V
iajé a París con la intención de postergar mi suicidio. Como allí no tenía nada que hacer, decidí hacerme putero. Jamás me había acostado con una puta, y ya estaba harto de recurrir a la masturbación.
Así que me compré una guía de la ciudad y busqué los anuncios sexuales. Pertenezco a una generación caracterizada por cierto pudor a la hora de contratar los servicios de una prostituta, por lo que decidí probar suerte con los encuentros de solteros, "rencontres" de personas liberadas sexualmente en los que se supone que tanto el hombre como la mujer buscan el mismo tipo de diversión, habitualmente sin los lazos afectivos de una relación ortodoxa. Es el equivalente de las personas sin compromisos emocionales a los encuentros de "swingers" o intercambios de parejas.
Tras muchos sí pero no, llamé a la agencia que me pareció más prometedora. Una suave voz femenina se disculpó por no hablar inglés ni español. Como pude, le expliqué que quería información sobre sus servicios. Muy amablemente, me indicó que lo mejor era que me pasase por sus oficinas. De hecho, yo ya había intentado pasar por ellas, pero no las había encontrado. Me sorprendió comprobar que el piso y puerta donde se hallaban situadas no eran los que indicaba su anuncio en prensa. Quedé en presentarme allí dos horas más tarde.
Con el corazón lleno de emoción y esperanza (sí, sí, el corazón), me dirigí hacia la agencia, con el secreto anhelo de encontrarme por el camino a alguna mujer que sintiera atracción por mí y estuviese dispuesta a quererme y hacerme el amor sin necesidad de cobrarme.
El edificio era amplio y céntrico, bastante aparente contra toda suspicacia de cutrerío y sordidez. Subí como un ladrón la crujiente y amplia escalera, dispuesto a echar a correr escaleras abajo a la menor señal de vecinos curiosos. Esta vez sí: sobre la puerta 133, la que me había indicado la dulce voz, lucía un rótulo con el nombre de la agencia, Contact Nosecuántos.
Me abrió una chica muy atractiva de camiseta prieta, lustrosa la piel por el tabaco y el zorrerío. Al principio pareció no recordar mi cita (me preguntó con qué miembro de su equipo la había concertado), pero no obstante me hizo esperar en un despacho mientras averiguaba quién me había atendido.
El despacho era de lo más curioso. Si tuviera que imaginar una oficina típica que sirviera de tapadera de algún timo o negocio fraudulento, no podría reconstruirla mejor: habitación grande y limpia, con buenas vistas, una mesa de madera, tres sillas, tres paisajes decorativos enmarcados y poco más: ni un teléfono, ni ordenador ni fax; ni una foto ni un cartel indicativos del tipo de trabajo que allí se desarrollaba ni de quién ocupaba la mesa; ni papeles timbrados ni tarjetas ni nada. Aquella oficina se podía desmontar y montar al otro lado de la ciudad en menos de media hora. De fondo sonaba una emisora de canciones melosas: con cierta incomodidad comprobé que la música surgía de un discretísimo radiocasette apostado sobre el suelo del lado del pasillo.
Sobre la mesa sí había algo: un mazo de postales publicitarias que anunciaban con dibujos retro una fiesta nocturna en una piscina de lujo; los miembros del club que organizaba el evento (club cuyo nombre no se correspondía al de la empresa a la que yo había acudido) entraban gratis. La perspectiva de asistir a una fiesta de relaciones liberales volvió a hacer resurgir mis esperanzas y a ponerme de buen humor. Quizá sí era aquél el sitio indicado, después de todo.
La chica volvió. Al final resultaba que sí era ella con quien había hablado por teléfono, o eso parecía. En todo caso, me atendería personalmente (me pregunté si en verdad habría más chicas -estaba seguro de que si había alguien más, serían chicas- recibiendo visitas, las dimensiones del otro lado del pasillo eran insondables, no tenía ni idea de qué o quién podía encontrarse más allá; no me parecía sin embargo que hubiera más clientes potenciales coincidiendo conmigo).
Algo nervioso, le pedí que me contara exactamente qué tipo de servicio ofrecían, porque no tenía ninguna certeza: mi francés, como podía ver, no era para tirar cohetes con los colores galos, y yo sólo buscaba una relación casual de risas y sexo, pero sobre todo sexo, nada de amor ni lazos duraderos. Gesticulando con su boca bien entrenada, como predisponiendo la papilla de su bebé, la chica me contestó que allí recibían visitas de hombres y mujeres casados o solteros con mis mismas pretensiones y que su labor era lograr que dichos hombres y mujeres encontrasen la pareja adecuada a sus gustos. Le pregunté cuánto me costarían sus servicios: me dijo que primero veríamos si podían satisfacer mi búsqueda y que luego hablaríamos de dinero. Fue justo en ese momento cuando sospeché que aquello me iba a salir por más de lo que yo estaría dispuesto a pagar.
La chica cogió un taco de papel en blanco y arrancó una hoja: para variar, tampoco incluía membrete, ni el nombre de la entidad. Ni un rastro, ni una pista de a qué se dedicaban realmente. Con un triste bolígrafo en ristre, se dispuso a anotar algunos de mis datos: edad, altura, oficio; le di sólo mi nombre -no me pidió el apellido, o no insistió- y el número de mi teléfono móvil, cosa de la que me arrepentí al instante. A continuación me pidió que le describiese el tipo de mujer que me gustaba. Le hubiera respondido cándidamente que ella, pero seguro que se lo habían dicho infinidad de veces -franceses, ya te digo, ¿que no?-, y no quería pasar por el simpático rijoso de turno; opté por decirle con falsa inocencia que me gustaban sobre todo con sentido del humor. No la engañé: ¿y físicamente? La cara, respondí, siempre me fijo en la cara, que tengan una bonita mirada. " Oui, mais, trés fine ou voluptueuse? ". Carraspeé. Me da igual. Bueno, un poquito voluptuosas me gustan más. Pero vamos. ¿Y el nivel intelectual? Eso sí que me daba igual. Le quise decir que yo encontraba interesante todo tipo de mujeres, independientemente de su supuesto nivel intelectual, concepto que yo encontraba muy relativo; pero mi francés no daba para tanto y no quería que malentendiera por lo del concepto relativo que todas las mujeres me parecían estúpidas, así que me limité a repetirle que sobre todo quería que la chica fuera alegre y tuviera sentido del humor. Buen rollo ante todo.
Sí, pero, ¿qué raza?
Desde luego, mi interlocutora iba al grano. Me revolví en la silla, no sin cierta complacencia; aquello realmente empezaba a parecerse mucho a lo que yo ya sospechaba, un "se la servimos a la carta", cosa que no me molestaba, antes al contrario, me evitaba enojosos prolegómenos sociales y garantizaba que habría sexo; ya sólo era cuestión de saber el dinero que me iba a costar.
Esta vez sin titubeos, le dije que me gustaban todas las razas, pero que sentía cierta preferencia por las negras, porque en mi país no solían abundar. Asintió con la cabeza, como diciendo, tate, te pillé, chavalín, te vas a cagar.
Dio por terminado el interrogatorio. Con una sonrisa tan genuina como el color de su pelo, me pidió que esperara mientras comprobaba en su "base de datos" si tenía alguna chica que respondiera a mis premisas y que estuviera disponible esos días; ¿quería algo mientras esperaba, un café quizás? ¿Un cigarrillo?, respondí ansioso. Me ofreció un cigarrillo de su propio paquete, lo encendí con su mechero y le pedí un vaso de agua. Salió de la habitación prometiendo volver enseguida.
Fumé con delectación mientras fantaseaba con la idea de acudir a una fiesta como la de la postal: " Préparez vos maillots ! ". Siempre había soñado con una sala-harem de piscina interior llena de mujeres esperándome con sus cuerpos desnudos en distintos grados de inmersión; aunque mi mayor ilu era colarme en unos vestuarios femeninos y poder espiar a sus usuarias sin ser visto.
De pronto, como respondiendo parcialmente a mis plegarias, por la puerta del despacho entró una negra gigantesca, a medio camino entre modelo de pasarela y actriz porno, con dos jorobas pectorales mal contenidas por un top trasparente y un frágil vasito de plástico con agua. Jamás he presenciado una imagen tan elocuente de la materialización de los bajos instintos masculinos: una mujer grandota y sexy y mandinga con un ridículo vaso de agua en su mano, es decir, decidida a cumplir hasta el más caprichoso o liviano deseo de su hipotético amo. Como siguiendo un papel preconcebido, la negra se inclinó hacia mí con naturalidad fingida, con naturalidad de cine X, depositando el vaso en mi mano abierta a cualquier iniciativa, mi mano predispuesta a animarla digitalmente. La chica se retiró contenta, cumplido su propósito a la perfección.
Aquello empezaba a revelarse, casi sin lugar a dudas, como un servicio de compañía para caballeros selectos. Caballeros con ¿cómo decían?, ah sí, con desahogo económico.
Noté que empezaba a ahogarme. Sin necesidad de negra ni piscina. La habitación empezó a dar vueltas conmigo de eje...
¿Y si no eran sólo eso? ¿Y si aquella compañía de compañía se dedicaba a algo más? El único indicio de su existencia era el pequeño rótulo con su nombre en la puerta; ninguna señal sin embargo de la clase de función o actividad que se desarrollaba detrás. Un piso grande pero prácticamente vacío, que podía ser desalojado en minutos; ningún documento, ningún formulario, ningún archivo en formato papel o digital que pudiera delatar la naturaleza de las operaciones que allí se efectuaban; hasta el rotulito podía desatornillarse en segundos y ser sustituido por otro. Aquel sitio podía ser cualquier cosa: ¿y si se dedicaban a hacer desaparecer a ilusos como yo? ¿A secuestrarlos y dejarlos sin riñón? ¿O a reunir pruebas incriminatorias para chantajearlos a posteriori?
Me levanté para rezagar mi nerviosismo y evitar que un tipo enmascarado y blandiendo una jeringuilla rezumante me pillara desprevenido si por un casual irrumpía en aquel momento con la intención de sedarme y hacerme desaparecer. Miré por la ventana, era un sexto piso, una altura considerable en pleno pulmón de París. Empecé a temer por mi vida. Lo mejor era salir de allí cuanto antes.
Mi consejera volvió en ese momento y, para mi horror, cerró la puerta y arrastró contra la misma una de las sillas. ¿Es que la puerta cerraba mal o pretendía cerrarme el paso? Probablemente las dos cosas.
Bien, dijo, mientras se sentaba con unos folios en la mano, tengo dos candidatas, a ver qué tal. Al trasluz comprobé que en los folios mecanografiados no figuraba ninguna foto. Eso me desilusionó un poco, pero volví a recuperar cierta serenidad y me dispuse a disfrutar de la descripción que mi interlocutora se dispuso a hacer de las dos chicas que ella creía me iban como anillo al dedo, nunca peor dicho.
Mi excitación fue en aumento conforme ella desgranaba las cualidades de cada aspirante a amante de un desconocido: la primera se llamaba Catherine, era antillana -ergo negra-, una chica muy alegre, de talla mediana pero muy bien formada -y ensayó con las manos unas ondulaciones para que me hiciera la idea, me había visto el plumero-; se adapta a todo tipo de conversaciones y habla inglés y un poquito de español, que para mí es perfecto, ¿no, imbécil? (esto último no lo dijo, pero me pareció oírlo en sus ojos); yo asentía complacido, sí, sí, ¿qué bien, no? ¡Tendremos tantas cosas de qué hablar! Pasemos a la segunda candidata: se llama Adeline, es mezcla de de color y francesa, pero de piel muy clara, MUY voluptuosa, con muchas curvas y de nivel intelectual alto, se dedica a la escultura -¿se dedica a la escultura?-, no habla español pero quiere conocer hombres extranjeros y experimentar todo tipo de placeres, y recalcó mirándome a los ojos, rollo te tengo calado chavalín a mí no me engañas: TODO tipo de placeres, está dispuesta a hacer todo tipo de cosas en la cama. Me pregunté cómo podía saberlo con tal precisión.
Probablemente le había preguntado más cosas que a mí cuando la escultora había acudido desesperada a la agencia en busca de compañía masculina para mitigar su terrible soledad.
A estas alturas yo ya lo tenía todo claro sobre aquel negocio y solamente me preguntaba qué cifra me pedirían por acostarme con una de esas maravillas de la naturaleza. Y es que casualmente las dos estaban disponibles aquella misma tarde, cosa que para mí era perfecta porque sólo me iba a quedar en París unos días, ¿no? Sí, claro, confirmé, mientras me imaginaba paseando por la calle del brazo de una puta de lujo con tacones altos y vestido transparente como la negrata del vasito: hasta en unas calles tan anónimas y pintorescas como las de París iba a necesitar mucho valor para pasar esa prueba de fuego.
Me preguntó cuál de las dos candidatas me gustaba más.
Le pregunté si no tenía fotos de ellas para enseñarme y me contestó que aquello no era un supermercado. Lo hizo con calculada indignación, supe que era otra respuesta automática y premeditada a una cuestión que le hacían a menudo. Fingí un leve desconcierto. Quería contestarle como se merecía: "Siempre que adquiero un producto exijo ver la mercancía", o algo así, en plan putero recorrido, pero de nuevo me faltaban las palabras en francés y no era cuestión de ofenderla o derivar en un fútil malentendido. Para marear la perdiz, porque llegados a este punto ya sólo era cuestión de jugar -o me las dejaba muy tiradas (de precio) o poco futuro iba a tener su negocio conmigo-, recordé que me faltaba saber un detalle importante de ellas: ¿de qué color tienen los ojos? Había olvidado decirle que prácticamente sólo encontraba atractivas a las mujeres de ojos oscuros, hasta el día de hoy aún no sé por qué ni lo sabré mañana. Así averigüé que Catherine los tenía oscuros y Adeline claros. A la mierda la escultora. Voilà , ya tengo a mi mujer ideal. y la posibilidad de conocerla esa misma tarde. ¡A eso se le llama suerte!
Llegaba el momento crucial tan esperado de la comisión. ¿Cuánto me cobraría su agencia por hacer de intermediaria entre moi y tan preciada beldad, por propiciar el encuentro de dos almas solitarias necesitadas de tiernas palabras y sexo salvaje? Mi tutora arrancó otra página en blanco del taco a su lado (mucho en logística no invertían, la verdad, quizás a fin de cuentas el proceso no devendría tan caro como imaginaba) y empezó a pormenorizar las tarifas. Transcribo literalmente, tengo sus hojitas garabateadas al lado: seiscientos euros por los " droits d'entrée ", es decir, el derecho de inscripción al Club Contact Nosecuántos; más dos mil euros por ocho encuentros (no supe dilucidar si siempre con distintas mujeres o si tenía que pagar cada vez que quisiera reencontrarme con mi ya a todas luces añorada antillana, ay, adiós mi antillana querida dentro de mi alma te llevo metida, la madre que te parió); o mil quinientos por cinco encuentros; o mil por tres.
Debió de ver la cara que ponía, porque rápidamente se apresuró a añadir: en el último supuesto (ella probablemente dijo caso), el de los mil euros, ya entran los seiscientos de entrada, no tienes que desembolsar más.
¿Y bien? ¿Qué opción me interesaba más?
Empecé a pensar cómo salir de allí conservando unas mínimas compostura y dignidad. Seiscientos euros era justo el doble de lo que yo había pensado como tarifa probable, esa tarifa que ni en sueños estaría dispuesto a pagar. Sabía que con toda seguridad aquella misma tarde me compraría una película erótica y que al cabo de unos meses me habría gastado en material visual para masturbarme la misma cantidad de dinero que ella pedía, pero, ¡voto a bríos!, sería al cabo de varios meses acumulados y en ningún caso se me hubiera podido pasar por la imaginación apoquinar seiscientos euros por un polvo. Ni de coña.
Volvió a insistir. ¿Qué tarifa prefería? Le dije, tartamudeando como una maruja pujando contra un lord en una subasta, que tenía que pensarlo. No era fácil decidirme. Por entretenerla un poquito más y disimular mi determinación a poner pies en polvorosa a la menor oportunidad -¿cómo hago para quitar esa silla de delante de la puerta sin que se note demasiado que quiero irme corriendo?-, le pregunté por el modo de pago; radiante, solventó mi duda, puede pagar en cheque o en efectivo, como prefiera. Supuse que una transferencia estaba fuera de toda cuestión.
Volví a enmudecer. La chica, cómo coño se llamaba, se inclinó hacia mí resuelta como una pediatra especialista en niños con retraso: ¿cuál es el problema? ¿El dinero es el problema? Ahora fui yo quien se hizo el ofendido: no, no, no tengo problemas con el dinero, pero me lo tengo que pensar, es que, sin haberlas visto... Otra hoja del taco, raaaas: mira, nene, te puedo hacer un descuento, pagas sólo los seiscientos euros y te dejo tener los dos encuentros, y así tú decides cuál de las dos chicas te convence más. Por si fuera poco, te dejo pagar en plazos: tres plazos de doscientos euros, o dos plazos de trescientos o, en una última concesión inesperada, cuatro de ciento cincuenta. Me lo escribió todito bien claro, no fuera a ser que el subnormal del español éste no lo entendiera aún. Ah, qué bien, musité yo, cabeceando agradecido y concentrándome en la hojita con los plazos, como si, a pesar de todo y contra todo pronóstico, REALMENTE no lo acabara de entender.
No podía dilatar más mi verdadero propósito. Ya sólo quería salir de allí. Mira, te agradezco mucho la información, pero realmente tengo que pensarlo, me voy y te llamo esta tarde. Hoy cerramos a las cinco, ¿seguro que quieres irte? Sí, sí, antes de las cinco te digo algo. Pero me vas a tener que llamar enseguida si quieres que te concertemos una cita con Catherine esta misma tarde, lo sabes, ¿no? Sí, bueno, me arriesgaré, si no es esta tarde otro día será, no hay prisa ni resaca para la marea de mis cojones, de todas maneras yo te llamo esta tarde seguro -a santo de qué le di mi auténtico número de teléfono, con cambiar un puto número era suficiente, luego si me hubiera interesado le repaso el número y le digo oh, me equivoqué, lo siento, es un trois en vez de un deux , pero no, tú siempre tan honesto, hasta para darle tu numero de teléfono personal a esta mafiosa, vete a saber si intervienen mi número y me cargan una tarifa dentro de un mes de la hostia, estas cosas pasan, es como tener el número de la tarjeta de crédito, sal de aquí cagando leches pero ya-.
PERO A VER, me dice la tipa dando un golpetazo a dos manos sobre el reflejo de mi cara en la mesa y acercando la suya a unos centímetros de la mía: ¿Qué es lo que vas a decidir fuera que no puedas decidir aquí? Bueno, yo, es que, en fin, primero quiero hacer unos cálculos a ver. ¿Es que tienes que comprobar que cuentas con ese dinero? No, no, el dinero lo tengo, está disponible, no vayas a creer, pero quiero pensarlo, quiero pensarlo, gracias por el esfuerzo, esta tarde te digo el quoi .
Se dio por vencida, por suerte para mí. Si llega a insistir un poco más, le hubiera dado los seiscientos euros y vete a saber si aparecía yo por la tarde para ver a la antillana: hubiera sido ya demasiada humillación comprobar que era la antillana la que no aparecía. Afortunadamente, mi anfitriona recuperó el talante y la sonrisa. Hasta me retiró ella misma la silla de la puerta, dejándome franca la salida al bendito exterior. Arreé disparado en dirección a la entrada, alerta por si había agazapado con un saco y una porra algún traficante de españoles ingenuos, listo para echárseme encima y sacarme a palos los seiscientos euros. ¿No quieres mi tarjeta? Oh, sí, respondí, deteniéndome en el pasillo y descubriendo mis dientes secos. Te resultará útil para llamarme esta tarde, añadió. Reforcé mi sonrisa mal apuntalada.
Me entregó una tarjeta con el nombre de la agencia, esta vez sí, bien clarito en letras de imprenta; y debajo: " Votre Conseillére: ", y más abajo el nombre de pila de ella, pero como sospechaba, escrito a mano. Ajá, así lo podía borrar cuando quisiera.
Salí zumbando del piso, con una mezcla de terror intenso y un no menos intenso alivio muy parecido a la felicidad. Al llegar a la calle desconecté mi móvil, se iba a quedar así hasta las cinco de la tarde y hasta las seis por si acaso. Tiré la tarjeta en una papelera, y las hojas con las cuentas (sí, en realidad las tiré, pero tengo buena memoria, joder); sólo me quedé la postal de la fiesta en la piscina, para soñar con ella, con la fiesta. Suspirando, eché a andar sin rumbo fijo, lanzando miradas hacia atrás para asegurarme de que no me seguían. Tras comprobar que así era, me entró una oleada de júbilo: para celebrar mi liberación, me metí en un McDonalds y me zampé un menú entero, el más gordo. HERNÁN MIGOYA (Ponferrada, 1971) es guionista de comics, de cine y escritor. Como escritor, es autor de los libros de relatos Todas putas (El Cobre Ediciones, 2003), un libro que causó un revuelo colosal con dimisiones incluídas y Más que putas (Martínez Roca, 2006) y de la novela, Observamos cómo cae Octavio (Martínez Roca, 2005)
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