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En su boca

Relato finalista del II Premio Paralelo Sur de Narrativa

Nuria Sierra

L

a primera vez que compartí mi saliva fue una tarde de verano, el último que mis padres pasaron juntos antes del divorcio. Tenía diez años y los días de agosto empezaban a parecerse a un perro dando vueltas infinitas persiguiendo su rabo.

Llevaba una semana lloviendo sobre las caravanas y las tiendas de campaña del camping. Soplaba un viento cansado de poniente que arremolinaba la arena de la playa y se clavaba en la piel como diminutos alfileres. Los mellizos, mi hermano pequeño y yo pasamos la mañana refugiados en la caseta de la piscina. Viendo caer el agua negra de tormenta sobre el borde sucio del trampolín y las duchas. Cuatro niños aburridos con los chubasqueros por encima de los bañadores.

Jugamos a adivinar títulos de películas con gestos y dibujamos un circuito de carreras para las chapas. Hacia el mediodía desmontamos la rueda de mi bicicleta y metimos la cámara en un cubo de plástico para averiguar dónde estaba el pinchazo.

Con las cabezas muy juntas sobre el trozo de caucho burbujeante.

Y de golpe, el aire se llenó de olor a vainilla. Levanté la vista y allí estaba ella, la chica a la que llamábamos la princesa india porque tenía el pelo negro, muy liso, recogido todo el verano en pequeñas trenzas. Siempre iba descalza cuando bajaba el acantilado de la playa y tenía miles de pantalones cortos estampados y con flecos. Estaba pintándose las uñas de los pies en el porche de una de las cabañas prefabricadas.

Y yo inmóvil, empapándome.

Durante la comida mi madre no tocó el plato, sólo miraba el desagüe del techo de la caravana que vertía la lluvia en un barreño mohoso. Me secó la cabeza con una toalla deshilachada y me puso un jersey de lana de mi padre con las mangas colgando hasta las rodillas y unos calcetines bajo las chanclas de goma.

Mi madre nos prohibió salir de la caravana, pero mi hermano y yo escapamos mientras planchaba hipnotizada por las interferencias de la televisión. El silbido del vapor tan leve como el aroma a vainilla. La botella de agua con la que salpicaba las camisas. Y mi padre que seguía recostado en el insignificante retrete bebiendo cerveza, con el saxo colgado del cuello y soplando de vez en cuando por la boquilla. La prótesis de su pierna derecha estaba tirada en el suelo con los cordones de la bota desatados.

El agua apuñalaba con furia el nylon de las tiendas de campaña. Los mellizos nos esperaban en los soportales de los baños comunes detrás de una columna de hormigón. Comimos caramelos efervescentes y chicles de melón rellenos de gelatina verde, pasando las páginas de un álbum de coches deportivos. Tumbados en el suelo de cemento, en silencio hasta que la tarde gris se puso morada y los murciélagos empezaron a volar sobre el césped y a colarse en la depuradora de la piscina.

Y de pronto, el viento me llegó hinchado de vainilla y las farolas se encendieron justo cuando ella apareció en la puerta de la cabaña. El que suponíamos su padre, un viejo calvo de ojos hundidos que nada más salía para echar zanahorias a dos perros mendigos del camping, estaba asomado a la ventana, mirándola. La princesa india llevaba una blusa elástica sin tirantes que dejaba ver las cintas de su bikini anudadas al cuello y unas sandalias de tacón. Pensé en la edad que tendría, quizá unos dieciséis. Diez y dieciséis. Esto significaba que cuando ella tenía seis yo no existía.

Pegó un portazo, bajó corriendo la escalera de la cabaña y abrió un paraguas de cuadros del tamaño de una sombrilla. En equilibrio sobre sus tacones atravesó el barrizal y llegó hasta los soportales donde estábamos.

- ¿Tenéis un chicle?, casi nos gritó.

Ninguno de los cuatro supo qué contestar. Yo sólo tenía ojos para las uñas verdes de sus pies.

- Que si tienes un chicle,

repitió y esta vez se dirigió a mí que mascaba embobado. Subí la mirada hasta sus hombros desnudos. Le dije que sólo tenía el chicle de la boca.

- Pero me lo acabo de meter y aún sabe a melón.

No sé por qué añadí esto. Pero mi hermano me miró asustado como si estuviera robando en una comisaría y echó a correr. Los mellizos se reían, golpeándose la frente con los puños cerrados.

Entonces la princesa india extendió la palma de la mano y dijo:

- Dámelo, no me importa que esté chupado.

Se dio la vuelta, abrió el paraguas y se marchó bajo la lluvia. En equilibrio sobre sus sandalias.

Era ya de noche cuando dejó de llover y salimos de los soportales a correr por los aparcamientos, espantando a los gatos que dormían en los bajos de los coches. Empecé a sentir frío y dejé a los mellizos machacando con un palo el cuerpo peludo de un murciélago.

Mi padre estaba sentado a la puerta de la caravana fumándose un cigarrillo. Tenía la cabeza echada hacia atrás, con la nuca apoyada en el respaldo de la silla y lanzaba pequeños círculos de humo blanco por la boca. Le dije hola pero no me contestó. No tenía ganas de cenar, me sabía la boca a melón, así que me senté junto a él en el suelo mojado y miré hacia donde él miraba.

El viento había arrastrado las nubes de vainilla y el cielo estaba cuajado de puntos de luz. Y de repente, como si volviera de un viaje lejano, mi padre se apretó las correas de su pierna muerta y se fue cojeando con las manos en los bolsillos hacia el bar del camping.


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