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Chus Fernández

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enemos el habla y la aurora

las raíces blancas en el costado de un vaso

el espejo que despierta y espera

en cuanto alguien enciende

la luz del pasillo

 

tenemos una caja en la que guardamos

la hierba plana y oscura sobre la que rodaba el balón

la mujer que se descalzaba antes de que empezase la película

y metía sus pies entre los asientos de delante

cuyos dedos moviéndose a un lado y a otro

eran pequeños topos que asomaban la cabeza

y medían con los giros de su cuello

el tamaño de su horizonte

en un espacio parecido al espacio

que nos separaba

a mi padre

y a mí

aquella tarde

cuando sus ojos dejaron de estar en la carretera

para estar en los míos (un volante es un mundo

pero no es el mundo pues sólo gira

hasta donde puede girar) mientras mi madre

desde el asiento de atrás intentaba encontrar el sendero

que a partir de entonces podríamos seguir

 

tenemos el azúcar

disolviéndose mezclándose

descendiendo suavemente hasta el fondo de la taza

(no queremos estar despiertos queremos estar de pie)

la lengua buscando en la encía la muela extraída

por la misma razón que el calor

va de las manos a la memoria

y vuelve con un gesto en el regazo

un gesto que fue también un cuerpo junto al nuestro

y ahora lejos tan lejos de nosotros

regresa cada noche

para traernos unas veces la fiebre

y otras veces su falta

igual que una roca es el sol que cae sobre ella

y la humedad de la arena que yace bajo su peso

 

pero no se le puede llamar voz al grito

 

por eso

aunque sea un lamento nuestra música

que no sea un grito nuestro canto

pues del mismo modo

que todo canto

convierte en un nido el corazón

ningún grito devuelve las hojas

a la rama caída

 

mientras tanto seguiremos así:

escarabajos incapaces de ver el sol que alumbra su camino

ni la sombra que sobre ese camino ellos mismos proyectan

si no hay día

cuando termina la noche

entonces qué hay

 

septiembre: la sal disolvía la nieve

(tiembla el cuerpo pero sólo porque el corazón

al moverse lo agita)

 

septiembre: encontramos por fin

los colores y en ellos la luz

era la sangre que le da forma al cristal

 

qué espero

por qué espero

por qué la espero

 

cómo pude perderme en un sitio tan pequeño

cómo pude perderla teniendo cogida su mano

 

en mi tiempo sólo hay tiempo

y recorro cada día la ruta

que lleva de la raíz

a la pulpa de la naranja

 

(no es blando el suelo

blandos son

estos pies que lo pisan)

 

un pozo es la distancia que separa

la vena de la garganta el tiempo

que tarda el sonido en cruzar la oscuridad

 

no hay río sin orillas que lo arropen

ni bosque sin pasos que lo crucen

no hay arena que tenga forma sin arena

ni huella que le deba más al pie

de lo que pueda deberle al agua

 

no compran hogazas los que duermen solos:

piden los tomates por piezas y no por kilos y llevan

en sus dedos negros lo que falta en el papel lo sé

lo he visto: el reloj tan ancho en los ascensores

y el oído profundo de los ciegos

¿a quién pertenece la carne enganchada en el anzuelo?

¿al animal cuyo mundo es más pequeño que su dolor

o a la mano que tira de él desde lo alto?

 

la brisa le devuelve a la sábana lo que se llevó la lejía

y bajo cada pisada se escucha el llanto de una madre

 

digo garabato y ven un puñal quienes entran en sus trabajos

pero ven una fresa quienes salen al recreo

 

está sucia el agua que mantiene vivas a las azucenas

y hay mordeduras en los dedos que las cortaron

 

pensad en las ventanas de una ciudad sumergida

los ojos de los niños alcanzados por la lava

y los brazos extendidos de sus padres

 

y después contened en vuestra lengua la bienvenida

apartad de mis oídos mi nombre y buscad en el barro el clavel

pues toda mano es reencuentro y despedida y cuando la mía se abre

cinco serpientes se arrastran hacia vosotros (vibra la carne

que cubre la infección y arden los dedos que la rozan)

 

frotad el suelo con la uva

y el cielo volverá a tener el tamaño de vuestros ojos

porque vosotros lo habréis mirado

 

acercaos venid

dejaos caer sin temor a la caída

posaos en mi corazón igual que se posan en la tierra

las mantas del pájaro abatido

hacedlo

vamos

buscad en mi pecho vuestra almohada

y sabréis dónde guardamos lo que perdimos

 

entrad en mi habitación

abríos paso a través de la maleza

volcad todos los cajones

subid al desván

y deslizad la cuchilla

entre los labios de las cajas

revolvedlo todo buscad ahí

entre las cosas que ya no nos servían

y no supimos qué hacer con ellas

entre lo que era demasiado pesado para cargar

con ello y demasiado leve para cargar con nosotros

subid entrad buscad entre lo roto

lo gastado lo pequeño lo cojo y lo quieto

buscad ahí lo que necesitéis para esta noche

y os pueda hacer falta por la mañana

convertid la memoria en una fuente

y no ansiéis esperanza bajo el párpado

(una pequeña gota no cabe

en un cuenco tan grande)

son cuerdas

las cuerdas de la guitarra

 

has vuelto

 

ve

 

háblales de mí

 

diles que es más resistente el tronco que los cimientos

que las ramas oscurecen el techo de los coches

pero ningún coche extiende su sombra sobre las rosas

diles quién eres en los pulmones del músico

y háblales del silencio que nos envuelve

en cuanto pasa la página igual que la paloma

sujeta durante demasiado tiempo a la cornisa

no puede comer mientras camina

 

ve

y diles todo esto

cuéntales es tu turno

eres el dueño del miedo que se instala en el corazón de los navegantes

el correo de los bosques por cuyos rincones extiendes la amenaza

llevas la luz al oído de los que duermen

y compartes con nosotros el sufrimiento de las bestias

 

eres la voz de los que se perdieron

conviertes el alma de unos en alimento de otros

dependes del baile y de ti dependen las distancias

 

estrechas las manos del llanto y la furia

tuyo es el destino del fuego

 

ve y díselo

yo sigo aquí

te escucho

te veo

en el techo

y en la pared

de esta habitación

si nuestros pies fuesen más largos

serían más cortos los caminos

si nuestras manos fuesen más grandes

serían más pequeñas las ciudades

 

abrimos un mapa y son hebras nuestros vínculos

cerramos un mapa y anochecen tres cuartas partes

de nosotros mismos

 

un brote es un límite

 

(burbuja que asciende

forcejea y se evapora)

 

pero también un límite es un brote

 

(quién no quiere irse

y quién no quiere quedarse

quién no intentó sumar su voz

al rumor de este río

 

quién querría saber

lo que otros sabían

y ahora sabemos:

 

que nada hay

más que esto

 

y de esto

sólo quedan

 

los nombres

y los huecos)

 

otros vendrán

 

y escribirán su nombre

con el polvo de mis huesos

 

eso es para mí la verdad

Bibliografía

Chus Fernández (Oviedo, 1974). Autor de Los tiempos que corren (Premio Asturias joven de narrativa, 2001, Trabe, 2002), Defensa personal (Premio Tiflos de novela 2002, Castalia, 2003) y la pieza teatral Puedes correr conmigo (Premio Explora 2005 de teatro breve). Incluido en las antologías Golpes (Ficciones de la crueldad social) (DVD, 2004), Viento de cine (Hiperión, 2002), Cuentistas (Zigurat, 2004) y Material inflamable para manos incendiarias . Editor del fanzine Material de desecho . Tras una estancia de dos años en la Residencia de Estudiantes de Madrid como becario de creación, actualmente disfruta de una beca de creación artística, concedida por Cajastur, en Barcelona.

 

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