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[El sol ¿habla?...]

Eduardo Moga

E

l sol ¿habla? ¿Comparte

la facultad de hacerse sombra,

de ser ruido y silencio,

de ensanchar la hendidura de los ojos

y cancelar el bosque de los ojos?

¿Muere y sigue latiendo?

¿Escucha, derribado en lo alto,

el grito de la sangre

de quien escribe, el calmo paroxismo

de su aliento? Oigo

su rumor lacio

doblando las esquinas de la carne,

haciéndose

sustancia mía, prórroga de mí,

diapasón llameante

que pauta el gotear

de mis fluidos en la crátera

del mundo.

El acto de la luz se suma, pues,

al acto de la nada, en el que deposita

una lenta centella,

que vivifica

las cicatrices

aletargadas y es tajante

como la seda. El sol asedia

los ojos, que rehúyen su oleaje

y sus tabiques,

y se refugian bajo el toldo

tenue de la palabra, enemiga del tiempo

e hija del tiempo. La palabra tiene

mamas candentes,

de las que bebo, y sequedades

que acato, cuyas sendas son silencio:

en sus bárbaras ramificaciones,

regidas por un ritmo doloroso, sepulto

mi frío,

aunque el frío regrese,

y se establezca en lo solo

de las entrañas, y me enfrente a mí.

El sol

es un puño pasivo

que, consumiéndose, no muere,

que, ensimismado, impone su frenético tul

a los eriales en que agonizamos.

Y la palabra es húmeda

como el sol, con sus cánulas terribles

y su amor impregnado de fiereza

y su blando esmeril, y se derrama

por la mirada como un polen

enfurecido

o una rutilante herida.

¿Habla esta oscuridad que segrega la luz,

esta deriva

por las vísceras y la analogía

a que compelen las aristas

del tiempo? ¿O es sólo un zumbido yerto,

el bisbiseo angosto de las cosas que expiran?

¿Dimanan

de este abollado

fulgor las frases

con que me muerdo,

o me abstengo de mí,

con que transcribo lo que he visto

sin ojos, o antes

de ser, pero que yerran

y se desnucan,

y reencarnan

en toda inacción

y en todo movimiento? ¿Acaso me ilumina

a mí, embebido en la construcción

de un paréntesis carnal

con el que moderar la acedía del sueño?

¿Hablan las sombras que proyecta el miedo?

¿Reverdecen, rozadas por el verso,

o permanecen en el páramo

del yo, ocultándolo

bajo su néctar afilado,

fermentando en sus órganos

y en su memoria,

como un muerto luminoso?

 

[Poema XXIV de Cuerpo sin mí ]

Bibliografía

Eduardo Moga (Barcelona, 1962). Ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada (1998), El corazón, la nada (1999) -en esta misma colección-, La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003) y Soliloquio para dos (2006). Ha traducido a Frank O'Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Ramon Llull, Carl Sandburg, Richard Aldington, Tess Gallagher y Arthur Rimbaud. Practica la crítica literaria en Letras Libres , Cuadernos Hispanoamericanos , Revista de Libros , Archipiélago , Quimera y Turia . Es responsable de las antologías Los versos satíricos (2001) y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004). Ha publicado el compendio de ensayos De asuntos literarios (México, Ediciones de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2004). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.

 

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