D
el paso de los días se deriva
insoslayablemente
la pátina de polvo que oscurece las cosas,
el color primitivo, su prestigio.
Sobre las fotos,
sobre las cartas que aguardan la respuesta,
se posa la caída de las horas.
Así que cuando empuño mi bayeta,
o sea, cuando la empuño como un arma
combativa y alegre en su violencia,
postergo sin piedad cada jornada
e introduzco una variable impertinente
para dejar constancia de que es que estoy viviendo
entre las paredes, las cosas de mi casa.
Y que mi pulso es firme
como todo lo que amo
desde el esfuerzo ímprobo, inocente
de restaurar la imagen más hermosa,
la desprendida de sí, la aérea,
ya sin su propia penumbra,
sin la sombra tenaz, sin trayectoria,
frágil e incorpórea
y también consistente.
Con la misma fragilidad de lo que nos rodea,
nos circuncida,
nos rodea del espacio imprescindible.
Con su ingenua y rotunda resistencia,
sus uñas contra el tiempo
o el olvido.
(de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)
a Juan Luis Calbarro
Cuando estoy ante la hoja de papel
y pienso que la tinta la fecunda,
la ensucia felizmente con su esperma
oscuro y rumoroso como el agua,
me siento tan inútil e incapaz
mirando la fiereza del amor
de otros ve rs os escritos desde antes
que apenas malamente si me sirven;
tan sólo es que conozco la teoría
de una parte del libro que alimento
pero a partir de ahí el camino está
sin marcas ni cercado ni balido,
la soledad es mía y sólo mía,
las letras más oscuras las escribo
con el aire que expulsan mis pulmones
y es mía la silbante desazón
con que pronuncio sitios y pe rs onas
si ya crecí y no puedo sostenerme
y estoy mirando sola el alfabeto
para ver cómo horada sobre el aire,
sobre el cuerpo del tiempo en el que soy,
estelas o señales demoradas.
Por eso mi mirada no es ingenua
o sólo en ese resto de primaria
y soleada picazón de la alegría,
porque gané y me hice poseedora
de la zona de sombra incuestionable
con que las cosas miran a la muerte.
También de la torpeza con que miran
el sol y su calor en primavera
si llegan los manzanos a traerme
el corcho del sabor ya restallado
como un licor ardiendo en el empeño
inútil e insensato de construir,
de armar un edificio de cristal
para atrapar la sombra de ceniza,
rescoldo que dejamos en el aire.
(de Carnalidad del frío¸ XVIII Premio de Poesía "Ciudad de Badajoz", Sevilla, Algaida, 2000)
Hasta el poema llegan, como islotes
de óxido y de plancton celular,
los restos silenciosos del naufragio
en que quedan los barcos y los hombres
tras el amor intenso, el oleaje
que levanta su proa y la sumerge
al fondo de la mar y sus caballos.
Las caracolas guardan su rumor,
la lentitud sombría en que los peces
desnudos se acomodan a morir
y vuelven cristalina su belleza
de fósil, su armadura transparente,
su vertical caída hasta el silencio
en que el fondo del mar guarda la espuma
que levantó el deseo y las mareas.
En su abisal distancia deslenguada,
amor y mar comparten varias letras
y la raíz mojada por la sal
empapa cada signo tras su empeño
por la coloración y el frenesí.
La boca humedecida, la entretela
del cuerpo y sus humores ablandados,
las veintisiete letras rezumadas
por la líquida masa del amor
después se vuelven piedra quebradiza,
astilla y fósil blanco en su rescoldo,
su agalla enrojecida en el vivir.
(de La ausente , Cáceres, Diputación / Institución Cultural "El Brocense", 2004)
a Paqui Noguerol , otra vez
La mujer pinta sus pies de rojo y se descalza.
Bajo su ropa, el cuerpo es transparente
y lo atraviesa el tiempo y sus cristales.
Cuando se mueve ausente de sí misma
y se disuelve blanda en el acopio
del vértigo que trae la atrocidad,
se borran los colores de su cuerpo,
medusa oleaginosa e invisible
que precipita el agua y el dolor
soltando en escorpiones la mañana.
Por eso se rebela contra el blanco,
inventa otro mar rojo y su prodigio,
el corazón abierto y mercurial.
Con la sangre rojísima y alegre
de la barra encendida de carmín
pinta un hígado tierno en el exacto
milimétrico lugar para su hígado.
Sobre el pulmón, dibuja otro pulmón,
el hueso peroné sobre su pierna
y sobre ella, un bisonte que no muere.
Para la aorta, un hilo delgadísimo
por el que corren potros y hematíes,
en la yema del dedo principal
un caracol valiente y diminuto
que avanza de aeropuerto en aeropuerto
y jibariza el miedo, los desastres.
Y en la matriz, el mar y sus campanas.
Sobre su cuerpo blanco de dolor,
translúcido en el tiempo desolado
de las flores que mueren sin aliento,
pinta un cuerpo completo, enrojecido
como un sol vegetal e imprescindible.
(de Libro del arrebato , Plasencia, Alcancía, 2005)
Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967). Poeta y profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografía del desastre (México, UAM, 1997), La sola materia (Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998) y Carnalidad del frío (Premio de Poesía "Ciudad de Badajoz", Sevilla, Algaida, 2000), así como la plaquette El ángel de la ira (Zamora, Lucerna, 1999). Recientemente, ha publicado La ausente (Cáceres, Diputación / Institución Cultural "El Brocense", 2004) y la antología Libro del arrebato (Plasencia, Alcancía, 2005).
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