abía robado ese cuadro el miércoles anterior. Lo cogió de la cafetería, antes de marcharse, cuando vio que ningún camarero le estaba mirando. No sabía por qué lo había hecho. Simplemente se lo llevó. Había quedado allí con Virginia, su mujer, para hablar de los niños. Habían hablado, sí, de los niños. Y luego, él se llevó aquel cuadro.
Ahora los niños vivían con Virginia. Virginia y él se habían separado hacía nueve meses, después de las Navidades, y ahora los niños vivían con ella. Al principio, ella y los niños siguieron viviendo en la casa donde siempre habían vivido. Él tomó un apartamento cerca, con una sola habitación en la que había una cocina empotrada, un cuarto de baño empotrado, un armario empotrado, y un sofá cama; e iba a verlos casi todas las tardes. Luego empezó a ir solamente los sábados y los domingos. Fue la época en que empezó a salir con otras mujeres, casi todas compañeras suyas. Ninguna solía durarle más de una semana, pero no lo podía evitar. No podía estar sin salir con mujeres. Se sentía solo.
Un día, Virginia le llamó a la oficina, igual que cuando estaban juntos, y le dijo que, si podía, esa misma tarde quería que se pasara por casa. Podía. Llamó por teléfono a Gloria, al despacho de enfrente, y anuló la cena que tenían prevista para aquella noche. Ella le dijo que no había problema. Pudo oír su voz por encima del auricular del teléfono, al otro lado de la pared. Estaban muy cerca, Gloria trabajaba a unos metros, en el despacho de enfrente. Era secretaria de dirección. Llevaban saliendo juntos más de un par de semanas. Bastante tiempo.
Podía haberse ahorrado lo de anular la cena y haber acudido a la cita con toda tranquilidad. Virginia acabó enseguida. Solo quería hacerle saber que los niños y ella se iban a mudar de casa. Había conocido a un hombre, no dijo cuándo, y los niños y ella se iban a vivir con él. Eso había sido todo. No dijo muchas más cosas, y de eso hacía ya un poco mas de tres meses. Ahora, su mujer y los niños vivían con él en el otro extremo de la ciudad, en el chalé que ese hombre tenía en las afueras. Él solo sabía que era un hombre mayor, con dinero, y dueño de una enorme casa con piscina y cancha de tenis.
También sabía que se llamaba Isaac. Lo sabía por Alice, la profesora de inglés de sus hijos. Alice y él habían salido en un par de ocasiones poco después de aquello, y de paso, a él se le había ocurrido preguntarle a Alice cómo era la casa de Isaac. Alice le contó cómo era. Le dijo que era una casa enorme, con tres plantas y garaje, y que a los niños se les veía francamente contentos: estaban aprendiendo a jugar al tenis y a nadar.
A él aquello le pareció ridículo. Se imaginó a sus dos hijos, de cuatro y seis años, corriendo a lo ancho de una ridícula pista de tenis, arrastrando dos enormes raque- tas que probablemente no podrían ni levantar del suelo. Se lo dijo a Alice la última vez que se vieron para tomar una copa, y ella no dijo nada. Pero después, cuando volvía a pensar en ello, hasta se sentía insultado.
No había vuelto a ver a Virginia desde que se mudaron de casa. A sus hijos sí. Veía a sus hijos todas las semanas. Iba a recogerlos los sábados. Una muchacha muy gorda con la cara llena de pecas le traía a sus hijos a una hamburguesería. Así es como lo acordaron. La nueva niñera de sus dos hijos esperaría con ellos en el Burger King, y así él no tendría que desplazarse hasta donde estaba la casa. ¿Y dónde estaba la casa? Ni quería saberlo. Él solía apurar todo el tiempo, hasta la última hora del domingo, para estar con los dos pequeños. No había problema. Virginia nunca iba a la hamburguesería para recoger a sus hijos, así que no tenía que discutir con ella. Aquella niñera gorda con la cara llena de pecas tampoco se quejó nunca de los retrasos. No protestaba. Se limitaba a meter a los niños en el coche, sin decir ni mu, y se largaba con ellos. Una vez los siguió, pero los perdió en la autopista. Después no lo intentó más veces. Qué carajo le importaban a él aquella maldita casa y su pista de tenis.
Lo del cuadro sí que no lo podía explicar. Lo tenía en casa desde el miércoles anterior, y ni siquiera lo había mirado. Para qué demonios quería él aquello. Era un cuadro horroroso, sin ningún valor. Había pensado en regresar, en volver a esa cafetería y dárselo a algún camarero. Pero qué iba a contarles. Había sido un estúpido, un loco; mira que llevarse el cuadro. Aquella tarde Virginia le había puesto furioso. Le había telefoneado ese mismo miércoles, unas horas antes, justo cuando él se marchaba. Quería que se vieran. Él estaba a punto de salir de casa. Estaba cerrando la puerta, pero la volvió a abrir cuando oyó sonar el teléfono. Sabía que se trataba de ella, Le dijo a Virginia que había quedado en el centro, con un par de amigos. Uno de ellos era un antiguo compañero de clase que había estado en su boda, y de quien ella, probablemente, ni se acordaría. No se acordaba. Le habían llamado para ir a tomar un café, y quizá ir a cenar más tarde, no estaba seguro. Pero podría anularlo. Como prefiriese, le contestó ella. Habían quedado también con tres amigas, aunque eso no se lo dijo a Virginia.
Después de colgar el teléfono se desvistió, y se metió en la ducha por segunda vez. Estuvo en la ducha casi tres cuartos de hora. Se enjabonó y se sentó en el suelo de la bañera. Luego volvió a enjabonarse, mientras tarareaba My baby just care for me a gritos. Cuando acabó de ducharse, no se puso la misma ropa. Eligió otra camisa y otro par de pantalones, más formales; y antes de salir de casa se echó sobre los hombros el abrigo que Virginia le había comprado el mismo invierno anterior. Le pareció increíble. El invierno pasado estaba prácticamente a la vuelta de la esquina, solo hacía unos meses. Sin embargo, ahora le parecía que no había existido nunca. Que nunca había existido el invierno anterior, cuando ellos dos aún seguían pensando que lo eran todo el uno para el otro.
Llegó a la cafetería cinco minutos antes, pero ella ya estaba allí. Llevaba puesto un sombrero. Un sombrero. ¿Qué hacía con un sombrero? Era un sombrero ridículo, de esos de ala ancha. Nunca en su vida había visto a Virginia llevar un sombrero puesto. Seguramente era un regalo de él. Ese Isaac debía de ser un tipo de lo más petulante.
Cuando llegó a la mesa donde le estaba esperando, Virginia se levantó. Estaba estupenda. No había engordado, ni adelgazado. Llevaba las uñas pintadas y un vestido con escote. Él le miró el escote, y luego echó un vistazo rápido a su alrededor. Había montones de mesas, de muchos tamaños, y muchas estaban vacías; pero ella había ido a escoger una mesa en mitad del local, frente a la misma barra.
-Hola -le dijo. Y le ofreció la mejilla para que el la besase.
-Hola -repitió él. La besó en la mejilla, y después ella le ofreció la otra.
Se sentaron.
-Nunca había estado aquí -le dijo a Virginia. Por decir algo.
Realmente había sabido escoger el peor sitio de todos. Era la peor mesa. Estaba esquinada, en uno de los recodos, en medio de un lugar de paso. No era sitio para poner una mesa. Un camarero le golpeó en el hombro cuando pasó por allí, de camino a otra mesa. Durante un instante, sintió suspendida por encima de él una bandeja oscilante, repleta de copas. Encogió los hombros, y agachó la cabeza. Entonces se fijó en el cuadro. Sobre Virginia. En la otra pared.
-¿Cómo va todo? -preguntó ella.
-Va bien, muy bien. Todo es diferente, ahora. Las cosas cambian.
Virginia sacó un cigarrillo del paquete que había en la mesa, junto a su Coca-Cola. Le ofreció uno.
-Lo he dejado -mintió él-. Eso si que no lo esperabas, ¿verdad que no? Vaya, he cambiado un poco. Quiero decir que, ahora, ya no fumo. Nada.
Seguía mirando el cuadro.
-Eso está bien -dijo ella.
Eran pájaros muertos. Lo que había en el cuadro. Sí, eran perdices, o codornices. Pájaros muertos. Estaban sobre una mesa, junto a un pistolón.
-Tenemos que hablar -dijo ella. Se estaba estirando la falda sobre las rodillas.
-Claro -contestó él-. Pensaba llamarte cualquier día de estos, para que hablásemos. He estado pensando mucho.
-Quiero hablarte de los niños -le dijo Virginia.
Naturalezas muertas. Así era, así es como solían llamarlos. Aquello era una jodida naturaleza muerta. Cuadros representando comida: animales muertos, animales de caza de los que después se comen. Pero recién muertos.
Lo volvió a mirar. No podía apartar los ojos.
-Los niños son lo más importante -continuó Virginia--. Estarás de acuerdo conmigo en que los niños son lo más importante.
-Claro -repuso el.
Parecían perdices, o codornices. Era un cuadro espantoso.
El camarero volvió a golpearle el costado. Era el mismo de antes.
-¿Qué va a tomar? -preguntó.
Sintió otra vez la bandeja, suspendida en el aire por encima de él, esta vez vacía.
-Una cerveza -pidió.
Virginia se había incorporado. Cuando el camarero se fue, volvió a estirarse la falda.
-Hemos pensado..., bueno, quiero decir que he pensado enviarlos fuera.
-¿Cómo que fuera?
-No mucho tiempo, por Dios, no empieces a protestar. Solo un par de meses. A un colegio de Southampton.
¿Qué demonios era eso de Southampton?
-¿Me tomas el pelo? -protestó Virginia-. Southampton, Inglaterra.
No había sangre. Era horroroso. No había sangre por ningún lado del cuadro. ¿Dónde estaba la sangre de aquellos asquerosos bichos?
Virginia estaba esperando. Esperaba que él le dijese algo. Le dijo:
-¿No crees que sería mejor que aprendiesen a hablar su propio idioma primero?
Ella no contestó. Miró al camarero, que venía con la cerveza. Luego, se echó hacia atrás en su asiento antes de contestar. El cuadro le quedaba encima, a menos de un metro. Ponía los pelos de punta. Ponía los pelos de punta que alguien se dedicara a pintar aquellas asquerosidades.
-Está decidido -dijo Virginia-. Es un colegio muy caro. Tú no tendrías que preocuparte de nada. Es por los niños, solo por ellos. Tú no podrías pagárselo. Bueno... Al menos no se lo quites.
Tenía razón. Le pareció que siempre había tenido razón. Y él, en cambio, se sentía exangüe, igual que aquellos espantosos bichos del cuadro de enfrente.
Aún siguieron hablando otro rato. No mucho rato, solo un poco más: Virginia tenía que marcharse. Le habló de los niños. Dijo que estaban contentos, que se habían acostumbrado. Habló de las clases de tenis. Al mayor le gustaban mucho, aprendía rápido y se le daba bien. Decía que quizás de mayor, quién sabía, llegase a ser alguien. Habló de los niños, pero no dijo nada de Isaac. Casi fue peor.
Antes de irse volvió a poner las mejillas para que él las besase.
La besó.
Y la vio desaparecer por la puerta.
Después esperó a que ningún camarero le viese y se llevó aquel cuadro. Así que había robado ese cuadro y ahora no sabía qué rayos hacer con él. Una semana más tarde aún lo tenía en el suelo de su apartamento, en el mismo sitio, apoyado contra la pared. Acababa de volver del trabajo, una de aquellas tardes, y no tenía ganas de nada. Pero se fijó en el cuadro. Lo cogió. Cogió aquel cuadro, y lo estuvo mirando un momento. Aquellos asquerosos bichos estaban tiesos, acabados, fritos. Estaban fiambres, habían pasado a la historia. A lo mejor, ni siquiera existieron.
Sin dejar de mirar el cuadro fue a la cocina empotrada, abrió uno de los armarios, y lo puso en el fondo del cubo con el resto de la basura. Luego se sentó en el sofá. Cogió el teléfono, y marcó el número de Gloria. Habló con ella de hacer un viaje.
-No tiene que ser muy largo -le dijo-. Solo una excursión.
CRISTINA CERRADA (Madrid, 1970) Una de las narradoras más interesantes de los últimos años. Hasta la aparición de Calor de Hogar, S.A su trayectoria se ha centrado casi exclusivamente en la narrativa breve teniendo esta novela y sus narraciones un amplio reconocimiento en forma de premios como el Ateneo Joven de Sevilla 2005, Premio Caja Madrid 2003, Premio de Narrativa Casa de América 2003 y el NH de relatos 2003. Son libros suyos Noctámbulos (Lengua de Trapo, 2003), Calor de hogar (Algaida, 2006), Compañía (Lengua de Trapo, 2004)
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