E
l coche en sombra bajo el tendejón
y flecos de maleza parda junto a las ruedas.
El sol de mediodía percute en el asfalto
y siembra el arenal de transparencias.
Dos muros desdentados,
una señal de tráfico,
restos de chapa y neumáticos rotos
son cuanto evoca
el tiempo de los hombres, su transcurso.
La botella de agua y tus gafas veladas.
Estar de paso es de repente
este paisaje alucinado,
esta incredulidad de diez minutos
que es otro modo de distancia
y convierte la vida en memoria precoz.
Dejas caer el agua por tu frente
y el pelo se te encrespa, más oscuro.
Has vuelto a abrir los ojos
y una sonrisa rompe el maleficio,
este breve paréntesis de insidia
que tiembla con el aire.
La mueca de tu alivio es una calma
y sé reconocer su contundencia.
Veloz hacia un destino
que nos llama sin conocernos,
el coche arranca y deja surcos en el arcén.
Queda sólo esta luz,
la aguja fiel de agosto
que horada cuanto toca,
más allá de nosotros.
(2005)
One must have a mind of winter.
Wallace Stevens
El tiempo no te ha dado las respuestas,
sólo nuevas preguntas.
Declina con las horas
la luz, las calles se despueblan,
desde tu cuarto sólo ves
un futuro de ramas harapientas,
la noche agazapada en los tejados,
y crees sentir, incluso, esa quietud
que precede a la nieve
como un aliento contenido,
algo que espera a ser
y desespera.
El invierno
lo hace todo más simple,
con su buril de frío y de carencias.
Es una disciplina,
un acuerdo entre el mundo y su reverso,
el lado de penumbra en que se apoya.
El color de la tarde
se iguala al pensamiento.
Cae sobre la calle
una luz aclarada, casi exenta,
y todo se distancia y adormece
como en un objetivo,
como si el mundo fuera un diagrama del mundo,
un mapa desnutrido y eficaz
que ha dado con el hueso de las cosas.
La mente se complace en el invierno.
Le alivian sus aristas,
su quieta economía,
la forma en que se atiene a lo que tiene.
Todo lo simplifica,
también estas preguntas intranquilas
que cambian con el tiempo,
que no cambian.
(2005)
El grajo que reposa en esta página
-el mismo que ha graznado en tantas otras,
profetizando noches, carencias, desengaños-
no tiene constancia de su rango:
el frío del norte enciende su instinto
al azar por los caminos del aire,
pendiente de los hitos del insecto y la semilla.
Es grajo sin saberlo. No conoce
las ropas que le cuelga mi superstición,
los temores y equívocos que su vuelo despierta
bajo la terca lividez del cielo.
Vive ajeno de sí,
absuelto por un clima sin clemencia:
yo lo contemplo desde la ventana
de mi vieja inquietud.
El pulso punitivo de mi ensueño
construye un nido en esta página.
No sé si el grajo viene o es su sombra
la que ahora mira sin mirar, plegadas las alas,
con ojos que me juzgan transparente,
este grajo que trazo con mis dedos
y en el frío de marzo grazna su indiferencia.
El negro de sus alas rima con la pizarra
cuando de pronto tuerce el cuello
buscando no sé qué, tal vez una salida.
Ignora que fabulo su reposo
a fin de que él encarne mis temores.
(2002)
Bajo la tela de la noche
y sus linternas diminutas.
La puerta abierta.
La remetida claridad del cuarto
tras las ventanas.
La humedad en reposo de la tierra.
Y el ruido de unos pasos en la grava
que anuncian tu llegada,
tu saludo abstraído,
tu calor.
Imaginé esta escena alguna vez,
antes de conocerte:
hueco en el aire del deseo
que tú ocupaste.
¿O fue, tal vez,
que tú la imaginaste para mí,
que me diste tu anhelo antes de hallarnos
para arrimar a su temblor
la común extensión de nuestras vidas?
(2000)
Azulean las horas detrás de la ventana,
hay un estruendo sordo de coches que destellan
al doblar las esquinas, bajo la lluvia unánime,
pasan capuchas y paraguas, luces agudas,
y en todas partes
(en cada quicio de tu cuerpo,
en cada surco)
se hace de noche lenta,
áspera,
penosamente. El tiempo de los verbos luminosos
se apaga como un fruto deshuesado
y las puertas se medio abren,
medio cierran
en una penumbra dubitativa.
Caminas por la casa con hambre de más hambre
pero todo conspira para contradecirte:
ángulos que se comban, goznes de niebla,
la cuadrícula fiel de las estanterías
y su partida siempre en tablas.
¿En qué instante del día desaparece el día?
Lejos del mediodía y su ojo sin pestañas,
miras oscurecerse las horas, el asfalto,
tu frente que construye
agrias fosforescencias de palabras
y dejas que la lentitud sea tuya, te amanse,
te remanse.
Si vinieras acá, si fueras más adentro,
oirías otra música,
no de calle,
no de lluvia insistente,
no de vivos colores
bajo la piel del agua:
una música inscrita en la red de la sangre,
en la trama de espejos de la sangre.
¿En qué momento de la noche se abre la noche?
Tibiezas corporales, instantes plegados,
replegados,
distancias que se anudan en el lecho expectante.
Un mundo se derrumba y otro yergue sus tallos
en el tibio lugar de la vigilia, junto a las ventanas
que ilumina, con su aliento benéfico,
el destello de sodio de las farolas.
Jordi Doce (Gijón, 1967) es doctor por la Universidad de Sheffield (Inglaterra) y ha sido lector de español en la Universidad de Oxford. Además de la traducción de la poesía de William Blake, T. S. Eliot, Geoffrey Hill, Ted Hughes, Charles Simic y Charles Tomlinson, es autor, entre otros, de los poemarios Lección de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (Premio «Ciudad de Burgos», DVD, 2002) y Gran angular (DVD, 2005). En prosa ha publicado el libro de notas y aforismos Hormigas blancas (Bartleby, 2005), el ensayo Imán y desafío ( Premio de Ensayo «Casa de América» , Península, 2005) y el libro de artículos Curvas de nivel (Artemisa, 2005). Coordina el área de poesía de Hotel Kafka.
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