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112 motivos para no ser yo

Antonio Ruiz Paños

P

or no poder ser tú, y así poder quererme
Por no seguir almacenando estos huesos en un silencio de piedra
Por esa palabra
Por estas rejas donde mi voz se extingue
Por el bombardeo de anoche
Por el veneno que sembraste y ha crecido
Por la pelota que nunca -nunca- entra en la canasta
Por mi vecina
Por su perro
Por esa sangre que ofende mi camisa sin haberla derramado (¿esa sangre?)

Por el pasado que nos agrupa y nos hace desfilar
Por tus labios que no amainan su suave tormenta
Por este dolor sin luz
Por el diablo que no me escucha
Por esa flor que ya no está
Por el padre que solo vive en mis sueños
Por la lágrima que abrasa despacio mis mejillas
Por el precio de la cerveza
Por ir a caer en esta galaxia minúscula
Por no saber jugar al billar

Por esta culpa que no me corresponde
Por la muerte que ya me saluda
Por tu ensayada sonrisa que siempre espero
Por la pistola que duerme, oculta a todos
Por las canciones que escucho cuando llueve
Por el que acecha desde el espejo
Por el olvidado placer de escuchar tus latidos
Por lo que pasó al volver a casa
Por no tener carné de moto
Por el odio rojo que me trae el viento

Por las serpientes desnudas que se reúnen para danzar en mi camino
Por las estrellas que se multiplican sin querer saber mi nombre
Por el vértigo de tu carne
Por este desierto que nos ocupa
Por ese amor entrevisto
Por la voz pálida que me niega y que mil veces volverá a hacerlo
Por ese taxi nocturno con manchas de semen
Por el hombre que no serás
Por aquella carta...
Por ese dragón que devora planetas en lagunas de eternidad

Por cómo se acaba la película
Por el pausado oxígeno que me descompone
Por el correcaminos, siempre triunfante y burlón
Por el equilibrio que así nos ata y reduce
Por no poder dormir en un lecho de hojas secas -en cualquier lecho- contigo
Por la atrocidad digital y compatible
Por las fronteras de sal que nos separan del mar
Por ese tintinear de manzanas que se oye antes del adiós
Por el vagabundo que canturrea en mi cabeza
Por los mimbres que me tejieron sin reconocer su error

Por los problemas amarillos que saludan tus manos cuando te adormeces
como flor que se cierra
Por este regusto a infierno
Por la obscenidad que vive en los otros, en todos ellos
Por el aroma de verdad que me aflige
Por haber renunciado a un placer cualquiera
Por las huellas fugitivas que aún persigues como un animal
Por la forma de dejar morir esta tarde tibia entre los dedos
Por mi cuerpo de mercurio y azufre que no reposa por hacerse de oro
Por no ser un caballo
Por aquel silencio...

Por el bombardeo de mañana
Por no poder devolver las lágrimas
Por el azar que nos lleva de la mano al patio
de atrás, sin pedirnos permiso
Porque ya no sé beber con las manos ni llegar
el primero a la otra pared
Porque ya no saben a miel las cosas
Por este ansia que es acero y desgarra
Por mi carne que siempre espera
Por las alas que no tengo ni tendré nunca
Por ese instante de animal quieto que tienes
cuando entrecierras tus ojos
Por el tatuaje que no se borra

Por los ladridos que se oyen al otro lado de
la alameda
Por el gusto de decir no
Porque alguien afila un cuchillo en la luna
que gira
Por la Navidad que llega rellena de ciruelas
Por la cicatriz de los días
Por no poder acudir a ti en la noche, como ángel de cuero
Por no escribir ese verso que merezca ser el último
Por aquel puñetazo mal dado
Por quedar segundo
Por el polvo que nos recubre el alma

Por las cruces de fuego que se reflejan en los espejos
Por la bondad perdida
Por las rocas que arden calladamente bajo mis pies
Por el horizonte verde que no verás
Por no poder tocar esa campana que solo para ti suene
Por no ser tu reloj y rozar tu carne, y escuchar tu sangre fluir a través mío
Por aquella pelota que perdí en un tejado
Por las olas que se dibujan a sí mismas y me hacen flotar
Por esas trompetas que no callan
Por aquel poco de carmín que queda en el pañuelo

Por no querer perdonar nada, nunca más
Por los amigos muertos
Por el almíbar de tu boca
Por la imposible consciencia
Porque el leopardo vende su piel
Por esa flecha que, ya en vuelo, sabes que fallará
Por el Dios de nuestros padres
Por estas velas de seda que no se despliegan
Por la araña que teje un nido eterno en el jardín
Por no amamantar más pena

Por la luz que nunca conocí
Por esta casa que es una isla
Por las verdades repujadas de oro
Por estas paredes de sombras minuciosas
Por la violencia de cada amanecer
Por mis silenciosas deudas
Por el adolescente beso que nos dará la muerte antes de culminarnos
Por estar aquí
Por no ser tú
Por no quererme

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