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¿Doctor Lüber?

Cuento incluido en Manual para cazar plumferos (Matalamanga, 2005).

Leonardo Aguirre

E

l celular timbró tantas veces que terminó por introducirse en la escena cumbre. Una variante sofisticada de la clásica pesadilla de su infancia: esta vez no estaba desnudo en el patio del colegio sino en el escenario circular de un lumpenesco night club. Pero la endomingada concurrencia parecía más propia de un templo evangélico: ancianos iracundos lo ametrallaban con monedas y escupitajos. Detrás del púlpito, F. llevaba un libro abierto entre las manos e intentaba declamar las cantidades -números en vez de letras- que se iban diluyendo con cada gota de flema. Las cifras iban acompañadas de fotos pornográficas. Una niña, también desnuda y completamente lampiña, se acercó al escenario cargando a duras penas un inmenso teléfono rojo del tamaño de un televisor: el único objeto de color en una atmósfera casi gótica de sombras densas. Todavía sonámbulo, a ciegas, estiró la mano y alcanzó a presionar el botón verde del celular. La voz aguda del Pingüino lo despertó del todo.

Mientras hablaba, F. descubrió que, como todas las mañanas, necesitaba el auxilio del Ventolín para respirar cómodamente. Cada frase se extinguía con un silbido de bronquios que más parecía un maullido. Usaba el inhalador desde los diez años, casi como un amuleto: no podía salir a la calle sin ese pequeño artefacto.

-Oye, Pingüino, eso sí es ilegal.

-¿Eso sí? Todo lo que hacemos es ilegal, compadrito.

-No sé... esto es mucho más complicado...

-Si tú has escrito sobre alienígenas gays tirando en la Luna.

-No, no me refiero a eso... o sea, no bastará con poner un aviso en el periódico...

-Claro que no: ahora tenemos que ir personalmente a buscar a nuestras estrellitas. aunque se hagan las estrechitas.

-¿Buscar? ¿No querrás decir amenazar, pepear, secuestrar? Yo tengo mis escrúpulos, qué te crees.

-Vamos a ver si todavía te quedan escrúpulos cuando escuches lo que el Gringo está dispuesto a pagar esta vez.

-O sea que yo soy una puta.

-Puto es el hombre que de putas fía: ¿no ha leído Ud. a Quevedo, señor Guionista?

-Eso te lo dije yo. Tú ni siquiera sabes quién es Quevedo... Además, yo no mezclo el placer con el negocio.

-Putos somos todos en este negocio, cuñadito...

F. colgó sin dar una respuesta definitiva. Dejó el celular en la mesa de noche. Observó el escritorio inundado de libros y el estante vacío junto al ropero. Cogió el más próximo, el que estuvo leyendo la noche anterior. Muchas veces había comenzado a leer esa novela pero nunca llegó a pasar del capítulo uno; según un amigo de la universidad, había que ser muy conchudo para escribir literatura erótica sin considerar ese clásico antecedente. ¿Quién lo dijo? ¿El Gordo Suárez? ¿Cuántos años habrán pasado? ¿Cuatro, cinco?

El marcador era una foto postal de una mujer desnuda en plano entero. Estaba claro que la foto no la había tomado el Pingüino: el rostro no lucía muy bien enfocado y el encuadre cercenaba un pie, una mano y parte de la cabeza. Sus datos estaban garrapateados sobre el reverso. Confesó tener dieciocho pero aparentaba dieciséis. Sin embargo, el Pingüino no estaba hablando de eso. ¿Catorce, trece, doce?

Igual que la literatura y la colección de pornos, la fotografía ocupaba gran parte de su tiempo libre. F. solía tranquilizar su conciencia pensando que ahora, después de todo, había encontrado el único trabajo que combinaba esas tres aficiones. Se trataba de fotonovelas eróticas con textos en inglés y modelos peruanas: cuanto más autóctonas, mejor. El Pingüino se encargaba de la parte gráfica y F. redactaba los parlamentos encerrados en un globo al estilo cómic.

Jamás hubiera previsto los réditos considerables de un negocio tan inusual. Al principio, aceptó trabajar con el Pingüino casi como jugando o, más bien, por hacerle el favor a un viejo amigo mientras consumía sus mañanas repartiendo currículums como volantes. Una vez que se contactaron con el Gringo, el proyecto delirante se convirtió en un negocio redondo.

Caminó hasta el escritorio en busca del catálogo. Abrió el cajón y tropezó con la pequeña caja fuerte de latón. Cumplió con el rito matinal de contar los billetes. ¿Diez, once, doce mil verdes? No era una cantidad astronómica pero, si se lo propusiera, bastaría para vivir por lo menos durante un año sin trabajar. De hecho, se lo propuso muchas veces. Y se lo propuso desde el principio, desde que el Gringo le envió el primer cheque: acumular lo suficiente para terminar su carrera y dedicarse a la literatura en serio (aunque no a la literatura "seria"). F. pensó que todas sus modelos soñaban con algo parecido. Todas juraban abandonar la pornografía tan pronto como resolvieran sus apuros materiales.

Echó llave a la cajita fuerte. Conjeturó que el catálogo se hallaba en la oficina.

Tuvo que encender los fluorescentes verdosos para no tropezar con el desorden del último casting: pantallas, colchonetas, sillas, tambores de luz, cientos de cables enmarañados. Encontró el catálogo abierto sobre el alfombrado.

Salió a la calle en shorts. El Ventolín engordaba el bolsillo del polo con cuello de camisa. El tono gris de la prenda quemaba su espalda. Siempre usaba colores oscuros para resaltar la palidez del rostro y del cráneo rapado. Llevaba poco tiempo en Chiclayo pero ya sus vecinos -según chismes del periodiquero- le habían puesto un apodo: el Alemán.

Cruzó la plaza por el sendero de adoquines que supuso calientes, a punto de reventar. Una niña descalza lo confundió con un turista y lo persiguió hasta el restaurante para venderle un caramelo. ¿Trece, catorce, quince años? A esa edad, recordó F., solía pasarse los fines de semana colgado de la ventana y codiciando, con binoculares de juguete, a la colegiala del frente que se masturbaba con los videos de Ricky Martin. El asma y una madre soltera hicieron de él un niño retraído. Cada vez que llegaba del colegio se encerraba en la biblioteca de su tío para hojear las enciclopedias y dedicar versitos inocentes a su traviesa vecinita.

Ya en la universidad, durante los primeros ciclos, su relación con las mujeres se limitó al recojo de fofas prostitutas de la Colmena para fotografiarlas primero y someterlas después en el asiento trasero de su viejo Passat. Y su relación con la literatura derivó en la conversión de dichas experiencias en relatos lúbricos cuyo escaso vuelo estilístico disimulaba con la rotundidad de las fotos. Sus compinches festejaban desmedidamente cada uno de sus esfuerzos literarios. O quizá -lo pensó muchas veces- sólo festejaban las fotos. Él y tres amigos más compartían el ejercicio juguetón de la escritura, una colección abundante de revistas pornográficas y la dependencia del inhalador.

Cuando cursaba el último ciclo de Estudios Generales, llegó la ruina familiar. No le quedó más remedio que rematar el Passat, interrumpir la carrera y buscar trabajo. Y aceptar, entretanto, un negocio todavía incierto con el mafioso del Pingüino.

Se instaló junto a las mamparas con el fin de espiar a los transeúntes. F. era el único cliente: muy tarde para el desayuno, muy temprano para el almuerzo. Afuera tampoco había mucho que mirar. Chiclayo era un pueblo fantasma. Sobre todo por la pátina vaporosa de un sol que lustraba las aceras hasta hacerlas hervir.

Pidió un cortado, un jugo de naranja y tostadas con mermelada. Recordó que había olvidado pasar por el quiosco pero le dio flojera levantarse. Mientras sopesaba la posibilidad de enviar a la mesera por el periódico, descubrió un libro rojo en la mesa contigua, abandonado y chispeado por los restos de una papa rellena.

Estiró la cabeza y pudo ver la imagen de la portada. Pero no pudo, aún, descifrar los caracteres del título ni del autor. La composición le pareció tosca y excesiva, casi asfixiante: una treintona con disfraz de colegiala cruzaba las piernas sobre el pupitre de un salón de clase, totalmente empapelado de dibujos infantiles, y rasguñaba un globo terráqueo inflable de tonos fosforescentes.

F. se levantó para mirar el libro de cerca. Notó que la falsa colegiala llevaba una ecuación de puras "x" tatuada entre los pechos. Notó que el título estaba redactado con labial sobre la pizarra: La Primera Regla. Notó el imposible nombre del autor acurrucado en una esquina: Doctor Lüber. Le temblaron los dedos antes de abrir el libro. Se acercó la mesera con el jugo de naranja -el café todavía no estaba listo- y F. se escabulló a su mesa.

El azucarero de aluminio concentraba el sol del mediodía para dispararlo sobre sus pupilas. Sus ojos se refugiaron en la mampara. ¿Doctor Lüber? Hizo crecer en un instante los jardines magros de la plaza de Chiclayo hasta convertirlos en el bosque tupido que circundaba la cafetería de Letras. Intercambió mentalmente la urticante claridad de la provincia por la neblina limeña que empañaba las ventanas del cafetín universitario. Aisló del fondo su reflejo en la mampara -enfocando sus facciones y desenfocando la plaza- hasta sustituir el pelo al rape por la melena rematada en cola. ¿Doctor Lüber? ¿Será posible? Pobló el restaurante de espectrales jovencitos dicharacheros. Hizo aparecer a sus compinches asmáticos de Estudios Generales; encastró en el sobaco del Gordo Suárez una novela de Vargas Vila. Los fantasmas saludaron con una ceja y se acomodaron sin decir palabra. Inclinaron las cabezas para escuchar mejor a F. Sus rostros se acercaban demasiado y lo abochornaban. Comenzó a respirar con dificultad y se disculpó para levantarse un momento.

Se atrevió a recoger el libro de la mesa vecina. Regresó con él a sentarse y corrió las páginas nerviosamente hasta llegar al índice. Anunció el primer título en voz alta; quizá para sí mismo, quizá para sus compañeros imaginarios: La Letra con Sade Entra. Llegó la mesera con las tostadas y el cortado: pidió disculpas por el retraso. El aroma del café lo devolvió a la realidad. Leyó el segundo título pero allí se detuvo: Las Pías también Maúllan. No quiso leer ningún relato y devolvió el libro a la mesa respectiva.

Empujó el azucarero hasta una esquina para anular sus destellos. Según una de sus tantas manías, organizó los objetos de acuerdo a la regla de los tercios, haciendo de la mesa una suerte de encuadre. Contempló de soslayo los límites de su rostro ondulados, aberrantes, en el cilindro plateado. Luego confundió el cenicero, bajo su mentón, con el retrovisor de su Passat. Intentó convocar a cualquier prostituta de La Colmena pero, con mayor rapidez, acudió a su memoria la imagen en filtro sepia de sus compinches apretados en el asiento trasero y repasando las frases más picantes de su último cuento.

Intentó distraerse con el programa noticioso que la cajera acababa de sintonizar. Identificó la voz rasposa del locutor con la voz del profesor de Literatura 1. Recordó sus consejos para otorgarle dignidad literaria a La Letra con Sade Entra. Pero F. no tuvo tiempo de corregir ese relato. Ni ése ni los demás que hace un momento reconoció en el índice. Justo cuando comenzaba a despertar los elogios de sus mentores, debió abandonar la universidad. Y cambió sus compinches asmáticos por la dudosa amistad del Pingüino y el Gringo acaudalado.

Nuevamente caminó rumbo a la mesa donde aguardaba el libro y lo prensó del lomo con miedo y delicadeza, como si se tratara de un pequeño animal salvaje. Se sentó. Dobló la tapa lentamente, quizá con la secreta esperanza de encontrar otra imagen en la solapa. Pero el Doctor Lüber era el mismo Doctor Lüber de sus recuerdos. El mismo Doctor Lüber que transcribía y fotografiaba sus escarceos prostibularios. El imberbe pedante que, en blanco y negro, sentado en escorzo, forzaba una mueca indigesta y miraba de manera oblicua, eludiendo o, más bien, despreciando a los futuros lectores.

Esa foto, creyó recordar, era la misma que acompañaba una columna de crítica literaria en un fanzine universitario que se extinguió, sin pena ni gloria, en el número tres. El contenido textual era responsabilidad de sus compinches escribidores, y la parte gráfica dependía del buen ojo del Pingüino. Fue la única vez que los asmáticos y el Pingüino trabajaron juntos.

Leyó la reseña biográfica y no supo si reírse o rabiar. F. ni siquiera había terminado Estudios Generales pero el Doctor Lüber es Licenciado en Literatura por la Universidad Católica y partió para Estados Unidos a principios del año 2000. Actualmente trabaja en el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Iowa. En 1999 se adjudicó el primer puesto del Premio Internacional de Literatura Erótica José Vargas Vila. Éste es su primer libro y prepara una novela cuyo título provisional es La Pose del Danubio Azul. ¿Qué premio es ése? ¿Quién habrá sido el conchesumadre? ¿El Gordo Suárez?

Timbró el celular. El Pingüino volvió a la carga con el asunto de las niñas. F. no le prestaba mayor atención: acotaba con monosílabos mientras continuaba repasando el calculado busto de genio precoz y el currículum amañado del Doctor Lüber. Antes de colgar, su socio dijo como al desgaire:

-Aquí en la oficina tengo a una chibola que jura tener catorce y le he dicho que te busque en el restaurante. Te la mando en un taxi.

-Oye, pero.

-Ya la bauticé: ahora se llama Kitty. Hello Kitty... Nos vemos más tarde.

-Aguanta, Pingüino: todavía no hemos decidido nada.

No pasó ni un minuto cuando el encuadre de la puerta reveló a una jovencita de cabellos castaños y blusa beige. F. no podía creer que tuviera catorce. Unos anteojos dorados giraron en redondo -un breve paneo por todo el restaurante- y un busto puntiagudo enfiló directo hacia la caja. La muchacha cruzó unas palabras con la mesera y ésta señaló con un dedo hacia la mesa de F. La presunta adolescente cargaba una mochila de turista. El atuendo ocultaba su edad y sus premuras económicas, si es que las tenía. Se acercó. Antes de que abriera la boca, F. comenzó el diálogo:

-¿Estás segura de que tienes catorce?

-¿Qué?... No, yo tengo veinte, pero... ¿por qué lo pregunta?

-Entonces le mentiste al Pingüino.

-¿Quién es el Pingüino?

-El fotógrafo: el que te acaba de entrevistar.

-¿Entrevistar?... No, yo sólo vine por.

-Sí, ya lo sé: viniste por el aviso. Pero sucede que no calificas, querida. Te explico: lo que nosotros estamos buscando...

-Oiga, ¿no es usted el que.?

-Sí, flaquita, yo soy el jefe. Director, guionista y, a veces, también fotógrafo. Es decir, yo tengo la última palabra. Escúchame, niña, no sé qué tanto te ha dicho el Pingüino pero yo...

-No me diga que... ¿ya comenzaron a filmar la miniserie? ¿Tan pronto?

-¿Filmar? Nosotros no hacemos películas.

-Pero La Primera Regla será una miniserie, no una película... por lo menos, eso es lo que me datearon...

-¿La Primera Regla?

-¿Usted no es el Doctor Lüber?

No supo qué responder. Le provocó escupir pero se pasó el salivazo. Recordó, en un segundo, el cabaret de octogenarios y la ráfaga de flemones del último sueño. La muchacha cogió el libro y se puso a examinar la solapa.

-Bueno, ha cambiado un poquito desde entonces pero los rasgos siguen siendo los mismos...

-No entiendo. ¿no viniste para el casting?

-¿Casting? ¿Qué casting? No, yo vine por mi libro. O sea, su libro. Lo dejé olvidado hace un rato y.

El trasero atlético se depositó cómodamente. El busto afilado se descompuso y se derramó sobre el mantel cuadriculado. Los ojos de F. hurgaron entre los botones de la blusa hasta conseguir un plano detalle de la copa del sostén. Por un lado, deseaba estimular este encuentro casual; por otro lado, pensaba que quizá lo más sensato sería levantarse y salir corriendo. Decidió consentir la intromisión y, más aún, llamó a la mesera para pedir otro café. Ella aprovechó esa señal para tutearlo.

-¿No estabas en los yunaites?

-¿Perdón? Ah, claro... pero. como verás, ya regresé.

-Supongo que volviste para presentar el libro. ¿Y cuándo viajas a Lima?

-Aún no lo tengo decidido.

-Pero si la presentación es mañana.

-Entonces viajaré mañana.

-Qué casualidad: yo también regreso mañana.

-Ah... vas a ir la presentación...

-Y tú qué crees... y ahora con mayor razón: ahora que tengo el gran gusto de conocer al autor.

-Todavía no me conoces. la solapa no dice gran cosa.

-Pero los cuentos dicen mucho.

-Pura ficción. Incluso la solapa es pura ficción.

La muchacha extrajo un coqueto celular de color fucsia y lo depositó sobre el mantel ajedrezado: rompió la simetría del encuadre. Luego encendió un cigarrillo. F. recordó el enorme teléfono que frustró la escena del último sueño. Tosió dos veces: era alérgico a casi todo, incluso al cigarrillo. Imaginó un filtro adecuado para destacar las sinuosidades del humo en la ampliadora de su estudio. Pensó en otra dosis de Ventolín. Por un instante consideró una retirada fácil: pretextaría ir al baño para usar el inhalador y no volvería jamás. Pero no movió un solo dedo; quedó paralizado por las pestañas hirsutas de su interlocutora tras unos anteojos photo gray de mínimo espesor.

Se resignó al interrogatorio. Curiosamente, ahora el casting se lo hacían a él. Temió que la muchacha intentara comprobar si F. calzaba en el perfil que insinuaba la solapa.

-¿Cuándo volviste de Iowa?

-¿Iowa?... sí, claro... digamos que. ayer.

-¿Y qué haces aquí? ¿Para qué viniste a Chiclayo?

-Pues... para visitar a mi familia. ¿Y tú?

-Yo vine para tomar fotos... fotos de las playas... Aquí tengo algunas...

Las tomas eran correctas pero previsibles: casi como postales. Después de varios años de fotografiar prostitutas y confeccionar fotonovelas con un experto como el Pingüino, algo sabía F. de composición fotográfica. Imaginó a la muchacha con bikini. Y sin bikini. Con rizos abundantes en el bajo vientre. Y completamente lampiña. Urdió perversos encuadres: la fotografió posando de mil maneras acrobáticas e imposibles. Recordó la historia del genocidio en una playa nudista. ¿Un cuento del Doctor Lüber? ¿Estaba en el índice? ¿Un libreto de fotonovela? ¿Otro sueño aterrador?

-Supongo que ya leíste los periódicos... ya te habrás enterado del éxito de la Primera Regla...

-¿Éxito?

-Primer puesto en el ranking de ventas por tercera semana consecutiva... en casi todas las librerías. Incluso, la gente de Iguana Films quiere hacer una versión peruana de la serie rosa con los cuentos de tu libro... Claro, te lo mencioné al principio...

-Ah, caray... la verdad, no lo sabía.

Intuyó que el asunto se le iba de las manos. Peor aún: nunca estuvo en sus manos. Gordo de mierda. Habrá tenido las mejores intenciones pero -siempre lo repetía- el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Para no hablar del pingüe negocio que su viejo amigo habrá descubierto por casualidad y a costa de su talento.

F. recordó también que la mayoría de los cuentos de La Primera Regla derivaron, sin mayores variaciones, en fotonovelas para el Gringo. ¿Y si hay un problema de derechos? Si el Gringo se entera, el chupo reventará de todos modos. Es más, ni siquiera será necesario que el Gringo proteste. Si la prensa comienza a indagar en el pasado del exitoso Doctor Lüber, tarde o temprano, sus negocios clandestinos serán de dominio público.

-Veo que estás bien informada.

-Trabajo en un periódico. O sea, todavía soy practicante. En La República, ¿no te conté? Escribo en el suplemento cultural. Crónicas, reseñas, fotos... lo que haga falta. Y adivina qué: yo hice la reseña de tu libro.

-No me digas que me estás haciendo una entrevista.

-Quizá. Mira lo que son las cosas: justo la semana pasada conversé con mi jefe sobre la necesidad de hacerle una entrevista al misterioso Doctor Lüber y ahora resulta que.

-¿Misterioso?

-No te hagas, pues: nadie sabe tu paradero. Nadie ha conseguido una entrevista. Creo que ni siquiera saben tu verdadero nombre... Es una estrategia publicitaria, ¿no?

-Nadie ha viajado a Estados Unidos para buscarme.

-Claro que lo hicieron. Una amiga de El Comercio me ha contado que la semana pasada viajó un reportero de Somos.

-Nunca me enteré.

-En Iowa no saben que existes. El tipo de la editorial tampoco ha dado ninguna pista.

-Caray: ya parece una investigación policial... ¿Viste? ¿No te dije que la solapa era pura ficción?

-¿Y cuál es la verdad? ¿Quién es verdaderamente el Doctor Lüber?

-Cuánto hay.

-Bueno... presupuesto no tengo. Pero tengo otras cosas.

F. hizo un barrido vertical y tasó sin discreción esas otras cosas. Pensó que la periodista se mostraba imprevisiblemente accesible. Todo sucedía como en una porno habitual: un diálogo mínimo y plagado de clichés bastaba como intermedio entre el primer saludo y el primer coito. En cambio, las fotonovelas de F. respetaban ciertas exigencias literarias y resultaban mucho más convincentes. Él sabía muy bien que el suspenso, la dilación, la sugerencia, eran mucho más excitantes que la cópula automática plagada de insultos en lugar de palabras ingeniosas. Para no hablar de la cámara pretenciosa del Pingüino, que privilegiaba las tomas amplias en claroscuro sobre los manidos detalles viscosos. Por eso le gustaban al Gringo. Por eso pagaba tan bien.

-Estoy bromeando, por si acaso. Imagínate, después de leer esos cuentos.

-Claro: después de leer mis cuentos ya sabes a qué atenerte.

-¿No era pura ficción?

-Quizá no.

Con una indiferencia poco estudiada, ella se libró del primer botón de la blusa beige y comenzó a agitar la punta del cuello para ventilarse. F. bajó los párpados y examinó el abultamiento creciente de su propio pantalón. No sabía si aprovechar la obsequiosidad de su interlocutora o interrumpir un interrogatorio para el que nunca estuvo preparado.

-Entonces, ¿me darás la entrevista?

-¿Ahora mismo?

-Si lo deseas.

-Quizá deberíamos escoger un lugar y un momento más apropiados.

-¿A qué se refiere, Doctor Lüber?

-¿A las ocho en mi consultorio?

-¿Consultorio?

-Es decir, nos encontramos aquí primero y quizá después. después ya veremos si hace falta un chequeo general para dictaminar un diagnóstico.

-Qué miedo... ¿Y cuánto cobra por consulta, Doctor Lüber?

-La primera consulta es gratis, querida.

Los nervios habituales del galanteo solían entorpecer un poco su respiración. Necesitaba una nueva dosis de Ventolín. Necesitaba eludir las preguntas incómodas. Por otro lado, no estaba dispuesto a aceptar ese chantaje tácito: la promesa de una pronta intimidad a cambio de la verdadera identidad del Doctor Lüber. Una desnudez literal por otra figurada. Antes de seguir adelante debía prever, lapicero en mano y encerrado en su oficina, todas las preguntas posibles y, especialmente, las respuestas apropiadas. Es decir, necesitaba crear un personaje que respondiera al esbozo de la solapa. Aunque, ciertamente, la solapa ya era un invento del Gordo Suárez.

-¿No vas a terminar tu café?

-Es que... ya se enfrió. Un café frío no tiene sentido.

-Pero mi taza sigue caliente...

-La verdad es que estoy apurado. Tengo que estar en mi consultorio antes del almuerzo.

-¿Tiene muchas pacientes, Doctor Lüber?

-Eso se lo responderé más tarde, señorita periodista.

-Mi amiga de El Comercio se pondrá picona...

-No... no le digas nada. Es decir, si quieres la exclusiva...

-Qué serio se ha puesto... lo que Ud. diga, Doctor Lüber.

-Ha sido un placer.

-¿Ha sido?

-A las ocho, entonces.

F. hizo un rincón entre las torres de libros de su escritorio. Extendió un papel y comenzó a escribir el proyecto del próximo guión. En otra hoja comenzó a jugar con las palabras para obtener los títulos probables. Casi sin advertirlo, maquinalmente, el lapicero comenzó a repetir todo el índice de La Primera Regla. Mientras sus dedos actuaban por sí solos, imaginó la entrevista de aquella noche. En cuestión de segundos formuló mentalmente el argumento de una fotonovela hipotética protagonizada por la muchacha de blusa beige. Es decir, la imaginó sin blusa beige. La entrevista no sería en un diván sino en una cama, como en cierto programa de televisión conducido por una vedette. Pensó en la célebre conferencia de prensa dictada por Lennon y Yoko Ono cubiertos apenas por una sábana.

Consideró también la posibilidad de viajar a Lima y comprobar el éxito de ese libro que aún no terminaba de reconocer como suyo. Quizá podría tomarse unas breves vacaciones y dejar el negocio en manos del Pingüino.

Pero, antes que nada, tenía que anticiparse al cuestionario de la periodista y lucubrar las respuestas que más tarde, seguramente, debería repetir en todos los medios. Debía justificar su desaparición. Incluso, si fuera necesario, falsificaría un diploma de la Universidad de Iowa.

Y lo más urgente, sin duda, era ocultar sus asuntos con el Pingüino y el Gringo. Había que pergeñar un pasado decente como sustento plausible del perfil y la foto de la solapa. Sin embargo, por otro lado, ¿no sería comprensible que el autor de relatos eróticos haya sido guionista de fotonovelas porno? ¿Acaso ese chisme no serviría para vender el libro?

Además, reflexionó F., su trabajo no estaba tipificado en el código penal. ¿Moralmente repudiable? Quizá. Pero no era un delito. Claro, eso sin contar la última ocurrencia del Gringo que, de hecho, sí rozaba lo delincuencial. Aquí y en China -pensó- la pedofilia se castiga con cárcel.

Estalló el timbre en la soledad del departamento. ¿El Pingüino? ¿Tan temprano? Mientras bajaba las escaleras se adelantó a las objeciones de su socio: este primer contacto con la prensa sería muy inconveniente para un negocio eminentemente subrepticio (y, muy pronto, delictivo). O tal vez lo contrario: el subrepticio negocio podría ser inconveniente para su repentino estatus de escritor prometedor. Incluso -descorriendo los cerrojos del portón y desconectando la alarma-, se le pasó por la cabeza la curiosa posibilidad de que la literatura fuera también un buen negocio. De hecho, según la periodista, ya lo era. Por lo menos para el Gordo Suárez. En todo caso, sí tenía muy en claro que debía ajustar cuentas con su viejo compinche. Ese conchesumadre. ni hablar, tenía que ser él. Destapó la mirilla: no era el Pingüino.

-Discúlpeme, creo que llegué tarde al restaurante y ya no lo encontré.

-¿Tú también eres periodista?

-No, señor: yo soy modelo.

-Ah, claro. sí, sí... te mandó el fotógrafo, ¿no? Tú debes ser Kitty... ¿Estás lista para el casting?

-¿Verdad que quinientos por una foto? ¿Quinientos cocos?

-Por una sesión... es decir: más de una foto. Mejor pasemos a mi oficina para hablar de números.

Catorce años eran demasiados para esa niña que no usaba sostén porque no lo necesitaba. Sin embargo, por debajo del maquillaje grotesco y el atuendo barato se escondía una sensualidad natural que seguro la cámara del Pingüino sabría develar.

-Quinientos, ¿no, señor?

-Pueden ser más. depende del tiempo que nos tome hacer una sesión completa. En principio, son cincuenta dólares por día de trabajo. Y si me firmas un contrato, te puedo adelantar cien dólares.

-¿Ahorita?

-Bueno, sí... Aunque, la verdad, no sé si será legal... hablo del contrato... es decir, en el caso de tu edad...

A la chiquilla sólo le bastó entrever el contenido de la billetera de F. y no alcanzó a escuchar sus últimos titubeos: sin que él se lo pidiera -de hecho, no pensaba hacerlo-, la niña comenzó a desnudarse con naturalidad, como si nadie la estuviera observando. La visión de su pubis ralo y colorado le produjo a F. una curiosa mezcla de indignación, ternura y deseo. Recordó a la niña del enorme teléfono rojo. Recordó a la vendedora de caramelos. Recordó a su vecina masturbándose frente al televisor.

-¿Qué tengo que hacer?

F. dejó el escritorio para atisbar sus menudos detalles. La deseaba pero también se sentía culpable. Echó mano de sus recientes cavilaciones sobre el porvenir literario y la legalidad de la pedofilia para congelar su ansiedad. Por un momento pensó echarla y terminar con el casting. No quería tocarla.

Pero ella sí lo hizo. Se escurrió hasta quedar de rodillas y procedió a desabrocharle el pantalón con brusquedad.

-Ya sé: esto es lo primero, ¿no?

La interrumpió tirando de sus mechas con ambas manos.

-Espera, Kitty... aún no he sacado la cámara.

Luego alisó las crenchas con el cuidado y el temor de quien acaricia a un perrito de la calle. Pudo ver las plantas negras de sus pies descalzos.

-¿Por qué no te das un baño mientras busco la cámara y acomodo los equipos? Segundo piso: primera puerta de la derecha. Hay toalla, jabón y shampoo.

Cruzó las piernas sobre el alfombrado y encendió los cilindros de luz con un switch que remataba un cable. Marcó el número del Pingüino y lo conminó a venir. Se imaginó el auditorio abarrotado en la presentación de mañana. Jugó con los cilindros, haciéndolos parpadear. Recibió una lluvia de flashes, no de flemones, mientras leía el primer párrafo de La Letra con Sade Entra. Entrevió una cola enorme para la firma de autógrafos. Previó una entrevista por televisión: tal vez Denegri, tal vez Hildebrandt, tal vez Iván Thays. Pero no tenía ni la menor idea de lo que diría entonces si se diera el caso. Recordó que aún faltaba el guión de la entrevista inminente.

El Pingüino anunció su llegada con el bocinazo del taxi. F. sacó la cabeza por la ventana y, sin saber por qué, le dijo al taxista que esperara un momento. Pensó detallarle a su socio la reciente conversación con la periodista pero se contuvo.

Dejó al Pingüino armando un trípode en el estudio. Subió corriendo. Escuchó el rumor del agua y una vocecita despreocupada entonando una canción de moda. La puerta del baño estaba entreabierta. Dudó unos segundos: pensó llamar al Pingüino para componer una secuencia espontánea de la niña tomando una ducha. Empujó la puerta con dos dedos. Lamentó no llevar una cámara como pretexto. La niña no había corrido la cortina de plástico. El vapor del agua caliente difuminaba sus curvas escasas. Se acercó un poco más y la atisbó de espaldas, parcialmente inclinada, enjuagándose la cabeza sin dejar de cantar. Ella no lo advirtió. F. se aflojó la correa. Se contempló un instante en el espejo sobre el lavabo.

Eso lo detuvo: imaginó su foto en todos los suplementos culturales. O, más bien, su foto en las páginas policiales. Lo pensó mejor y giró marcialmente sobre sus talones.

Continuó hacia el dormitorio, súbitamente decidido. Buscó la cajita fuerte de latón y embutió en un maletín las pocas prendas que encontró dispersas sobre el alfombrado. Bajó.

-Voy a comprar cigarrillos, ya vengo.

-¿En taxi?

-Lo que pasa es que... he descubierto una bodega donde venden los importados... de contrabando, pues, ¿no te conté?... queda por el hospital... Sí, procede nomás con la chibola: mientras yo no estoy, tú eres el jefe. Y tómale todas las fotos posibles. Quizá no regrese jamás... la chibola, digo.

-¿Y el guión?

-Esta vez haremos un experimento. Procederemos a la inversa: primero tus fotos y luego mi guión.

Levantó el maletín que había dejado en el primer peldaño de la escalera, a escondidas del Pingüino. Comenzó a quitar los múltiples cerrojos. Levantó la voz para conversar con su socio.

-Oye, ¿qué será de la vida del Gordo Suárez?

-¿Quién?... No, pues, si tú no sabes, menos voy a saber yo. Por qué, ¿ah?

-No, por nada... es que anoche soñé con él. En fin... Nos vemos, pues.

Le ordenó al taxista que lo llevara al aeropuerto. Llamó a la periodista desde su celular y canceló la cita.

Minutos después, deambulando por el aeropuerto, recaló en el Duty Free. Se topó con La Primera Regla en una vitrina iluminada por fluorescentes. La vendedora sonrió cuando le alcanzó la factura.

Mientras ella se ocupaba de atender a otro cliente, el Doctor Lüber encajó su firma diagonal, de esquina a esquina, casi tachando el rostro soberbio de la solapa. Deslizó el libro hasta una esquina del mostrador y allí lo abandonó. Subiendo la escalerilla del avión, una hora después, el celular timbró repetidas veces. No respondió.




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