M
ujeres de contrabando por las cortinas
de un mundo que no las mira,
atadas a un poste que se hunde
en el mar del dolor contraído,
que salpica la puerta con cada herida
de un cuerpo que no tiene salida.
Mujeres que son sombras dibujadas,
sin ansias y sin garras
para arañar el cristal que las oprime
en el espejo de una vida que no es suya,
llorando contra el muro de sí mismas,
sin poder gritar por los barrotes que ahogan.
Mujeres sin permiso a ser mujeres,
condenadas a ser de alguien o de nadie,
borradas en el suelo que susurra
que tienen manos, que tienen piernas,
aunque estén atadas al abismo.
Siempre hay dos vasos en la mesa,
dos almohadas con formas y propuestas,
dos toallas con distinta agua pero igual calor,
siempre dos cepillos contra el espejo,
que sin embargo no devuelve dos reflejos.
Siempre unas manos sobre las otras,
dos ojos vigilando unos ojos que se escapan,
siempre dos cuerpos dispuestos en las sábanas,
pero sólo una voz dictando las palabras.
Siempre un portazo separando las miradas,
dos pies ligados a los pasos de otros zapatos,
cuatro paredes maquillando los rugidos
de una vida que acomete contra otra vida,
de un mundo que diluye su sombra tras el silencio.
Un instante más de lo previsto,
un brusco entrar en la conciencia
de los que huyen sin sentido,
contra un colchón de lana podrido,
a saco y sin mirar,
empujando tu sable de salido.
Un suspiro sin aire emocionado,
un roce sin mano ni piel,
un silbido y un mordisco morado
de esa boca que no besa
porque no tiene entrañas.
Un zumbido, un espasmo
contraído en tres carcajadas
que congelan la sangre
vertida en mi seno,
de estatua sin queja ni compromiso,
empotrada y escupida,
sin mirada,
sin caricia.
Condenadas al silencio por ser madres,
maquillando las sombras grises
que se adhieren a su piel
a base de ráfagas de aire
que son tan duras como esa mano,
que las atrapa,
que no las suelta,
atadas a esa fachada de sonrisas,
con los cimientos partidos en mil pedazos.
Castigadas por tener palabras
que salen de sus bocas sin ser buscadas;
obligadas a la obediencia
aunque tengan pies para seguir andando;
mutilado el corazón,
aprisionado en esos pechos ya gastados
de intentar respirar aire
donde incluso éste se asfixia.
Una mano encerrada que no descansa,
una boca que escupe sin pronunciar,
unos ojos que desconfían de la sombra
de ese cuerpo al que atan con anillos.
Una voz que retumba hasta en sueños,
la figura escondida bajo el violeta,
un nudo apretando la memoria
de esa vida enjaulada en casa.
Un yo que se sube por las paredes,
otro yo dislocado en sus entrañas,
olvidando el placer de abrir los brazos
para recibir algo más que un muro de carne.
Unos ojos abiertos a cada paso,
una boca que esconde todo su ser,
una mano que se agarra al imposible
de una rutina sin tregua hacia la nada.
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