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Un sudario

Rafael-José Díaz

C

uánto tiempo he tardado

en llegar a este día que hoy sostengo

con ojos desprendidos de anteriores miradas.

El tiempo es computable, pero nada

confirma que los labios

recorrieran la piel de cada instante

y entraran, a veces, más adentro

en la carne y la sangre de las horas,

con la misma pasión, el mismo aliento.

Y por eso no sé si el cuerpo ha sido

la mejor de las sedes

para el vaivén de instantes que me han hecho

estar ahora aquí,

ligero y tenebroso,

oyendo los lamentos de unos pájaros

en el alegre balanceo de unas ramas.

 

*

 

Ojos más puros y miradas

menos tenebrosas

han vencido el vacío de otros días

que ahora apenas recuerdo.

 

*

 

No hay regreso posible.

Soñaste en otro tiempo con decir

un paisaje de orillas sucesivas

con palabras de agua, casi humanas.

Era un doble desdoblamiento:

tu cuerpo se entregaba a la llamada

del mar, y el agua hablaba por tu boca.

¿Qué cuerpo, qué carreras sin medida

podrías ofrecer ahora, y qué

mar moriría por hablar?

 

*

 

Y sin embargo, aún

se levanta una brisa que lo dice

todo sin tener que decir nada.

 

*

 

Frente a mí, sin saberlo,

se ha desplegado siempre un invisible

paisaje despoblado: casas

en ruina, arbustos secos, esqueletos

de cabras o de perros solitarios.

Los pies sobre las piedras,

presentía,

no habrían vencido en lentitud al sol,

azor imperturbable al mediodía,

ni a las manos heridas por las zarzas

en el penoso esfuerzo de avanzar.

 

*

 

No insistas, golondrina.

No me grites a mí, que no te oigo.

Enhebra con tu pico el hilo de las nubes

y haz con él un sudario para mí.

 

*

 

Nunca llegué al final

de aquella playa. La arena

me sedujo: ardía

mi espalda contra ella

y el rostro se inflamaba contra el sol.

Cómo hubiera llegado hasta el borde de rocas

si mi cuerpo debía

quemarse en esa brasa, cada víscera

transformarse en un ascua, una pregunta

destinada algún día a ser ceniza,

a volver a jugar, arena, en las arenas.

 

*

 

Espera, hay tiempo aún

para que te incorpores.

Podrías, si quisieras,

aprender a volar sobre las aguas.

 

*

 

Arenas o racimos, mar o aire

acariciado por las ramas.

 

*

 

Me adentré en las afueras,

no era fácil

desvestirse a medida que avanzaba,

olvidar las palabras de mi lengua,

responder a otro nombre,

mirar en el espejo un rostro nuevo.

¿Hablaban sobre mí aquellos ancianos

embutidos en ropas polvorientas

al pasar junto a ellos

y cruzar otra calle

sin saber hasta dónde llegaría esa noche?

Más adentro. Me perdía,

sin querer regresar,

cada vez más.

 

*

 

Para no derramarlas

como la sangre de esta herida inútil,

la vida,

escribo estas palabras.

 

*

 

También derramo lágrimas,

a veces,

y la piel se estremece cuando cruzan

lentamente la cara hasta la barba.

 

*

 

La luz equilibrista de la luna

se desliza hasta un bosque.

Como un don, como un juego,

se columpia en las ramas.

Hemos venido juntos, pero apenas

nos conocemos.

Quedan lejos los nombres, las palabras,

los recuerdos, las lágrimas, los sueños.

Sólo hay ojos, espejos, rostro,

no tu rostro y mis ojos ni mi rostro y tus ojos,

sino un único rostro con los ojos de nadie.

Has dejado tu ropa

bajo un pino. En silencio

me asaltas con dulzura y me desnudas.

¿Es el aire o es tu aliento

lo que ahora me cubre?

No he cerrado los ojos para ver

tu pecho plateado

mientras tocas el mío con las yemas.

Va encontrando mi mano,

aletargada y ciega,

el difícil camino hasta tu cuerpo.

Y las piernas se enlazan

como arriba las ramas,

pero nunca consiguen el deseado equilibrio

de la luna.

Nos caemos, y ahora

se nos niega flotar sobre la hierba, hemos

de mezclarnos con todo lo que vive

en un bosque, de noche,

a la luz de la luna.

Bibliografía

Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971). Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (1989-1994). Fue lector de español en la Universidad de Jena (1995-1998) y en la Universidad de Leipzig (1998-2000). Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso . Como poeta ha publicado: El canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Premio Tomás Morales de poesía 2002, y Moradas del insomne (2005). En 2007 ha aparecido Le crépitement , un volumen que recoge una selección de sus poemas traducidos al francés. También ha publicado entregas de su diario, entre las que cabe destacar La nieve, los sepulcros (2005). Ha publicado traducciones de Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Philippe Jaccottet, Gustave Roud, Jacques Ancet y Ramón Xirau. Como ensayista, ha publicado Rutas y rituales , una selección de sus ensayos escritos entre 1993 y 2003. Actualmente es profesor en el I.E.S. Carrizal (Ingenio, Gran Canaria).

 

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