a C. J. A., in memoriam
Q
uiero escribir la sombra de los peces desde este abecedario ceniciento.
Yo soy quien limpia las escamas de una bombilla extinguida, el que escribe su rostro en las aguas benditas de los poetas, el enamorado de la vida que atesora sus dones en un caparazón de tortuga, el que narró la memoria de sus abuelos, el que apostó su dinero y recuperó unas monedas,
soy yo quien al sol insultó con palabras de oro y acarició con afecto el vientre hinchado de las ballenas.
Pero le habéis asesinado,
él ha querido ser el hermetismo de los pasos futuros, aquellos que contemplan el espejo hecho de sed y sangre.
Le habéis asesinado como a esos peces que amansó la madurez y que sentían sus escamas, el hueso, la virtud adolescente del que ama y es odiado.
Le habéis asesinado,
y acaso pueda escuchar yo el batir de sus alas, agua de amantes que no existieron nunca, arroyo rebosante de cenizas, carnívora tumba de metal devorando la corteza del árbol, ámbar que acoge en su textura las plumas negras del alma del hombre.
Le habéis asesinado,
y soy yo el que huyó de los sillones giratorios del consuelo, quien luchó contra la luz de un príncipe en el reino lírico del verbo y fue torturado por cantarle al silencio,
en el espacio antiguo del lenguaje, en el monte verde y la colina roja, en la sal del agua y el maíz prohibido al extranjero hambriento.
Le habéis asesinado,
al escribir la sombra de los peces desde este abecedario ceniciento,
al rociar los ojos de la monarquía con el óleo laico y la ceniza roja,
al escribir, contra el político o poeta, a favor de la cuna de seda del infante,
allí donde su tacto no descansa sobre flores de obelisco,
allí donde las huellas son borradas no por ruido o por galerna, sino en la incierta lámpara de calma ecuestre y la nostalgia amable de un palacio incinerado por mongoles,
le habéis asesinado.
Porque le habéis asesinado,
y un pez pétreo vive ahora ahogado en el estanque, mientras el ámbar pasa de mano en mano, de voz en voz, en la necesidad y en el hallazgo, bajo la sábana incierta de todo sufrimiento,
ahora vive y escribe a lomos de un caballo, sobre el prudente árbol cercenado por los súbditos del príncipe,
oh babélica ciudad, antes de ser Babel en unas manos, gotea en el granito nuestro esperma, gotea en el granito nuestra sangre, gotea en el granito nuestra sombra.
Le habéis asesinado, sí, ha querido luchar contra el expolio, contra la voz de un sacerdote, desde la lucidez y el desaliento, contra los tópicos y olvido del espejo que pregunta quiénes viven del gemido de los peces, quiénes viven de la muerte, quiénes viven de darse en sacrificio, inmolados, ofrecidos al falso dios de los poetas, quiénes viven...
Ha enseñado sus huesos y ha callado hasta alcanzar los límites.
Ha subido a la montaña y ha bajado el instrumento de los pájaros que viven del insomnio,
la sangre hurtada en las raíces, el vuelo herido por la balanza de odio entre unas manos,
le habéis asesinado,
aunque viva y escriba y sepa recorrer los campos de musgo subido a lomos de la pantomima, y acariciar el vientre de las mariposas nocturnas bajo el sueño de la muerte.
Ahora que sus asesinos son juzgados en el sueño y arden con sus fértiles flautas de tortura y de fortuna, en el arte sin historia le habéis asesinado,
y nadie podrá al fin mirar su rostro oculto en las escamas, en el caparazón de la tortuga, sin decir abecedario ceniciento,
y nadie beberá de las aguas del lago en el que yace por vosotros, enemigos de toda creación,
y nadie instigará de nuevo en mí la belleza de un mundo que no existe, las estrellas apagadas en la noche que no existe, el genocidio de otros peces que no existen,
que huyen como nómadas nocturnos por la sangre dorada de sus asesinos.Mateo de Paz (Baracaldo, Vizcaya, 1975) , filólogo por la Universidad Nacional a Distancia, es narrador y poeta. Colaborador habitual en revistas culturales y académicas, ha escrito sobre cuento, novela y poesía. Poemas suyos han sido recogidos en Once jóvenes poetas españoles ( Vulcane 11, 2005). También publicó el libro de microrrelatos «El muerto era yo», en Relatos (Edaf, 2005). Además ha sido incluido en la antología de relatos fantásticos La sombra blanca (Artemisa Ediciones, 2005). Su ensayo «El hombre sin generación» ha servido como prólogo de los Cuentos de muerte y de sangre del escritor argentino Ricardo Güiraldes (Artemisa Ediciones, 2006). Acaba de publicar «Algunos microrrelatos de Per Abad» en el libro colectivo Sexo, colores y cianuro (Edaf, 2006). En la actualidad es profesor de escritura creativa en Hotel Kafka de Madrid.
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