Está en: Portada > Revista > Narrativa> El deslumbrado

El deslumbrado

Este relato forma parte del libro Proust fiction (Barcelona, 2005) y ha sido cedido por cortesía del autor

Robert Juan-Cantavella

Abies

S


eis días que aguardamos y sigo sin adivinar el más leve cambio en el horizonte. Desde hace dos, el cadáver de Bolthorn despide un olor infecto. Seguramente empezó a morir envenenado al beber del agua que le sirvieron en la última posada. De eso hace siete días, uno antes de encerrarnos en esta misión descabellada.

Me las tengo que arreglar para dormir de pie, con la cabeza encajada en el cimborrio de este diminuto constructo industrial, atrapado entre la gran muela, el cadáver de Bolthorn, y ese Escargot. Ni siquiera me queda espacio para agacharme. A través de la ventana puedo ver las otras dos posiciones -ésa es mi misión-, una a la derecha del ventanal, la otra a la izquierda. Y en ellas imagino que hay otros seis soldados (quién sabe si no habrá muerto ya algún otro de los nuestros bebiendo de la misma agua que mató al gran Bolthorn). Lo cierto es que en seis días no ha sucedido nada más, tan sólo la pertinaz insistencia de las otras dos posiciones, apostadas a derecha e izquierda, erguidas sobre la planicie como dos colosos solitarios. Y entre ambos, dibujado con una línea incierta y vaporosa, un horizonte del que nunca acaba llegando nadie. Aunque ha de llegar, y cuando esto suceda nosotros seremos los últimos en avistarle y los primeros en salirle al paso, de tal modo que las unidades apostadas en las otras dos posiciones, una vez rebasadas por el adversario, puedan cubrir la retaguardia impidiéndole cualquier intento de retirada. Entonces acabaremos con él.

Por eso no sé hasta qué punto tiene sentido que siga vigilando día y noche, con la mirada fija en el mismo sitio vacío y lejano. Para cuando yo sólo pueda verlo como una pequeña mancha en el horizonte, en las otras dos posiciones ya lo habrán identificado y se pondrán en alerta, y a pesar de que no haya forma de comunicarse con ellas, supongo que podría descansar unos minutos sin prejuicio de escucharle llegar antes de que fuese tarde, dormir un poco. Aquí dentro sólo quepo encogido. Después de tantos días siento unos pinchazos terribles en la zona lumbar. Escargot no ha dicho nada desde que le conozco. Según parece es sordo. Lo han asignado a nuestra unidad dos horas antes de poner en marcha la operación. Nunca le di importancia porque no imaginaba que acabaríamos apostados en la misma trinchera.

Wrath

El estúpido de Kilse dice que él avistará la llegada del adversario antes que la posición tres. Es un buen vigía (y por muy incómodo que me encuentre aquí abajo, lo prefiero a estar plantado de pie y despierto durante días), pero Kilse no conoce como yo cuán astuto puede llegar a ser el teniente Og, que desde hace seis días espera embutido en la posición tres.

Así que el estúpido de Kilse sigue ojeando, ilusionado como sólo se atreven a ilusionar los de su estirpe. El muy necio todavía no ha comprendido que un peligro muy superior nos acecha. Ferragut, tan distinto de Kilse, sabe perfectamente que el mayor problema ahora es el intruso: porque estoy seguro de que Escargot es un intruso. No me extrañaría que ni siquiera fuese uno de los nuestros. Seguro que va disfrazado. El teniente Og le asignó la posición uno, con Bolthorn y Abies, quiero pensar que con la idea de tenerlo bajo control.

Og

Antes de morir tras una lenta agonía, causada -ahora lo sé- por el vino que bebí en la última posada, mi cometido era comandar el operativo como oficial de más alta graduación. Ahora, sin mí, están todos perdidos.

Nunca he confiado en ellos. Sobre todo en ese sargento. Lo he mandado a la posición uno con Ferragut y Kilse, él cree que porque sólo confío en él para controlar a los fieros Ferragut y Kilse, pero lo cierto es que no ha sido más que para no tenerlo cerca. Sólo les he confiado las órdenes más inmediatas. Los ocho saben que tienen que esperar, que cuando la figura del adversario aparezca por el horizonte, el vigía de cada fortificación debe alertar a los otros dos efectivos y esperar a que él se acerque. Según el plan original, Bolthorn saldrá entonces de su reducto forzando la puerta en un gran estruendo, para una vez fuera agitar los brazos tratando de llamar la atención del adversario, atraerlo hacia la posición dos, distraerlo y obligarlo de este modo a situarse dentro del triángulo de fuego de las tres posiciones. A pesar de todo, no sabrán qué hacer si esta figura, como parece, no llega nunca a atravesar la alucinógena línea del horizonte. Y ni siquiera yo, desde aquí arriba, envenenado, muerto y liberado del lastre de la materia y la tiranía de las intuiciones, ni siquiera yo podría asegurar que eso vaya a suceder nunca. Mis hombres esperarán hasta morir exhaustos. Mi ejemplo les habrá metido en filas, habrán sentido el peso del honor. Se comportarán como auténticos soldados. Y si ese melancólico caballero acaba por no acudir a su cita con el mito, antes morirán que se darán por vencidos. Los pobres.

Ferragut

Está prohibido hablar durante toda la operación. Nos han ordenado que nos digamos las cosas por señas. Y que no nos digamos muchas. En cada posición tres soldados. Aquí dentro apenas hay espacio para uno de nosotros. No sé cómo se las habrán apañado en las posiciones dos y tres, pero aquí estamos hacinados igual que los cerdos. Y encima tengo que aguantar al cabrón de Wrath, con su patético aire de superioridad.

Lo que más me jode de estas misiones especiales son las órdenes estúpidas. No les basta con prohibir toda comunicación con las otras dos posiciones, no: tampoco podemos hablar dentro de la misma posición, por si el adversario nos oye. Y ahí fuera sigue sin haber nadie. Los partes de Kilse siempre son el mismo: nada, todo igual.

Sólo una vez, el segundo día y muy ansioso, Kilse había dado la alarma: ya han llegado -dijo-, por el suroeste, como estaba previsto. Lo más extraño es que viene solo... Eso es lo que dijo.

Al final no resultó haber sido más que una cabra descarriada, eso y los lozanos deseos de Kilse de pintar algo en todo este asunto. Se disculpó y puso como excusa al sol: lo había deslumbrado. Desde entonces siempre lo mismo: nada, todo igual. Llevo seis días agachado en este zulo. El sargento está un poco más cómodo porque puede apoyar su espalda contra la pared, pero a cambio tiene justo al lado la única puerta de esta minúscula madriguera, la cual, como no está permitido salir al exterior, ha sido fijada como zona de evacuación. Aunque no creo que haya mucha diferencia, aquí también huele fatal.

La idea es que le peguemos una paliza. Que el primero en salir agitando los brazos como un poseso sea -cómo no- Bolthorn. Que una vez fuera, Bolthorn no se mueva ni un milímetro de su posición, para atraerlo a través de las otras dos. Y que cuando la víctima no tenga escapatoria le caigamos todos encima y acabemos con él de una vez. Pero el muy cabrón no viene. Hace dos días que no nos queda agua y no sé si cuento tres o cuatro desde que nos repartimos el último pedazo de enano sazonado. A este paso moriremos de cansancio, de hambre o de sed. Espero que el teniente Og no quiera llevar las cosas demasiado lejos.

Dofri

Muerto el teniente Og, se trata de nuestra única oportunidad.

Talos y yo, siendo simples soldados, no estamos autorizados a relevarle en el mando para dar la orden de abortar esta operación despropósita y salir de aquí. Y el sargento Wrath, líder natural del destacamento, ni siquiera debe saber que el teniente Og se está descomponiendo poco a poco a mi lado. Cada vez resulta más evidente que la decisión de esperar incomunicados ha sido un error. Y encima, el extremista de Talos, que continua ahí arriba haciendo de vigía sin darse cuenta de que cada vez es más dudoso que nunca podamos salir de aquí con vida, ya me ha impedido por dos veces darle un bocado al brazo del teniente Og. Tengo un hambre voraz. El calor de la mañana aviva el bullicio de hedores en que se ha convertido el teniente, y no se me ocurren mas que dos soluciones. Una es conseguir que el teniente, a pesar de estar pudriéndose, dé la orden de abortar la operación: preguntárselo con la ouija. La otra -y de perdidos, allí-, comerse al teniente Og antes de que se ponga malo y rezar por que esa endemoniada figura aparezca pronto en el horizonte. Si tarda mucho ni fuerzas nos quedarán para levantar nuestros enormes garrotes, nos vencerá sin derribar con sus propias manos, artes, suerte o armas a ninguno de los nuestros.

Lo que pasa es que necesito a Talos. Utilizaremos esta media cáscara de nuez para empujarla suavemente con los dedos, y puedo marcar las letras, los números, el sí, el no y las otras palabras mágicas con mi puñal sobre la muela bajera. Pero necesito a Talos para invocar juntos al espíritu de Og, para pedirle que dé la orden de retirada, exigírselo si es necesario. Aunque es probable que el necio de Talos se niegue a establecer la transcomunicación espiritual arguyendo la importancia de su misión como vigía.

Escargot

Ese miserable de Bolthorn ha tenido su merecido. Y el cabo Abies es tan estúpido que no se daría cuenta de que no soy uno de los suyos ni siquiera si ahora mismo me desprendiese de este estúpido disfraz. De momento todo marcha según el plan previsto. Si no ha habido ningún error el teniente Og ya debe estar muerto también, y sin su mandato expreso, la operación no puede darse por concluida.

El resto es mucho más fácil. Supongo que en la posición uno, el soldado Kilse ya debe haberle cortado el pescuezo al soldado Ferragut. De ser así, el sargento Wrath se habrá cagado de miedo. La posición uno quedará entonces en manos de un completo estúpido, y en consecuencia no podrá entorpecer mi plan: cuando la figura del adversario transforme la movediza línea del horizonte en otra cosa, alguien tendrá que salir a su encuentro... Dado que Bolthorn, a quien el teniente Og había encomendado esta misión, se pudre aquí a mi lado desde hace un par de días, y teniendo en cuenta que el deber de Abies es mantener su posición de vigía hasta que comience el linchamiento, salta a la vista que seré yo quien salga al encuentro de ese renombrado caballero. Lo que suceda después ya es harina de otro costal.

Kilse

Lo maté por su mirada. Pasa muchas veces. Me venía mirando mal desde la academia militar. Y todos estos días metido aquí dentro... no he podido reprimirme. Sus ojos pequeños y quietos, su sonrisa suficiente y ese ímpetu ingenuo que empuja a los imbéciles... primero le he cortado la yugular y luego la espina dorsal. El sargento Wrath ha intentado darme a entender que no ha visto el tronco de Ferragut separado de su sangrienta cabeza, y, tratando de poner a salvo su maltrecha dignidad, me ha recordado también que mi misión era seguir acechando desde los ventanucos.

El horizonte vaporoso nunca presenta un perfil definido, resulta difícil determinar si cambia o no, pues el calor levanta hasta la última molécula de agua por los aires y una neblina incierta filtra la infinitud del horizonte en una imagen borrosa de sólo dos dimensiones. Yo sigo sin ver nada a través de las ventanas. Tan sólo los otros dos molinos, a derecha e izquierda. De hecho, en el molino dos, aquel de la izquierda, debe estar ese Escargot. Todavía no sé muy bien qué hacía aquella tarde en la cocina cuando me lo encontré al ir por agua. Nunca supe muy bien si podía fiarme de él. Cuando le pregunté qué hacía allí se puso nervioso. Desde el primer momento pensé que escondía algo, y después de tantos días metido en este pequeño constructo industrial he llegado a la conclusión de que quizá intentara envenenarnos, no sé, echar algo en la sopa... El porqué tampoco se me ocurre, pero ya no importa, han pasado más de seis días y no ha sucedido nada.

Talos

Primero fue el teniente Og. Según el soldado Dofri murió envenenado: a juzgar -conjeturó- por los fuertes retortijones de estómago que precedieron a su último aliento. Pero ahora acaba de morir el propio soldado Dofri. No voy a ocultar que después de más de siete meses había acabado tomándole cariño, pero muy por encima de tan circunstancial sentimentalismo está el hecho de que ya no queda nadie a mi alrededor. Todos han muerto.

El teniente Og, el soldado Dofri... Seguro que en las posiciones uno y dos ha pasado lo mismo que aquí: todos muertos. Y si todos están muertos, ¿no quedo yo eximido de mi deber para con una operación que ya no tiene ni pies ni cabeza? Ocho o nueve gigantes -qué más da- muertos de asco y embutidos en tres simples molinos.

Bolthorn

En efecto. Esperábamos. Y cuando llegara yo era quien debía salir a su encuentro. Pero Escargot me envenenó. Por eso cuando ese inconsciente atravesó por fin el horizonte, siguiendo únicamente su libre albedrío, acabó adentrándose en el triángulo de fuego sin que nada de lo que habíamos ensayado sucediese. Fue entonces cuando la tomó con los molinos, supongo que el pobre no podía saber que ya estábamos todos muertos, incluso Escargot.

Biografía

ROBERT JUAN-CANTAVELLA (Almassora, 1976) es autor de la novela Otro (Barcelona, 2001) y del libro de relatos Proust fiction (Barcelona, 2005). Es probable que su próxima novela se titule El Dorado . Vive en Barcelona.


Narrativa | Dossier | Poesía | Crítica - reseñas | Reflexión/debate | Entrevistas | Ensayo - arte | Corresponsalías


Revista


Paralelo Sur
Revista de literatura

Número 6 a la venta Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 6

Visita el web
de la plataforma

Paralelo Sur - Revista de literatura - Número 4