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Bulbos

Relato ganador del II Premio Paralelo Sur de Narrativa

Aránzazu de Isusi

M

i coche es sensible a las lágrimas y al paso de las estaciones. Esto último lo supe en septiembre cuando, detrás del asiento conductor, aprecié una pequeña seta. Día a día, tomaba mayor tamaño y pronto se reprodujo dando lugar a una simpática colonia que llegó a cubrir gran parte de la alfombrilla. Todo el mundo sabe, y yo también lo sabía, que la humedad propicia el desarrollo de los hongos y fue por eso por lo que me pregunté si mi manía de llorar cada mañana abrazada al volante, antes de poner el coche en marcha, era una de las causas del vertiginoso ritmo de crecimiento de la colonia. Por saber si las lágrimas eran un buen abono y, en general, por saber algo más de las setas, me compré un libro titulado "Delicias del micólogo"; y descubrí que, en mi coche, había nacido una variedad de níscalo de cuyas heridas mana un líquido rojo similar a la sangre. Desgraciadamente, este punto me dejó muy inquieta porque, ya desde niña, me desmayaba al ver una gota de sangre. Empecé a pensar que si, pongamos por caso, me daba la vuelta para coger el bolso podía ser que en una mirada fugaz uno de los níscalos mostrara una herida sangrante y yo cayera mareada sobre la caja de cambios con alto riesgo de colisión e incluso de empalamiento si mi postura era propicia. De manera que, muy a mi pesar, tuve que decir al jardinero que cortara los níscalos y, una vez que el líquido se volvió azul verdoso con el contacto del aire, los preparé con pollos picantotes. (Para ello seguí la receta del Anexo de "Delicias de los micólogos", que gustó mucho a mis amigos.)

 

Con un final tan feliz seguí utilizando sin percances mi coche: lloré a diario, lo llené de regalos de Navidad, le quité el hielo del parabrisas y esperé a que llegara la primavera como esperamos todos.

Pero nada más empezar marzo, un bulbo extraviado floreció en la alfombrilla del asiento de delante. Se trataba de unas flores de un blanco impoluto, estrelladas, que daban a mi coche un aire inmaculado, casi nupcial, de esos que agradan a las viudas y a los taxistas. Y yo, contenta con mi bulbo, compré el libro "Delicias de los bulbólogos". En un primer vistazo concluí que se trataba de un tipo de ajo llamado "Lágrimas de la Magdalena". El nombre, desde luego, me gustó. Era seguro que su crecimiento tenía que ver con mi manía de llorar abrazada al volante, aun cuando no me llamara Magdalena.

En todo caso, debía protegerlo y empecé a exigir que mis acompañantes lo respetaran. Al principio me fue fácil porque todo acompañante es consciente que está invadiendo el espacio de otro y, por eso, se pliega generalmente a sus gustos musicales, a la intensidad del aire acondicionado y a su grado de respeto a la floración espontánea. Y digo que al principio fue fácil porque tan solo requería que el acompañante mantuviera las piernas abiertas durante el trayecto. Luego, con el crecimiento del bulbo, debían adoptar extrañas posturas de contorsionista que, en alguna ocasión, me echaban en cara. Pero sólo en alguna ocasión porque, con el roce de los pétalos, todo se impregnaba de un olor a ajo que les solía transportar a las cenas navideñas hasta el punto de que acabaron por traerse la zambomba y la pandereta para cantar cuando el trayecto lo permitía. A pesar de todas las veces que habían despotricado de la Navidad, lo cierto es que iban cogiéndole gusto a eso de oler a besugo al horno y a cantar villancicos. Incluso yo, no muy dada a celebrar esas fiestas, empecé a llevar una ramita de muérdago para que mis acompañantes me besaran al entrar al coche. Y es que la Navidad es distinta en primavera.

La vuelta del trabajo la hacía acompañada por el contable, el de presupuestos y la recepcionista. El contable, más ágil, ocupaba el asiento delantero y cada vez que dejábamos a uno en su casa, nos despedíamos emocionados deseándonos feliz Navidad en distintos idiomas .Lo hacíamos así, siguiendo las indicaciones de una felicitación que trajo el de presupuestos. Si un día nuestra despedida decía Boun Natale, al día siguiente gritábamos a coro un emocionado Merry Christmas, un simple Zorionak e incluso un Shana Tova hebreo. Todo esto con mucha naturalidad.

Pronto decidimos celebrar el Día de los Inocentes los martes por la tarde. Ese día se admitían bombas fétidas y cagadas de pega.

Como el fin de semana nos reuníamos los cuatro a tomar las uvas, me compré un par de vestidos escotados y largos. Subíamos al coche con matasuegras y varios tuppers de uvas peladas y, después de las doce, nos abrazábamos con cariño para felicitarnos mutuamente el nuevo año.

Poco a poco dejé de llorar abrazada al volante porque me bastaban los besos bajo el muérdago del contable contorsionista y los abrazos de fin de año de los sábados. Y no sé si fue que dejé de llorar pero el caso es que un martes de junio u na lluvia de pétalos blancos cayó sobre mis alfombrillas. Entonces subida en mi coche contemplando la nieve, temí que mis amigos no volvieran a traer las zambombas y que no volvieran a desearme feliz año los fines de semana. Sobre todo temí perder los besos del contorsionista y esto me entristeció tanto que me abracé al volante para llorar con desconsuelo. Me había agarrado ya con los dos brazos cuando percibí un fuerte olor a resina balsámica. Esta vez no tenía que comprar el libro "Delicias de los coniferólogos" porque estaba claro que lo que había brotado bajo mis pies era un abeto, un pequeño abeto de Navidad.


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