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Armando el rompecabezas con la ferocidad del amor

Eduardo González Viaña

N

ada más al salir del túnel, un microbús la había llevado primero a San Diego, California, la primera ciudad del país cuando se entra por la frontera noroeste de México. En medio de la algarabía y de los festejos por el 4 de julio, había sido fácil que el vehículo pasara inadvertido. De inmediato, el carro emprendió una carrera desaforada por diversas calles para confundirse con los otros vehículos. No podían quedarse en San Diego porque aquello era peligroso: en esos días se habían producido muchas redadas de inmigrantes, pues la migra estaba sobre aviso. Probablemente, los agentes de inmigración habían redoblado la vigilancia en San Diego; eso se podía advertir por la cantidad de hombres uniformados o sospechosos que transitaban por las áreas más pobladas de inmigrantes y además por la cantidad de helicópteros que daban vueltas en torno de la ciudad.

El microbús en que iba Beatriz ni siquiera tomó la carretera principal; se fue por diversos caminos rurales y sus ocupantes tuvieron que aguantar todo el viaje con la cabeza agachada para evitar que se presumiera su presencia en esos carros. Dos hombres comenzaron a vomitar. Una señora pedía a gritos al chofer que se detuviera porque tenía que hacer sus necesidades corporales. Un niño muy pequeño que se había desprendido de los brazos de su madre corría de un lado a otro casi aullando de miedo.

De todas formas y a pesar de todas esas peripecias, el microbús arribó hasta la entrada sur de Los Ángeles después de varias horas de suspenso. Llegaron hasta un paradero donde Dante, tras cruzar de norte a sur todo el estado de California, estaba esperando a Beatriz.

Al comienzo no se vieron. Dante aguzó la mirada para distinguirla dentro del grupo, pero sintió que ella no estaba allí. Quizás solamente estaba dentro de su corazón. Quizás sólo era un invento provocado por la larga espera, o quizás ella ya no era ella.

Quizás él ya no era él. No lo pudo distinguir al comienzo entre las personas que aguardaban a sus familiares. Había pasado tanto tiempo, y Beatriz había dudado tanto que ya no podía creer que realmente alguna vez se verían. Aquello pertenecía al reino del milagro, y los milagros existen, pero solamente en la esperanza.

¿Qué pasaría si ella hubiera cambiado, y no fuera esa joven delgada que lo miraba con susto sino aquella señora pequeñita que caminaba con los ojos en el suelo?

¿Qué pasaría si él hubiera olvidado el rostro de Beatriz? ¿Qué ocurriría si la vida en los Estados Unidos hubiera cambiado sus sentimientos, y ahora la estuviera recibiendo sólo por compromiso? Ambos se preguntaron esto último asustados y no supieron en qué momento comenzó el largo abrazo, el beso permanente, las manos inseguras, los ojos cerrados. Quizás ya estaban muertos como suelen estar los enamorados cuando se reencuentran

"Sí, soy yo", tal vez fue él quien lo dijo y su voz estaba ronca, con la ronquera de los que están frente a la felicidad y tienen miedo, o no saben cómo comenzar. Ella probablemente había enmudecido

-Ya estamos juntos. Ya nada va a separarnos, aseveró Dante con la certeza de quien sabe que dos personas como ellos siempre terminan por convertirse en una sola, y agregó:

-No te preocupes. Ya estás en los Estados Unidos. Ésta es la libertad.

Diez años son diez años, y las personas cambian mucho como los carneros cambian de lana cada verano y asumen una tonalidad de color diferente. Carneritos negros se hacen blancos o cremas o manchados, y es probable que además de la lana, intercambien el alma; nadie lo puede saber. Por eso, Dante y Beatriz, de puro miedo, bajaban los ojos, para no comprobar que el cambio se había producido.

Cuando ya estaban en el cuarto del hotel, se sentaron al borde de la cama y, con los ojos bajos, él le contó:

-Una noche hace un año, soñé que la luna bajaba a tierra, y que tú estabas de pie sobre ella vestida de blanco, y me pedías por Dios, Dante, ven pronto a llevarme. Pero yo no tenía cómo hacerlo porque no tenía el dinero suficiente y te rogaba que me siguieras esperando pero no podía hablar y mientras tanto tu cara se iba borrando y tus ojos se habían ido quién sabe hacia dónde. A la mañana siguiente me desesperé pensando que tal vez ya habías muerto. Pero esa misma mañana, llegó una carta tuya contándome que estabas bien de salud, y el amigo que me hacía el favor de leérmela, me dio a conocer que los sueños en los que la luna baja a tierra nunca tienen que ver con muerte, sino con dicha y reencuentro.

También ella había tenido un sueño semejante, y se lo contó a Dante mirando hacia lo lejos. A esas alturas, ambos se habían olvidado del miedo al reencuentro y a los cambios, y ya no miraban al suelo, pero omitían mirarse, y dialogaban como si cada uno estuviera buscando un objeto distante. En el sueño que había tenido Beatriz, Dante volaba sobre el mundo, jinete en un caballo negro, y le rogaba que continuara esperando, pero el caballo se transformaba sucesivamente en león, en águila, en río y por fin en un burrito manso.

Después siguieron sentados en el filo de la cama sin saber de qué conversar. Dante pensaba que tenían que conversar de algo porque cuando eran enamorados, no habían llegado a la relación íntima y no habían hecho más cosas que conversar. Por un momento, se le ocurrió que mejor habría sido alquilar alcobas separadas.

Eran las diez de la mañana, pero de pronto oscureció para ellos, y dejaron de hablar de sueños, pero se hablaban con los ojos cerrados como si creyeran que dormían y temieran despertarse. Así a oscuras, comenzaron a palparse el uno al otro, y cuando reconocieron que no habían cambiado, ya no podían reconocerse porque el uno había comenzado a ser el otro como si se hubiera terminado de armar un rompecabezas con la ferocidad del amor.

Diez años de lejanía de súbito se transformaban en un recuerdo dudoso, pero les habían dejado el hábito de no creer que el ansiado o la esperada existieran de verdad, y se acariciaban, se hurgaban, se pulsaban, se sobaban, se olían, se saboreaban, se absorbían, se lamían, se mordisqueaban y se devoraban con la curiosidad que lo hicieran Adán y Eva a la hora del Génesis y con la ferocidad de dos animales que no acaban de descubrirse y temen evaporarse otra vez.

Para Beatriz ésa era la primera vez, aunque había estado casada varios años con un hombre de negocios, uno de cuyos negocios había sido comprarla. Cuando aquel hombre montaba su cuerpo, ella nunca había sido ella ni había estado allí. Mientras la respiración dificultosa, los hombros velludos y el vientre hinchado de don Gregorio Bernardino la aplastaban, la babeaban y transitaban como una locomotora gorda por su cuello, sus senos, sus tobillos, sus rodillas, las uñas de los dedos de los pies, el ombligo, los párpados, las cejas, las axilas, las montañas y las cavernas, ella no había estado allí jamás, y por eso sus ojos conocían de memoria las líneas geométricas del cuarto y del techo, las fotografías de la pared, la frecuencia de las nubes, de los pájaros y de las constelaciones que pasaban por su ventana.

Ahora todo era diferente. Manos con manos, manos con labios, labios con lengua, lengua con lengua, los dientes con el cuello, los senos con los dientes, la lengua con los dedos, la lengua con los pezones, la lengua con las piernas, la lengua con los muslos, la lengua con el vientre y otra vez, la lengua con la lengua, el vientre con el vientre y las rodillas con las rodillas, y por fin, la guerra, la ocupación y el asalto, la invasión de la vida, la penetración y la fiebre y la rendición y el bamboleo, la tormenta y el diluvio, y el infinito dolor y el grito que dura para siempre.

Quizás se produjo un eclipse que le permitió ahora dejar la timidez de virgen violada y aprovechar las sombras para gozar por primera vez de un hombre que de veras era su hombre.

En el primero de los descansos que se dieron, estuvieron abrazados e inmóviles durante mucho tiempo como si les hubiera llegado la muerte en medio de la dicha, pero el resuello mutuo revelaba que en esa oscuridad había dos animales vivos que estaban conociéndose por el olor. Después, Dante salió de la cama y se dirigió a la ventana. Allí comprobó que ya era de noche y que no habían salido de la habitación desde las diez de la mañana, ni pensaban salir. A solas en la cama, Beatriz se examinaba y podía verse porque sus ojos habían adquirido esa facultad de ver en la oscuridad que tienen los profetas o los amantes. Se miró complacida los senos duros, el vientre hundido y las piernas largas y el color de su carne blanca y rosada que solamente la luna había bañado y que su hombre se complacía en lamer. Se acarició la cintura y el ombligo y siguió tocándose y después se llevó los dedos a la boca. Sintió que la humedad había formado un río que avanzaba hacia sus rodillas. Después comenzó a olerse y le llegaron las sonoridades del mar y el gusto de las almejas. Por fin, sintió que la cadena de oro y la imagen religiosa se hundían en medio de dos senos tremendamente hinchados, y decidió quitarse la cadena y la imagen religiosa para no ofenderla con los pensamientos y las palabras que se le venían incontenibles, y entonces no pudo saber si pensaba o decía: yo soy la chingada que ha dejado de ser chingada para chingar. Frente a la ventana, Dante atisbaba el mar y le pareció que las aguas eran fosforescentes y que las estrellas se habían derretido, o acaso todavía no habían sido creadas y tan sólo estaban en el limbo, esperando una voz bronca y amable que las invitase a iluminar el mundo y que ordenase a los amantes crecer y multiplicarse.

Agua con agua, tambor con tambor sobre el techo del hotel, tal vez empezó a llover mientras Dante y Beatriz se devoraban. Ella se dio cuenta de que todo el tiempo había estado con los ojos cerrados por timidez. Entonces, los abrió, y cuando lo hizo, salió del norte una bandada de patos silvestres y se fueron, salió una nube del sur y se hizo más grande que el cielo, salió el sol otra vez del oriente y otra vez se puso, pero nada contenía ni la invasión ni el bamboleo. Entonces lanzó un grito furioso y otro y otro, y supo que el amor es grito y es música y que los animales enfermos de amor bufan, relinchan, gruñen, chillan, rugen, aúllan, hablan, gritan, cantan, gimen, clamorean, se lamentan y se quejan.

Unos golpes pesados en la puerta les recordaron que habían sido escuchados. Algo gritó el manager del hotel, pero Dante se acercó a la puerta y por debajo de ella le pasó un billete, y entonces probablemente el empleado sugirió a los ocupantes del piso de abajo que se mudaran de cuarto. Llegó una noche y pasó otra noche. Cuando recuerda, Dante está seguro de que ése fue el momento en que su hija fue concebida, y cree que esa noche era tan noche que tal vez sus cuarenta amigos del galpón, en uno y otro lado del Far West, o tal vez todos los latinos en los Estados Unidos, estaban haciendo el amor al mismo tiempo y generando más vida, temblorosos y brillantes por los naturales hervores de la pasión que son entre nosotros veinte veces más cálidos y fosforescentes que los de la gente de las regiones frías del mundo. Sí, en ese momento tienen que haber sido concebidos Emmita y miles de niños más por culpa de un calentamiento global que recae ciertas noches americanas sobre un grupo humano muy caliente y dispuesto a extenderse, ojos, manos, piernas, pies, ombligos, senos, voces, labios, ganas, espíritus que no dejan de buscarse y de enroscarse en los días buenos y en los días lobos, en el santo matrimonio y en los amores difíciles, día tras día y hora, aun en la lejanía, aun después de la muerte.




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