la ley". La noche en que llegamos, estaban diciendo en la televisin que "el Generalsimo Franco" estaba "en capilla ardiente". Al or aquello, Abuela se persign. Un periodista dijo que ya se respiraban aires de libertad, mientras que otro habl del advenimiento de "la delincuencia y el desorden". Una multitud cruzaba la interseccin dirigindose hacia donde yo estaba, como si viajara a bordo de una embarcacin con la proa hacia la otra orilla, desde la cual, otro barco zarpaba tambin, bajo la sbita luz verde. Los hombres y mujeres que pasaban a mi lado tenan un aire sombro, y me pareci como si estuvieran listos a saltar sobre cualquier cosa que se les pusiera por delante. Un hombre se detuvo, me mir, y sigui su camino. Luego, tres chicos de mi edad se acercaron al estanquillo, y uno de ellos dijo: "Mirad, qu chica!". Los otros dos me miraron. Me volv y regres al Hostal sin el codiciado Fanta.

Detrs del mostrador de mrmol, el carpetero hablaba con un husped. Me encamin en su direccin, decidida a preguntarle por Abuela Segunda.

Entonces fue que vi al hombre de manos plidas de la foto, pero que ahora era totalmente calvo. El hombre a quien am durante tantos aos sin apenas darme cuenta. Hablaba con el carpetero, quien le sonrea, complacido. Sin dudas, se trataba de un hombre importante.

A su lado, una rubia se apoyaba sobre el mostrador, de manera que los codos de ambos se tocaban. La mujer llevaba una gruesa cadena de oro que le llegaba al centro de sus senos abundantes. Ella y el hombre eran bastante altos y entrados en carnes. Lo mir insistentemente. Al verme, el carpetero me pregunt: "Se te ofrece algo?".

Sent los latidos de mi corazn dentro de mis odos, con tal intensidad, que pens que el carpetero llegara a escucharlos.

"Soy yo", dije.

El hombre se volvi hacia m. Sus ojos eran pequeos y oscuros, sin lentes, pero aquella cara me resultaba conocida. La rubia comenz a mirarme con atencin. Sus ojos plidos estaban delineados por algo que me pareci tinta negra, con trazos dibujados por manos expertas, lo cual haca que su rostro fuese llamativo, pero tambin efmero, como si se pudiera borrar tan fcilmente como las lneas que lo resaltaban.

El hombre puso su estilogrfica sobre el mostrador. Esperaba el momento de abrazarlo. El hombre le dijo algo a la rubia, y los tres nos dirigimos a un pequeo sof, colocado bajo el cuadro de un toro con una luna roja. "Viste a Abuela? Est contigo? Sali a buscarte", le dije.

La mirada del hombre recorri el concurrido vestbulo. La mujer volvi a mirarme con curiosidad. Sbitamente, se me ocurri que el hombre bien poda haberme abrazado.

No pareca cubano al hablar, aparentemente a causa de tantos viviendo en el extranjero. El hombre le hablaba de un automvil a la mujer, pero deca "coche", no "carro"**. Extendi su mano y toc la ma. Sus dedos eran largos y escurridizos. Mis dedos se entumecieron con el contacto, y aquella frialdad se extendi por mi columna vertebral y la parte posterior de mi cuello. Entonces me di cuenta de que jams lo haba visto.

"Seorita", me dijo en un espaol ceceante.

Me solt de un tirn. Cuando sal por la puerta, el fro metlico me golpe el rostro, los ojos y las fosas nasales. Me volv a mirar al desconocido a travs de los enormes ventanales, y vi cmo el botones se precipitaba hacia la puerta que se cerraba.

Ya en la calle, me sub la solapa del abrigo como Abuela me haba enseado, y camin con la cabeza gacha por unas cuadras, hasta que la llovizna se hizo menos intensa, y pude levantar la vista hacia aquellos edificios plenos de una historia que no conoca, y los speros nombres de calles y plazas, a fin de memorizarlos y saber por dnde deba regresar. El aliento se me congelaba en nubecillas a causa del fro. Al final de la calle, un hombre abrazaba a una mujer en plena acera, bajo un toldo chorreante, deslizando sus manos en los bolsillos traseros de ella, que miraba hacia arriba con un ligero alargamiento de su cuello, similar al de una tortuga; perpleja, absorta, con el rostro muy cercano al del que as la cortejaba. Un motociclista con capa amarilla les pas por el lado a toda velocidad, empapndoles las piernas. La pareja mir hacia abajo, sorprendida. Lo que estaba ocurriendo entre ambos se interrumpi abruptamente, y se encaminaron hacia un caf iluminado a su espalda, donde un grupo de jvenes fumaba, y una msica incesante emerga y desapareca con cada apertura y cierre de la puerta.

Cerr los ojos para no ver el viento, la lluvia y las luces cambiantes de aquella ciudad que no era la ma. Cont uno, dos, tres, y segu caminando y contando a ciegas por la acera. Abr los ojos cuando llegu a ocho, por el grito de una persona. Un hombre con un delantal y las manos extendidas hacia delante, regaaba a un chico que llevaba a un perro atado a un arreo. Ambos estaban ante una pirmide de manzanas. Y fue entonces que lo v plenamente: el mundo en el que vivira, en esta u otra ciudad, con o sin Abuela, con o sin mi padre.

En el camino de regreso al Hostal Jamil, entr a un pequeo caf para mitigar un poco el fro. All, varios jvenes con chaquetas negras y pantalones vaqueros hablaban y beban, mientras los iluminados extremos de sus cigarrillos se movan inquietos bajo la sosegada luz de la Atlntida. Saqu las pesetas del bolsillo del abrigo, y compr un Fanta.

La pareja vecina encendi sus respectivos cigarrillos, y pidi vino. La chica tena un cerquillo negro, y pareca mayor que el chico, quien llevaba una gorra sobre el cabello enmaraado. Beb el Fanta y me qued mirando a la muchacha, quien levantaba la cabeza para soltar el humo. Volv rpidamente la cabeza, pero la chica, que ya me haba visto, luego de un momento de vacilacin, me ofreci un cigarrillo. Pens que, con quince aos, ya era lo suficientemente mayor para poder fumar. El chico trat de encendrmelo, pero, como yo no saba qu hacer, fue intil. La muchacha sonri, y me dijo que aspirara. Luego, me pregunt de dnde era.

Al or mi respuesta, el chico no ocult su entusiasmo. "Nos encantara visitar tu hermoso pas. Un lugar de libertad. No como esta pocilga", dijo.

Ambos olan al vino que estaban bebiendo.

"Las cosas marcharn mejor ahora que el viejo asesino pedorro se ha muerto", dijo el muchacho, hundiendo la colilla en el cenicero. "El asesino hijo deputa estir la pata la semana pasada. Desde entonces estamos celebrndolo", explic, levantando su copa hacia m.

Termin el Fanta y trat de aspirar el humo. Luego beb el vino que me ofrecieron, tres copas mezcladas con agua gaseosa que me hicieron entrar en calor. Me cay bien la chica. Su cerquillo brillaba, y sus largas y negras pestaas se encrespaban en la misma direccin por la que se escapaba el humo encima de su cabeza. Y despus de las tres copas de vino, tambin me comenz a agradar el chico, algo que a la muchacha no pareci importarle mucho.

Cuando ces la lluvia salimos del caf, y recorrimos las transitadas avenidas hacia el Hostal Jamil. Ante nosotros se erguan amenazadores los edificios residenciales y de oficinas, algunos de los cuales estaban iluminados an, brillantes como tartas de cumpleaos. El cielo se llen de nubes bajas y pesadas. Al ver el viejo rey de la fuente con su tridente, y la marmrea opulencia del vestbulo del hostal, el muchacho frunci el ceo. "Qu clase de lugar es ste?", pregunt. A su espalda, un chorro de agua se elev por encima de la cabeza del monarca marino, para caer posteriormente, a travs de una malla de luz, en el estanque que brillaba bajo sus pies ptreos.

"Aqu debamos encontrarnos con mi padre. Pero se nos acab el dinero. Tenemos que mudarnos a otra parte", le dije.

Vicente, el botones, montaba guardia erguido, tieso como una vela en el vestbulo desierto, mirando por las ventanas hmedas de lluvia. Al otro lado, la modesta luz encima de la puerta del ascensor brillaba tenuemente, como una estrella lejana.

"Conozco una pension barata donde podeis quedarse", dijo la chica, y mencion el nombre de una calle, algo como "Minestra" o "Maestra".

Me volv hacia ella. "Mi abuela sali por la tarde a buscar a mi padre, que vena de la Repblica Dominicana en algn vuelo, para encontrarse con nosotros ac. No s adnde fue. No he podido hallar a ninguno", les expliqu.

El muchacho desvi la mirada, y lanz la cerilla chamuscada a la acera hmeda. La chica se volvi hacia l, severa, y lade la cabeza con impaciencia.

"Bueno. Veamos qu ha pasado", dijo el chico, entrecerrando los ojos detrs del humo de su cigarrillo.

Entr con l al vestbulo vaco. A medio camino hacia el ascensor el carpetero nos detuvo. Su cabello negro estaba dividido en dos mitades brillantes y exactas, como trazadas con tiza. "Adnde vis?", pregunt.

El chico sigui su camino, ignorndolo. Y yo detrs de l.

"La habitacin que ocupbais est vacante", dijo el empleado.

Par en seco. "Dnde est mi abuela? Dnde estn nuestras cosas?".

"Esta no es una casa de beneficencia. Habis pagado dos noches, y no habis renovado el plazo de estancia".

El muchacho camin hacia nosotros. "Ser mejor que le diga dnde estn sus cosas, seor, o le llamo a la guardia civil".

"No me diga!", dijo el carpetero, sonriendo. Camin en direccin a la carpeta y agarr el telfono. "Soy yo quien los ha de reportar a la guardia civil, seor hippie borrachn, por entrar ac sin autorizacin, y todos pasarn la noche en la crcel. Mirad qu bien les va a sentar", dijo, mirndonos alternativamente a m, al chico y a la chica, que se abrazaba a s misma al otro lado de la puerta. Luego, le hizo una seal al botones.

Vicente nos escolt fuera del hostal. "Trat de decrselo, pero usted ha salido a la calle con la nariz en el aire y sin mirar a nadie. Vino gente de la Cruz Roja. Vaya maana al edificio de la calle Sol", explic en tono de reproche.

"Pero dnde est mi abuela? Qu le ha pasado?", le pregunt.

"En la Cruz Roja saben donde est", respondi Vicente.

"Vmonos all ahora mismo", le dije al chico. "Es muy tarde. No les abrirn la puerta", asegur Vicente, en tono ms sosegado. "Los va a agarrar la guardia. Su abuela est bien. La Cruz Roja la llev a un sitio donde pasar la noche", insisti.

"Mi abuela no me hubiese abandonado", respond.

"Est con la Cruz Roja. Vayanse all en la maana", aconsej Vicente.

"Gracias hombre", le dijo el chico a Vicente, a manera de agradecimiento, para abrir luego la puerta del hostal y gritarle al carpetero: "Oye, t, mal nacido, lete los diarios! Hace mucho que pas el treinta y seis, saco de mierda!".

Al orlo, me invadi una intensa sensacin de amor hacia el chico, a pesar de que estaba borracho. El carpetero ni se dio por enterado.

Luego Abuela Segunda me cont lo ocurrido aquella tarde. Despus de llamar por telfono a mi padre y a la aerolnea, con el cuello bien abrigado por la solapa protectora, sali al estanquillo de la esquina, donde, a cambio de un puado de pesetas, el empleado le dio algunas monedas y una botella de agua efervescente, cuyo contenido la hizo sentir como si estuviera tragando vidrios rotos. Comenz a sudar copiosamente, a pesar del viento fro.

Junto al estanquillo, una mendiga peda limosna, con la mano extendida. Abuela le dio una de las monedas, pensando que en breve podra estar haciendo lo mismo, mendigando su sustento en alguna calle del mundo, por lo que el gesto le pareci una buena manera de iniciar el ciclo a su favor.

"Y cuando una piensa que todo est perdido, se aparece tu ngel de la Guardia", me dijo cuando la encontr finalmente, recluida en el Hospital del Nio Jess, administrado por los monjes capuchinos, cercano al edificio de la Cruz Roja. Yaca sobre la cama, con una delgada sbana doblada en dos sobre las piernas. Su piel haba perdido el brillo, y la nariz puntiaguda pareca desplomarse sobre el rostro cansado. Llevaba la blanca cabellera recogida en un impecable moo sobre la cabeza.

Mientras emprenda el camino de vuelta, escuch cmo Vicente, ante la puerta principal del hostal, le daba orientaciones a una pareja de turistas para que pudieran llegar a su destino. "Sigan hasta que pasen frente al edificio de la Cruz Roja", deca el botones.

Vicente haba sealado hacia donde se pona el sol, tras la silueta de los altos edificios de oficinas. Abuela le dej un mensaje para m, y luego sigui su camino, para ver lo que la Cruz Roja poda hacer por nosotros antes de arrastrarse conmigo y nuestro equipaje por las hmedas calles, en pos del cielo naranja del crepsculo.

Pero a medio camino volvi a sentir cmo se le cerraba la garganta, y se detuvo, apoyndose contra las columnas de un portal. "Se siente bien?", le pregunt alguien. Abuela hizo un gesto afirmativo, y sigui trastabillando unas cuadras ms hasta llegar a la Cruz Roja.

A la entrada del edificio haba una persona sentada ante un escritorio, leyendo el peridico. Esa fue la ltima imagen que Abuela vio antes de perder el conocimiento. Cuando finalmente la encontr, estaba ingresada en el hospital, en una cama junto a una ventana flanqueada por cortinas verdes. Su brazo derecho colgaba de un cabestrillo azul sobre el pecho y el vientre.

"Tu padre no pudo venir", me dijo, con voz enronquecida y diferente. Ms all de la ventana, junto a una terraza con algunos bancos, un sol gris reflejaba en el suelo las sombras de las hojas y las ramas de los rboles vecinos. Haba pacientes en sillas de ruedas. Algunos de ellos tenan visitantes, sentados frente a ellos en los bancos. Tambin algunas monjas con guardapolvos, paradas detrs de los pacientes, bajo la luz tamizada por la hojarasca.

"No pudo o no quiso".

"Es igual, no?".

"Eso fue lo que te dijo por telfono. Que no viene a buscarnos".

Abuela se encogi de hombros y dijo: "Olvdate de l".

Me sent en la silla metlica que haba al lado de la cama, incapaz de contener el llanto. "Esto un gran error. Tenemos que regresar. En Cuba les explicaremos. Cometimos un gran error, eso es todo", dije entre sollozos.

Abuela levant una mano, y luego se sent en la cama. "Las cosas cambian, cocholeta. Y luego vuelven a cambiar", respondi.

"Te vas a morir?".

"Pregntale a las monjas. Di un tropezn, pero estoy bien".

Sin embargo, la historia que me contaban las monjas cambi durante las dos semanas que siguieron. Primero, Abuela tena una fractura menor en el hueso que le llaman radio, y un virus en la garganta. Despus, le apareci una mancha en el esfago, un punto blanco como una mariposa diminuta en la radiografa. Y a la semana siguiente hubo que operarla, pero el cirujano se limit a abrir y cerrar. Nada que hacer, aparte de darle caldo de pollo con una cucharilla.

Yo coma en la cocina de la Cruz Roja, y lavaba platos y organizaba abrigos, guantes y botas de invierno que la gente donaba. Abuela Primera llam desde La Habana a mi ta de Miami, la hermana de mi madre, quien, a los pocos das, vino y nos alquil un apartamento. Todos los das visitbamos a Abuela Segunda. Hasta el final.

Pero la noche que me perd en Madrid, sin noticias de Abuela, me qued con Maricarmen, la chica del bar, y con el muchacho, en el oscuro piso donde vivan. Como no tenan cama, Maricarmen y yo dormimos en el suelo, sobre un colchn manchado que ella cubra con una sbana floreada. El chico se acost en el sof de la pequea sala de estar. Cuando arreci el fro, se acost con nosotras, deslizndose entre las dos. Yo me qued escuchando, con los ojos cerrados. El chico bes a Maricarmen, y todo qued en calma. Volvi a besarla, pero Maricarmen le susurr: "Ests loco, t, bestia?". El chico gru una slaba de resignacin, y volvi el silencio. Al cabo de un rato, se volvi hacia m, hundiendo su rostro en mi cuello y tocndome, hablando en sueos. Cuando me toc los senos, me sent sucia y sola, pero tambin presa de un amor repentino y un deseo de hacer algo por l. Cuando trat de besarme, su boca hmeda saba a vinagre. Maricarmen lo empuj, y le pidi que me dejara tranquila y volviera al sof. El chico se levant, murmurando algo incomprensible, y a poco le escuchamos roncar. "Perdona. Est borracho. En la maana estar mejor", lo justific Maricarmen.

Segu esperando en la oscuridad, sintiendo el aire que pasaba por mi garganta tan glido y claro como el de la montaa. Empec a temblar. De fro. De un terror nuevo. De ansiedad. Mis glbulos rojos tambin comenzaron a estremecerse en sus tutanos cual lucirnagas atrapadas dentro de un frasco, como la ltima noche en La Habana, en casa de Abuela Primera, cuando Abuela Segunda y yo nos acostamos en mi cama de la niez, con los cuerpos tan unidos que ambas respirbamos el mismo aire, la vspera de nuestra salida. Finalmente nos quedamos dormidas, como logr hacerlo finalmente en el colchn de Maricarmen, con la promesa de Abuela Segunda resonando an en mis odos: "Maana, mi cocholeta. Maana, cuando nos levantemos, seremos libres".


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