E
l sol ¿habla? ¿Comparte
la facultad de hacerse sombra,
de ser ruido y silencio,
de ensanchar la hendidura de los ojos
y cancelar el bosque de los ojos?
¿Muere y sigue latiendo?
¿Escucha, derribado en lo alto,
el grito de la sangre
de quien escribe, el calmo paroxismo
de su aliento? Oigo
su rumor lacio
doblando las esquinas de la carne,
haciéndose
sustancia mía, prórroga de mí,
diapasón llameante
que pauta el gotear
de mis fluidos en la crátera
del mundo.
El acto de la luz se suma, pues,
al acto de la nada, en el que deposita
una lenta centella,
que vivifica
las cicatrices
aletargadas y es tajante
como la seda. El sol asedia
los ojos, que rehúyen su oleaje
y sus tabiques,
y se refugian bajo el toldo
tenue de la palabra, enemiga del tiempo
e hija del tiempo. La palabra tiene
mamas candentes,
de las que bebo, y sequedades
que acato, cuyas sendas son silencio:
en sus bárbaras ramificaciones,
regidas por un ritmo doloroso, sepulto
mi frío,
aunque el frío regrese,
y se establezca en lo solo
de las entrañas, y me enfrente a mí.
El sol
es un puño pasivo
que, consumiéndose, no muere,
que, ensimismado, impone su frenético tul
a los eriales en que agonizamos.
Y la palabra es húmeda
como el sol, con sus cánulas terribles
y su amor impregnado de fiereza
y su blando esmeril, y se derrama
por la mirada como un polen
enfurecido
o una rutilante herida.
¿Habla esta oscuridad que segrega la luz,
esta deriva
por las vísceras y la analogía
a que compelen las aristas
del tiempo? ¿O es sólo un zumbido yerto,
el bisbiseo angosto de las cosas que expiran?
¿Dimanan
de este abollado
fulgor las frases
con que me muerdo,
o me abstengo de mí,con que transcribo lo que he visto
sin ojos, o antes
de ser, pero que yerran
y se desnucan,
y reencarnan
en toda inacción
y en todo movimiento? ¿Acaso me ilumina
a mí, embebido en la construcción
de un paréntesis carnal
con el que moderar la acedía del sueño?
¿Hablan las sombras que proyecta el miedo?
¿Reverdecen, rozadas por el verso,
o permanecen en el páramo
del yo, ocultándolo
bajo su néctar afilado,
fermentando en sus órganos
y en su memoria,
como un muerto luminoso?
Eduardo Moga (Barcelona, 1962). Ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada (1998), El corazón, la nada (1999) -en esta misma colección-, La montaña hendida (2002), Las horas y los labios (2003) y Soliloquio para dos (2006). Ha traducido a Frank O'Hara, Évariste Parny, Charles Bukowski, Ramon Llull, Carl Sandburg, Richard Aldington, Tess Gallagher y Arthur Rimbaud. Practica la crítica literaria en Letras Libres , Cuadernos Hispanoamericanos , Revista de Libros , Archipiélago , Quimera y Turia . Es responsable de las antologías Los versos satíricos (2001) y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles (2004). Ha publicado el compendio de ensayos De asuntos literarios (México, Ediciones de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2004). Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.
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