A
menudo, las características particulares de un texto nos permiten extraer la suficiente información como para hacer un análisis completo de este. Sin embargo, otras veces es necesario (siempre conveniente) colocar este texto en la "autopista de la historia" para intentar desentrañar su íntimo sentido.Por eso creo que es importante plantearse la relación entre el discurso histórico y el discurso literario para llegar a atisbar la "verdad" que contienen el texto del Padre las Casas.
Sin embargo, como casi siempre, lo mejor es empezar por analizar la estructura del texto, es decir, aquello que hace de la obra un artefacto literario, para poder después enfrentarlo al discurso histórico.
Así pues, la estructura de la obra de las Casas presenta un marcado carácter episódico donde cada capítulo funciona por sí mismo, de forma autónoma, sin la necesidad de integrarse en la unidad de la obra para ser perfectamente comprendido. Este carácter episódico es fundamental para la tesis que pretendo desarrollar, sobre todo en s aspecto de reducción de la unidad del texto a una mera yuxtaposición de episodios autónomos.
Pero analicemos cada uno de estos episodios, su estructura y su estilo, ya que en ellos y no en la generalidad de la obra está la auténtica literalidad de la "Brevísima relación de la destrucción de las Indias".
Si nos fijamos en la estructura, advertiremos que el relato está dividido en una serie de secuencias (lo que Propp llama funciones, es decir, aquellas unidades que definen "la acción del personaje desde el punto de vista de la significación en el desarrollo de la intriga"). Estas secuencias o funciones se ajustan perfectamente a las que componen el relato tradicional, es decir, las de presentación, nudo y desenlace (los españoles llegan a las tierras, entran en contacto con los indígenas, y los matan) que sigue un modelo similar a lo largo de todos los episodios. La estructura de estas secuencias recuerdan también a la retórica clásica: exposición de la intención (aproximación de los españoles), ejecución de la acción (matanza) y consecuencia de la acción (desolación de las Casas ante la destrucción del paraíso). Además, las Casas siempre acaba el episodio incorporando un juicio personal (que, haciéndose portavoz de la razón, se convierte en universal), a la manera de conclusión del discurso retórico o moraleja del relato tradicional. De esta manera, vierte las Casas su discurso, pretendidamente histórico y objetivo, en un molde literario clásico y reconocible, tanto por los lectores cultos como por los no tan cultos (aunque su intención sea captar la atención a un único lector).
Junto a estas secuencias o funciones principales, las Casas introduce otras secuencias secundaras que sirven para reforzar la literalidad del texto. Las Casas utiliza descripciones como apoyo lo que cuenta, ya sean indicios o descripciones de personajes y sus características (según la terminología de Roland Barthes), ya sean informaciones o descripciones que nos introducen en el marco histórico temporal. Vemos pues como cada uno de los episodios de las Casas se ajusta perfectamente a la estructura tradicional del relato, incluso desde el punto de vista de la narratología actual.
Por otra parte, si nos paramos a analizar a los personajes, nos encontramos con que no existen personajes concretos, tan solo hay personajes genéricos. No hay una caracterización particular de ningún personaje, y los pocos que se singularizan son planos, sin profundidad ninguna, meros nombres, como Juan García o los de los caudillos indios, pero sin nada detrás. Tan genéricos son los personajes que las Casas renuncia al diálogo, a dar voz particular a cualquiera de ellos, pues son importantes por su función y no por su individualidad.
Además, los personajes se nos presentan polarizados en un procedimiento antitético que se repite en cada uno de los capítulos: los españoles, en el polo negativo, y los indios (con claras referencias al mito del buen salvaje), en el polo positivo. En medio de ellos, a modo de mediadores, los frailes que van a predicar a las Indias y que no pueden contener el desastre.
La acción es lo realmente importante en la obra de las Casas que en eso, según Parker, sigue los postulados que definen otro género literario, el teatro español, desde sus orígenes hasta nuestros días: acción por encima del personaje, tema por encima de la acción y unidad de la obra en el tema. También, como veremos después más ampliamente, el tema se superpone a la acción, que acaba siendo repetitiva episodio tras episodio.
También el estilo que utiliza las Casas es plenamente literario, alejado de la objetividad que requiere un texto histórico riguroso (tal vez la mejor prueba de ello es que el texto está escrito en castellano y no en latín, idioma que las Casas utiliza para los textos cultos, que el cree que trascenderán). El recurso más utilizado es, sin duda la hipérbole, que se convierte en la auténtica articuladora de la historia, omnipresente no solo en los desmanes y cicaterías de los españoles (sobre todo en cuanto a los números de las matanzas), sino también en la descripción del entorno geográfico (La Española, según las Casas, tiene más de 30.000 ríos, doce de ellos tan grandes como el Ebro, el Duero o el Tajo). Al recurso hiperbólico acompañan otros como la anadiplosis (repetición de frases similares para dar énfasis), el polisíndeton (repetición de palabras del mismo campo semántico) o el asíndeton (repetición de estructuras de verbo y complemento coordinadas que formas largas frases). Cada uno de los personajes genéricos, como apuntaba el miércoles una compañera, tiene asociado un léxico determinado, con un amplio campo semántico abundante en sinónimos, comparaciones y metáforas: los españoles del ámbito de la guerra, la muerte, la maldad, el pecado; y los indios de la paz, la vida, la bondad, la inocencia. El resultado es un texto plagado de elementos léxicos antitéticos que refuerzan el antagonismo de los personajes y que crean, por sí mismos, una disposición maniquea paralela a la propia estructura de la obra.
Es indudable, pues, el carácter literario de la obra de las Casas: léxico agrupado en dos polos opuestos que refuerza la idea de bueno y de malo; personajes antagónicos que se justifican por su función; y organización de la obra en episodios que son relatos breves cuya estructura no está la servicio de una trama y que aparecen aparentemente desconectados entre sí. Pero ¿Dónde está, pues, la unidad de la obra que justifique el léxico, los personajes y los episodios aparentemente inconexos? Desde mi punto de vista, y esta es la tesis que propongo, la unidad de la obra está en la intención, que no es otra que persuadir a Felipe II de la necesidad de intervenir políticamente en la cuestión de las Indias y frenar el desastre. Es decir, que estructura, personajes y estilo obedecen a la función persuasiva del texto literario que es la "Brevísisma relación de la destrucción de las Indias".
Pese a su pretendida objetividad, las Casas no oculta su intención de hacer de el texto una apología de la bondad de los indios y de su necesidad de protección. Y para ello se vale de los recursos propios de la ficción, es decir, de la estructura tradicional del relato (con su moraleja incluida), de los personajes más o menos planos y repetitivos que caracterizan los relatos renacentistas (con Timoneda por adalid) y, sobre todo, de un estilo hiperbólico que mueva al asombro y que refuerce la sensación de que la tragedia es de tal magnitud (lo es, pero de otra magnitud) que la necesidad de intervención se hace urgentísima. Por extraño que pueda parecernos, desde nuestra perspectiva actual, la idea de la hipérbole no resta eficacia al texto, sino que se la añade. Hay que tener en cuenta que las Casas escribe para una sensibilidad formada, sobre todo, en la lectura de las novelas de caballerías, cuyo principal recurso es la hipérbole. No olvidemos que, medio siglo después, el mismo Cervantes escribe parodiando el exceso y la hipérbole de las novelas de caballerías, por lo que no parece descabellado pensar que estas eran un referente en la época. Así pues, las Casas emplea con una eficacia (que hoy se queda obsoleta) todos los recursos estructurales y estilísticos que tiene a mano para dar una versión deliberadamente deformada (exagerada) de la tragedia que realmente se está viviendo en las Indias.
Por ello no estoy de acuerdo con lo que apunta Carmen María Gómez en el mensaje del foro, afirmando que la intención del Padre las Casas no es literaria porque quiere denunciar el modo de proceder. Antes bien, creo que la intención es decididamente literaria (aunque tal vez no estética), puesto que se sirve de recursos indiscutiblemente literarios para crear una ficción (conscientemente alejada de la verdad y deliberadamente exagerada) con apariencia de realidad, con el objetivo de crear un estado de ánimo, unas emociones, unas sensaciones, en su lector ideal (que, en este caso, se identifica con su destinatario real, Felipe II). Y esto es precisamente la literatura, que se define antes por los elementos literarios que aparecen en el texto que no por la intencionalidad estética del autor.
Por otro lado, hablas de España como mi país, de lo cual -y más en el momento actual, de intenso debate (y amenazas de algunos) por la cuestión de la legítima aspiración soberanista de Catalunya- ni yo mismo estoy seguro, si es que se puede decir que España ha existido alguna vez realmente como país, de lo que habría mucho que hablar (aprovecho para recomendar un magnífico libro de Xavier Rubert de Ventòs que se titula "El laberinto de la hispanidad", donde trata con profundidad el tema de la supuesta identidad de España). De todas formas, lo que sí te puedo asegurar es que mis antepasados se quedaron en las montañas asturianas pasando hambre y frío y solo emigraron a América huyendo del fascismo y la guerra en el 36, precisamente a Argentina, donde fueron tan generosamente recibidos que decidieron fundar allí su hogar hasta hoy.
Repito que mi análisis de la obra de Las Casas es exclusivamente literario, y que la afirmación de que la hipérbole es un recurso es tan clara que no necesita más sostén que una lectura atenta y sin prejuicios del texto. Nadie duda de las buenas intenciones de Las Casas, ni de los desmanes cometidos por los conquistadores, simplemente se afirma que lo que el texto de Las Casas dice no se ajusta a la realidad de la geografía física ni política, lo cual sitúa al relato dentro del terreno de la ficción y, por lo tanto, de lo literario, y hay en ello una intencionalidad clara: mover la conciencia del príncipe para poner freno a los atropellos y los desastres de la conquista. Para convencerme de lo contrario hacen falta argumentos literarios, y no históricos ni políticos, en los que, estoy convencido, debemos estar profundamente de acuerdo.
Jordi Gol
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