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Mamá Grande

Ana Castillo

L

a Madre Originaria,
Madre Desde Antes De Que El Tiempo Comenzara,
La Abuela Primordial

La vieja había vivido en la parte trasera
de la casa de su hijo mayor—el Jefe,
en dos cuartos de tablas,

Poco más que una choza,
pero nítida y aseada,
con piso empedrado.

Afuera estaban el excusado y la ducha helada.
Habían dos gallos hermanos
y un gallinero repleto para picarte los pies.

Eso era lo mejor que el Jefe podía darle
durante los últimos años
a su madre. Ella tenía—¿qué—noventa

Cuando murió?
Bisabuela,
con cabellera de seda hilada color de perla

Y todos los días se ponía un delantal,
señal de ser
devota a sus propios quehaceres.


La bisnieta advirtió todo esto
desde sus primeras visitas familiares,
estadías de una noche, verdaderamente,

Entre cosechas.
Una especie de vacaciones más bien dicho,
en un lugar donde una ducha privada y un retrete

Sin moscas eran lujos,
a pesar del eterno silencio y el calor sofocante
de las tardes caniculares.

Como si estuviéramos en Pluto—
ya sea planeta enorme de gas o luna en fuga—
pesadas

Horas alargadas en agujeros negros
interrumpidas tan sólo
por las entregas cotidianas
Del repartidor de hielo,
el vendedor de tortillas,
el vendedor de frutas,
La mujer que hacía permanentes en casa,
el correo, de vez en cuando:
anuncios para una revista de estrellas de cine,

Un club que vende discos,
las cuentas eléctricas, noticias de un pariente
lejano.

Ella se puso a grabar cada detalle
como para una litografía,
una detective trazando un mapa para el futuro.

Ella comenzó con las manos delicadas de Mamá Grande,
cual orquídeas estrujadas,
pálidas y con manchas color café.

Después siguieron las enaguas
(todavía guardadas en un baúl)
que Mamá Grande había hecho de retazos rosados de algodón

Y con el borde bordado en croché
para la bisnieta,
el verano cuando ella cumplió diez.

(¿O fue cuando cumplió doce?
No—
a los once había comenzado a sangrar.

Después de esto, la pusieron a coser.
Ya no jugaba con los demás niños.
Y su madre—su madre tan real—

Color de Siena Tostada antes de agregar el óleo,
Ocre Oscuro y un azul de matiz misterioso,
la mantuvo encerrada,

Para aplanar masa, cocer frijoles,
aprender a preparar el arroz
y a planchar camisas correctamente).

Mamá Grande, también,
tenía una memoria férrea
de todo lo sucedido en su juventud,

En un radio de cien millas, más o menos,
de dónde había vivido toda su vida.
Ella se especializaba en recordar la Revolución,

El famoso viaje por ferrocarril con Pancho Villa
a Torreón.
(Que fue el momento culminante de los oprimidos

Que nacieron antes de mil novecientos diez,
sin diferenciar si habían estado presentes o no).
Una vez Mamá Grande haló a

Su bisnieta hacia un lado de un tirón
y con esa falta de ternura reservada para que los pre-adolescentes
se porten como gente civilizada.

La sentó en el piso entre sus rodillas,
y empezó a buscarle piojos,
un rito que a menudo iba acompañado

De advertencias y quejas
y lo que entonces eran
consejos incomprensibles.

Cipactli gritó desde las galaxias.
La Monstruo de la Tierra
cuyos ojos creaban manantiales

Y su boca, ríos y cavernas,
su nariz, los valles,
y su cabellera, los árboles y las espigadas hierbas.

Mamá Grande era grandiosa,
es cierto.
Aunque la niña aun no podía decir por qué.

Ella sólo sabía quedarse callada
y no dejar que nada pasara desapercibido,
ni una palabra dicha en voz baja,

Un regaño inmerecido,
la costumbre más insignificante.
Era su instinto formándose, quizás.

“No creas, muchacha”, comenzó la Monstruo de la Tierra,
“que yo alguna vez fui de esas mujeres
que seguía a aquellos que se decían soldados

“Como una mula
con un metate de piedra a cuestas
para moler el maíz de sus comidas,

“Obligada a acostarme con cualquier puerco
que me declarara suya. ¡Qué asco!
Yo no.

“Cuando los Federales llegaron y saquearon
nuestra casa
me escondí

“Arriba de un árbol.
Así lo hice.
Durante la noche huí.

“Viví en el desierto
y me alimenté de gusanos y de cacto
de todos tipos y variedades.

“Seguí los zopilotes que volaban en círculos
(acaso ellos me seguían a mí—
¡yo que estaba en los huesos!)

“Y cuando habían terminado
con su carroña
me guiaban adonde había agua para tomar.

“Un día
llegué a un pueblo donde una niña me dijo:
‘Eres bonita, güeno, no estás tan mal que se diga’.

“Me gané la vida en una cantina después de eso.
Bailamos con los Federales,
los Carrancistas, los Villistas, los Colorados.

“Bailamos con los Zapatistas,
Ay, ¿sabes, hija?
No importaba.

“Los hombres eran hombres
aun en aquellos tiempos.
Bailamos, bebimos y, sí,

“Nos quedamos con su dinero.
Todo daba igual.
Y de papel, que por lo general no valía nada.

“Cuando la Revolución terminó,
llegó la hora de regresar a casa,
cada uno por su rumbo.

“Mi familia nunca supo.
Ellos pensaban que había sido secuestrada.
Pero mi padre estaba muy enojado

“Y muy amargado por nuestras pérdidas.
Éramos los peces gordos de nuestra región.
Éramos blancos y poseíamos todo la alcurnia

“Que uno podía desear.
Él hubiera ofrecido una recompensa por su mejor potro,
pero no por mí.


“‘La leche se echa a perder con una noche afuera’,
declaró mi padre. No importaba
de quien fuera la culpa.

“No importaba lo que había pasado,
no tan sólo a una niña
sino a un país entero.

“‘¿Qué?’ le dije, un día
harta con él.
‘¿Crees que nadie me querrá?’

“‘Adiós,’ le dije, ‘para siempre’,
y salí por la puerta
para juntarme con el indio que

“Marcaba con hierros candentes a nuestro animales.
Mi padre nos corrió.
Me llamó puta.

“Ese indio sería mi esposo por los próximos
cuarenta y cuatro años.
Él era

“‘Comme ci comme ça.
Eso es Francés’ ella dijo, dándole un coscorrón
a la niña cuando levantó los ojos.

“Como esposo fue un poco cruel,
particularmente cuando se emborrachaba con pulque.
Eso era lo que los patrones daban

“Como pago por su trabajo.
Una revolución que se peleó por pulque
y todo lo demás, igual.

“¿Pero qué podía hacer uno?
En mis tiempos
una mujer necesitaba la protección de un hombre—

“Para salvarla de los otros hombres.
Si mi padre me hubiera dejado tan sólo
un pedacito de tierra, un cachito

“Yo hubiera podido regresar.
Yo hubiera sembrado maíz, unos frijoles.
Yo habría alimentado a mis hijos.

“Los hombres son inútiles.
En ellos no hay sorpresas.
Después de conocer unos cuantos uno puede discernir un patrón.

“Sí, algún día oirás a las mujeres decir
que todos los hombres son iguales.
Eso es porque lo son.

“Pero mi padre no me aceptaba,
dijo que era una ingrata.
Mi madre no tuvo nada que decir sobre el asunto.

“Y aunque todos peleamos en la revolución
para tener una parcela,
para sembrar un poco de comida,

“Tan sólo para que nos alcanzara.
Lo que realmente estaban diciendo
es que sería para que algunos hombres

“Fueran los dueños, tomaran las decisiones, mandaran sobre
las mujeres y los niños
y los burros y los azotados bueyes.
Y, claro está, otros hombres también”.

A veces estas historias son
compartidas en las cocinas o contadas
bajo los portales a la luz de las estrellas.

Otras veces una mujer
habla mientras peina
a su bisnieta,

Meticulosamente, parejo, despacio.
“Está bien”, Mamá Grande dijo en esa ocasión
mientras entrelazaba una cinta color rojo vivo

Con la soga colgante de cabello virgin,
un mecate que desciende por la espalda
de una niña

Que viste una combinación rosada debajo la cual posan
pezones como pasas
visibles solos a indiscretas miradas fijas.


“Está bien—si compartes propiedad con un hombre,
si compras un solar, los materiales para una casa,
la construyen juntos.

“Solamente conoce la ley
y te percates de lo que es tuyo.
Sabe lo que vales.”

Entonces, sin haber consultado,
dado una seña,
pedido el permiso del padre,

O haberse preguntado si la niña hubiese estado de acuerdo,
Mamá Grande le cortó la trenza con sus
tijeras de coser.

Con un agudo zas,
irrecuperable y sin manera de retractarse,
cercenada como si nada.

“Aquí tienes”, dijo Mamá Grande,
entregándole la tronchada cabellera,
“Algún día necesitarás unos pesos.

“Puedes vender esto.
Al fin de cuentas,
siempre serás el amparo en que más puedes depender”.

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