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El terror

Ricardo Menéndez Salmón

F

ue Karen quien insistió en acudir al circo.

-Dios mío -dijo con la mirada llena de luz al mostrarme el programa que alguien había depositado en nuestro buzón-. Hace más de treinta años que no veo un payaso.

De modo que fuimos a la función de noche. Solos los dos. Sin nuestra hija Vera. Sin nuestro perro Tucídides. Dispuestos a dejarnos robar el corazón.

-Cuando era niña, en Sydney, me enamoré de un tragasables -me contó Karen mientras las luces se apagaban.

-Siempre has sido una mujer intrépida -contesté entre redobles de tambor.

-Aunque quien en realidad me gustaba era el domador de fieras -confesó Karen mientras el maestro de ceremonias, un hombre gordo con nariz postiza de Cyrano, aparecía en la pista.

Pero el buen humor nos duró poco. Los niños lloraron con la mujer que tocaba el violonchelo con un serrucho. Los adultos llevaban ropas oscuras y apenas hablaban entre sí. Todo estaba mustio, apagado, como un cuadro que representara el final de una época.

-Los trapecistas son flojos -dijo Karen.

-Tendrán un mal día -respondí.

Tras cada número había gente que abandonaba el espectáculo.

-El lanzador de cuchillos hace trampa -dijo Karen-. El pañuelo que lleva puesto deja pasar la luz.

-Quizás haya sufrido un percance hace poco -aduje.

Trataba de ser positivo, pero mi voz sonaba hueca.

-Los payasos son viejos -dijo Karen-. Ni siquiera el tinte les oculta las canas.

-La experiencia es un grado -argumenté.

Y aunque era obvio que no estaba dispuesto a dejarme vencer por el desaliento, las veinte o treinta personas que aguantamos hasta el final del espectáculo aplaudimos por pura cortesía. Parecíamos miembros de algún lejano Politburó.

Al salir, fuimos a pasear alrededor de la carpa. Olía horriblemente. A excrementos. A goma quemada. Puede que incluso a carroña.

-Mira -dijo Karen señalando a un león esquelético, casi moribundo, una especie de perro grande con la cabeza hipertrofiada-. Tiene la piel llena de llagas. Y su jaula es un estercolero.

Mi mujer temblaba como una niña. El desencanto la estaba volviendo más pequeña a cada minuto. Entonces escuchamos pasos. Uno de los payasos a quien habíamos oído contar sus chistes sin gracia nos miraba torvamente, con el rostro todavía maquillado. Pero se había quitado el sombrero y Karen tenía razón. Era un viejo. Un abuelo.

-¿Qué hacen aquí? -preguntó adusto.

-Nada -respondí-. No hacemos nada.

-Es mejor que se vayan. Los animales se ponen nerviosos.

Durante el camino de vuelta, cogidos de la mano, ni a Karen ni a mí nos apetecía hablar. La tristeza nos había dejado sin palabras. Nuestros pasos sonaban como disparos.

Cuando llegamos a casa todavía no era medianoche. Frente a la entrada, en un coche aparcado con las ventanillas bajadas, sin pudor, sin privacidad, obscenamente, una pareja fumaba heroína.

-Vivimos en Bizancio -dijo Karen.

Esa vez no repliqué.

 

*****

 

Cuando el teléfono sonó esa misma noche, miré el reloj, sus dígitos fosforescentes dentro de un vidrio, como luces dentro de un ataúd. Eran las cuatro de la madrugada.

-La hora del lobo -dije en voz alta.

Comprendí que estaba descolgando el auricular como si el tránsito del sueño más profundo a la más atenta de las vigilias hubiera sido automático, parecido a pulsar un interruptor. Comprendí que estaba pensando eso con total claridad: el hecho palmario, evidente, incontrovertible, de que yo era una especie de interruptor que alguien o algo encendía y apagaba a voluntad.

Al otro lado de la línea escuché una voz de mujer. Era una voz joven, con acento del sur. Prestando fondo a la voz, cuyas palabras no conseguía descifrar, se oía música electrónica, tres únicas notas que se repetían de modo hipnótico: sube-baja-sube, sube-baja-sube, sube-baja-sube. El sonido era nítido, parecía brotar del centro mismo de nuestra habitación.

De pronto distinguí lo que la voz decía:

-Papá.

Sabía que mi hija estaba durmiendo plácidamente en su cama, pero aun así pregunté:

-¿Vera?

-Papá, creo que le ha reventado el corazón. Creo que al chico le ha reventado el corazón.

-¿Con quién hablo? ¿Vera?

Sube-baja-sube, sube-baja-sube, sube-baja-sube filtraba el teléfono, mientras Karen apretaba mi brazo y preguntaba qué sucedía.

-¿Vendrás a ayudarme? ¿Lo harás?

La voz había perdido su acento. Un velo de lágrimas la atenazaba. Entonces oí una voz de varón, una voz que decía «deprisa, joder, deprisa», y pronunciaba el nombre de Carla. Dos veces: «Carla, Carla.»

-Papá.

-No soy tu papá. Soy...

-Papá, al chico le ha reventado el corazón. Había bebido mucho y luego tomó un puñado de pastillas. ¿Lo entiendes? Está muerto. Muerto encima de mi cama.

Entendí que era la hora del lobo, el instante decisivo de la lucha entre la oscuridad y el alba, el sube-baja-sube de las tinieblas y la luz.

-Carla -dije-. ¿Eres tú, Carla? Escucha. Tranquilízate. No temas. No soy tu padre, pero no temas. Dime tu nombre, pronúncialo, Carla, déjame oírlo para que así podamos hablar.

-Papá -dijo la voz-. Papá, soy Carla y el chico está muerto, con el corazón reventado por culpa de esa mierda.

Entonces colgó.

Permanecí así, en pijama, viva imagen de la estupefacción, con el auricular pegado a la oreja y Karen rodeando mi brazo.

-Era una chica -dije-. Estaba en una fiesta y alguien se ha muerto encima de su cama.

Karen se limitó a respirar pausadamente, el sube-baja-sube de su pecho llenando los segundos.

-Estaba aterrada. Llamaba a su padre.

Llamadas perdidas. Voces de socorro abortadas, llegando a oídos que nada pueden hacer. Mensajes para nadie. Algo que a menudo imaginamos sólo sucede en las películas o en los libros.

Como Bartleby, el escribiente de Melville, que trabajó en la Oficina de Cartas Muertas de Washington y albergó hasta el final de sus días toda esa pena en su corazón.

Karen se levantó, se recogió el pelo y se puso una bata. La noche ya estaba gastada; el sueño, condenado. Bajamos de la mano hasta la cocina, como dos enamorados, y me senté a la mesa mientras ella preparaba café.

Sentí que era bueno poder charlar entre las cuatro paredes de nuestra vida en común, de pronto alterada por esa muchacha que tenía un muerto encima de su cama. Me apeteció despertar a mi hija Vera, decirle que corriera a hablar con nosotros ahora que podía, ahora que teníamos oídos para sus palabras.

Karen encendió el televisor y escuché decir: «Un suicida se equivoca de número de teléfono y es salvado por un sacerdote.»

Supe entonces que veríamos amanecer en la cocina. Supe que recibiríamos los primeros rayos de sol como una especie de bendición; que veríamos cómo iban a entrar por el ventanal orientado al este y a recorrer el suelo y la escudilla de Tucídides; que admiraríamos cómo iban a trepar por los muebles y por los electrodomésticos hasta tocarnos manos y cabello, inflamarnos de vida, calentar nuestra piel.

Muy a lo lejos, apenas audible, oí el canto de un ave.

Y luego ya sólo escuché el rugido de mis intestinos. Ya sólo escuché el murmullo de la carne de Karen mientras se ajetreaba con la mermelada, la fruta, los bizcochos. Ya sólo escuché todo ese ruido que hacíamos en nuestra pequeña vida condenada a desaparecer, todo el sube-baja-sube de nuestros míseros esqueletos.

-Sin azúcar, por favor -dije como un visitante educado.

Biografía

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN ( Gijón, 1971) Su última novela La ofensa ( Seix Barral, 2007) ha sido uno de los grandes éxitos editoriales de estos primeros meses del año. Anteriormente había publicado Los desposeídos ( 1997), la obra teatral Las apologías de Sócrates (1999), La filosofía en invierno (1999), Panóptico (2001), Los arrebatados (2003) y La noche feroz (2006, Premio Casino de Mieres) Obtuvo el Premio Juan Rulfo 2005 por Los caballos azules ( Ediciones Trea, 2005)


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